ÐÏࡱá>þÿ ÃÅþÿÿÿ¿ÀÁÂÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿì¥Á#` ð¿sàbjbj\.\. 4æ>D>DȺ&ÿÿÿÿÿÿ¤þþþþþþþKKK8NKjN¼žaD2O2O"TOTOTOTOTOTOù]û]û]û]û]û]û]$âbhJeš^9þÛSTOTOÛSÛS^þþTOTOXaQZQZQZÛS¼þTOþTOù]QZÛSù]QZQZþþQZTO&O ð3¨q=%ÇK—VQZù]na0žaQZäe«XBäeQZäeþQZ¨TOØ,PšQZÆP|BQ™TOTOTO^^íYdTOTOTOžaÛSÛSÛSÛSFKKþþþþþþÿÿÿÿ DOCUMENTO 2 Gerard van den Aardweg The Battle for Normality. A Guide for (Self-)Therapy for Homosexuality. 1997, San Francisco, Ignatius Press. Segunda parte: Reglas prácticas para la (auto) terapia. Caps. 6-10. EL PAPEL DE LA TERAPIA Observaciones reflexionando sobre “Psicoterapia” Si mi valoración es correcta, la “psicoterapia” ha tenido sus mejores años. El siglo XX ha sido la era de la psicología y la psicoterapia. Estas nuevas ciencias han despertado grandes expectativas que prometían grandes descubrimientos sobre la mente humana y nuevos métodos de modificación de conducta y de curación de problemas y enfermedades mentales. Sin embargo, el resultado ha sido otro. Muchos “descubrimientos”, así como muchas de las ideas de las escuelas freudianas y neo-freudianas han resultado ser ilusorias  a pesar de que todavía encuentran tenaces adeptos. A la psicoterapia no le ha ido mejor. El boom de las psicoterapias (el Manual de Psicoterapia de Henrik, de 1980, enumera más de 250 de ellas) parece haber llegado a su fin; y, a pesar de su institucionalización social, presumiblemente prematura, la esperanza en el gran retorno de la psicoterapia ha disminuido. Las primeras dudas concernían a las ilusiones del psicoanálisis. Tras la Segunda Guerra Mundial, un analista tan experimentado como Wilhelm Stekel decía a sus alumnos que “si no realizamos verdaderos nuevos descubrimientos, el psicoanálisis va hacia una muerte segura”. El los sesenta la confianza en los métodos terapéuticos psicológicos fue desplazada por las, más científicas, “terapias de conducta”, pero éstas tampoco justificaron sus pretensiones. Tampoco lo hicieron muchas otras escuelas y “técnicas” nuevas que se presentaban a sí mismas como superadoras e, incluso, como caminos reales hacia la curación y la felicidad. Lo que parece quedar, después de que tantas teorías y métodos maravillosos se hayan esfumado  un proceso que todavía está en curso  , son unas pocas ideas y experiencias relativamente simples. No mucho, aunque algo es algo. La mayoría de nosotros hemos vuelto al conocimiento y la sabiduría psicológicos tradicionales, profundizando quizá aquí y allí, pero sin los desarrollos sensacionales que encontramos en la física o en la astronomía. Sí, se hace cada vez más claro que tenemos que “redescubrir” viejas verdades que fueron oscurecidas por la apariencia de superioridad de las nuevas psicologías y psicoterapias  por ejemplo, intuiciones sobre la existencia y el funcionamiento de la conciencia, sobre el valor de virtudes tales como la valentía, la alegría, la paciencia, el altruismo frente al egocentrismo, y otras similares. En lo que se refiere a la eficacia de los métodos psicoterapéuticos, la situación puede compararse al desaprender un dialecto que uno ha hablado desde la infancia  y esto puede hacerse, desde luego  o a los métodos para dejar de fumar: puedes tener éxito siempre que luches contra el hábito. Digo “luchar” porque no puede esperarse ninguna cura milagrosa. Igualmente, no hay modos de superar el complejo homosexual permaneciendo cómodamente pasivo (“Póngame bajo hipnosis y me despertaré siendo un hombre nuevo”). Los métodos o técnicas son útiles, pero su eficacia depende en gran medida del conocimiento realista del carácter y motivos propios y de una voluntad firme y sincera. La “psicoterapia”, si es competente, puede ofrecer aspectos válidos de conocimiento acerca de los orígenes y estructura de los hábitos problemáticos sexuales y emocionales, pero no descubrimientos que causarán un cambio de la noche a la mañana. Por ejemplo, ninguna psicoterapia puede proporcionar una liberación repentina, como pretenden ciertas “escuelas”, mediante el desbloqueo de recuerdos o emociones reprimidas. Tampoco hay atajos mediante técnicas de aprendizaje inventadas ingeniosamente basadas en nuevos conocimientos de las leyes del aprendizaje. Lo que se requiere es mucho sentido común y una callada perseverancia diaria. Necesidad de un terapeuta ¿Qué decir sobre la necesidad de un terapeuta? Aparte de escasas excepciones, el principio a recordar es este: nadie puede marchar solo. Normalmente, la persona que trata de trabajarse a sí mismo en lo que se refiere a su complejo neurótico necesita urgentemente otra persona que le guíe y le entrene. En nuestra cultura, un psicoterapeuta es aquel que está especializado en este trabajo. Desgraciadamente, muchos psicoterapeutas no están cualificados para ayudar a los homosexuales a superar su complejo, ya que apenas tienen idea de la naturaleza de esta condición y comparten el prejuicio de que nada puede o debería hacerse sobre ello. Así, para muchos que quieren cambiar pero no encuentran una ayuda profesional, el “terapeuta” debe ser una persona con una buena dosis de sentido común y conocimientos psicológicos normales, uno que sepa observar y tenga experiencia en guiar personas. Debería poseer una buena inteligencia y ser eficaz en el establecimiento de relaciones. Sobre todo, debe tener una personalidad y sentido moral equilibrados y normales. Puede ser un pastor, ministro, sacerdote, médico, profesor, trabajador social  aunque estas profesiones no garantizan automáticamente las dotes terapéuticas. Aconsejaría a la persona afectada por la homosexualidad que preguntara a alguien que considere que tiene suficientes de las anteriores cualidades para guiarle. Deje que el terapeuta amateur voluntario le vea como a un viejo amigo que le ayuda, un padre, que no tiene ninguna pretensión científica, pero que hace un uso serio de su cerebro