ÐÏࡱá>þÿ  !#þÿÿÿ ÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿì¥Á#` ð¿»Ýbjbj5G5G 88W-W- rˆc&ÿÿÿÿÿÿ¤XXX"z – – – ª r0r0r08ª0|&3ìª \»t66"@6@6@6@6@6@6Ûºݺݺݺݺݺݺ$мh8¿¸»– p>@6@6p>p>»– – @6@6»ª€ª€ª€p>`7– @6– @6Ûºª€p>Ûºª€ª€Nµ¨– – ÿ¹@66  dÀøPÇr0Ðuz«¶0Ûº,»0\»Û¶$ð¿J~ð¿`ÿ¹ð¿– ÿ¹Ü@6â"8Xª€z9Ž:â@6@6@6»»L€^@6@6@6\»p>p>p>p>ª ª ª Ä!n.ª ª ª n.ª ª ª – – – – – – ÿÿÿÿ  HACIA UNA SEXUALIDAD VIVIDA EN LA COMUNIÓN Y LA SOLIDARIDAD Emiliano Jiménez Hernández ÍNDICE PRESENTACIÓN. DOCUMENTOS Y SIGLAS HOMBRE Y MUJER: IMAGEN DE DIOS DIOS CREA SU IMAGEN EN LA TIERRA Introducción: Discurso del Papa. Hombre y mujer: Imagen de Dios Diferencia y comunión Menesterosidad y dadivosidad Amor y vida Misdrash rabínico Tradición y Magisterio Conclusión AMOR UNITIVO: Gn 2,21-24 No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada Sexualidad: Conocer, conocerse y reconocerse. Significado esponsal de la sexualidad Dimensión unitiva de la sexualidad AMOR CREADOR: Gn 1,26-28 Creced, multiplicaos, llenad la tierra La fecundidad, bendición de Dios Iluminación antropológica El amor crea comunión y comunidad Fecundidad espiritual Educación en la fe Amor unitivo y creador. Dos aspectos inseparables Características del acto sexual Fecundidad de la adopción Amor creador en la liturgia MATRIMONIO: SIGNO E IMAGEN DE LA ALIANZA DIVINA EL MATRIMONIO A LA LUZ DE LOS PROFETAS Oseas, profeta del amor conyugal Jeremías, el esposo amante y fiel Ezequiel: Alegoría del amor gratuito de Dios a su pueblo Isaías: Recreación de la alianza rota La Alianza divina: Arquetipo del matrimonio El Cantar de los cantares: El más sublime canto de amor El Cantar de los cantares como alegoría El Cantar: Un canto al amor humano Magisterio y liturgia EL PECADO: DESFIGURACIÓN DE LA IMAGEN DE DIOS INTRODUCCIÓN De la represión a la obsesión Banalización de la sexualidad Autoerotismo Homosexualidad El celibato es posible Relaciones heterosexuales Relaciones prematrimoniales Sexualidad matrimonial CRISTO, NUEVO ADÁN, RECREA LA IMAGEN DE DIOS EL MATRIMONIO: SACRAMENTO DE LA UNIÓN DE CRISTO Y LA IGLESIA Cristo, imagen visible de Dios invisible Cristo y la Iglesia, nueva pareja primordial Matrimonio, signo real del amor de Cristo a la Iglesia Cristo garantiza la indisolubilidad matrimonial El matrimonio como vocación Santidad del matrimonio El matrimonio, fuente de gracia y santidad 2. FAMILIA: IGLESIA DOMÉSTICA El matrimonio: Carisma del pueblo de Dios El matrimonio edifica la Iglesia La unión sexual conyugal: Fuente de gracia Iglesia doméstica: Lugar de transmisión de la fe Tres altares de la Iglesia doméstica 3. FAMILIA EN MISIÓN 1. Misión eclesial 2. Misión en el mundo 3. Misión con los más débiles 4. VIRGINIDAD CONSAGRADA: IMAGEN ESCATOLÓGICA DE CRISTO Matrimonio y virginidad Novedad evangélica de la virginidad Dimensión cristológica de la virginidad Dimensión eclesial de la virginidad Dimensión escatológica Castidad espiritual El pudor como defensa de la persona CONCLUSIÓN María: Esposa, Virgen y Madre PRESENTACIÓN El matrimonio aparece con la creación del mundo y la aparición del hombre en él. Todo el mundo reconoce la importancia de la familia y del amor. Todos hemos nacido y existimos gracias a una familia, al amor de un hombre y de una mujer, que se desbordó hasta formar nuestra persona. Pero la familia, en los tiempos modernos, ha sufrido las acometidas de los cambios rápidos y profundos de la cultura actual. Hasta hace no muchos años, casarse era entrar en una comunidad humana establecida, reforzando sus lazos y recibiendo, a la vez, de ella una fuerza de estabilidad familiar. Hoy, nuestra sociedad con la industrialización y su urbanización, ha cambiado completamente esta situación. Casarse hoy es comenzar una familia desde cero, o si se quiere, desde los dos esposos, como comunidad nuclear. La pareja se cierra sobre sí misma, en la intimidad de su vida conyugal. Esta falta de apoyos, inicialmente, puede ayudar a descubrir y a desarrollar los aspectos de intersubjetividad de la vida conyugal: afecto, confianza, apoyo mutuo de los esposos, libertad en sus relaciones…Pero, por otra parte, un amor a dos está amenazado por la inestabilidad, la infidelidad, la asfixia, el aburrimiento y la ruptura. Hoy vivimos en una época de secularismo y repliegamiento del hombre sobre sí mismo que afecta tremendamente a la vida matrimonial. Además, no raras veces, al hombre y a la mujer de hoy, que buscan una respuesta sincera a los problemas de su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen unas propuestas seductoras pero que a la larga o a la corta niegan la dignidad de la persona y comprometen para siempre su matrimonio. “El problema más común actualmente no son los tabúes sociales sobre la actividad sexual o los sentimientos de culpabilidad sobre el sexo en sí mismo; lo realmente preocupante es que el sexo es, para muchas personas, una experiencia vacía, mecánica y sin finalidad distinta de la satisfacción del egoísmo personal”. Quisiera, con estas páginas, iluminar la sexualidad humana y la vida familiar a la luz de la fe y de la antropología. Para presentar a la luz de la fe la realidad del matrimonio, es preciso en primer lugar escuchar lo que nos comunica Dios mismo en su palabra, escuchada y leída en la fe y también con la ayuda de los estudios antropológicos más serios de los últimos tiempos. Sólo así descubriremos su sentido vital más profundo. Siguiendo la revelación desde “el principio”, desde el designio original de Dios sobre el matrimonio hasta su manifestación plena en el misterio del amor esponsal de Cristo a la Iglesia, descubriremos el misterio salvífico del matrimonio y de la sexualidad. La sexualidad como don del Creador, con su bondad original, las implicaciones del pecado, confundiendo e incluso falsificando el lenguaje sexual, nos llevan a Cristo,que con su redención, asume la sexualidad, la sana, la restituye a su bondad original de gracia y santidad. Así, desde la Palabra de Dios, se ilumina la realidad existencial del matrimonio y de la sexualidad en la situación actual del mundo. Desde el interior de una fe plenamente aceptada, con todo su radicalismo evangélico se aclara la sexualidad humana, inscrita en una visión total de la realidad antropológica. Es lo que deseo al escribir estas páginas: presentar una síntesis bíblica y cristiana de la vida conyugal y de la sexualidad, con sus luces y sombras, que ayude a descubrir su impresionante riqueza humana y salvífica, cuando son vividas según el designio original de Dios Padre, llevado a cumplimiento por Cristo en la Iglesia, su esposa. Se trata de traducir al lenguaje actual de nuestro tiempo la verdad sobre el matrimonio y la sexualidad, que el Espíritu de Dios nos ha revelado en la Escritura, en la tradición de la Iglesia y en su magisterio actual. Fiel al mensaje bíblico, leído en la fe de la Iglesia y con la luz de la antropología personalista de nuestros días y la experiencia de vida de tantos matrimonios, que desean ser fieles al designio de Dios y a su misión para los hombres, presento esta reflexión de teología moral sobre el matrimonio y la sexualidad. Las ocho familias, a quienes dedico este libro, y otras muchas como ellas, me han ayudado a comprender el “misterio” del matrimonio y la sexualidad, sacramento íntimo de amor entre los hombres abierto a la llamada de Dios, que es Amor y fuente de amor. La palabra de Dios, transmitida por la tradición cristiana y acogida con fe, testimoniada en la vida de estos matrimonios, con quienes la he proclamado, escuchado y celebrado, es el núcleo central de estas páginas. Puede decirse con la Familiaris consortio que el futuro del mundo y de la misma Iglesia dependen de la familia. Y de ahí también las presiones y ataques que hoy se ejercen un poco por todas partes sobre ella. Muchas familias “se sienten inciertas y desanimadas”, dudando “del significado último y de la verdad de la vida conyugal y familiar” (n. 1). Quisiera con estas páginas sostener, iluminar y ayudar a las familias cristianas, iluminándoles “la belleza y la grandeza de su vocación al amor y a la vida” (Ibidem). Presentaré el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia a la luz de la Escritura. Queridos por Dios con la misma creación, matrimonio y familia, están internamente ordenados a realizarse en Cristo, que les cura de las heridas del pecado, les devuelve a “su principio” y les eleva a sacramento de su amor a la Iglesia. Estoy convencido “de que sólo con la aceptación del Evangelio se realiza de manera plena” la vida matrimonial y familiar. Sólo el anuncio de Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte, acogido en la fe, hace posible vivir el matrimonio como don de amor y vocación de vida, haciendo de la familia “signo de la salvación de Cristo operante en el mundo” (n. 6). El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia. “La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo”. Así, el matrimonio cristiano, “partícipe de la eficacia salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia” (n. 15). Al presentar el designio de Dios Creador y Redentor sobre la familia, ésta descubrirá su ser, su identidad y también su misión, como desarrollo dinámico y existencial de su mismo ser, como “signo en el mundo de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres…, testimonio de fidelidad de la que el mundo tiene hoy gran necesidad” (n. 20). Este testimonio de comunión familiar en fidelidad lo manifiestan las familias cristianas con su disponibilidad al perdón y a la reconciliación que Cristo les concede. Pues “ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos, atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la en la vida familiar”. Pero Cristo concede a la familia cristiana vivir “la experiencia gozosa y renovadora de la reconciliación, esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada” (n. 21). Quisiera también que estas páginas fueran una pequeña pero fiel respuesta a la invitación del Papa Juan Pablo II: “Junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de dirigir una acuciante invitación a los teólogos a fin de que uniendo sus fuerzas para colaborar con el magisterio jerárquico, se comprometan a iluminar cada vez mejor los fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y las razones personalistas de esta doctrina. Así será posible, en el contexto de una exposición orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en este importante capítulo sea verdaderamente accesible a todos los hombres de buena voluntad, facilitando su comprensión cada vez más luminosa y profunda; de este modo el plan divino podrá ser realizado cada vez más plenamente, para la salvación del hombre y gloria del Creador” (FC, n. 31). Quisiera, igualmente, que este libro fuera una muestra de amor agradecido a las familias que con su testimonio han alentado mi fe. Y “Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos…. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia en la misión que Dios le ha confiado. Es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo” (FC, n. 86) Y al concluir este escrito en la navidad de 1989, pienso en la familia de Nazaret, prototipo de toda familia cristiana, como la presenta en su conclusión la Familiaris consortio, tan repetidamente citada: “Por misterioso designio de Dios, en la Familia de Nazaret, vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas; más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las necesidades de los demás, viviendo gozosamente los planes de Dios sobre ellos” (n. 86). Navidad de 1989, Seminario Misionero REDEMPTORIS MATERY JUAN PABLO II. LA PUNTA (CALLAO) PERÚ. DOCUMENTOS Y SIGLAS LG = Lumen gentium, sobre la Iglesia DV = Dei Verbum, sobre la revelación divina. SC = Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia. GS = Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual. PO = Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y vida sacerdotal. PC = Perfectae caritatis, sobre la renovación de la vida religiosa. AA = Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado seglar. GE = Gravissimum educationis, sobre la educación cristiana. HV = Humanae Vitae. CT = Catequesis tradendae. RH = Redemptor Hominis. FC = Familiaris consortio. MD = Mulieris dignitatem Declaración de la S. C. para la Doctrina de la Fe sobre el aborto procurado del 25- 11- 1974, AAS 66 (1974) DV = Donum Vitae, de la misma Congregación sobre el respeto de la vida por nacer, del 22-2-1987: OR 11- 3- 1987. PH = Persona humana, de la misma Congregación, sobre algunas cuestiones de ética sexual, del 29 – 12- 1975, AAS 68 (1976). Idem sobre la eutanasia, del 5- 5- 1980, AAS 72 (1980) D. S. C. de Educación Católica: Orientaciones sobre el amor humano. Líneas de educación sexual, del 1- 11-1983. DETM = Diccionario Enciclopédico de Teología Moral, Madrid, 1986 VTB = Vocabulario de Teología Bíblica (Dir. Por X. LEON- DUFOUR, Barcelona 1985 1. HOMBRE Y MUJER: IMAGEN DE DIOS 1.