y de una sabiduría humana normal. Sin duda, tendrá que aprender algo sobre la condición homosexual: yo le ofrezco esta obra para incrementar su conocimiento. Sin embargo, no es aconsejable leer demasiados libros sobre el tema, ya que el exceso de literatura tiende a confundir al lector. El “cliente” necesita un guía. Necesita ventilar sus emociones, expresar sus pensamientos, contar la historia de su vida. Debe discutir cómo surgió su homosexualidad, cómo funciona su complejo. Debe ser animado a luchar de modo regular, callado y sobrio; su lucha debe ser también verificada. Todo aquel que quiere tocar un instrumento musical sabe que no trabajará sin lecciones regulares. El profesor explica, corrige, estimula; el alumno trabaja de lección en lección. De modo que es como una forma de psicoterapia. Algunas veces “ex–homosexuales” ayudan a otros a superar sus problemas. Tienen la ventaja de conocer la vida interior y las dificultades del homosexual desde una experiencia de primera mano. Más aún, si realmente ha cambiado por completo, aporta a sus amigos la posibilidad esperanzadora del cambio. Sin embargo, no siempre contemplo con entusiasmo esta solución indudablemente bienintencionada a la cuestión terapéutica. Una neurosis como la homosexualidad puede haber sido superada en gran medida y, sin embargo, pueden quedar por mucho tiempo hábitos neuróticos y actitudes mentales relacionadas, aparte del peligro de caídas ocasionales. En tales casos, no debería intentarse tan pronto el desempeño de la función de terapeuta; uno debería haber vivido por lo menos cinco años con un cambio interior total, incluyendo el tener sentimientos heterosexuales, antes de hacerse cargo de esa tarea. Como norma, sin embargo, es el heterosexual “real” el que mejor puede inspirar heterosexualidad en el cliente homosexual, y el que no tiene problemas con su identidad masculina puede estimular mejor auto-confianza masculina en el que carece de ella. Además, tratar de “curar” a otros puede ser un medio auto-afirmativo inconsciente en alguien que está evitando trabajar seriamente en sí mismo. Y, a veces, un deseo sutil de continuar en contacto con la “esfera de vida” homosexual puede mezclarse con la intención honesta de ayudar a otros que se encuentran en dificultades que él conoce demasiado bien por sí mismo. He hablado del terapeuta masculino paternal o del que le hace las veces. ¿Qué ocurre con la mujer? En este tipo de terapia con adultos no creo que las mujeres sean la mejor opción, ni siquiera en caso de clientes lesbianas. Ciertas conversaciones comprensivas y los ánimos de amigas y guías femeninas pueden ciertamente servir de apoyo; no obstante, el trabajo duradero (que requiere años) de dar coraje y guía al homosexual con mano firme y consecuente necesita una figura paterna. No considero esto como una discriminación hacia las mujeres, porque la pedagogía y la educación constan de dos elementos: el masculino y el femenino. La madre es el educador más personal, espontáneo y afectivo; el padre es más el líder, el animador, el profesor, el freno y la autoridad. Las mujeres terapeutas son más convenientes en la terapia de niños y chicas adolescentes, los hombres en el tipo de pedagogía que requiere las cualidades masculinas de liderazgo. Piénsese en el hecho vital de que las madres generalmente tienen dificultades en la educación de sus hijos adolescentes y jóvenes adultos (¡y no raras veces, de sus hijas también!) cuando no hay cerca un padre con su autoridad masculina. CONOCERSE A UNO MISMO Trabajar la infancia y la adolescencia El conocimiento propio es, primero de todo, conocimiento objetivo del propio “carácter” o personalidad, esto es, de las propias motivaciones, actitudes y hábitos; es el conocimiento de nosotros mismos que otros tendrían si nos conocieran bien. Es mucho más que el conocimiento de nuestras experiencias emocionales subjetivas. Pero, para conocerse a sí mismo, uno debe conocer también la propia historia psicológica y tener una noción razonablemente clara de cómo han surgido el carácter y la dinámica neurótica propias. Con toda probabilidad, el lector con inclinaciones homosexuales ha referido automáticamente a sí mismo gran parte de lo que ha sido expuesto en los capítulos precedentes. El lector que se quiere aplicar estas ideas a sí mismo  que quiere ser su propio terapeuta  haría bien en revisar su historia psicológica más sistemáticamente. Con este fin, presento el siguiente cuestionario. El mejor método es anotar tus respuestas, con el fin de hacer tus ideas acerca de ti mismo tan claras y concretas como sea posible. Mira tus respuestas de nuevo después de una quincena aproximadamente y corrige lo que creas que necesite ser enmendado. A menudo uno discierne mejor ciertas relaciones tras haber dejado las preguntas en la mente por un tiempo. Cuestionario anamnético (tu historia psicológica). 1. Describe tu relación emocional con tu padre mientras crecías. ¿Cuáles de las características siguientes se aplican a tu relación: familiaridad, aliento, identificación, etc.; o distancia, sentimientos de ser criticado, sentimientos de falta de aceptación, miedo, odio, o menosprecio por su parte; anhelo consciente de su simpatía y atención, etc.? Es necesario distinguir etapas del desarrollo, por ejemplo: “Hasta la pubertad (los 12 o 14 años aproximadamente), nuestra relación era...; después, sin embargo, ...” 2. ¿Qué pensaba mi padre sobre mí (especialmente en la pubertad/adolescencia)? Esto pregunta acerca de la visión que la persona joven tenía de cómo lo veía a él de su padre. La respuesta puede ser, por ejemplo: Me consideraba sin interés; me quería menos que a mis hermanos (hermanas); me admiraba; me favorecía, etc. 3. Describe tu relación con él ahora, y cuál es tu conducta hacia él. Por ejemplo: ¿eres cercano, amistoso, amable, respetuoso, etc., u hostil, discutidor, tenso, provocador, miedoso, distante, frío, arrogante, rechazándole, mostrando rivalidad, etc.? Anota tus actitudes y conductas características hacia tu padre tal como las muestras normalmente. 4. Describe tus sentimientos por tu madre y tu relación con ella durante la infancia y la pubertad (la respuesta puede dividirse). Era familiar, cálida, cercana, relajada, etc., o difícil, temerosa, distante, fría, etc.? Especifica tu respuesta, eligiendo aquellas características que crees más típicas en tu caso. 5. ¿Cómo crees que tu madre te miraba (durante la infancia y adolescencia)? ¿Cuál era su visión de ti? Por ejemplo, te veía con “normalidad”, como el chico o chica que eras, o te miraba de modo especial, como amigo íntimo, favorito, chico ideal o modelo, etc.? 6. Describe tu relación actual con tu madre (véase la pregunta 3). 7. ¿De qué manera fuiste criado por tu padre (o abuelo, padrastro)? Por ejemplo, siguiendo un “método” protector, alentador, disciplinado, libre, de confianza, de seguridad; con muchas preocupaciones y quejas; de modo estricto, demasiado disciplinado, exigente, crítico; de modo duro o suave, indulgente, consentido, infantilizador, malcriándote? Añade cualquier característica que no aparezca en esta lista pero que podría describir mejor tu caso. 8. ¿Qué métodos utilizaba tu madre para educarte? (Véanse las características en la pregunta 7). 9. ¿Cómo te veía y trataba tu padre con respecto a tu identidad sexual? ¿Dándote ánimo, apreciándote, como a un muchacho o chica reales, o con poco respeto y aprecio, con críticas, con desdén, etc.? 10. ¿Cómo te veía y trataba tu madre con respecto a tu identidad sexual? (Véase la pregunta 9). 11. ¿Qué lugar ocupas en el orden de nacimiento entre tus hermanos (hijo único; primero de ____ hijos, segundo de ____ hijos, el último de ____ hijos, etc.)? ¿En qué afectó esto a tu situación psicológica y trato dentro de la familia? Por ejemplo, un niño que viene cuando ya “no se esperaba” puede haber sido más protegido o mimado; el hijo único entre varias chicas tendrá probablemente una situación y trato si se lo compara con el chico mayor entre más hermanos, etc. 12. ¿Cómo te veías a ti mismo comparado con tus hermanos del mismo sexo? ¿Cómo preferido por el padre o la madre, como “mejor” en alguna capacidad o rasgo de carácter, o como menos válido? 13. ¿Cómo veías tu masculinidad o feminidad en comparación con tus hermanos? 14. ¿Tenías amigos del mismo sexo en la infancia? ¿Cuál era tu situación entre los compañeros del mismo sexo? Por ejemplo, ¿eras alguien con muchos amigos, popular, un líder, etc., o un extraño, un seguidor, etc.? 15. ¿Cómo eran tus amistades del mismo sexo en la pubertad? (Véase la pregunta 14). 16. Describe tus contactos con el sexo opuesto en la infancia y la pubertad, respectivamente (por ejemplo, ninguno, sólo me relacionaba con el sexo opuesto, etc.) 17. Para los varones: ¿De muchacho jugabas con soldados, juguetes bélicos, etc.? Para mujeres: ¿Jugabas con muñecas, animales de peluche? 18. Para varones: ¿Te interesaba el béisbol o el fútbol? Además, ¿jugabas con muñecas? ¿Te interesaban los vestidos? Especifica. Para mujeres: ¿Te interesaban los vestidos y el maquillaje? Además, ¿preferías practicar juegos de chicos? Especifica. 19. ¿Eras agresivo y auto afirmativo verbal o físicamente como adolescente, lo eras moderadamente, o todo lo contrario? 20. ¿Cuáles eran tus aficiones e intereses principales durante la adolescencia? 21. ¿Cómo veías tu cuerpo (o partes del mismo), tu apariencia física (por ejemplo, guapo o feo)? Especifica qué atributos físicos te angustiaban (figura, nariz, ojos, pene o pechos, altura, obesidad o delgadez, etc.). 22. ¿Cómo veías tu cuerpo/apariencia física en lo referente a ser varón o mujer? 23. ¿Tenías algún defecto físico o enfermedad? 24. ¿Cuál era tu estado de ánimo normal en la niñez, y, después, en la adolescencia? ¿Alegre, triste, temperamental o constante? 25. ¿Atravesaste algún período concreto de desconsuelo interior o depresión en la infancia o en la adolescencia? Si es así, ¿qué edad tenías? ¿Sabes por qué? 26. ¿Tenías algún complejo de inferioridad de niño o adolescente? Si es así, ¿en qué áreas concretas te sentías inferior? 27. ¿Puedes describir qué clase de niño/adolescente eras en términos de tu conducta y tendencias durante el período en que sentías tu inferioridad más acusadamente? Por ejemplo: “Era un solitario, muy independiente de los demás, retraído, obstinado”; “era vergonzoso, demasiado dócil, servil, solitario, pero enfadado interiormente”; “era como un bebé, que lloraba fácilmente, pero pedante”; “auto afirmativo, buscando llamar la atención”; “era siempre agradable, sonriente, fácil de complacer de cara al exterior, pero interiormente no era feliz”; “hacía de cómico”; “era demasiado dócil”, “un cobarde”, “un líder”, “dominante”, etc. Intenta recordar las características sobresalientes de tu personalidad infantil o adolescente. 28. ¿Qué otras cosas importantes jugaron un papel en tu infancia y/o adolescencia? En cuanto a tu historia psicosexual, pueden servirte de guía las siguientes preguntas: 29. ¿A qué edad aproximadamente te enamoraste por primera vez de una persona del mismo sexo? 30. ¿Qué tipo de personalidad tenía o cómo era físicamente? Describe lo que más te atraía de él o ella. 31. ¿Qué edad tenías aproximadamente cuando experimentaste tu primera inclinación o fantasía homosexual? (La respuesta puede ser idéntica a la de la pregunta 29, pero no necesariamente). 32. ¿Qué tipo de personas despiertan tu interés sexual, en términos de edad, rasgos físicos o de personalidad, conducta o forma de vestir? Los ejemplos para los varones incluirían: hombre joven de 16 a 30 años, preadolescentes, tipos afeminados, tipos masculinos, tipos atléticos, tipos maternales, soldados, tipos esbeltos, tipos rubios o morenos, tipos populares, tipos dóciles, tipos “duros”, etc. Para mujeres: chicas jóvenes, de ____ años; mujeres de mediana edad con ciertas características; mujeres de mi edad, etc. 33. Si es el caso, ¿con cuánta frecuencia practicabas la masturbación en la pubertad? ¿Y después? 