- DIOS CREA SU IMAGEN EN LA TIERRA. Introducción: Discurso del Papa. El día 30 de diciembre de 1988, fiesta de la Sagrada Familia, el Papa Juan Pablo II realizó una visita pastoral a las familias de las comunidades neocatecumenales, reunidas en Porto San Giorgio, en la diócesis de Fermo. Durante la Eucaristía, el Santo Padre hizo el envío de 72 familias, que partían a evangelizar a diversas naciones del mundo, uniéndose a otras 70 familias ya en misión, y también presentes. La homilía del Papa me parece una excelente introducción a nuestro tema: “Amadísimos: Estamos celebrando el tiempo de Navidad. En este período vivimos con fe el gran misterio divino, el misterio de la Santísima Trinidad en misión. El Dios uno y trino -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, Trinidad en misión, no es sólo un ente absoluto, el supremo de todos, sino que es el Padre en su infinita, inescrutable realidad, que engendra desde la eternidad sin principio a su Verbo. Y con esta Palabra suya vive el inefable misterio del Amor, que es una persona, el Hijo engendrado, Espíritu, Amor inspirado. La Santa Navidad, la noche de Belén, nos recuerda cada año este misterio de la Trinidad en misión, esta misión del Hijo enviado por el Padre para traernos ese Espíritu, en el cual ha sido concebido por la Virgen María. Viene a traernos ese Espíritu. La Nochebuena es esa noche en que la realidad de Dios- comunión, unidad de la divinidad, unidad absoluta, unidad de la comunión, se acerca a nuestra mente humana, a nuestros ojos, a nuestra historia, y se hace visible. A través de esa pobre realidad del nacimiento del Señor, del pesebre, de la noche de Belén, de María y de José, se revela el gran misterio de la Trinidad en misión. ¡Este es nuestro Dios, así es nuestro Dios! ¡Misterio inefable! Amadísimos Hermanos, contemplamos esta realidad divina, la Santísima Trinidad en misión, y al mismo tiempo sentimos lo insuficientes que son nuestros conceptos humanos, nuestras pobres palabras humanas, para hablar de este misterio. Pero Aquel que fue enviado por nosotros, el Verbo, viene para hablarnos y viene también para hacernos hablar. Es más, fue a los más sencillos para que se cumpliera esta Palabra, esta Palabra divina: fue a los más sencillos. Por eso nosotros hemos de hablar, de dar testimonio, siendo conscientes de nuestra insuficiencia ante la realidad, ante el inescrutable misterio de Dios, unidad divina, unidad de la divinidad y al mismo tiempo unidad de la comunión. En este tiempo de la Navidad, la Santa Madre Iglesia nos hace celebrar hoy otro misterio humano: La Sagrada Familia de Nazaret. Hemos de decir que hoy contemplamos a la Familia en misión, porque la Sagrada Familia no es otra cosa, es eso: La familia humana en misión divina. Y hoy, aquí, esa familia humana, como una comunidad más pequeña, se manifiesta al mismo tiempo como una gran comunidad humana en misión divina: Esta es la Iglesia. La Iglesia – sobre todo en el Vaticano II- ha reconocido su carácter de familia y su carácter misionero. Es una gran familia en misión. Dentro de esta gran familia–Iglesia, se encuentra toda familia humana, toda comunidad familiar, como familia en misión. Y su misión es verdaderamente la fundamental. La misión divina del Verbo es hablar, dar testimonio del Padre. Y la familia es la primera que habla, que da testimonio de Dios, del Padre, ante las nuevas generaciones. Su palabra es la más eficaz. De este modo, toda familia humana, toda familia cristiana, se encuentra en misión. Esta es la misión de la Verdad. La familia no puede vivir sin verdad, más aún, es el lugar donde existe una sensibilidad extrema por la verdad. Si falta la verdad en la relación, en la comunicación de las personas –marido, mujer, padres, madres, hijos-, si falta la verdad se rompe la comunión, se destruye la misión. Todos vosotros sabéis bien cómo esta comunión familiar es realmente sutil, delicada, fácilmente vulnerable. Por eso se refleja en la familia, junto con la misión del Verbo, del Hijo, la misión del Espíritu Santo que es el Amor. La familia está en misión, y esta misión es fundamental para cada pueblo, para toda la humanidad; es la misión del Amor y de la vida. Amadísimos: Yo he venido aquí de muy buen grado. He acogido con gusto vuestra invitación a rezar juntos en la fiesta de la Sagrada Familia por la cosa más fundamental e importante en la misión de la Iglesia: Por la renovación espiritual de la familia, de las familias humanas y cristianas en cada pueblo, en cada nación. Si hay que hablar de una renovación, de una regeneración de la sociedad humana, más aún, de la Iglesia como sociedad de hombres, hay que comenzar desde este punto: Desde la misión. Iglesia santa de Dios: Tú no puedes realizar tu misión, llevar a cabo tu misión en el mundo, si no es a través de la familia y de su misión. Esta es la razón principal por la que he acogido vuestra invitación de estar juntos y rezar en este ambiente formado sobre todo por familias, por esposos, por niños, es más, por familias itinerantes. Es una cosa hermosa. También la familia de Nazaret, vemos que es una familia itinerante. Y lo experimentó desde los primeros días de vida del Niño divino, del Verbo encarnado. Tenía que ser familia itinerante, porque va por todas partes: Va a Egipto, vuelve a Nazaret, se dirige a Jerusalén cuando Jesús tiene doce años, siempre va por doquier como itinerante para llevar un testimonio de la familia, de la divina misión de una familia humana. Yo pienso que vosotros, como familias itinerantes, neocatecumenales, hacéis lo mismo: Establecéis la finalidad de vuestro ser itinerantes, que es ir por todas partes, a los diferentes ambientes, quizá a los ambientes más descristianizados: Llevar el testimonio de la misión de la familia. Es un testimonio grande, humanamente grande, cristianamente grande, divinamente grande, porque ese testimonio, esa misión está grabada finalmente en el surco de la Santísima Trinidad. NO HAY EN ESTE MUNDO OTRA IMAGEN MÁS PERFECTA, MÁS COMPLETA DE LO QUE ES DIOS: UNIDAD, COMUNIÓN. NO HAY OTRA REALIDAD HUMANA QUE CORRESPONDA MEJOR A ESE MISTERIO DIVINO. Por eso, al llevar como itinerantes el testimonio que es propio de la familia, de la familia en misión, vosotros lleváis por todas partes el testimonio de la Santísima Trinidad en misión. Y así hacéis crecer la Iglesia porque la Iglesia crece desde estos dos misterios. Como nos enseña el Concilio Vaticano II, toda la vitalidad de la Iglesia viene en definitiva, o principalmente, de este misterio de la Trinidad en misión. Vosotros sois comunión, comunión de personas, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sois comunión de personas, sois unidad. Sois unidad y no podéis dejar de serlo. Si no sois unidad, no sois comunión; pero si sois comunión, sois unidad. Hay muchas familias en este mundo avanzado, pero si sois comunión, rico, opulento, que pierden su unidad, pierden la comunión, pierden las raíces. Pues bien, vosotros sois itinerantes para llevar el testimonio de estas raíces: Esta es vuestra catequesis, este es vuestro testimonio neocatecumenal: De este modo se podrá hablar de los frutos del santo bautismo. Sabemos bien que el sacramento del matrimonio, la familia, todo ello crece en el sacramento del bautismo, desde su riqueza. Crecer desde el bautismo quiere decir crecer desde el misterio pascual de Cristo. A través del sacramento del agua y del Espíritu Santo, somos inmersos en ese misterio pascual de Cristo, que es su muerte y resurrección. Somos inmersos para encontrar la plenitud de la vida, y esa plenitud hemos de encontrarla en la plenitud de la persona, pero, al mismo tiempo, en la dimensión de la familia – comunión de personas -, para llevar, para inspirar con esta novedad de vida los ambientes más diversos, las sociedades, los pueblos, las culturas, la vida social, la vida económica… Todo esto es para la familia. Vosotros debéis ir por todo el mundo diciendo a todos que es “para la familia”, no a costa de la familia. Con este gran testimonio, la familia en misión, como imagen de la Trinidad en misión, debéis ayudar a la familia, protegerla contra cualquier destrucción. Si no existe otra dimensión como la familia, donde el hombre pueda expresarse como persona, como vida, como amor, hay que decir que tampoco existe otro lugar, otro ambiente en el que el hombre pueda ser más destruido… Pero, no se puede proteger verdaderamente a la familia sin entrar en las raíces, en las realidades profundas, en su naturaleza íntima; y esta naturaleza íntima suya es la comunión de las personas a imagen y semejanza de la comunión divina. FAMILIA EN MISIÓN, TRINIDAD EN MISIÓN”. 1.- Hombre y mujer: imagen de Dios. Juan Pablo II nos ha dicho de la familia que “no hay en este mundo otra imagen más perfecta, más completa de lo que es Dios: unidad y comunión. No hay otra realidad humana que corresponda mejor a ese misterio divino”. Esta es la visión bíblica, que se desprende de las primeras páginas del Génesis: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). El hombre, como Dios lo ha creado, en su bipolaridad referencial de varón y mujer, es imagen de Dios, creado para adorar a Dios y reflejar su gloria. Este hombre concreto, como ha salido de las manos de Dios, no encuentra más que en Él su acabado prototipo. “Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: Llamándolo, a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor (I Jn 4, 8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata del ser humano” (FC, 11) Como señala K. Barth, cuando Dios dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen no se está expresando en un plural mayestático, ajeno al modo de expresarse del Antiguo Testamento, sino que está aludiendo a la existencia en Dios de relaciones personales, fundamento de las relaciones que va a crear entre los hombres. El hombre, creado a imagen de Dios, es un ser vivo y relacional, que tiene su razón y posibilidad de existir en un plural comunitario: Mutuamente y con Dios. Esta relación de los hombres con Dios y entre sí tiene su consistencia en Cristo Jesús. Él es imagen y gloria de Dios (I Cor 11, 7). A raíz de Cristo y a partir de Él se puede decir otro tanto del hombre y la mujer. De ahí que San Pablo insista en que el matrimonio se haga “en el Señor” (I Cor 7, 39). Hombre y mujer, unidos en el Señor, son el reflejo del misterio de Cristo y la Iglesia. El matrimonio cristiano es una comunidad viva y exclusiva e indisoluble, ya que los esposos son una misma cosa en Cristo. En la autoinvitación “Hagamos al hombre “, Dios se decide a ser el creador de su imagen. Como dice J. Moltmann, siguiendo a K. Barth, una autoinvitación en una conversación consigo mismo presupone una autorrelación del sujeto. A su vez, una tal autorrelación presupone una autodiferenciación y la posibilidad de autoidentificación. El sujeto es entonces un singular en el plural o un plural en el singular. Estos cambios de singular y plural son importantes en este lugar del Génesis: “Hagamos hombres (Adán en plural), una imagen, que se nos parezca”. La imagen de Dios (en singular) corresponde al plural interno de Dios, y sin embargo, es una imagen. En el versículo siguiente, en cambio, singular y plural se alternan: Dios (singular) creó al hombre (singular), como hombre y mujer los creó. Aquí el plural humano corresponde al singular de Dios. Si Dios es un singular en el plural, su imagen sobre la tierra – hombre y mujer- deberán ser un singular en el plural. A Dios Uno, diferenciado en sí y conforme consigo mismo, debe corresponder una comunidad de hombres, masculina y femenina, que se unen y hacen uno: “Una sola carne”. La teología de la Iglesia Primitiva vio en este cambio consciente de singular a plural y del plural a singular una revelación de la Trinidad. A la luz de la Thora, según una exégesis histórica, no se detecta esta doctrina de la Trinidad. Pero este texto, leído como nos ha enseñado el Vaticano II, a la luz del Evangelio de Cristo, es una de las raíces y fuentes de la comprensión de Dios uno y trino: “Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos , dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo, y el Antiguo está patente en el Nuevo… Los libros del Antiguo Testamento adquieren y manifiestan su plena significación en El Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo” (DV 16) A esta luz, en fidelidad con la tradición patrística, Juan Pablo II presentará en sus catequesis el matrimonio y la familia como imagen de Dios. 2. Diferencia y comunión. La imagen y semejanza consiste en la comunión del hombre y la mujer, que corresponde a la comunión intratrinitaria de Dios. La imagen de Dios se manifiesta en la diferencia y comunión sexual de los hombres. Desde el mismo momento de la creación, el ser humano existe en la diferencia de sexo y en la recíproca relación sexual. Nos podemos preguntar por qué se acentúa de manera especial la diferencia sexual en la creación de los hombres. En la creación de los animales bisexuales se dice simplemente: “cada uno según su especie”. Al parecer, eso basta para recibir la bendición de la fertilidad. En la creación de los hombres, en cambio, se menciona de manera expresa la bisexualidad. Y se añade, luego, la bendición de la fecundidad (Gn 1, 28). La diferencia y comunión sexuales pertenecen ya a la imagen de Dios mismo. Por consiguiente, esa comunión se corresponde con Dios mismo porque Dios se corresponde con ella. Esta imagen representa a Dios en la Tierra y Dios “aparece” en la tierra en su imagen “hombre-mujer”. No cabe vivir de manera solitaria la semejanza con Dios. Sólo es posible en la comunión humana. La teología de la Trinidad, que descubre en Dios diferencia y unidad y que habla del Dios comunitario y rico de relaciones en sí mismo, es el Dios que se refleja en la diferencia y unidad de hombre y mujer, como totalmente diferentes y unidos en una sola carne, en relación mutua y recíproca entre sí y abiertos a la vida, al hijo, fruto de su relación. Lo análogo de la imagen de Dios reside en la relación diferenciada, en la diferencia rica de relación, que constituye en el Dios uno y trino la vida eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y determina en los hombres la vida temporal de hombres y mujeres, de padres e hijos. Esta comunión de vida de la familia es la forma de vida que guarda correspondencia con Dios. La visión de comunión trinitaria permite superar no sólo la soledad narcisista del yo sino también el egoísmo de la pareja, cerrados en sí mismos, sin apertura a la vida, a los hijos y a la comunidad de las demás familias. Por eso, el concepto teológico de la “pericoresis” , que expresa la comunión trinitaria, es más adecuado que una imaginada hipótesis de un dual en Dios para rastrear la imagen bisexual de Dios en la tierra. Dios es asexual, a diferencia de las divinidades paganas, honradas con ritos de prostitución sagrada. Dios es amor y como Dios-Amor crea al hombre a su imagen. El hombre y la mujer, en su don mutuo y recíproco, son imagen de Dios. Pero hay que afirmar que se trata de la sexualidad humana, en la que está implicada toda la persona: “En el contexto de una cultura que deforma gravemente o incluso pierde el verdadero significado de la sexualidad humana, porque la desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia siente más urgente e insustituible su misión de presentar la sexualidad como valor y función de toda la persona creada, varón y mujer, a imagen de Dios” (FC 32) 3.