34. ¿Has tenido alguna vez fantasías espontáneas heterosexuales, con o sin masturbación? 35. ¿Has experimentado alguna vez sentimientos eróticos o enamoramiento respecto a una persona del sexo opuesto? 36. ¿Hay alguna peculiaridad en tus prácticas o fantasías sexuales (masoquismo, sadismo, etc.)? Describe sucinta y sobriamente qué fantasías o conductas ajenas son excitantes para ti, ya que éstas pueden revelar algo acerca de las áreas en las que te sientes inferior. 37. Después de haber pensado y respondido estas preguntas, escribe una breve historia de tu vida que incluya los acontecimientos y sucesos internos más importantes de tu infancia y adolescencia. Conocimiento del yo actual Esta parte del conocimiento propio es esencial; el conocimiento de la propia psicohistoria, objeto de la sección anterior, es, de hecho, útil sólo en la medida en que potencia el conocimiento del yo actual, esto es, los hábitos, las emociones y, lo más importante, los motivos actuales relacionados con el complejo homosexual. Para un (auto-)tratamiento efectivo es esencial que uno llegue a verse a sí mismo desde un punto de vista objetivo, como nos vería otra persona que nos conozca bien. De hecho, las observaciones de estas otras personas son a menudo de gran importancia, especialmente cuando proceden de personas que comparten nuestras actividades diarias. Nos pueden abrir los ojos a hábitos y actitudes para las que estamos ciegos o que nunca admitiríamos. Éste es, pues, el primer método para adquirir este conocimiento propio: recoger y considerar atentamente las observaciones hechas por otros, incluidos aquellos a quienes no agradas. El segundo método es la auto observación. Ésta se concentra en sucesos internos % emociones, pensamientos, fantasías, motivos/tendencias % y, en segundo lugar, en la conducta externa. En cuanto a la última, podemos intentar representarnos cómo nos comportamos, como si estuviéramos mirándonos a nosotros mismos desde un segundo ego, objetivamente, desde cierta distancia. Está claro que la auto percepción interna y la representación de nuestra conducta a través de los ojos de un espectador son procesos interconectados. La auto-terapia, como la psicoterapia normal, comienza con un período introductorio de auto-observación de una o dos semanas aproximadamente. Es una buena práctica tomar notas regularmente de estas observaciones (aunque no necesariamente cada día, sino sólo si hay algo importante que anotar), escribirlas sobriamente, pero con honestidad. Utiliza un cuaderno especial con este fin y habitúate a anotar tus observaciones, así como preguntas o reflexiones críticas. Escribir incrementa la agudeza de observaciones e intuiciones. Más aún, nos permite estudiarlas algún tiempo después, lo cual muchos experimentan como más revelador que el hecho de anotarlas en el momento de su incidencia (o poco después). ¿Qué debería registrarse en el diario de auto-observación? Evita que se convierta en un mero libro de quejas. Las personas de vida emocional neurótica tienden a ventilar sus frustraciones y, de ese modo, a quejarse acerca de sí mismos en dicho diario de auto-observación. Si, pasado un tiempo, reconocen al leer sus notas su auto-queja, será beneficioso. Quizá han registrado inconscientemente su autocompasión con sinceridad en el momento, de manera que más tarde pueden hacer el descubrimiento: “¡Oh, qué lástima sentía por mí mismo!”. Sin embargo, la mejor forma de actuar al escribir las propias frustraciones internas es indicar resumidamente cómo se siente uno, pero no dejarlo así. Añade un intento de autoanálisis. Por ejemplo, después de anotar: “Me he sentido herido e incomprendido”, intenta reflexionar sobre ello objetivamente: “creo que quizá hubo razones para que me sintiera herido, pero fui demasiado sensible respecto a cómo fui tratado; me comporté como un niño”; o “en mis sentimientos, se aprecia claramente un rasgo de orgullo infantil herido”. El “diario” puede servir también como cuaderno de notas para intuiciones que llegan a veces de modo rápido e inesperado. Sin embargo, las emociones, pensamientos y conductas registradas son únicamente un medio para un fin, a saber, un autoconocimiento mejor. Reflexionar sobre ellas de vez en cuando nos lleva a un discernimiento mejor de los propios motivos (especialmente los que son infantiles o egocéntricos). Puntos a los que prestar atención. Con frecuencia, el auto-conocimiento llega observando de cerca sentimientos y pensamientos desagradables y/o inquietantes. Cuando aparecen pregúntate por su significado: ¿qué hace que te sientas así? Entre estos sentimientos negativos se incluirían soledad, rechazo, abandono, herida, humillación, desprecio, desgana, apatía, tristeza o depresión, inquietud, nerviosismo, miedo y ansiedad, sensación de ser perseguido, sentimientos de indignación, enfado, celos, amargura, añoranza, inseguridad, duda, y otros similares, y especialmente cualquier sentimiento que te asalte como algo extraordinario, molesto, peculiar, destacable, perturbador. Los sentimientos que tienen que ver con el complejo neurótico están normalmente asociados con el sentirse inadecuado, esto es, sentir por un tiempo que uno no es dueño de sí mismo, que está desequilibrado. ¿Por qué me siento así? Preguntas especialmente importantes que uno debe hacerse son: “¿Fue mi reacción interna la de un ‘niño’?” y “¿se está expresando aquí un ‘¡pobrecito!’?”. De hecho, resulta que muchos de esos sentimientos son frustraciones infantiles, orgullo herido, autocompasión. La intuición que sigue es: “No estoy reaccionando interiormente como el hombre o la mujer maduros que puedo ser, sino más como un niño, un quinceañero”. Al tratar de imaginar cuál debe haber sido la propia expresión facial, como debe haber sonado la propia voz, que impresión deben haber tenido otros de la propia expresión emocional, quizá uno pueda ver con más claridad el “niño interior” concreto que se ha sido en otro tiempo. Algunas reacciones emocionales y hábitos de conducta pueden ser reconocidos fácilmente como acciones del ego “infantil”, pero puede ser difícil ver el infantilismo en otros sentimientos o impulsos frustrados, a pesar de que los experimentamos como problemáticos, indeseados o compulsivos. El desagrado es el indicador más común de que está en marcha algo infantil. A menudo señala alguna manifestación de la autocompasión. ¿Pero cómo distinguir el desagrado infantil del normal, adecuado y adulto? En términos generales, (1) el dolor y las quejas no infantiles no están relacionadas principalmente con la importancia de uno mismo; (2) normalmente, tampoco desequilibran completamente a la persona, sino que queda un cierto dominio de sí mismo; y (3) excepto en situaciones extraordinarias, tampoco vienen acompañadas por una emocionalidad abrumadora. Por otra parte, ciertas reacciones pueden componerse de elementos infantiles y maduros. Una frustración, una pérdida o herida puede ser dolorosa en sí misma, aunque uno reaccione como un niño. Si no se puede ver si una reacción surge del “niño” o en qué medida lo hace, es mejor pasar por alto el incidente de momento. Más tarde, una mirada retrospectiva después de algún tiempo puede clarificarlo. Uno debe escrutarse a sí mismo en lo que respecta a ciertas conductas sociales. Esto se refiere a la manera de relacionarnos con otros: ser demasiado complaciente, servil, terco, hostil, suspicaz, arrogante, pegajoso, protector o buscando protección, apoyarse en otras personas, ser dominante, tiránico, duro, indiferente, crítico, manipulador, agresivo, vengativo, miedoso, evasivo o provocador de conflictos; estar inclinado a contradecir negativamente, fanfarronear y presumir, reaccionar con un comportamiento teatral o dramático, ser exhibicionista y buscar cómo llamar la atención (de lo cual hay infinitas variantes), etc. Debemos hacer aquí algunas distinciones. La propia conducta puede ser diferente dependiendo de a quién se dirige: a otros del mismo sexo o del sexo opuesto; miembros de la familia, amigos o compañeros; personas con autoridad o subordinados, extraños o personas que uno conoce bien. Toma notas de tus observaciones y especifica a qué tipo de contactos sociales se refieren. Indica qué conductas son más características en ti y en tu ego “infantil”. Una de las finalidades de esta auto-observación es descubrir los roles que uno representa. En la mayoría de los casos, se trata de roles de auto-afirmación y de llamar la atención. Uno puede representar el de persona de éxito, comprensivo, gracioso, trágico, sufridor, indefenso, impecable, importante (infinitas variaciones). Representar un papel, lo cual delata el infantilismo interior, implica en cierta medida insinceridad e inautenticidad; puede rayar en la mentira. La conducta verbal, típicamente humana, puede ser también muy reveladora. El mismo tono de voz puede ser instructivo, como le ocurría a un joven que se dio cuenta de cómo hablaba arrastrando las palabras, de modo algo lastimero: “creo que inconscientemente adopto una actitud débil e infantil, tratando así de poner a los demás en la situación de adultos amables y comprensivos”, fue el resultado de su auto-análisis. Otro hombre observaba que solía hablar en un tono dramático al describir cualquier aspecto de su persona y de su vida diaria y, de hecho, tenía tendencia a reaccionar un poco histéricamente ante los acontecimientos más comunes. La observación adicional del contenido de las propias expresiones verbales puede ser también muy instructivo. La inmadurez neurótica casi siempre se expresa en la tendencia a la queja % verbal y de otro tipo % acerca de uno mismo, las propias circunstancias, los demás, la vida en general. Y una considerable cantidad de egocentrismo se manifiesta en las conversaciones y monólogos de muchas personas con una neurosis homosexual.  Cuando voy a ver a mis amigos, soy capaz de hablar durante más de una hora acerca de mí mismo”, reconocía un cliente homosexual, “pero mi atención se dispersa cuando mi amigo quiere decirme algo, y entonces apenas puedo escucharle.” Esta observación no es nada excepcional. El egocentrismo va a la par con la queja. Grabar alguna de tus conversaciones informales y escucharlas por lo menos tres veces es, en ocasiones, un método poco halagüeño e instructivo. Algo que debe ser especialmente escrutado son los comportamientos, actitudes y pensamientos con respecto a los propios padres. Uno puede ser % en lo que respecta al ego  infantil % pegajoso, rebelde, despectivo, un rival en casa, rechazado, uno que busca atención (o admiración), dependiente, (demasiado) crítico, etc. Esto es aplicable incluso si el(los) padre(s) ha(n) fallecido; la actitud infantil de apego excesivo u hostilidad y acusación puede seguir viva a pesar de ello. Distingue las observaciones acerca de las relaciones con tu padre y con tu madre. Recuerda que el “ego infantil” casi con toda seguridad se manifiesta en las relaciones con los propios padres, ya sea en la conducta exterior o en los pensamientos y sentimientos. Las mismas auto-observaciones se pueden realizar respecto de la propia esposa, los amantes homosexuales o los amantes imaginados. Muchos hábitos infantiles se manifiestan en esta última área: búsqueda de atención infantil, representación de papeles, poca independencia, parasitismo, manipulación, acciones inspiradas por los celos, etc. Sé radicalmente