- Menesterosidad y dadivosidad. “A imagen de Dios los creó”. En esta frase memorable, irradiada por el misterio trinitario, descubrimos algo muy peculiar y es que, así como Dios es un ser personal en la comunidad amorosa de tres personas, así también el hombre es imagen personal de Dios por su polarización esencial al “otro”, a vivir personalmente con él y para él, tal como se pone de manifiesto en la relación matrimonial del hombre y de la mujer. La sexualidad humana supone, expresa y realiza el misterio integral de la persona. La sexualidad es una puerta –no la única- de salida y de entrada en el mundo de las personas. La estructura abierta del hombre pone de manifiesto dos dimensiones fundamentales del mismo: su menesterosidad y su dadivosidad. En la sexualidad el hombre realiza la apertura en esta doble dimensión de indigencia – “no es bueno que el hombre esté solo”- y de oblatividad –“ayuda adecuada”-. La sexualidad es la gran fuerza que empuja al hombre a abrirse y a salir de sí mismo, con su necesidad del otro y su capacidad de donación al otro. El hombre, al abrirse a otra persona, hace el descubrimiento del “tú”, y al mismo tiempo se descubre a sí mismo como “yo” . Mientras que la relación “yo-ello” (el hombre dando nombre a los seres) indica posesión de algo, la relación “yo-tú” se realiza en la efusión de dos personas en una creatividad de amor. El amor no es un sentimiento adherido al “yo”, del cual el “tú” sea el contenido o el objeto; el amor entre el yo y el tú: “El amor, antes que una relación consecutiva a dos personas, es la creación originaria de un ámbito efusivo dentro del cual, y sólo dentro del cual, puede darse el otro como otro”  En la sexualidad humana se realiza esa relación de encuentro efusivo entre el yo y el tú. No hay mayor coefusión que el amor de entrega personal, en el que los cónyuges llegan a ser “una sola carne”. Pero la apertura del hombre no queda satisfecha en la relación yo-tú. Necesita la aparición de un tercero. En la raíz de la donación y recibimiento del yo-tú va la exigencia de crear y aceptar un “nosotros”, que a su vez se abrirá al “vosotros”. El hijo es el fruto del amor interpersonal, un amor de donación y de aceptación en sentido pleno y total. Por ello, el Papa, fiel a la Revelación y a la mejor antropología actual, puede decir que “no hay en este mundo otra imagen más perfecta que la familia, más completa de lo que es Dios”. Cuando el hombre y la mujer “se conocen” en el acto matrimonial, llegan al acto supremo de aquella mutua y recíproca polarización personal. Entonces se realiza el triple acorde misterioso: Dios creador está allí entre ellos para llamar por su nombre a la vida el fruto de la unión de sus amores. Entonces el hombre y la mujer, con el hijo que Dios les concede, realizan en una forma plena la imagen de la vida trinitaria de Dios . 4.- Amor y vida. “Imagen de Dios”, pues, no es el hombre individual y solitario. Adán no es nombre propio; con él se designa al ser humano (Cfr. Os 11, 4; Sal 94,11). Hombre y mujer unidos en una sola carne, que manifiesta el hijo fruto de esa unión, es la imagen de Dios amor y fuente de la vida. Dios manifiesta su gloria, no a través de “imágenes hechas por manos de hombre” sino a través de las obras de su creación, particularmente, a través del hombre, hecho por Él a su imagen (Gn 9,6); el hombre no es dueño de la sangre, de la vida, pero como imagen de Dios domina sobre el mundo de las criaturas y como hombre y mujer tiene el poder, si no de crear, sí de procrear seres vivos a imagen de Dios (Gn 1,28; 5, 1-3). La imagen de Dios es un carácter del ser del hombre que se transmite a los descendientes, como don de la bendición divina: “A imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, diciendo: Sed fecundos y multiplicaos”. Es la pareja, como imagen de Dios, la que domina el mundo de la creación y la que es fecunda de vida. Es la “misión del Amor y de la Vida”, de la que habla Juan Pablo II. En esta doble y única misión de la familia se refleja la imagen de Dios Amor y Creador de la vida. Al llamar Adán a su mujer Eva expresaba su vocación a la fecundidad: “madre de los vivientes” (Gn 3,20). Dios, cuya plenitud sobreabundante es fecundidad por encima de toda medida, creó al hombre y a la mujer a su imagen, a imagen del Hijo único que por sí solo agota la fecundidad divina y eterna. Para realizar y manifestar este misterio la pareja humana, al transmitir la vida, comunica al curso del tiempo la imagen de Dios, sobreviviendo de generación en generación. En el fondo de las edades resuena sin cesar el llamamiento de Dios: “Creced y multiplicaos” y la pareja humana va llenando la tierra. Dios, al llamar, da la forma de responder. La llamada es bendición: Comunicación del poder de procrear seres a su imagen. Este gozo de la fecundidad, don de la bendición de Dios, lo expresa Eva, la madre de los vivientes, en el momento de su primer parto: “¡He obtenido un hijo de Dios!” (Gn 4,1). El libro del Génesis es la historia de las generaciones del hombre: Genealogías, anécdotas de nacimientos deseados, difíciles, imposibles, que Dios hace posibles, proyectos de matrimonio, una verdadera carrera a la procreación. Es como una sinfonía, dirá Leon-Dufour, desarrollando el acorde fundamental fijado por el Señor al alborear de los tiempos. Y el Señor va marcando esta historia con bendiciones que, además de la tierra prometida, anuncian una “ posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo y como las arenas a orillas del mar” (Gn 22,17). “En el Antiguo Testamento, la diferencia sexual está vinculada primeramente a la convicción de que el hombre fue creado a imagen de Dios. Y el contexto inmediato de este pasaje relaciona la diferencia sexual del hombre y de la mujer con la fecundidad de Dios que transmite la vida y domina el universo” . 5. Misdrash rabínico. Esto coincide con el misdrásh rabínico, cuando comenta la “imagen de Dios” (no Trinidad, por supuesto): “Sin la mujer el hombre ni siquiera es hombre completo, pues está escrito: Los creó varón y hembra, los bendijo y los llamó hombre (Adán) en el día de la creación” (Gn 5,2). “Primero Adán fue creado de la tierra y Eva de Adán; desde entonces `a nuestra imagen y semejanza´, ni el hombre sin la mujer ni la mujer sin el hombre, y ni siquiera ambos sin la presencia divina”. “Y quien no engendra hijos disminuye la imagen de Dios, como está escrito: `Porque Dios ha hecho al hombre a su imagen’ (Gn 9,6), e inmediatamente dice: `Creced y multiplicaos’ (Gn 9,7)” . 6. Tradición y Magisterio San Gregorio Nacianceno se sirve del núcleo originario de la familia compuesta por Adán, Eva y Set para comentar de forma plástica el misterio de la Trinidad. Se corresponde con el Dios uno y trino no el individuo humano en sí, ni tampoco la primera pareja compuesta por Adán y Eva, sino la familia como célula originaria de toda sociedad humana. Como las tres personas divinas constituyen una unidad en virtud de su esencia común, así también estas tres personas humanas son de una carne y de la misma sangre y constituyen una familia. En la comunidad originaria de hombre, mujer e hijo se reconoce la Trinidad y aparece en la tierra en su imagen. Juan Pablo II verá esta imagen de la Trinidad en la familia de Nazaret: José, María y Jesús. Y luego en cada familia. El triángulo antropológico determina la existencia de cada hombre. Toda persona humana es hombre o mujer e hijo de sus padres. La relación hombre-mujer caracteriza la esencial sociabilidad de los hombres. La relación padres-hijos caracteriza la también esencial generatividad de los hombres. Lo primero es la simultánea comunidad de sexos en el espacio; lo segundo es la continuidad de generaciones en el tiempo. Si el hombre entero está destinado a ser imagen de Dios, entonces también la comunidad humana, la comunidad de sexos-los esposos-, y la comunidad de generaciones-la familia y la comunión de familias- está destinada a ser imagen de Dios. Dios es amor y creador de la vida. La unión del hombre y de la mujer, engendrando la vida, es la imagen más perfecta de Dios. La unión del amor matrimonial constituye la forma humana más expresiva y convincente de esa polarización personal que lleva a la entrega mutua y hace que el uno viva en el otro y para el otro. El hombre, espíritu encarnado en el mundo, en diálogo creador con el otro, tiende a la entrega corporal como a su punto céntrico y último –sin limitarse a ella-, garantizando así la realización de la vida en la comunidad. Por ello, Juan Pablo II hablará del matrimonio como “sacramento primordial”. La concepción cristiana del matrimonio y de la familia se basa en el orden mismo de la creación. Dios Amor, que llamó al hombre a la existencia por amor, le llamó también al amor, pues el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, que es amor (I Jn 4,8. 16): Por tanto, el amor es la vocación fundamental y natural de todo ser humano. Ningún hombre puede vivir sin amor: “No es bueno que el hombre esté solo”. Por ello: “Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer y su unión constituye la expresión primera de la comunión de personas” (GS 12) “Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por el espíritu, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual. En consecuencia, la sexualidad, en la que el hombre y la mujer se dan el uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico sino que afecta al núcleo íntimo de la persona en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente. Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria ola contribución durable y concorde de los padres. El único `lugar’ que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con lo que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo, que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado” (FC 11) En este amor total y definitivo entre el hombre y la mujer se manifiesta la imagen de Dios, reflejando el amor trinitario de Dios y el amor incondicional y definitivo de Dios al hombre. Por ello, se aplican a este amor las palabras de la Escritura: “Y vio Dios que era muy bueno” (Gn 1,31): “Con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, Dios corona y lleva a plenitud la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre, mediante la cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana. Y bendíjoles Dios y les dijo: `Sed fecundos y multiplicaos’. Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, al realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre (Gn 5,1-3)” (FC 28) Esto mismo lo recogerá el último documento del Papa Mulieris Dignitatem, que aunque sea un poco largo merece la pena citar: “El hombre es el ápice de todo lo creado en el mundo visible, y el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona toda la obra de la creación…; ambos fueron creados a imagen de Dios. Esta imagen y semejanza con Dios, esencial al ser humano, es transmitida a sus descendientes por el hombre y la mujer, como esposos y padres” (n. 6) “… Leemos además que el hombre no puede existir solo (Gn 2,18); puede existir únicamente como `unidad de los dos’. Se trata de una relación recíproca, del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre. Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta también existir en relación al otro `yo’. Esto es preludio de la definitiva autorrevelación de Dios, Uno y Trino, unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Al comienzo de la Biblia no se dice esto de modo directo. El Antiguo Testamento es, sobre todo, la revelación de la verdad acerca de la unicidad y unidad de Dios. En esta verdad fundamental sobre Dios, el Nuevo Testamento introducirá la revelación del inescrutable misterio de su vida íntima. Dios, que se deja conocer por los hombres por medio de Cristo, es unidad en la Trinidad: Es unidad en la comunión. De este modo se proyecta también una nueva luz sobre aquella imagen y semejanza de Dios en el hombre de la que habla el libro del Génesis. El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre y la mujer, creados como `unidad de los dos’ en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-un solo Dios en la unidad de la divinidad- existen como personas por las inescrutables relaciones divinas. Solamente así se hace comprensible la verdad de que Dios es amor (I Jn 4,16)”. “La imagen y semejanza de Dios en el hombre, creado como hombre y mujer, expresa también, por consiguiente, la `unidad de los dos’ en la común humanidad. Esta `unidad de los dos’, que es signo de la comunión interpersonal, indica que en la creación del hombre se da también una cierta semejanza con la comunión divina (communio). Esta semejanza se da como cualidad del ser personal de ambos, del hombre y de la mujer, y al mismo tiempo como una llamada y misión. Sobre la imagen y semejanza de Dios, que el género humano lleva consigo desde `el principio’, se halla el fundamento de todo el `ethos’ humano. En el Antiguo y el Nuevo Testamento desarrollarán este `ethos’, cuyo vértice es el mandamiento del amor . En la `unidad de los dos’ el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir `uno al lado del otro’ o simplemente `juntos’, sino que son llamados también a existir recíprocamente el `uno para el otro’ (MD 7; cfr. todo el cap. III: Imagen y semejanza de Dios) La liturgia, fiel a la “lex credendi lex orandi”, recoge esta visión en uno de los prefacios de la celebración eucarística del Matrimonio: Porque al hombre, creado por tu bondad, lo dignificaste tanto, que has dejado la imagen de tu propio amor en la unión del varón y de la mujer. Y al que creaste por amor y al amor llamas, le concedes participar en tu amor eterno. Y así, el sacramento de estos desposorios, Signo de tu caridad, Consagra el amor humano, Por Cristo, Señor nuestro. 7. Conclusión. Por todo lo dicho podemos concluir con A. Valsecchi que “nadie mejor que el cristiano puede comprender la gravedad de los conflictos que hoy más que nunca amenazan a la sexualidad; en efecto, el cristiano conoce su razón más profunda, o sea, que la sexualidad querida por Dios, es una realidad positiva, pero herida por el pecado y que reclama una salvación trascendente. Pero ninguno mejor que él puede apreciar el sentido que puede asumir la sexualidad; su fe enseña que en la existencia sexual está reflejada la imagen de Dios y que, por ello, se despliega en ella la alegría, la gratuidad, la plenitud de su amor, y que la `existencia en el cuerpo’, tan profundamente modelada y sellada por la dimensión sexual, está llamada a expansionarse, en la resurrección, en una vida eterna de gozo y comunión, de la que la Biblia no ha encontrado ningún símbolo más evocador que el amor humano y sus alegrías” . De aquí también que una sociedad que niega a Dios destruya igualmente la imagen de Dios: La familia. Esto a nivel de vida: Ateísmo y canalización, corrupción sexual y disgregación familiar van unidos. Y a nivel jurídico: Quitar a Dios de la constitución y legalizar el divorcio y el aborto van igualmente unidos. Sólo Dios puede defender la familia. Al ser el hombre y la mujer la imagen que Dios se ha creado en la tierra, la protege y envuelve en la santidad inefable de su nombre, según la interpretación del misdrash rabínico: “Mientras estuvo solo se llamó Adán, por la tierra (`adamah) de donde fue tomado. Pero desde que Dios formó la ayuda de la mujer se le llamó varón (‘is) y a ella, mujer (‘sh). Al llevar dos letras del nombre divino (YH) envolviendo sus nombres, son nombres que expresan la fuerza de Dios en la pareja. Suprimidas las dos letras divinas, tanto el varón como la mujer quedan 12. A. VALSECCHI, Nuevos caminos dereducidos a fuego (s). Pues Dios dijo: Si camináis por mis caminos mi nombre quedará intercalado entre los dos y os salvará de cualquier desavenencia. Pero si no es así, retiraré mi nombre y los dos se convertirán en fuego, como está escrito: ‘Es fuego que devora hasta la destrucción’ (Job 31,12)” . 