sincero contigo mismo en tus anotaciones de auto-observación en este campo, porque precisamente aquí existe un deseo (comprensible) de negación, de no ver ciertos motivos, de justificación. En cuanto a ti mismo, considera aquellos pensamientos en los que te valoras (negativa o positivamente). Identifica actitudes de auto desprecio, de autocrítica excesiva, ideas de auto-denuncia, sentimientos de inferioridad, etc., pero también, la auto-felicitación, fantasías de auto-adulación, auto-admiración oculta en uno u otro sentido, lo que sueñas despierto acerca de ti mismo, etc. Revisa las manifestaciones internas de auto-dramatización y auto-victimización en tus pensamientos, fantasías y emociones. ¿Puedes detectar en ti sentimentalismo? ¿Estados de ánimo melancólicos? ¿Te regodeas conscientemente en la autocompasión? ¿Posibles deseos o conductas autodestructivas? (Esto es conocido como “masoquismo psíquico”, esto es, hacer a propósito lo que sabemos que nos hará daño o regodearse en la miseria que uno se auto inflinge o busca). En cuanto a la sexualidad, observa tus fantasías espontáneas e intenta identificar los rasgos de apariencia física, conducta o personalidad que despiertan tu interés en un compañero real o imaginado. Relaciónalos luego con tus propios sentimientos de inferioridad, de acuerdo con la norma de que los rasgos que nos fascinan en los demás son exactamente aquellos en los que nos sentimos inferiores. Intenta descubrir cualquier admiración o idolatría infantil en tu consideración de posibles “amigos”. Intenta también discernir la acción de compararte con el otro en los sentimientos de interés por otro del mismo sexo y en el sentimiento de pena que se mezcla con el deseo erótico. De hecho, este sentimiento o anhelo de pena es el sentimiento infantil. “No soy como él (ella)”, y por tanto un patético o quejoso “desearía que él (ella) me prestara atención, ¡a mí, pobre criatura inferior!”. Analizar los sentimientos de “amor” homo erótico puede no ser fácil, no obstante es necesario reconocer el motivo de auto-búsqueda en estos sentimientos, la búsqueda de un amigo que me ame, como un niño que quiere ser mimado egocéntricamente. Observa también las ocasiones psicológicas que incitan a las fantasías sexuales o a la masturbación. Suelen ser sentimientos de frustración, de manera que los deseos sexuales funcionan como auto-consuelo del propio “pobrecito”. Debe prestarse atención, además, al modo en que uno desempeña el “rol” masculino o femenino. Revisa si hay manifestaciones de miedo y evasión en actividades típicas de tu sexo, y si te sientes inferior en ellas. ¿Tienes hábitos e intereses que no están en conformidad con tu sexo? Muchas de estas conductas e intereses del sexo opuesto o atípico son roles infantiles, y, cuando uno los examina de cerca, con frecuencia puede reconocer miedos y sentimientos de inferioridad subyacentes o relacionados. También esta no conformidad con el género puede reconocerse como egocéntrica, inmadura. Por ejemplo, una mujer pudo ver que sus modos exigentes y dictatoriales eran “parecidos” a la manera de auto-afirmarse en la pubertad, cuando recurrió a ellos para encontrar un lugar entre los demás, sin el sentimiento de “no pertenecer”. Este rol, ahora su segunda naturaleza (como muy bien se suele llamar) se le ocurrió entonces como una actitud infantil de “yo también”. Un hombre homosexual que hablaba de modo (pseudo)femenino observó que era constantemente consciente de su conducta. Se dio cuenta de que sus maneras afeminadas estaban estrechamente conectadas con sentimientos de inferioridad fuertes y generalizados y con una falta de autoafirmación normal. Otro hombre aprendió a reconocer sus demostraciones y comportamiento afeminados como relacionados con dos actitudes diferentes: autocomplacencia en el disfrute infantil de representar el papel de niño de mamá encantador y afeminado, y miedo (un sentimiento de inferioridad) a asumir un tipo de autoafirmación más fuerte y masculina. Normalmente es necesario observarse durante un tiempo antes de que una persona caiga en la cuenta de tales auto-observaciones. Ocasionalmente, los hábitos del sexo opuesto se reflejan a menudo en el peinado, el vestido y una variedad de amaneramientos en el habla, los gestos, modo de andar, de reír, etc. El trabajo es otro usual punto de atención. ¿Realizas tu trabajo diario con disgusto y queja interiores o con placer y energía? ¿Con responsabilidad? ¿Es un lugar de autoafirmación inmadura? ¿Hay mucha queja injustificada o exagerada sobre la situación laboral? Tras un período realizando esta auto-observación haz una breve descripción resumida de los rasgos y motivos más importantes de tu yo infantil o “niño interior”. En muchos casos puede ayudar un eslogan: “el chico indefenso que intenta constantemente conseguir compasión y apoyo” o “la chica problemática a la que nadie comprende”. Acontecimientos concretos pasados o presentes pueden clarificar los rasgos de este “muchacho” o “chica”. Tales recuerdos contienen un vívido retrato de tu “niño del pasado”. Contienen el niño en sus elementos básicos. Por tanto, podemos considerarlos recuerdos clave. Pueden ser de gran ayuda en los momentos en que uno tiene que visualizar el propio “niño” para reconocer conductas infantiles presentes o cuando tiene que combatirlas. Son “fotografías” mentales del “ego infantil interno” que uno lleva consigo, como las fotografías de familiares y amigos en la cartera. Describe tu recuerdo clave. Autoconocimiento moral Hasta ahora, las categorías de auto-observación discutidas aquí tienen que ver con acontecimientos más bien concretos, internos y conductuales. Sin embargo, hay un segundo nivel de reflexión: el nivel psicológico-moral. Observarse a sí mismo desde este punto de vista coincide en parte con el tipo de auto-observaciones descritas arriba. Pero el autoconocimiento moral va más a las raíces de la personalidad. Hablando pragmáticamente, el autoconocimiento psicológico, que implica auto comprensión moral, puede espolear en gran medida la motivación para el cambio. Debemos recordar la intuición espléndida de Henri Baruk: “La conciencia moral es la piedra angular de nuestra psique”. ¿Cómo podría esto no tener consecuencias para la psicoterapia, la auto-terapia o la auto educación? Los auto conocimientos morales(-psicológicos) generalmente tienen que ver con abstracciones, esto es, actitudes interiores constantes, aunque estas puedan ser descubiertas a través de conductas concretas. Un hombre vio que había mentido de manera infantil en cierta situación, por miedo a la censura. Reconoció en este incidente una actitud o hábito de su ego que era más básica incluso que su hábito de mentir como defensa (por miedo a que su ego fuera herido), a saber, su egoísmo profundamente arraigado, su impureza moral (los cristianos lo llamarían “pecado”). Éste es un nivel de autoconocimiento más fundamental que el puramente psicológico. Precisamente por esta razón, libera también fuerzas más curativas que las que pueden obtenerse de los conocimientos meramente psicológicos. Pero con frecuencia no podemos trazar tan claramente la línea entre lo psicológico y lo moral porque los auto conocimientos psicológicos más sensatos tocan la dimensión moral (considérese, por ejemplo, el reconocimiento de la autocompasión infantil). La correlación interesante estriba en que muchas cosas que consideramos “infantiles” son al mismo tiempo experimentadas como dignas de reproche, a veces incluso inmorales. Si no de todas, el egoísmo es el común denominador de la mayoría de las actitudes y hábitos inmorales, los “vicios”. Estos hábitos están en un extremo de un espectro bipolar; las virtudes, hábitos morales rectos, forman el otro extremo. Para uno que quiere investigar su complejo neurótico, es útil que se observe también en la dimensión moral. Puntos de atención que sugerimos son los siguientes: 1. Satisfacción versus descontento (relacionado, por supuesto, con la tendencia a permitirse la queja); 2. valentía versus cobardía (anota las situaciones concretas o áreas de conducta en las que observas particularidades); 3. perseverancia, firmeza versus debilidad, no tener fuerza de voluntad, evitar las dificultades, ser blando consigo mismo; 4. templanza versus falta de autodisciplina, autoindulgencia, auto mimo (la falta de auto restricción puede ser un vicio en el comer, beber, hablar, trabajar o en la lujuria %de la cual hay muchos tipos); 5. diligencia, industriosidad versus pereza (en cualquier área); 6. humildad, realismo frente a uno mismo versus orgullo, arrogancia, vanidad, pedantería (especifica el área o conducta); 7. modestia versus inmodestia; 8. honestidad y sinceridad versus deshonestidad, insinceridad y el hábito de mentir (especifica); 9. formalidad versus informalidad (con respecto a personas, asuntos, promesas); 10. responsabilidad (sentido normal del deber) versus irresponsabilidad (con respecto a la familia, amigos, personas, trabajo, tareas); 11. comprensión, perdón versus venganza, deseos de venganza, amargura, actitud destructiva (respecto a miembros de la familia, amigos, compañeros, u otros); 12. disfrute normal de las posesiones versus codicia (especifica las manifestaciones). Una pregunta básica para cualquiera que investigue sobre sus motivos es: considerando mis preocupaciones e intereses, ¿cuál es de hecho mi principal o última meta en la vida? ¿Están dirigidas hacia mí mismo o hacia los demás, hacia tareas, ideales, valores objetivos? (Tener como meta a uno mismo incluye el dinero y las posesiones, el poder, la fama, el reconocimiento social, la atención y/o la estima por parte de los demás, una vida confortable, comer, beber, sexo). CUALIDADES QUE DEBEN CULTIVARSE Comenzando el combate: esperanza, autodisciplina, sinceridad. Incrementar el autoconocimiento es el primer paso en cualquier cambio. Durante el proceso terapéutico (que es un combate), el autoconocimiento continúa creciendo al mismo tiempo que la mejoría. Todavía uno puede ver muchísimas cosas, pero después de algún tiempo los conocimientos se hacen más profundos. El conocimiento inicial de la dinámica de la propia neurosis permite que uno se haga cargo de sí mismo, y eso suscita esperanza. La esperanza es una actitud mental positiva, saludable y antineurótica. En algunos casos puede suavizar mucho los problemas, incluso hacer que desaparezcan por un tiempo. Sin embargo, el fundamento de los hábitos que constituyen la neurosis sigue ahí todavía, de modo que, con toda probabilidad, los síntomas reaparecerán. No obstante, debe conservarse la esperanza durante el proceso de cambio. La esperanza se basa en el realismo: aunque se presenten frecuentemente sentimientos neuróticos % para el caso, homosexuales %, aunque frecuentemente uno ceda ante éstos, mientras se dé un esfuerzo constante por mejorar uno verá auténticos logros. Los estados de ánimo desesperanzado son parte del juego, al menos en algunos casos, pero uno debe atajarlos, mantener la calma y continuar. La esperanza realista es optimismo tranquilo, no euforia nerviosa. El paso siguiente es indispensable: autodisciplina. En su mayor parte, esto tiene que ver con cosas triviales: despertarse a tiempo; mantener hábitos regulares en el cuidado del propio cuerpo, comidas, vestido, pelo; poner un orden razonable en los pequeños asuntos de la vida y el trabajo diarios, sin retrasar trabajos o asuntos que merecen prioridad; planificar (aproximadamente, no meticulosa u obsesivamente) el día, la propia distracción, la vida social. Si hay aspectos de poca firmeza o ausencia de autodisciplina, anótalos y empieza a trabajar en ellos. Muchas personas con inclinaciones homosexuales