2. AMOR UNITIVO: GEN 2,21-24 1.- No es bueno que el hombre esté solo. El Génesis nos muestra a Dios mismo como el autor del matrimonio. Es Dios mismo quien presenta la mujer al hombre: “El la condujo a Adán” (2,22). El matrimonio es un proyecto de vida santo; su estructura ha sido querida por Dios y lleva consigo la bendición divina. El segundo relato de la creación, mucho más antiguo que el primero, está lleno de imágenes poéticas. A través de su estilo literario, la riqueza de sus expresiones contiene datos interesantes para comprender el significado de la atracción entre el hombre y la mujer, haciendo resaltar el significado unitivo del amor. Así como en la narración sacerdotal parte su explicación del caos que se observa en el mundo, esta segunda, la yahvista, supone, como punto de arranque, un desierto árido y seco, que Dios irá transformando en un oasis o jardín encantador, donde el hombre aparece como dueño y señor. A partir de ahí la descripción adquiere una fuerza singular. La soledad del hombre produce en Dios por vez primera la impresión de que algo no estaba bien en su obra creadora: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”(2,18). La presencia de los otros vivientes –animales y aves- no ha bastado para llenar el vacío de la soledad humana, a pesar de su dominio sobre ellos: “El hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes pero no encontró en ellos una ayuda adecuada” (2,20). En el momento de dar nombre a los demás seres como señor de la creación, el sentimiento de vacío y soledad le domina sobre el gozo de su soberanía. Le queda como una nostalgia profunda, un vacío de tristeza que hay que eliminar con una compañía humana. Así, el Génesis muestra como ningún dominio o posesión puede llenar el corazón del hombre. En esta situación afectiva es cuando la mujer se hace presente como el mejor regalo de Dios. Él éxtasis que experimenta el hombre, sinónimo de estupor, de la suspensión de los sentidos, anuncia, como en otras ocasiones (Gn 15,12; I Sa 26,12; Is 29,10; etc), un gran acontecimiento: “Entonces el Señor Dios echó sobre el hombre un profundo sueño y el hombre se durmió. Le sacó una costilla, rellenando el vacío con carne. De la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será mujer (issah), porque ha sido sacada del hombre (is). Por eso el hombre abandona padre y madre y se une a su mujer y se hacen una sola carne” (2, 21-24) El grito de exclamación manifiesta esa alegría inmensa que siente el hombre al haber encontrado por fin en la mujer la compañera de su existencia, reflejo suyo, su enfrente (Lagrange), la ayuda adecuada que anhelaba en su interior, lo único que ha podido elegir y hacia la que se siente atraído entre todos los seres que han desfilado ante él. En ella halla una interlocutora, al otro que haga posible el encuentro y el diálogo. El hombre no se ha complacido en ninguna de las criaturas que han pasado delante de él; ha otorgado su preferencia a la mujer: ella es la elegida, la amada, como expresa el nombre (issah). Solamente la mujer “está a la par” del hombre en su diferencia. Solamente ella puede constituir para él una compañera, con la que compartir su dignidad de ser y vida. Por eso, el autor la hace nacer del costado del hombre: Ella es de su misma carne, emparentada con él. Esta expresión no es sólo biológica sino antropológica: Su significación implica al hombre entero: “¿No es carne nuestra?”, dirán de José sus hermanos. La consanguinidad –concarnidad- es expresión de parentesco, familiaridad, comunión. Acaba de brotar una comunidad más fuerte que ninguna otra; por eso “el hombre abandona padre y madre y se une a su mujer”; los dos se sienten identificados en una sola carne y en un solo corazón. La expresión “hueso de mis huesos y carne de mi carne”, como la de basar ehad, una sola carne, comprende tres aspectos: La idea de consanguinidad, parentesco, solidaridad familiar. La idea de la mujer como complemento del hombre, compañera de su vida; sin su otra “mitad” el hombre no es completo; la obra de Dios es tal que los dos sexos se completan mutuamente, que el ser humano no consigue su plenitud si no es en la pareja. La idea de unión corporal propia del matrimonio; el hombre y la mujer forman una sola persona en su unión conyugal. Basar, carne significa el hombre entero, el yo en su forma corporal. Ser sacada de la “costilla” es el revestimiento simbólico de esta idea. Conocemos en nuestro idioma una expresión similar: “pedazo de mi corazón”. La mujer es “sacada del corazón del hombre”; Dios los hizo el uno para el otro.  2. Voy a hacerle una ayuda adecuada. La ayuda y comunión no se refiere sólo a la atracción sexual. El diálogo que aquí apareced entre el hombre y la mujer tiene resonancias afectivas y personales mucho más íntimas. Ayuda en el Antiguo Testamento tiene un sentido marcadamente personalista y es, con frecuencia, aplicada a Dios mismo. Cuando el AT afirma que “Dios es la ayuda” (Sal 33,20; 46,6) del hombre, su significado es de una profundidad extraordinaria. Es la roca firme, el báculo donde uno se puede apoyar, refugio, luz que ilumina, escudo que defiende y alegra, auxilio en que se confía, baluarte y fortaleza de los débiles, asilo en la tormenta, escucha atenta y cariñosa, sustento y alivio en el trabajo, lugar para el reposo, ciudadela en el día de la angustia… Por ello, no es extraño que el Eclesiástico, aludiendo a este texto del Génesis, dé al encuentro con la mujer un significado de “ayuda” infinitamente amplio: “ Mujer hermosa recrea la mirada y sobrepasa todo lo deseable; si además habla con ternura, su marido no es como los demás hombres; tomar mujer es una fortuna: ayuda y defensa, columna y apoyo. Viña sin tapia será saqueada, hombre sin mujer andará a la deriva.” (36, 22-25) No se puede expresar mejor, ni con menos palabras, la intención profunda de Dios sobre la realidad sexual del hombre y la mujer. La llamada recíproca del hombre y la mujer queda orientada, desde sus comienzos, hacia esa doble finalidad de crear la unidad y la vida. Por una parte, es una relación personal, íntima, un encuentro en la unidad, una comunidad de amor, un diálogo afectivo pleno y totalizante, cuya palabra y expresión más significativa se encarna en la entrega corporal. Y, por otra parte, como veremos en el siguiente tema, esta misma donación, fruto del amor, se abre hacia una fecundidad que brota como consecuencia. Por ello, cuando a Cristo le arguyeron sobre un problema que afectaba a la relación conyugal, no dudó en referirse a este designio original de Dios: “¿No habéis leído aquello: Ya al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19,4-6). El relato del Génesis muestra que la existencia del hombre y la mujer reviste una forma dialógica. Ambos son verdaderamente Adán, es decir, hombre: “El día en que Dios creó a Adán, le hizo a imagen y semejanza de Dios. Los creó varón y mujer, los bendijo y los llamó “hombre” (Adán) en el día de su creación” (Gn 5, 1-2). Este texto da el nombre de Adán a los dos miembros de la pareja humana y, por ello mismo, les reconoce la dignidad humana. Por ello, pueden llegar a ser “una sola carne” en el matrimonio. Expresando no solamente la unión corporal, la expresión abarca toda la persona. El profeta Malaquías, al explicar este texto dirá que en el matrimonio, hombre y mujer llegan a ser una sola vida, un ser: “Yahveh es testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho Él un solo ser –una vida-, que tiene carne y espíritu? ¿Y este uno qué busca? Una posteridad dada por Dios. Guardad, pues, vuestro espíritu: No traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el divorcio (repudio), dice Yahveh Dios de Israel” (Malq. 2,14-16). Y San Pablo dirá lo mismo: “Los maridos deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos” (Ef 5,28)  En la formación de la mujer asistimos como a un desdoblamiento del hombre en la pareja varón-mujer, pareja destinada en el matrimonio a reconstruir la unidad de “Una sola carne”. Esta unidad es tan radical que se entiende como una vuelta a la unidad del ser humano, unidad en la que cada uno encuentra un otro auténtico sí mismo. Por ello, el vínculo que nace es más profundo y fuerte que el vínculo que une a la familia de origen: “Abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer”. De aquí se deduce que la unión de la pareja , en el plan de Dios, es única y Estable (Mt 18,8) y que “ el único lugar que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo, que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado” (FC 11; GS 48) Ya la versión de los Setenta –y el misdrash rabínico- aluden intencionadamente al matrimonio monogámico, de un solo hombre y una sola mujer, al traducir el texto hebreo: “Y en cuanto a ellos dos, serán una sola carne”. Y desde la antropología personalista moderna, la intersubjetividad conyugal, que expresa la frase “una sola carne”, designa evidentemente la existencia común, el diálogo encarnado, las relaciones en el amor que unen a hombre y mujer en una comunión interpersonal permanente y definitiva. Para fundar una “nueva casa”, para realizar la realidad humana llamada “una sola carne”, el hombre “abandonará a su padre y a su madre”. Un hombre y una mujer, extraños el uno al otro, se unen en una nueva familia, se hacen familiares, consanguíneos, una cepa única, nacida de la unión de los dos. Según la interpretación psicológica de la madurez de la persona, se da una clara interdependencia entre el desarrollo psico-sexual con el proceso de apertura y relación con el otro. La finalidad a la que tiende la sexualidad, por su propio dinamismo, y a donde ha de orientarla el sujeto, si no quiere bloquear su evolución y traicionar su significado, es a crear la capacidad de una relación oblativa, una relación de amor auténtico, que es el vértice de la maduración de la persona. Se trata de buscar y acoger al otro no por lo que representa para el sujeto sino en la realidad concreta de su alteridad  3. Sexualidad: conocer, conocerse y reconocerse. La sexualidad humana, como estructura fundamental de la persona, es un valor que afecta a toda la persona. Su presencia entra en el crecimiento de la persona, en su reconocerse, conocer y reconocer al otro, en el descubrimiento de la propia identidad, en la oblatividad y en el amor. El gesto sexual, en el matrimonio, ayuda a los esposos a crecer en el conocimiento, reconocimiento y amor mutuo y recíproco. Ya en la narración del Génesis la sexualidad aparece como algo que toca al ser humano en su más íntima consistencia. El hombre y la mujer aparecen hechos el uno para el otro, referidos el uno al otro. El encuentro del hombre y la mujer acontece en el estremecimiento, en el entusiasmo, en la maravilla y en la inocencia: “Ambos estaban desnudos y no sentían vergüenza”. El acto conyugal, orientado a crear entre ellos una Profunda unidad, es denominado en la Biblia con el sugestivo término de “conocerse”.  En esta luz el Concilio Vaticano II ha afirmado: “Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único (Gn 2,22-24; Prov 5, 15-20; 31, 10-31; Tob 8,4-8; Cant 1,2-3; 1,16; 4, 16-5,1; 7,8-14; Icor 7,3-6; Ef 5, 25-33). Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer… Este amor, por ser un acto eminentemente humano –ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad-, abarca el bien de toda la persona y, por tanto, enriquece y avalora con una dignidad especial las manifestaciones del cuerpo y del espíritu y las ennoblece como realidades y signos específicos de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y llevarlo por el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vea lo divino y lo humano, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, expresando en sentimientos ya actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad se perfecciona y crece. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, cultivada por egoísmo, se desvanece rápida y tristemente. Este amor propio del matrimonio tiene su manera propia de expresarse y de realizarse. En consecuencia, los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí, son honestos y dignos y, realizados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen la mutua donación, con la que recíprocamente se enriquecen en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por el mutuo pacto, y sobre todo sellado por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio” (GS 49). De aquí se deduce la gran seriedad de toda experiencia sexual en el hombre, ordenada siempre a crear una comunión interpersonal plenamente significativa. El gesto sexual es siempre un acto serio, que implica una decisión global de la persona, es decir, que exige que la persona está profundamente presente y participe según todos los componentes de su ser. Es un acto interpersonal en el que el hombre y la mujer participan en orden a la donación mutua total. No se puede hacer de la sexualidad un juego, porque en ella se juegan el hombre y la mujer su destino, su persona y su realización; se trata de una expresión de amor recíproco total y definitivo, salvador y santificador. Sólo el matrimonio garantiza de manera definitiva e irrevocable la decisión de los dos de pertenecerse como esposos y sólo el matrimonio ofrece a la entrega sexual completa y definitiva un contexto interpersonal. Por esto dirá la GS que “La íntima comunidad de vida y amor, fundada por el Creador, se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su irrevocable consentimiento personal, por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente” (n. 48). El gesto sexual como símbolo de oblación y comunión lo recoge la reflexión fenomenológica y filosófica y aparece en la intuición de los poetas y la introspección de los narradores, como reconoce el Concilio. La unión sexual aparece como encuentro total de dos personas o al menos como intento y esperanza de ese encuentro, como indistinción de los intereses recíprocos e identificación de las respectivas singularidades; como éxodo del propio recinto, donde penetra el otro con una “agresividad” que se apacigua en el goce común; como cima estática, en la que parece como si cada uno alcanzara la muerte, dando la vida, para recibirla del otro, como don de las almas que se realiza en el don de los cuerpos, superando sus flaquezas y redimiendo su fugacidad; como deseo de gozo nuevamente expresado de común acuerdo, que el placer vuelve a encender en cada ocasión sin llegar a apagarlo nunca; como conciencia inmediata y viva de la mutua dependencia corporal, que conduce a cada uno de los dos a comprender el misterio del otro; como certeza de sí mismo y certificación del otro, mutuo aferramiento del presente y proyección unánime en el futuro . Como leemos en Redemptor Hominis: “El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no les es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente” (n. 10). “El amor entre el hombre y la mujer –comenta la FC- en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia –entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares- está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce a la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar” (n. 18). La sexualidad humana tiene, pues, un significado interpersonal. Si la persona es un “yo” abierto al “tú”, un ser en relación, la sexualidad es signo y lugar de esa apertura, del encuentro, del diálogo, de la unión y comunión de las personas entre sí. De este modo, la sexualidad expresa y realiza la necesidad de la persona de salir de su propia soledad, de comunicarse con el otro y de encontrarse a sí misma en el otro. La sexualidad se hace, pues, signo y fruto de la indigencia y de la riqueza de la persona, llamada indivisiblemente a amar y ser amada, a darse y a recibir, conocer al otro, conocerse a sí mismo, reconocer al otro y ser reconocido por el otro. En el documento de la Congregación para la Educación Católica: Orientaciones sobre el amor humano. Líneas de educación sexual (del 1-XI- 1983), leemos: “La sexualidad es un componente fundamental de la personalidad, su modo de ser , de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano… La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no solamente en el plano físico sino también en el plano psicológico y espiritual, marcando todas sus manifestaciones” (n. 4) 4. Significado esponsal de la sexualidad. El acto conyugal no puede ser considerado aisladamente en su dimensión biológica sino a la luz de la persona entera, aunque ciertamente está ligado a la dimensión corporal del hombre, pero visto el cuerpo en su significado esponsal, como expresión del “sincero don de sí mismo” (MD 10). Todo intento de acercarse al hombre, y a la sexualidad, desde una óptica dualista se encuentra condenado al fracaso, por el riesgo de caer en cualquiera de los dos extremismos: Ver al hombre como ángel o como bestia, según la dimensión que se acentúe. La eliminación del sentido espiritual, trascendente a la materia o el olvido de la condición encarnada del espíritu, da al ser humano un carácter demasiado animal o excesivamente angélico. Una antropología con esos presupuestos está viciada desde sus raíces para captar el sentido y valor del cuerpo y de la sexualidad. Lo corpóreo aparecerá como la parte sombría de la existencia, en donde el espíritu se siente prisionero y condenado a vivir escondido como en su propia cárcel o tumba; o por el contrario, las meras exigencias biológicas prevalecen de tal manera, que lo humano ya no tiene cabida ni merece alguna consideración. “El acto conyugal, con el que los esposos se manifiestan recíprocamente el don de sí mismos, es un acto indivisiblemente corporal y espiritual”, dice el documento Donum Vitae (II, B 4).  La sexualidad humana madura se vive desde el dinamismo interior de la persona, espíritu encarnado, al mismo tiempo que la persona se construye y madura a través de la misma sexualidad. La sexualidad, por tanto, es una fuerza constructiva del “yo” y una forma expresiva privilegiada de la persona, pues la sexualidad, como lenguaje de personas, está cargada de enormes posibilidades simbólicas y festivas. Toda la sexualidad humana es una celebración de personas, que se expresan dentro de un mundo de símbolos en el lenguaje esponsal del cuerpo. El sexo encierra una resonancia de exquisita sensibilidad para recoger los sentimientos más profundos, incluso aquellos que escapan a nuestro control o son reprimidos al inconsciente; de aquí los múltiples conflictos posibles dentro del ámbito sexual. La armonía o el desajuste sexual no es problema de química. Sus raíces penetran por todos los rincones del psiquismo , favoreciendo u obstaculizando una plena comunión. Y es que indispensable. Para la entrega absoluta hay que superar una serie de barreras inhibitorias, que impiden la satisfacción inmediata del deseo. El intervalo entre éste y aquélla puede prolongarse durante mucho tiempo, aunque ese bloqueo se desconozca con frecuencia. Son múltiples las actitudes internas y sociales que dificultan el acercamiento a lo sexual. La estimulación erótica tiene siempre en sus comienzos una violencia agresiva, una dosis fuerte de expectación. Cuando alguien se acerca a ciertas zonas de nuestra intimidad es sentido de inmediato como un huésped o extranjero. Para dejarle caminar hacia dentro tiene que resultar conocido, descubrirse como un ser benéfico, amigo y compañero del que uno se puede fiar sin temores. El miedo a una sorpresa molesta, al engaño, a la violación psicológica, impide una mayor sintonía y comunicabilidad. La seducción exige una previa conquista, llena de sinceridad y ternura, que abra las puertas del corazón. Cuando el cariño acerca y funciona con plenitud, la ofrenda del cuerpo se hace con símbolo y palabra de ese diálogo íntimo. Dentro del matrimonio, con los roces y ofensas diarias, aún insignificantes –o serias- no es posible la entrega si una palabra de cariño y reconciliación no cicatriza antes las heridas. Aunque, también hay que decir, que el acto conyugal, con su lenguaje esponsal, es camino hacia la reconciliación y la comunión entre los esposos, rompiendo las barreras que la vida diaria levanta entre los esposos. La ofrenda del cuerpo se hace símbolo y palabra de ese diálogo íntimo, acercando a los esposos distantes quizá por una discusión, recreando el cariño y la comunión. De esta manera, la sexualidad manifiesta su dimensión unitiva. El exceso y abundancia con que se presenta en el hombre significa que, además de servir para la procreación, que sólo llega a realizarse en contadas ocasiones, su misión radica en ser un vínculo de cercanía y amor personal. Si el hombre expresa, habla y se revela a través de sus gestos corporales, el sexo forma parte plenamente de este lenguaje comunicativo. La entrega corporal es la fiesta del amor, la palabra repetida de dos personas que se han ofrecido el corazón como un regalo mutuo y significativo: “Este amor se expresa y perfecciona singularmente por la misma actuación del matrimonio, de ahí que los actos en que los cónyuges se unan entre sí íntima y castamente sean honestos y dignos, y cuando se viven de un modo auténticamente humano significan y fomentan la mutua donación con la que uno al otro se enriquecen con agradecimiento y alegría” (GS 49). Sólo así, cuando la vida sexual se halla transida por el amor, deja de ser una función biológica para integrarse de lleno en una atmósfera humana, sin la cual es imposible comprender su verdadero simbolismo. La posibilidad permanente de vivirla en circunstancias donde la procreación queda excluida por la naturaleza es un ofrecimiento a la inteligencia y libertad del hombre, don de Dios, para que descubra este nuevo sentido. La diversidad sexual , hombre y mujer, es la que hace posible el amor y la unidad. Al ser la mujer totalmente otra, desigual, exige al hombre- y lo mismo a la mujer- salir de sí mismo e ir hacia ella hasta hacer con ella una sola carne en el amor oblativo de sí mismo en el encuentro sexual. El amor y la unidad son la finalidad y el fruto de la diversidad. El hombre, cabeza de la mujer, amándola, ama su propio cuerpo. La mujer, esplendor y gloria del hombre, se somete y entrega gozosamente al amor del hombre, que se da a ella en el amor. No se trata de dominio o de poder sino del lenguaje sacramental del cuerpo, imagen del amor de Dios a su pueblo y de la respuesta en fidelidad y obediencia del pueblo a la alianza con Dios 5. Dimensión unitiva de la sexualidad. Como dice G. von Rad: “Como un ‘padrino de bodas’ Dios lleva la mujer al hombre. El hombre reconoce al instante, exultante de alegría, como un ser adecuado a él: ‘Carne de mi carne’. La alegría del hombre ante este primer tú femenino sobre la faz de la tierra expresa la atracción tan poderosa y primordial entre los sexos. ¿De dónde viene este amor que ‘es más fuerte que la muerte’ (Cant. 8,6) y más poderoso que el vínculo que nos liga con los padres carnales? ¿De dónde viene esa atracción recíproca, ese apego mutuo que no conoce descanso hasta que en el hijo vuelve a convertirse en una carne? Viene de que Dios sacó del hombre a la mujer porque de suyo eran originariamente una carne; por ello tienen que volver a encontrar conjuntamente esa unidad; están destinados el uno al otro. Y cosa curiosa: Las palabras sobre el hombre que deja a su padre y a su madre no encajan en los usos patriarcales del antiguo Israel, pues, pues era más bien la mujer la que se desgajaba de su familia con el matrimonio. Pero es que el relato del Génesis no habla de un uso jurídico sino de la fuerza de la atracción que Dios ha puesto en el hombre. La atracción y relación mutua de los sexos es reconocida como acorde con el plan creador de Dios” . La mutua atracción del hombre y la mujer es un don de Dios, que responde a la necesidad y sueños del hombre solitario. “El texto de Gn 2,24 intenta explicar el origen de la misteriosa atracción mutua y recíproca de los dos sexos, que crea la fuerza del amor matrimonial para ser esposos y padres” (MD 6). La relación y mutua atracción entre hombre y mujer no sólo es buena sino que responde al orden de la creación, al designio de Dios: “Yo soy para mi amado y hacia mí tiende su deseo”, canta la esposa del Cantar de los Cantares (7,11), que describe las delicias del amor y la fresca alegría que lo rodea, “sin que se encuentre en él un solo rasgo de ligereza. Se canta la virginidad que la joven ha conservado (4,12;8, 8-10) y se considera la fidelidad inquebrantable como expresión del amor más verdadero (8,6-7)” . Un rabino cuenta la historia de una pareja que fue dichosa durante diez años, a pesar de su esterilidad, y que debió separarse por razones morales. Para festejar el divorcio, el marido celebra un banquete durante el que invita a su mujer a tomar, cuando se marche, lo que haya de más precioso en la casa. Ella espera a que su marido se adorne y es él quien debe llevarla a su nueva morada, pues en la casa no hay nada más precioso que él (Misdrásh Rabba, I, 4). La Biblia nos recoge constantemente este gozoso y profundo valor del amor unitivo entre los esposos: “Isaac introdujo a Rebeca en la tienda, tomó a Rebeca, que pasó a ser su mujer, y él la amó. Así se consoló Isaac por la pérdida de su madre” (Gn 24,67). Y más aún aparece en el paciente noviazgo de su hijo Jacob, que « sirvió por Raquel siete años (más otros siete después de las bodas), que se le antojaron unos cuantos días, de tanto como la amaba” (Gn 29,20). “Nical, hija de Saúl, se enamoró de David”, nos dirá el libro de Samuel (I Sam 18,20). El profeta Ezequiel nos narrará su desolación cuando, con la muerte de su esposa, pierde “su gloria, su fuerza, la delicia de sus ojos, su apoyo y el anhelo de su alma” (Cfr. Ez 24, 15-25). Espléndido es el idilio de ternura y amor entre Rut y Booz (Rut 3-4). Cuando Ana se lamenta de no tener hijos, Elcana, su esposo, le dirá en un momento de entusiasmo: “¿Es que no valgo yo para ti más que diez hijos?” (I Sam 1,8). La misma legislación de Israel protege el amor conyugal en sus comienzos. Después de las bodas, el hombre está exento de todo servicio público y durante un año queda enteramente libre “para regocijar el corazón de su mujer” (Dt 24,5). Toda la literatura sapiencial, posterior al exilio, insiste sobre la profundidad y la belleza del amor y la sexualidad conyugal, siempre dentro del marco de la fe. Sin el temor de Dios ni el amor conyugal ni la fecundidad valen (Cfr. Sabid. 3,13-14; Eclo 16,1-3). Pero dentro de la fe se exalta el amor conyugal y se canta a la mujer como un “tesoro”, don de Dios. Con las citas de los diversos autores podría hacerse una espléndida descripción de lo que significa la mujer en la vida del hombre: “Encontrar una mujer es encontrar la felicidad, es alcanzar el favor de Yahveh” (Pro 18,22). Una de las tres cosas que agradan al sabio es “un marido y una mujer compenetrados” (Eclo 25,1). Semejante felicidad no cae en suerte sino del que teme a Dios: “Dichoso el esposo de una mujer buena, el número de sus días se duplicará. Mujer buena es buena herencia, asignada a los que temen al Señor, sea rico o pobre, su corazón estará contento y alegre su semblante en todo tiempo” (Eclo 26,1-4). “La belleza de la mujer recrea la mirada del marido y el hombre la desea más que nada. Si habla con ternura a su marido no le falta de nada; la esposa es para él una fortuna, una ayuda semejante a él y columna de apoyo; porque sin mujer el hombre gime y va a la deriva” (Eclo 36, 22-27). “Ella vale más que las perlas (Pro 31,10). Por ello un matrimonio feliz es una bendición de Dios (Pro 18,22; 19,14; Eclo 26,3.4). Por ello, el creyente sólo puede gozarse en el amor fiel y en una virtud sólida, atento a los lazos de la belleza de la mujer extraña: “Sol que sale por las alturas del Señor es la belleza de la mujer buena en una casa en orden. Lámpara que brilla en sagrado candelero, es la hermosura sobre un cuerpo esbelto. Columnas de oro sobre bases de plata las bellas piernas sobre talones firmes” (Eclo 26,16-18), donde el texto griego y siriaco añade: “Hijo mío, conserva sana la flor de tu juventud y no entregues tu vigor a mujeres extrañas” (Eclo 26,19). Lo mismo leemos, poéticamente en los Proverbios: “Sea tu fuente bendita. Gózate en la mujer de tu mocedad, cierva amable, graciosa gacela: Embriagante en todo tiempo sus amores, su amor te apasione para siempre. ¿Por qué apasionarte, hijo mío, de una ajena, abrazar el seno de una extraña? Pues los caminos del hombre están en la presencia de Yahveh, Él vigila todos sus senderos” (Pro 5,18-21). No es bueno alabar a “una mujer bonita” que no es la propia y es preciso desviar los ojos de la “hermosa mujer ajena” porque “muchos se perdieron por la belleza de una mujer” (Eclo 9,8-9; 23,18-21; Pro 5,2-14; 7,5-27). La literatura sapiencial proclama, por tanto, la felicidad del esposo de una hermosa mujer, que sea al mismo tiempo fiel y recta, llena de sentido y temor del señor, como canta el himno alfabético, escrito en alabanza de la “mujer perfecta”, como conclusión del libro de los Proverbios. Quizás la más bella expresión del amor en el AT sea el Libro de Tobías. En él aparecen sintetizados de un modo maravilloso todos los elementos, que a lo largo de la revelación han ido apareciendo, en una pareja ejemplar. El matrimonio de Tobías y Sara se vive en un ambiente profundamente religioso de oración, de intimidad personal y con la firme voluntad de darse el uno al otro total y definitivamente. Ha sido Dios el que les ha creado el uno para el otro. El ángel de Dios, Rafael, conducirá a Tobías a través de muchas vicisitudes a encontrarse con la mujer que Dios ha destinado para él. Según la redacción de la Vulgata, Raguel, el padre de Sara, a instancias del ángel, entregará su hija a Rafael, diciendo: “Yo creo que Dios os ha hecho venir a mi casa precisamente para que ella se case con uno de su linaje, conforme a la ley de Moisés, así que te la entregaré” (8,11). Y tomando a su hija de la mano derecha, la colocó en la mano derecha de Tobías, diciendo: El Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob sea con vosotros. Que Él os una y os llene de bendición” (8,11-15, Vul.). Y después de la primera noche, bendecirá a Dios, que ha protegido a su hija y esposo, diciendo: “Bendito seas, oh Dios, con toda pura bendición y seas bendecido por los siglos todos. Seas bendecido porque has tenido piedad de este hijo único y de esta hija única. Concédeles, Señor, tu gracia y tu protección, hazles seguir su vida en la alegría y en la gracia” (Tb 8,17-19, Vul). Por su parte, los dos esposos viven su unión como don del Señor y bajo su bendición: “Cuando acabaron de comer y beber, decidieron acostarse. Llevaron a la alcoba a Tobías. Una vez que quedaron los dos solos, se levantó Tobías del lecho y dijo: “Levántate, hermana; vamos a orar para que el Señor tenga misericordia de nosotros. Ella se levantó e imploraron al Señor el poder de quedar a salvo. Comenzó él, diciendo: Bendito eres, Dios de nuestros padres, y bendito por los siglos tu nombre santo y glorioso. Bendígante los cielos y todas las criaturas. Tú hiciste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer; de ellos nació todo el linaje humano. Tú mismo dijiste: No es bueno que el hombre esté solo: Hagámosle una ayuda semejante a él. Ahora, pues, Señor, no llevado de la pasión sexual, sino del amor de tu ley, recibo a esta mi hermana por mujer. Ten misericordia de mí y de ella y concédenos llegar juntos a a nuestra ancianidad. Y dijeron a coro: Amén, amén. Y pasaron dormidos aquella noche” (8,1-9). Aun cuando se aprecie grandemente la unión sexual, se sienten capaces de vivir la continencia por su fe en Dios: “Somos hijos de santos y no podemos comenzar nuestra vida conyugal como los paganos, que no conocen a Dios” (8,5, Vulg.). Los jóvenes esposos dejarán pasar de este modo las tres primeras noches. Por esta razón “las tres noches de Tobías” han jugado un papel tan importante en la historia de la Iglesia y en la liturgia: “Levántate, hermana, es preciso orar al Señor, hoy, mañana y pasado mañana. Estas tres noches permaneceremos unidos a Él y hasta que pase la tercera noche no usaremos de nuestro matrimonio” (8,4; 6,16-22, Vulg.). El libro de Tobías nos describe, en el marco de la fe del AT, el culmen de la vida conyugal y familiar, puesta enteramente bajo la protección de Dios, observando en la fe y en la obediencia la Torah, es decir, la voluntad salvífica de Dios creador. Esta visión del matrimonio es el punto de convergencia de la tradición del relato de la creación y de la predicación profética sobre la alianza, unión conyugal de Dios con su pueblo. En la familia de Tobías vemos cómo la realidad del matrimonio se vive a la luz de Dios, con quien la pareja –y el padre de Tobías- trata confidencialmente. El encuentro con Dios marca con su impronta la manera de vivir el matrimonio en su existencia concreta: Los israelitas fieles la viven de distinto modo que “los que no conocen a Dios”. La fe tiene su resonancia en el matrimonio. Vivido en alabanza y acción de gracias es, como toda realidad humana, excelente y regocija el corazón de Dios (el israelita creyente pronuncia una berakah cada vez que usa una realidad terrena: Así cuando come, bebe, se lava o conoce sexualmente a su esposa). En la liturgia del matrimonio, la asamblea, unida al celebrante que preside, implorará la bendición de Dios sobre los nuevos esposos, con esta plegaria: Padre Santo, que has creado al hombre y a la mujer para que, siendo los dos una sola carne y un solo corazón sean imagen tuya y realicen su misión en el mundo. Que a lo largo de su nueva vida común, santificada por este sacramento, se comuniquen los dones de tu amor; y que, siendo el uno para el otro signo de tu presencia, sean en verdad un solo corazón y un solo espíritu. 3. AMOR CREADOR: GEN 1,26-28 Creced, multiplicaos, llenad la tierra. Por voluntad de Dios el hombre no ha sido creado solitario sino que ha sido llamado a decirse “tú” con el otro sexo. La mujer es llamada isah, esposa del hombre: is. Y también Eva (havá): Madre de todos los vivientes. La sexualidad humana encierra una doble dimensión: Unitiva y procreadora, inseparablemente unidas. La entrega corporal es símbolo de y manifestación de un amor exclusivo, que se abre y encarna en la procreación. La lectura de los dos relatos de la creación del Génesis revela la presencia directa de Dios en la formación de la primera pareja. Tanto el relato sacerdotal (1,26-28) como el yahvista, más antiguo (2,18-25), explicitan esta intervención de Dios de una manera directa. Ambas narraciones coinciden en esta síntesis fundamental: La creación del hombre, en su doble cualidad de varón y mujer, no tiene su origen en ningún principio mitológico, ni su dimensión sexual ha sido causada por alguna potencia maligna sino que todo es fruto de la palabra creadora de Dios. La polaridad sexual comienza a existir, como el mundo entero, por su voluntad y amor creador y con una finalidad concreta. Por ello, el prototipo de la bisexualidad humana dibujado en estas primeras páginas es la expresión del designio de Dios sobre el matrimonio y la familia humana: Así ha brotado de las manos cariñosas de Dios y en función de los designios por Él señalados. Jesucristo lo recordará con este significado: “¿No habéis leído que al principio Dios hizo…”. Dios modeló con sus manos al hombre, sacó de él la mujer y “como padrino” de bodas se la presentó al hombre. Así como el segundo texto del Génesis subraya el amor unitivo, como hemos visto, el primero, donde aparece el binomio hombre-mujer como culmen y corona de toda la obra creadora, acentúa el aspecto procreador de la sexualidad: “Y los bendijo Dios, diciéndoles: Creced, multiplicaos y llenad la tierra” (1,28). Es la bendición concedida y la misión encomendada a la primera pareja humana y a las que de ella van a surgir. Con esta finalidad han sido creados como hombre y mujer a imagen de Dios. Lo específico del hombre, en su bipolaridad sexual, expresamente señalado, es convertirse en icono, en una epifanía del ser que le ha dado la vida. En esta insistencia con que se describe al ser masculino y femenino, como el hombre-imagen de Dios, aparece un reflejo de la vida trinitaria. Como vimos en la introducción es una perspectiva que encaja dentro de la revelación, apuntada frecuentemente por los Santos Padres, una vez que conocemos ese misterio por la revelación de Jesucristo. También en Dios se da una comunidad de amor, un intercambio de comunión entre las tres personas que forman su única naturaleza. Dios, podemos decir, es familia y su reflejo se patentiza en este diálogo del hombre y la mujer desplegado en la fecundidad del matrimonio. El padre, la madre y el hijo constituyen la comunidad familiar, que muestra una gran analogía, por su unidad y mutua referencia, con la comunidad amorosa de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tal vez por ello San Pablo recuerda, en sentido inverso, que los que no quisieron glorificar a Dios e hicieron de Él una imagen semejante al hombre corruptible, han llegado al extremo de la perversión, señalando de forma concreta la negativa total a la fecundidad en sus relaciones sexuales (Rm 1,21-28). La fecundidad, bendición de Dios. Esta dimensión creadora de la sexualidad humana ha sido después ampliamente proclamada por toda la Biblia. La fecundidad ha sido anhelo y preocupación constante en el pueblo de Israel. Desde la primera invitación a llenar la tierra, como fruto de la bendición de Dios a Adán y Eva, repetida después del diluvio a Noé y sus hijos: “Dios bendijo a Noé y sus hijos, diciéndoles: ‘Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra’ (Gn 9,1), la promesa de una posteridad numerosa aparece vinculada, como un don de Dios, a la fidelidad del hombre”. Ser rico en hijos es sentirse depositario de la promesa hecha a Abraham: “Mira el cielo; cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: Así será tu descendencia” (Gn 15,5). De aquí la dimensión de fe de las genealogías. El que no ha llegado a ser padre ha roto la historia salvífica, que desborda de una a otra generación. En este contexto, la esterilidad es considerada como una maldición –lo contrario de una bendición- y la fecundidad es el don supremo de Dios, que es quien “cierra y abre el seno materno”. Así lo viven las esposas de los patriarcas antes de sentirse bendecidas por Dios: Sara con Abraham (Gn 11,30; 16,2); Rebeca con Isaac (Gn 25,21); Lía y Raquel con Jacob (Gn 29,31; 30,1); Ana, la madre de Samuel (I Sam 1,5-8); la misma Isabel en el Evangelio (Lc1,7). Véase también Is 4, 1.47; Jr 18,21; Os 9,12. Absalón hace un monumento con su nombre, “pues se había dicho: No tengo hijo para perpetuar mi nombre” (2 Sam 18,18). Para conseguir descendencia Tamar llega a la estratagema de presentarse como prostituta ante Judá (Gn 38,15). La misma ley del lebirato buscaba esta finalidad; cuando un hombre ha muerto sin descendencia, uno de sus hermanos procuraba darle un hijo a la viuda, pues “así su nombre no se borrará de Israel” (Dt 25, 5-10; Gn 38,11; 16,1-16). “Vio Raquel que no daba hijos a Jacob, y celosa de su hermana dijo a Jacob: Dame hijos o me muero. Jacob se enfadó con Raquel y le dijo: “¿Estoy yo acaso en el lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre ? » (Gn 30,1-2). Se acordó Dios de Raquel. Dios la oyó y abrió su seno, y ella concibió y dio a luz un hijo. Y dijo: Dios ha quitado mi afrenta. Y le llamó José, como diciendo: Añádame Yahvéh otro hijo” (Gn 30, 22-24). “El día en que Elcaná sacrificaba, dada sendas porciones a su mujer Peninná y a cada uno de sus hijos e hijas, pero a Ana le daba solamente una porción, pues aunque era su preferida, Yahvé había cerrado su seno…Ana lloraba de continuo y no quería comer. Elcaná su marido le decía: Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy para ti mejor que diez hijos? Pero después de comer, Ana se levantó… y llena de amargura oró a Yahvé llorando sin consuelo: Oh Yahvé Sebaot, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y me das un hijo varón, yo te lo entregaré por todos los días de mi vida… Volvió con su marido a casa. Y Elcaná se unió a su mujer Ana y Yahvé se acordó de ella. Concibió Ana y llegado el tiempo dio a luz un niño a quien llamó Samuel, porque, se dijo, se lo he pedido a Yahvé” (I Sam 1,4ss). Y, en exultación cantará ante Dios su Magníficat (I Sam 2,1-10). A la lamentación de la madre sin hijos contesta Dios prometiéndole un hijo: Gn 17,19; 18,10; 24,36; 25,21; Jue 13, 3.5.7.; Is 7,14; 54,1… Y los salmos cantarán que los hijos son un don y bendición de Dios: “Don de Yahvé son los hijos, es merced suya el fruto del vientre”(Sal 127,3) “Dichosos los que temen a Yahvéh, los que van por sus caminos. Dichoso tú, todo te irá bien, tu esposa será como parra fecunda en el secreto de tu casa. Tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa” (Sal 128, 1-3). Y he aquí el parabien clásico dirigido a la joven desposada: ¡Que crezcas en millares de millares! (Gn 24,60; Cfr Rut 4,11s). Así la historia bíblica es en primer lugar una genealogía. Concepción de la existencia, en la que el hombre entero está orientado hacia el porvenir, hacia aquel que ha de venir: Tal es el impulso puesto en el hombre por el Creador: No sólo sobrevivir sino contemplar un día en un hijo de hombre la imagen perfecta de Dios . Israel ha vivido el matrimonio como una misión: La de fundar una familia en la perspectiva de unión de vida y de intersubjetividad conyugal. La “unidad de carne”, la unidad de vida, establecida por Dios entre hombre y mujer en el matrimonio, no puede dar sino “hijos de Dios”. Como proclama Malaquías: “¿No ha hecho Él un solo ser que tiene carne y soplo de vida? Y este único ser ¿qué busca? Una posteridad dada por Dios” (2,15-16). Iluminación antropológica La relación interpersonal es una experiencia humana fundamental. Consiste en ponerse en camino hacia el otro; en salir de nosotros mismos para dirigirnos hacia el otro (Cfr. B. Häring, Personalismo in teología e filosofía, Roma 1868; J: Morroux, Sentido cristiano del hombre, Madrid 1956). La madurez de nuestra personalidad depende de la relación y de la apertura a los demás (Cfr. GS 12, 23, 24, 25). El yo se hace autotransparente para sí mismo en la medida en que encuentra al otro. Y en el encuentro con el otro, como tú y no como objeto, nace el amor, el reconocimiento del otro, la aceptación y deseo de que el tú siga siendo y creciendo como tal tú (Cfr. GS 24). Pero el amor que vivimos es un amor encarnado, que se expresa corporalmente. El deseo de amar del espíritu es siempre más rico que su encarnación. Pero la corporeidad, a su vez, es el vehículo necesario del amor, pues el amor personal sólo puede expresarse de una forma encarnada, en la que el cuerpo asume su función específica. Dentro de este cuadro antropológico se inserta el amor conyugal, que es una forma específica del amor. El amor conyugal es amor humano: En él se busca sobre todo la persona del otro, su felicidad y su crecimiento en la que tiene de más propio y singular. Esto sólo es posible cuando toda la vida conyugal es signo y expresión de donación personal. En toda expresión, sexual o no, es preciso que aparezca el reconocimiento del otro y la aceptación del amor personal del otro. El gesto sexual es algo vital para el hombre y la mujer. La donación mutua se hace total, por tanto, es fecunda, abierta a la vida. El amor, del que se ha eliminado la intención de fecundidad siendo esta posible, constituye una perversión del amor, que termina en frustración y por agotarse. El amor, dirá B. Häring, es un fenómeno tan primordial como el sexo. El sexo, más bien, es un modo de expresar el amor. Como el vehículo es humano y santo. El matrimonio, como comunidad de amor, se expresa en la relación y donación total de los esposos; el gesto sexual es expresión de la unidad, que el amor crea entre los dos. Esta entrega mutua en el amor es portadora de fecundidad, como superabundancia de amor, que se desborda de los dos, creando una vida nueva, expresión e icono de su unidad en el amor: el hijo. Así, la fecundidad es participación del amor creador de Dios, fruto de su bendición: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, diciéndoles: Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra” (Gn 1, 27-28). Esta palabra creadora de Dios comunicó a la unidad hombre-mujer la fecundidad, como participación de su fuerza creadora. La fecundidad es gracia y vocación, que nace del amor para el amor. La fecundidad creadora de Dios se desborda sobre su imagen sobre la tierra, haciéndoles partícipes de su poder creador de vida. En la transmisión de la vida se expresa la fecundidad del amor. El amor conyugal, por su propia verdad y especificidad, está abierto a la vocación paterna. La Humanae Vitae lo dice bellamente: “Este amor es fecundo porque no se agota en la comunión entre marido y mujer, sino que está destinado a continuar, dando origen a nuevas vidas” (n. 9). La sexualidad humana no está circunscrita a los ritmos biológicos de la procreación. Sin embargo, desde una antropología correcta de la sexualidad humana hay que reconocer que ésta tiene una dimensión procreativa. Esta dimensión vivida e integrada en el amor, la afectividad, el cariño, tiene sus raíces, aunque las supere, en la instancia biológica. El impulso sexual lleva hasta el abrazo de los cuerpos como meta final, en el que los esposos alcanzan la comunión más honda y vinculante. Es cierto que “la índole sexual del hombre y su facultad de engendrar supera maravillosamente lo que hay en los niveles inferiores de la vida” (GS 51). El hombre busca la entrega corporal no sólo –como los animales- en los tiempos fecundos. Pero es evidente la orientación de la sexualidad humana a la procreación. Excluir el hijo de su horizonte sería cerrar los ojos a una realidad que se impone por sí misma. Todo el proceso gonádico, hormonal, anatómico y psicológico, en sus diferentes etapas y reacciones, está orientado para que esta finalidad pueda alcanzarse y en sus mismas estructuras biológicas aparece escrito con evidencia este mensaje: “La respuesta sexual humana es una secuencia ordenada y muy racional de acontecimientos fisiológicos, cuya meta consiste en preparar los cuerpos de dos >>>>>%>ïàïàïàïàïàïàïà͹͹͹ͦ’¦’àïàïà†àïàz†kàhŽ06hÙ!òCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhÙ!òCJOJQJaJ'hn&”h³%¦6CJOJQJaJmH sH $hn&”h³%¦CJOJQJaJmH sH 'hŽ06h³%¦6CJOJQJaJmH sH $hŽ06h³%¦CJOJQJaJmH sH hŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ&a;Î;@<®<¾<ù<g=©=þ=ÿ=>>>>> > > > > >>>>>>>>>>÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.>>>>>>>>>> >!>">#>$>%>I>J>K>q>r>s>”>÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷Ó÷÷Á$-Dà@&MÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$„Ä-DàMÆ ÿÿÿ™`„Äa$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.%>J>s>•>ˆN«N:O{O¡P0Q™[œ[````?`&c0cQcWcÃdËdÿh i>iWi…i™i­i¿icjjj}jjj“j÷jûj‡k‹kËlãlälælñlòlipjpkpïàÐàÐàÐàÐàÄษàïàÐàÐàÐàÐàÐàÐàÐàÐàÐàÐàÐàÐà‹àÐà¸#jhÙ!ò0JCJOJQJUaJhÙ!òCJOJQJaJhŽ06h#S'CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJh#S'CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJ1”>•>z@{@ˆB‰BDEEEGGúGûG|H}HjIkI¬K­K©NªN/Q0QãWäWš[›[```÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.`>`?`aaÔbÕb™dšdshthñlòl„n…n×oØojpkplpnp‰pŠp‹pŠt‹tïçççççççççççÛÛÛÛÛÛÛçïçççç $„Ä`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.kplpop‰pŠp‹pŒp°pÐp.qCqRvYvÍxÙxÚxÛx3y7y|!|E|F|“|–|M}b}é}ê}ë}ì}U€[€¸€Õ€Ö€øñâÒŵÒâ¥â¥â¥â¥™‡â¥â¥Ò™â{â¥âoñ{â{â{]â#jhÙ!ò0JCJOJQJUaJh³%¦CJOJQJaJhÙ!òCJOJQJaJ#jh#S'0JCJOJQJUaJh#S'CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h#S'5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06hÙ!òCJOJQJaJ$‹tÆwÇwÃzÄz|| |!|"|D|E|ê}ë}U€Z€ ‚‚łƂƒƒ¬…¹…÷÷÷÷÷÷÷÷ë×ëÏë÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd#S'$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV. $„Á^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.øýl‚z‚¦‚Ã‚Ä‚Žƒƒƒ‘ƒÓ„ï„ð„…‰…¸…¹…J‡g‡h‡i‡j‡k‡l‡m‡‡€‡ïàïàÔÂà¶§ÔàÔ•àïàÔà‰•à¶}nà^Qh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h#S'CJOJQJaJh#S'CJOJQJaJh„nÄCJOJQJaJ#jh„nÄ0JCJOJQJUaJhŽ06hÙ!òCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhÙ!ò0JCJOJQJUaJhÙ!òCJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ¹…j‡k‡l‡m‡‡€‡‡›ˆŸˆš‹¨‹ÙæH“I“K“b“c“͓̓–––óóóëÛëëëëëëëëëëëÛëëëëëë$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.€‡‡‚‡›ˆ ˆ€‰ˆ‰§‹©‹kŒnŒåçÍ‘ç‘>’?’(“E“F“G“H“I“J“K“L“b“y“‚“J”Q”â•––––––"–©˜ª˜(™?™†™ˆ™Ô™â™+šïßÐÄдÐÄдÐÄÐÄÐÄÐĢЖ‡ÐßÐßддÐĢЖxÐßТдддÐhŽ06h„nÄCJOJQJaJh„nÄh„nÄCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh„nÄ0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJh„nÄCJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h#S'5CJOJQJaJ/– –!–¬˜®˜$™%™¯›²› ž!žqžÓŸÔŸt u ñ¡ø¡>§?§c¨d¨ÁªÂª?«íåååÙÙÙååååååÙÙåååååååÑÑ$a$gd#S' $„Ä`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.$-Dà@&MÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.+š8š~š…šºšÀšÇšÕšžžžžs t u ñ¡ù¡ÁªÃª÷ª ««´®·®¢¯¦¯ä¯û¯m³™³J´o´«´µ´¼µÄµ¶3¶4¶5¶ã¶·Ú·<¹ïàïàïàïàÔÂÔà¶§à›àŒàï›à›àïàïàïàïàïàïàï›zàïàï#jh#S'0JCJOJQJUaJhn&”h#S'CJOJQJaJh#S'CJOJQJaJhŽ06h#S'CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh„nÄ0JCJOJQJUaJh„nÄCJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ+?«@«µ®¶®j³k³K·L·Ø·Ù·¸¸G¸m¸o¸p¸q¸‹¸¸Ç¸ò¸¹"¹=¹>¹?¹@¹óçççççççççççççóßóóóóóóóóóó$a$gdÔV. $ Æa$gdÔV. $„Á^„Áa$gdÔV.<¹=¹>¹?¹@¹A¹B¹S¹À¼Ü¼Ý¼ã¾ì¾}ÀŽÀÁ¹ÁºÁäÁÂEÂP†͋ÍÑ2Ñ3ÑyцÑÒÒòÒÓ[ÓbÓfÔòâòÕŶ¦¶šˆ¶x¶x¶lZ¶¦¶x¶x¶lZ¶x¶x¶x¶x¶#jh7E0JCJOJQJUaJh7ECJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ#jh„nÄ0JCJOJQJUaJh„nÄCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h#S'6CJOJQJaJh#S'6CJOJQJaJhŽ06h„nÄ6CJOJQJaJh³%¦6CJOJQJaJ#@¹A¹Q¹R¹ß¼à¼¾¾¼Á½Á¾Á¿ÁÀÁÁÁÂÁÃÁáÁâÁãÁ ÂÂÃÃYÄZÄóãÛÛÛÛÛÛÛÛÏÛÛÛÛãÛÛãÛÛÛÛÛ $„Ä`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV. $„Á^„Áa$gdÔV.ZÄuÆvÆÿÈÉÊÊ Ì Ì5Ñ6ѯѰÑíÑîÑæÒçÒ…Ô†Ô‡ÔˆÔ‰Ô®Ô¯Ô÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ì÷ì÷ì÷÷÷àÌà$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV. $„Á^„Áa$gdÔV. $ & F a$gdÔV.$a$gdÔV.fÔƒÔ„Ô…Ô†Ô‡ÔˆÔ‰Ô®Ô²ÔµÔ»ÔdÕiÕà à á áâ/â;â<â÷âýâ³åÎåÏåræsææ“æ9ëWëXëYëZë[ëŽëï"ï#ï<øCø%ÿôâÓÇ»¬ÓœÓÓÓÓÓôâÓÓôâÓôÓÓôâÇpÓœÓôâÓÓhŽ06h7ECJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJh7E5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h#S'CJOJQJaJh#S'CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ#jh7E0JCJOJQJUaJh7ECJOJQJaJ+¯Ô±Ô1Ø2ØEÙFÙ[Ý\ÝñÝòݡޢÞ*à+àÒáÓá=â>â.ä/äÐåÑ嬿®æøèùèYë÷÷ë÷÷ëë÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ßëëë $„Á^„Áa$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.YëZë[ëŒëë$ï%ïVïWïíóîóIöJöóøôøÅúÆúgÿiÿqr"#¿ÀZóóßó××óóóóóóóóóóóó×××××××$a$gdÔV.$„Ä-DàMÆ ÿÿÿ™`„Äa$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.%ÿBÿCÿTÿfÿgÿhÿjÿ¸Àùû?ºäåæçÆÐ É Ì ! - 8 9 _`>Z[Y\î  ÌßàãôâÓôÓÃÓÃÓÃÓÃÓÃÓÃÓ¤—‡¤ÓÃÓÃÓÃÓÃôâÓôÓôâÓâÓ{ÓôâÓôâÓha_ºCJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJh7Eh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ#jhBr0JCJOJQJUaJhBrCJOJQJaJ0Z[·¸¹ºäåæ: ; ^_Z[ˆ‰Ý6ÊË23á÷÷÷÷÷ã÷÷÷÷×÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $„Ä`„Äa$gdÔV.$„Ä-DàMÆ ÿÿÿ™`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.áâãÀÁÂÃêëìÅ#Æ#ü&ý&Í(Î(Ð(Ñ)Ò)‹-Œ-»8¼8g=h=÷÷ë÷÷÷×ëëë÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$„Ä-DàMÆ ÿÿÿ™`„Äa$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.ã÷ø£¾¿ÀÁÂÃêëì:!=!–!™!¥#Â#Ã#Þ$î$Ú&ù&ú&Ì(Í(”-¬-ö1÷1ô8ôåÖôÄÖ¸¬€pÖ`Ö`ÖôÄÖ`ÖôÄÖQÖ`Ö`Öhß2Uh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06hß2UCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhß2U0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06hBrCJOJQJaJhß2UCJOJQJaJô89€==˜=™=À=Á=Ï=Ð=û=ü=>>$>%>?>@>U>V>×?Ø?á@â@AA(A)A~AAÅAÎAHBXBD3D4DÍEÒEÐHØH0J1J{J}JÃJÄJK/KVKWKZK[K\KaKbK‚K­K®KQQ^QïàÔàÔàÔàÔàÔàÔàÔàÔàÔàÈà¼à¼à¼à¼à¼à¼à¼ªàïàïà¼à¼à¼à¼àïàï¼àïàšÈàïhŽ06h³%¦5CJOJQJaJ#jhß2U0JCJOJQJUaJhß2UCJOJQJaJh/,CJOJQJaJha_ºCJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJˆ>ß>à>?‚?0@1@ƒB„B E EAIBIÛIÜITKUKVK]KcK€KK÷÷ïïïïïïïïãããããããããããïÓï$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.$a$gda_ºK‚K«K¬K­K\M]MÙQÚQ]T^T¶X·X¸X¹XÛXÜXüZýZû_ü_ã`ä`¯a°aEeFe÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$ & F -DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.^Q¹QÖQ×Q–X²X³XµX¶X·X¸X¹XÜXÝX*YFYGYÜZùZúZû_ý_²`ñåÓñǵñ©š©‹{oño]ño]ñJ;h³ráh³%¦CJOJQJaJ%h‹nÌh³%¦B*CJOJQJaJphÿ#jh³rá0JCJOJQJUaJh³ráCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJhŽ06h/,CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh/,0JCJOJQJUaJh/,CJOJQJaJ#jhß2U0JCJOJQJUaJhß2UCJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ²`³`â`ã`ä`®a¯a°a)e4e4f5fefffgf¦f§fÄfÅfæfçfgg g"gDgEgFgëh i i¿jÀjÁjÂjÃjÝjÞjôåÙÊåÙ»å«åôåÙ»åŸåôåŸåŸåôåÙåô~åÙŸånah³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJ#jh³rá0JCJOJQJUaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³ráCJOJQJaJh³ráh³ráCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJh³ráCJOJQJaJ%FeffffgfEgFgÅgÆg i iÀjÁjÂjÃjÝjÞjßjm€mËnÌnÐqÑq%v&v÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã××÷÷÷÷÷÷÷÷ $„Á^„Áa$gdÔV.$ & F -DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.Þjßjàj™k¿kÖkôkLoSo®qÊqËqt—tÅvÔvÂ|Ý|Þ|ß|à|á|â|ã|}}K}L}"„A„µ†À†Á†»ØÙKfg[“x“ïãÔÄÔÄÔÄÔã²ÔÄÔÄÔã²Ô¦ã—Ô‡ãÔãÔãÔã²Ôã²Ôã²ÔãÔ{hU!†CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh³rá0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJh³ráCJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJ*&vèvév‚wƒwà|á|â|ã|}}†}‡}£¤»„¼„ÆĆÛâij{“÷÷÷÷÷÷÷÷ã×÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $„Á^„Áa$gdÔV.$ & F -DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.x“y“z“{“|“}“~“”“•“–“°“±“””@–H–º™Ù—˜ÄÅüýžžžž0ž1žSžTžˆž‰ž¸ž¹žØžíÞÒÆ·Þ§šŠÞ~Þ~ÞnÞnÞ~Þ~Þ~^~Þ~Þ~Þ~Þ~Þ~ÞhŽ06h³%¦CJOJQJ]aJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhU!†CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ#jhU!†0JCJOJQJUaJ${“|“}“~“”“•“–“¯“°“e•f•œœqr/Ÿ0Ÿ/¡1¡×¥Ø¥Ù¥÷÷÷ã÷÷××÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ËËË $„Ä`„Äa$gdÔV. $„Á^„Áa$gdÔV.$ & F -DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.ØžÙžðžñžÖ¥×¥Ø¥Ù¥Ú¥î¥ï¥ð¥ñ¥·©º©L¬T¬‰­­)±*±+±,±-±`±a±b±c±—´¨´»¹×¹عÙ¹Ú¹Û¹ܹÞ¹ººººº•ºôåôåÙ;审‘ôåÍåååÙ;审‘ôååôoåÙ;审‘®å#jhU!†0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhU!†CJOJQJaJ+Ù¥Ú¥î¥ï¥ð¥¶¦·¦¸©¹©¨­©­®®Þ®ß®¯¯*±+±,±-±`±a±b±Ÿ³ ³óß××××××××××××××××××ß××××$a$gdÔV.$ & F -DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV. ³¦´§´£·¤·Ú¹Û¹ܹݹºººhºjº!¼"¼Q½R½º¾»¾GÀHÀ‡ÁˆÁŠÂÍÄIÇ÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ßß$a$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.•º.¼4¼^½b½e½n½ѾؾàÀöÀuÁ,Â2‰ŠÂáÂÃÃ#Ã1Ã}ŹÅaÊhÊRÌmÌñáñáñáñáñáñÒñ܇p‡p‡p‡p‡^#hU!†5CJOJQJ\]^JaJ,hŽ06h³%¦56CJOJQJ\]^JaJ)hŽ06h³%¦5CJOJQJ\]^JaJ)hU!†h³%¦5CJOJQJ\]^JaJ"ha_ºh³%¦CJOJQJ\]aJha_ºh³%¦CJOJQJaJhU!†h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJmÌnÌpÌqÌwÌxÌyÌ—Ì˜Ì™ÌšÌØÌáÌøÎÏ<ÏFÏÜÏVÒbÒYÖtÖçÒÆº«Ò—ˆÆ«yiyZyiyˆJˆ>hU!†CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhn&”h³%¦CJOJQJaJhU!†h³%¦6CJOJQJaJhU!†h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ&hŽ06h³%¦CJOJQJ\]^JaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ)hŽ06h³%¦5CJOJQJ\]^JaJ0jhU!†0J5CJOJQJU\]^JaJIÇpÌqÌrÌsÌtÌuÌvÌwÌx̗̙̚ÌuÏvÏÈÑÉÑ9Õ:ÕwÖxÖyÖzÖœÖÖ÷ïïïïïïïïßïïïïïïïïïïïïÏï$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.$a$gdÔV.tÖuÖwÖxÖyÖzÖœÖÖžÖŸÖüÖéØêؙڣګڰڳڴڶÚêÚaè}è~è‚èíÞÒÆ·§šŠ§ÞzjzÞ^ÞzÞz§ÞR@Þ#jh`d?0JCJOJQJUaJh`d?CJOJQJaJhpðCJOJQJaJhU!†h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ#jhU!†0JCJOJQJUaJÖžÖúÖûÖ×O×v×’×Ã×áרØEØbØzØœØæØçØêØÿØÙ?ÙfّٻټٽÙÞÙ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ëëëëëëëëë $„Á^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.ÞÙÚ!ÚBÚ]Ú^Ú˜Ú™Ú£Ú¬Ú­Ú®Ú¯Ú°Ú±Ú¶ÚéÚêÚëÚìÚÛÛÛ$ÜóóóóóóóóóóóóóëëÛëëëÉëëë$-Dà@&MÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV. $„Á^„Áa$gdÔV.$Ü%ÜŽááµã¶ãè€èè¦è§è ë ë|ì}ì_î`îòò õõÍøÎøÔúÕújýký÷÷÷÷÷÷÷÷å÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-Dà@&MÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.‚è¦èüð ñÓñÙñø”ø1ù6ùu  q w { – — ˜ ™ š  Á  ö beÄÓÔÕר*GHJKLN‹ŒïàÐàÐàÐàÐàÐàÐàÐàIJ¦—àŠïÄàÄàÄàÐIJà{àIJগàïnh³%¦5CJOJQJaJhn&”h³%¦CJOJQJaJh`d?5CJOJQJaJhŽ06h`d?CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh`d?0JCJOJQJUaJh`d?CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJ+kýabvwF G ˜ ™ š À Á cdÊË()°±×ØKLM÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã÷÷÷÷÷×××÷÷÷××÷ $„Ä`„Äa$gdÔV.$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.M‹Œx!y!""y#z#A&B&#($(…*†*÷*ø*Ç-È-Ø/Ù/1121I2J2N3íååååååååååååååååååååååååå$a$gdÔV.$-Dà@&MÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.ŒŽ!!„*…*‚2Œ2Ê7‚8ý9:::: :!:":%:L:M:N:O:¢:£:BAKA/B4BžPïßÐÀбÐÀÐÀÐ¥“Ї{lÐ_ßRï¥Ð¥ÐÀÐÀÐh³%¦5CJOJQJaJh`d?5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh`d?0JCJOJQJUaJh`d?CJOJQJaJh`d?h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJN3O3: :!:":L:M:N:´;µ;ù;â=ã=S?T?î@ï@^D_DžEŸECHDHÇJÈJN÷÷÷÷÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.NNkNÃNOLOMO½P¾P¿PÀPðPñPòPU U¥U¦UNVOVÚVÛVªW«W6[7[^÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.žPºP»P½P¾P¿PÀPÁPÂPðPñPòPóPoSuSÔSÚSTTÐT×T­U³UVV^VwVVäVìVÐWÕWÜWãW'X,XhYmYoYuYôâÓÇ»¬ÓŸ‚rÓbÓbÓbÓbÓbÓbÓbÓbÓbÓbÓbÓbÓbhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJh`d?5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ#jhdî0JCJOJQJUaJhdîCJOJQJaJ&uY&Z,ZëZñZúZÿZ?[E[V[][^^Æ^Î^‚`¡`/e8e©gÈg÷ghh h h h hhDhIhKhLhñáñáñáñáñáñÒñáñÆñáñÆñẨœÆñ}k}^h³%¦5CJOJQJaJ"hŽ06h³%¦56CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h8,‰CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhdî0JCJOJQJUaJhdîCJOJQJaJh8,‰CJOJQJaJh`d?h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ ^^„a…af‚f h h h hKhLhMhekfk’k“k”kQnRnµo¶o[p\p±q²q³q÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.LhMhNhi!i"igk’k“k”k•kÂkÇk±q²q³q´qµqÛqÜqÝqÞq'sGs¢w£wxžxŸx¡x¢x¤x¥x¦xÁxµy¶y z zOzPzœzzîzïßÐIJÐߥïßЕЉ}nÐߥïßÐÄÐßÐIJЉ}nÐßÐÄÐÄÐÄÐÄÐhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJ#jhdî0JCJOJQJUaJhdîCJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJ+³q´qÛqÜqÝqGtLt™ušu¢w£w¡x¢x£x¤x¥x¿xÀxgyhyA}B}G}¡}¢}Ð}ÿ}÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.îzïzá{â{;|<|ä|å|6}7}£}¿ÀÁ€:€—žŸ ¥¦§ÙÚè ŠŠ¾ÅÆ+Ž,ŽÕ—ôåôåôåôåôåÕȸÕåÕ嬠‘ååqåÕåÕåô_åôå#jhdî0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhdîh³%¦6CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06hdî6CJOJQJaJh³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhdîCJOJQJaJ"ÿ}:~Y~z~«~á~ .SŒÀÁ €€8€9€n€€¹€Ù€ø€Ls—˜™š›÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.›œžŸ ¡¢£¤¥¦§ØÙÚçèéKƒLƒ›…œ…„Œ…Œ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.‰“Š“ô—õ—ö—÷—˜˜˜íšîšïš  K¤M¤û¥ü¥ʨ˨¿«À«Á««å«æ«÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.Õ—ñ—ò—ô—õ—ö—÷—ø—˜˜˜˜ïšðš?›@› " - 0 +¤H¤I¤æ§¨תÛª¾«¿«ôâÓÇ»¬ÓœœÓsÓsÓcÓcÓsQÓsÓcÓÇ#jh0ø0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJh0øCJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ#jh8,‰0JCJOJQJUaJh8,‰CJOJQJaJ¿«À«Á««ëã«å«æ«ç«B®^®_®/±6±°±̱ͱ­·É·Ê·ÁÀÂÀÜÂøÂùÂ"Å>Å?ÅÓÈîÈïÈzÌšÌšÚµÚ¶Ú ÛÛ7Û?Û½ÝÈÝÂÞñåÖÇ·ÇåÖÇ«™Ç‰Ç«™Ç«™Ç«Ç}kÇ}kÇ}kÇ}Ç}kÇ}ljljÇ#jh8,‰0JCJOJQJUaJh8,‰CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ#jh0ø0JCJOJQJUaJh0øCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h0øCJOJQJaJ*æ«ç«a®b®ϱбÏ·зø»ù»Ö½×½¿ÀÀÀ*Á+ÁûÂüÂAÅCņƇÆôÈõÈòÑóѰױ׸Ú÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.¸Ú¹ÚÛ ÛÝÝÜàÝà â â{ã|ãÓåÔåÁéÂé6ë9ë:ë;ëKëLëMë7î9î>ï?ï÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.ÂÞÉÞ¿àÚàÛàíá â â„ç¢ç¡é¾é¿é8ë9ë:ë;ëKëLëMëXì`ìºìÀìöìüìî4î5îSîaîÜñ÷ñøñJòKòðòñò¨ûÄûÅûÈûÉûïàÔÂàÔÂàÔàÔÂඪ›‹¶›àïàïàïàÔÂàïàmàààmà#jh•%¥0JCJOJQJUaJh•%¥CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh0ø0JCJOJQJUaJh0øCJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ*?ï¼ð½ðûñüñ±õ²õùùÇûÈûöÿ÷ÿ01p q   a b d fgû÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ëßß $„Ä`„Äa$gdÔV. $„Ä^„Äa$gdn&”$a$gdÔV.Éûÿ#ÿxÿyÿŽªnÿ   K _ c d X Y KS¾Øðñ:$U$V$X$Y$Z$[$\$n$o$p$†'ñåñåñåñÙñåÇñ·ñ·ñåñ·ñ·ñÙñ·ñåÇñ«Ÿñ€q_ñ"hŽ06ha_º5>*CJOJQJaJh³%¦5>*CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJha_ºCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ#jh•%¥0JCJOJQJUaJhn&”CJOJQJaJh•%¥CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ%ûü¨©˜X$Y$Z$[$n$o$p$^%_%…'†'¦)§)¨+©+f-g-2óóóóóëëëëëëÛëëëëëëëëëëëëë$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.†'‡'~((Ô(Õ(§+¨+©+ª+þ12222238393É3Ê3Ë3P7Q7®7·7 >,?/?0?1?2?Ø@Ù@Ú@ B!B"BðEôåôåôåÙÊôåô¸åÙ©åô¸åÙÊåšåŠåŠåÙÊåŠ}mŠ}mŠhŽ06h•%¥6CJOJQJaJh³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJha_ºh³%¦CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJ#jh•%¥0JCJOJQJUaJhŽ06h•%¥CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJh•%¥CJOJQJaJ&22Ê3Ë3Q7R7”<•<>>0?1?Ù@Ú@!B"BFFêGëGIžI¡L¢LPPPP÷÷÷ï÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gda_º$a$gdÔV.ðE F FFÝFG~G­GèGéGëG~IšI›I L¡L¢LPPPPP P$P%PòÞοοο­Î¿¡­¿•†¿v¿•g¿WJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_ºCJOJQJaJhƒv‚h³%¦5CJOJQJaJhŽ06hƒv‚CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhƒv‚CJOJQJaJ#jhƒv‚0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ&jhƒv‚0J6CJOJQJUaJhƒv‚6CJOJQJaJPP$P%P&PjTkTÏUÐUÑUÒUðUñUòUQWRW&Y'YÈYÉY[[þ[ÿ[ø]ú]’_÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.%P&P'P\TgThTÎUÏUÐUÑUÓUðUñUòUóUSW^WÌYÕY[ [í[ý[þ[\û]^”_¡_d6d7džqŸqïßÐIJЦėÐߊzßÐjÐjÐjÐj[jÐjÐjÐIJЦhƒv‚h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h©P5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06hƒv‚CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhƒv‚0JCJOJQJUaJhƒv‚CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06ha_º5CJOJQJaJ!’_“_9d:d2e3ediei’l“l;o‰Y‰Z‰Fabn’u’ýš›Ä›Л‡›ôåÖÆ¹©ÆÖ‹Ö‹ÖÖ‹ÖÖÖmÖmÖ]ÖÖ]Ö]hŽ06h³%¦6CJOJQJaJ#jh}0JCJOJQJUaJh}CJOJQJaJ#jhƒv‚0JCJOJQJUaJhƒv‚CJOJQJaJhŽ06h©P5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh©PCJOJQJaJ$øz:{;{à|á|Í‚΂u†v†ó‡ô‡‹€‹hiç“è“N™O™  Š¥‹¥k¦l¦Í©Ωv«w«÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.›íŸîŸ —¥¸¥®©Ê©Ë©w«x«y«”«•«–«—«á°ê°=±X±Y±Õ²ä²ô³ÿ³ ¶ñåÖñÆñº¨ñœ}p`}ñÆñTBñÆñÆñ#jh|{0JCJOJQJUaJh|{CJOJQJaJhŽ06h©P5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh}0JCJOJQJUaJh}CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06høz¯CJOJQJaJhøz¯CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJw«x«y«”«•«–«­­îÄ®\±]±ʸ˸.¼/¼’½“½ï¿ð¿¾Å¿Å@ÇAÇlÈmÈâË÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV. ¶¶˸̸s½½½O¾]¾KŸŵŶÅpÆ~Æ*Ç?Ç@ÇBÇ;ÉJÉJËYËßËà˘ԭÔÄÔÅÔÆÔ?ØXØáÚ÷Ú¬ÛºÛ½ÛÙÛ@ÝIÝbÝuÝnÞÞ±Þ¿Þyà‰à»àÍàXázáâžâäïàÔàȶàïàïàȶàïàï§ïàïàïàïàïà›ŒàïàïàïàïàïàïàïàïàïàïàïàïàhŽ06h|{CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJh|{h³%¦CJOJQJaJ#jh|{0JCJOJQJUaJh|{CJOJQJaJhøz¯CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ7âËãËÁÎÂÎ%Ð&ÐÈÑÉѓԔÔÅÔÆÔÇ×È׮دØlÙmÙÜÚÝÚ~ÜÜÞ ÞËàÌà÷âøâéä÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.ä'äbäƒäççèè.è@éPéêÉê+í;í'÷B÷C÷íúû ûû4ûÿÿ< j   ¬É*>n…z{L"c"Ô#ð#E)`)a)*&*(*A*C*F*‚*ïàïàïàïàïàïàïàÔÂàÔÂàÔàïàïà°à¤àïàïàïरàïà¤à¤°à”‡”ïàïh+W5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJh+WCJOJQJaJ#jh+W0JCJOJQJUaJ#jh|{0JCJOJQJUaJh|{CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ4éäêäÅçÆç9í:í»î¼îÙðÚðÎñÏñfógóSôTôpöqö û û£¤01ñòPQ ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.  ÐÑŠ‹}~   !Ÿ   ñ"ò"S&T&c)d)***÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.*** * * * * ***A*B*C*ƒ*„*…*†*¯*°*÷÷÷÷÷÷÷÷÷ßÓÓ¿ÓÓ÷«÷$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$„h-DàMÆ ÿÿÿ™^„ha$gdÔV. $„h^„ha$gdÔV.$„´ „\-DàMÆ ÿÿÿ™^„´ `„\a$gdÔV.$a$gdÔV.‚*„*…*†*°*±*Ú,ö,÷,®/Ê/Ë/¯2´2!3"3#3]8}8©;Å;Æ;‘=­=®=tB{BàGåGiHjHkHlHmHšH›HòâÒ¶§¶•§¶•§Ò§¶•§¶§¶•§¶•§Ò§Ò§‰}n§Âah³%¦5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh©PCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jh+W0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJh+WCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h+W6CJOJQJaJh+W6CJOJQJaJ#°*P,R,I-J-Î/Ï/=2>2(3)3a4b4X7Y7È;É;°=±=ö=÷=þ>d@e@AóçÛÓÓÓÓÓÓÓÓÛÛÓÓÓÓÓÓÓÓÓÓÓ$a$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV. $„h^„ha$gdÔV. $„\`„\a$gdÔV.AAÞAßA–C—C‰FŠFjHkHlHmHšH›HœH•J–JYLZL8N9N±P²P[S\SWW÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.›HœHHëHìHÈJÏJN5N6N;SWSXSVVWWWZZ\!\Q_Z_’d“d”d•d–dÍdÎdïãÔãÔÄÔã²Ô¦”ÔãÔ¦”ÔÄÔÄÔÄÔˆyˆjZMh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJhŽ06hc;°CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhc;°0JCJOJQJUaJhc;°CJOJQJaJ#jh+W0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJh+WCJOJQJaJhŽ06h©P5CJOJQJaJWÉYÊYÇ\È\X_Y_“d”d•d–dÍdÎdÏdŽee=f>fÝfÞfMjNj¿mÀmärår÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã÷÷×÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $„Ä^„Äa$gdÔV.$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.ÎdÏdueŠeŒeeŽee}hŠhÎjêjëjÓlál‹q‘q¼r×rØrór sžwŸw w¡wÐwÑwÒwÓwÔw¡y±yš€€\ƒhƒ ïàÐàÐÁÐàÐൣàÐàÐൣàÐà—ˆàxkïx_àÐà_àÐàh©PCJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhc;°0JCJOJQJUaJhc;°CJOJQJaJhc;°h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h©P5CJOJQJaJ%år s sEuFuMvNvŸw w¡wÑwÒwÓwåyæy~~›€œ€ß„à„†Æ‰‰÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã×÷Ï÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd©P $„Ä^„Äa$gd©P$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gd©P$a$gdÔV.‰׋Ø‹áŒâŒžÃ’Ä’~••™€™ÜÝ££c¤h¤Ó¥Ô¥š¨›¨¨ž¨º¨»¨÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã÷$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV. *TŽUŽ|}‘m‘t“}“a•{•|•—-—.—òšûšœ'œ. 5 Ä¢É¢µ¥Ð¥Ñ¥|¨—¨˜¨›¨œ¨ž¨º¨»¨¼¨½¨ © ©º¸Ƹ°½å½j¾ïàÎàÂàïàïàÂÎàÂÎàïàÂàïàïàÂÎàÂÎ௛ŠvÂàÂàïàïà'hŽ06h©P5CJOJQJaJmH sH !h³%¦5CJOJQJaJmH sH 'hŽ06h³%¦5CJOJQJaJmH sH $hŽ06h³%¦CJOJQJaJmH sH hc;°CJOJQJaJ#jhc;°0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ+»¨¼¨ªªm®n®D±E±˜³™³ô·õ·#¸$¸¹wºxºü»ý»“½”½k¾l¾m¾n¾о÷÷÷÷÷÷÷ë÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷Û$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.$a$gdÔV.j¾k¾l¾m¾o¾о‹¾Œ¾¾mÄrÄ5ÉPÉQɵɽÉÓӯװױײ׳״×â×ã×ä×å×´ØÈØÚÚôèÙʺ­ºÊÊoÊÊÊô`ÊQº­ºÊÊhn&”h³%¦CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJ#jhq”0JCJOJQJUaJhq”CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h©P5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06hc;°CJOJQJaJhc;°CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJо‹¾Œ¾hÃiÃSÉTÉ=Ì>Ì{Ì|Ì Î ÎÎÎýÒþÒÓÓIÔJÔBÖCְױײ׳×÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.³×â×ã×ä×ÚÚÅÜÆÜÇßÈßzâ{âêäëäŒææ^è_è?ë@ëAëBëCëaëïçççççççççççççççççççççÓ$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™`„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.Ú ââã&ã:ãIãŒã¢ã:äCäPå\å_ådåƒè“èôéýéCë`ëaëbëcëeëŽëëë‘ë’ëÛëÜëÝðäðñ*ñ+ñwøøñáñáñáñáñáñáñáñáñáñáÔÄáñ´§—´‹ñ‹ñáñ‹yñihq”CJOJQJaJmH sH #jhq”0JCJOJQJUaJhq”CJOJQJaJhŽ06hq”5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06hq”6CJOJQJaJh³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ&aëbëcëeëëë‘ëôñõñ¸ô¹ô"ö#ö“ø”ø±ÿ²ÿNOÒÓ  àóëë×Ëëëëëëëëëëëëëëëëëëë $„Á^„Áa$gdÔV.$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV. $„Á`„Áa$gdÔV.ø‘ø’ø“ø•øh„…  ßàáâãäST½éÖÇÖ¸¬š¸Š¸~o~cTD¬¸¬¸hŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh©PCJOJQJaJhŽ06hq”CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhq”h³%¦>*CJOJQJaJ#jhq”0JCJOJQJUaJhq”CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhq”h³%¦CJOJQJaJ$hŽ06h³%¦CJOJQJaJmH sH +jhq”0JCJOJQJUaJmH sH àáâãäÞßùúûü+,MN23;"E"$÷÷÷÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷Ó÷÷÷÷÷÷÷Ç $„Ä`„Äa$gdÔV.$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.½ÉõguBGÚö÷ùúûüý-¨·“"¢"z(‚(ç+ô+~-‡-F.Y.&/-/s/{/®/º/P3t3-5H5I5";*;ý;<<<<<<Q<R< <¡<ó=>ïàïàïàïàÔÂà¶Ô§à—àïàïàïàïàïàïàïàïàïàïàÔÂàÔàÔÂà¶‹§—ÔàÔàïh©PCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhq”0JCJOJQJUaJhq”CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ6$$h&i&--&0'0‚3ƒ3K5L58999<<<<P<Q<‰=Š=>>5@6@óóóóóóëëëëëëëëëëë×ëëëëëëë$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV. $„Ä`„Äa$gdÔV.>BBæBüBnD€DH0HkH‡HÙIJ/K:KžUžïßÏôôߴߴߴߴߴ¨™´Ïôߴߴߴߴ¨™´ß´ß´¨™´ÏôߴόϴÏhSkù5CJOJQJaJhŽ06hSkùCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhSkùCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06hSkù6CJOJQJaJ3Ž}èé y‚z‚©„ª„Ë…Ì…Ü…Ý…T‡U‡i‰j‰¼Š½ŠŒŒ£¤1Ž2Žmno÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.oŠ‹›œÍ‘ΑM’N’Ö”×”(•)•š™›™\š]𛀛ïðñòóëããããããããããããããããããããããããã$a$gdÔV.$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.óôõö÷1ž;ž>žVžWžXž¡¡££ΦϦxªyª“¬”¬n²o²÷÷÷÷ã÷÷ÏÃ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $„Á^„Áa$gdÔV.$ & F-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.UžVžWžXžYžážçž@¬N¬Ƴȳɳƒ·„·…·‡·°·Ô»ñ»ò»ó»ô»õ»÷»$¼½­½®½ÏÃòâÒÆ·§·§·Æ•·‰z·f·ZH·‰z·Ò·ZH·#jhóä0JCJOJQJUaJhóäCJOJQJaJ'hŽ06h³%¦5CJOJQJaJmH sH hŽ06hSkùCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhSkù0JCJOJQJUaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhSkùCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06hSkù5CJOJQJaJh³%¦5CJOJQJaJo²(³)³˳̳ï³ð³صÙµ„·…·†·®·¯·ô»õ»ö»"¼#¼±½²½À‚ÀéÃêÃLÈMÈ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.ÏÃæÃçÃèÃéÃêÃKÄWÄ]Ä^ĶÄÄÄ*È=ÈéÈÉÉ¥ÉúÉÊÜËåËñËùËLÌ|ÌÎ7ÎSÏTÏUÏVÏWÏZÏôâÓÄÓÄ´¨–Ä´Ä´Ä´Ä´ÄôÄ´Ä´Ä´Ä´ÄŠô{Äj!hœmÝ5CJOJQJaJmH sH hŽ06hœmÝCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhœmÝ0JCJOJQJUaJhœmÝCJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06hóäCJOJQJaJ#jhóä0JCJOJQJUaJhóäCJOJQJaJ!MÈwÉxÉPÊQÊ`ÍaÍTÏUÏVÏWÏ~ÏÏ@ÒAÒ·Ö¸ÖŒØØÝÝGÞHÞ‡áˆáÝåÞå÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.ZÏÏ€Ï?Ò@Ò˜Ö´ÖµÖàÜýÜþÜÝÝ„á…áùåæyìŽìzí’í\î]î^î_î`îcîëßÐÀÐß®Ð߮ЛЉÐyÐyÐyÐmß^ÐQhœmÝ5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ#jh©P0JCJOJQJUaJ$hŽ06h³%¦CJOJQJaJmH sH #jhœmÝ0JCJOJQJUaJhœmÝh³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhœmÝCJOJQJaJ'hŽ06h³%¦5CJOJQJaJmH sH Þå ææ‘ê’êhìiìsítíí‘í]î^î_î`îzî{î"ó#óªö«öÂøÃøú‚ú¶ú·ú÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.cî{î|î|ï†ïWðhð!ó$óbú~úú†ú•ú–ü¯üåëÇÈ{  9 G   a|}º»¼½¾ÁÖ× !A&K&))É+å+æ+ç+è+é+ê+ïãÔÄÔÄÔãÔ¸¦ÔÄÔÄÔÄÔÄÔÄÔÄÔÄÔ¸¦Ôš¸‹Ô~ï¸Ô¸ÔÄÔÄÔ¸¦Ôš¸‹hð'E5CJOJQJaJhŽ06h©PCJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJ#jhð'E0JCJOJQJUaJhð'ECJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhœmÝCJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJ1·ú‡üˆü­ü®ü§¨ÇÈ !Éʘ ™ €˜™÷ø–—›œÝÞ»¼÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.¼½¾ÕÖéêôõÿƒ"„"ø&ù&))è+é+ê+ë+,,..÷÷ã÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷Ó÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$„Á-DàMÆ ÿÿÿ™^„Áa$gdÔV.$a$gdÔV.ê+ì+,-- -ê0ö0i1x1L3M3)5-5J5K5ž5¢5&6+6º6Õ6Ö68;8<8™<¸<A7AèDEEzH•H–H¼K×KØK L1L2NJN`NfNrNtN”N R'RBTITïTñáñÕÃñ³ñ³ñ¤ñ³ñ˜ñ³ñ³ñÕÃñ˜†ñ˜ñ˜ñ˜†ñ˜†ñ˜†ñ³ñ³ñ³áñáñ³ñ³ñ#jhÔV.0JCJOJQJUaJhÔV.CJOJQJaJhð'Eh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJ#jhð'E0JCJOJQJUaJhð'ECJOJQJaJhŽ06h³%¦5CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJ4.M3N3Ø6Ù6>8?8«9¬9>???(C)CEE3I4I5IÚKÛK=L>L_N`NaNbNcNdNeN÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdÔV.eNfNqNrNsN’N“NTTøTùTSWTW=X>XêYëY8[¤^¥^%a&aÃbÄb¾c¿cYe÷ç÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÔV.$a$gdÔV.ïTõTU„U[ZcZƒd‹d*e0eíföfõhöh÷hæsçsêsëswwíyîyzzzz z z zïàïàïàïàïàïàÔÅàï௞ž{žžhàUà$hŽ06h³%¦CJOJQJaJmH sH $hh{BhÎ ÞCJOJQJaJmH sH (hC’hÎ Þ5B*CJOJQJaJphÿhÎ Þ5B*OJQJphÿ hC’hÎ Þ5B*OJQJphÿ*hÎ Þ5B*CJOJQJaJmH phÿsH hŽ06hÔV.CJOJQJaJh³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦CJOJQJaJhŽ06h³%¦6CJOJQJaJYeZeDgEgöh÷hHmImãnän\o]o­q®qØsæsçsèsésêsësttww÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷çÓççç$„Ä-DàMÆ ÿÿÿ™`„Äa$gdÎ Þ$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÎ Þ$a$gdÔV.wšx›x•y–y­y®yìyíyzzzzzz z z z zHzIzu{v{A}ïïïïïïïïïïïçßßßßßß×Ï×Ï×$a$gd#S'$a$gd#S'$a$gdÔV.$a$gdÎ Þ$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÎ Þ z zzz.zHzIzJzYzmz•z¬zºzÿz{.{I{e{r{t{u{v{w{x{…{ê×İġꒂ’‚’‚’‚’‚’‚’wf[Kh©Ph#S'6CJOJQJaJh©Ph#S'CJaJ!jh©Ph#S'0JCJUaJh©Phð'EOJQJh©Phð'E6CJOJQJaJh©Phð'ECJOJQJaJhn&”hð'EOJQJmH sH 'h©Phð'E6CJOJQJaJmH sH $h©Phð'ECJOJQJaJmH sH $hn&”hð'ECJOJQJaJmH sH )jh©Phð'E0JCJOJQJUaJ…{‘{ {·{À{;|G|V|e|} }4}9}A}B}C}S}\}o}p}q}}}š}°}±}Ã}Ñ}Ò}~B~Z~ƒ~ž~Ô~Õ~Ö~ç~û~/01“”•–¥ÁÂÃñáñáñáñáñáñáñÚŶ¦¶›Š›~›Å¶¦¶¦¶¦¶¦¶›Å¶¦¶›Å¶›Å¶¦¶›Šh©Phð'E6OJQJ!jh©Phð'E0JOJQJUh©Phð'EOJQJh©Phð'E6CJOJQJaJh©Phð'ECJOJQJaJ)jh©Phð'E0JCJOJQJUaJ h©Ph#S'h©Ph#S'6CJOJQJaJh©Ph#S'CJOJQJaJ0A}B}o}p}¯}°}Ô~Õ~/0“”ÁÂS€u€v€À  ‚!‚"‚n‚¬‚åƒæƒi„ýõíííáíõíõíõííõíõõõõýííáíá $„Ä`„Äa$gd#S'$a$gd#S'$a$gd#S'ÃÄÙò€;€R€S€T€U€u€v€w€x€€À!‚"‚#‚1‚ñâÒâÒâñ½ª—ñ†{l\lUD9h©Phð'EOJQJ!jh©Phð'E0JOJQJU h©Ph#S'h©Ph#S'6CJOJQJaJh©Ph#S'CJOJQJaJh©Ph#S'CJaJ!jh©Ph#S'0JCJUaJ$h©Phð'ECJOJQJaJmH sH $hn&”hð'ECJOJQJaJmH sH )jh©Phð'E0JCJOJQJUaJh©Phð'E6OJQJmH sH h©Phð'EOJQJmH sH hn&”hð'EOJQJmH sH 1‚S‚n‚o‚p‚‚¬‚­‚®‚¼‚½‚ø‚ƒCƒHƒIƒQƒ‡ƒ”ƒ®ƒ؃åƒæƒçƒöƒ„3„X„i„j„k„ž„¶„Ô„ö„-…5…G…H…I…S…k…¬…óè×èóè³ Œ Œ Œ Œ Œ Œ }³m³m³è³m³m³m³è³m³h©Phð'E6CJOJQJaJhn&”hð'EOJQJmH sH 'h©Phð'E6CJOJQJaJmH sH $h©Phð'ECJOJQJaJmH sH h©Phð'ECJOJQJaJ)jh©Phð'E0JCJOJQJUaJ!jh©Phð'E0JOJQJUh©Phð'EOJQJh©