tienen dificultad con alguna forma de autodisciplina. No prestar atención a estos problemas, esperando que una curación emocional resolverá todo lo demás, es ilusorio. Ninguna (auto-)terapia puede tener éxito satisfactoriamente si falta esta dimensión de la disciplina diaria de poner los pies en la tierra. Inventa métodos simples para tus puntos débiles característicos. Comienza por una o dos áreas en las que falle tu autodisciplina; cuando mejoren, el resto será más fácil. Es obviamente lógico que la sinceridad es obligatoria. Sinceridad con uno mismo en primer lugar. Esto significa entrenarse a uno mismo para prestar atención sin prejuicios a lo que está ocurriendo en la propia mente, los propios motivos e intenciones reales, incluyendo las insinuaciones de la propia conciencia. Sinceridad significa no concentrarse en discutir las percepciones o intuiciones del propio “lado bueno”, como suele llamarse, sino tratar de expresarlas en palabras simples y francas, de modo que lleguemos a tomar al máximo conciencia de ellas. (Adopta el hábito de anotar pensamientos y auto-percepciones importantes). Sinceridad, además, significa tener el valor de comunicar la propia debilidad y fracasos a otra persona que, como terapeuta o guía/entrenador, está ahí para ayudar. Prácticamente todos el mundo tiene la tendencia a ocultar ciertos aspectos de sus intenciones y sentimientos, tanto a uno mismo como a los demás, pero no sólo es liberador superar este obstáculo sino también indispensable para progresar. A los requerimientos de la sinceridad, los cristianos añadirían la sinceridad para con Dios, tanto en el examen de la propia conciencia como en la oración y la conversación con Él. Insinceridad para con Él sería, por ejemplo, pedirle ayuda sin intentar hacer en definitiva lo que uno puede hacer por sí mismo % independientemente del resultado. En vista de la tendencia a la tragedia en el neurótico, es importante advertir que la sinceridad no es teatral, sino sobria, simple y franca. Luchar contra la autocompasión neurótica; el humor. Después de reconocer en la vida de cada día una manifestación momentánea o crónica del “niño interior quejoso”, el procedimiento a seguir es imaginar este “pobrecito niño/adolescente” de pie delante de ti en carne y hueso. O imaginar que tu ego adulto ha sido reemplazado por el “yo infantil”, de modo que sólo está presente tu cuerpo adulto. Entonces represéntate mentalmente a este “niño” actuando o reaccionando, o sólo pensando y sintiendo, en la situación concreta en la que te encuentras. Para representar bien al “niño” puedes usar el “recuerdo clave”, la “fotografía” de tu “ego infantil” (antes mencionados). Este reconocimiento de la propia conducta interna y/o externa como encarnada en un “niño” puede ser bastante fácil. Parece fácil cuando uno puede decir, por ejemplo: “Me sentía totalmente como un niño pequeño (que era rechazado, criticado, no estimado; que se sentía dolorosamente solo, humillado, asustado frente a una figura de autoridad, en enfadado, rebelde, etc.)” Puede ser fácil también, para alguien que observó la conducta de la persona, decirle: “Te comportaste como un niño”. Pero, con frecuencia, admitir esto no es fácil por dos razones. Primero, puede haber una resistencia considerable a verse a uno mismo como meramente un “niño”. “Mis sentimientos son más serios y respetables que todo eso”; “quizá fui algo infantil, sin embargo en realidad tenía buenas razones para sentirme nervioso y herido…”. En pocas palabras, el orgullo infantil puede evitar que uno se vea a sí mismo bajo este simple aspecto. Segundo, las emociones y reacciones internas pueden ser frecuentemente bastante confusas. No se discierne claramente lo que uno está pensando, sintiendo o deseando en realidad; y puede también no estar claro qué elemento de la situación o de la conducta ajena provocó la reacción interna. De manera que en la primera dificultad ayudará la sinceridad, y en la segunda, la reflexión, el análisis y el razonamiento. Toma nota de las reacciones incomprensibles y discútelas con tu terapeuta o entrenador; sus observaciones o preguntas críticas pueden ser una ayuda. Si esto no resuelve tampoco el problema satisfactoriamente, es mejor pasar por alto el incidente por el momento. En el transcurso del autoanálisis y del auto-tratamiento, cuando uno se haya vuelto más consciente de los modelos típicos de reacción del “niño interior”, los incidentes de reacciones “infantiles” “insolubles” tendrán lugar con menos frecuencia Sin embargo, habrá casos en los que las quejas del “niño” y el carácter infantil de las propias reacciones internas y/o externas son visibles. A veces, el mero reconocimiento del “pobrecito” es suficiente para establecer una distancia interior frente a sentimientos y autocompasión infantil. No hace falta que el sentimiento desagradable desaparezca completamente para que pierda su urgencia. Otras veces es apropiado ver lo irónico del “pobrecito” diciéndole, por ejemplo, al “niño interior”, al yo infantil, cosas como: “¡Oh, qué triste, qué pena me das!” o “¡pobrecito!”. Si funciona, este método da como resultado una ligera sonrisa, especialmente si uno puede imaginar el propio rostro como el del niño-del-pasado, con una expresión patética. Este método puede modificarse de acuerdo con el gusto y el sentido del humor de cada uno. Gástale pequeñas bromas a tu yo infantil. Todavía mejor, si se presenta la oportunidad, haz esas bromas delante de otros % cuando dos personas se ríen, el efecto se dobla. Con las quejas más fuertes y obsesivas (especialmente las asociadas al rechazo, tales como orgullo infantil herido, sentimientos de falta de valor, fealdad e inferioridad; quejas físicas, tales como cansancio; o angustia frente a la injusticia sufrida o las circunstancias adversas), aplica el método de la hiperdramatización ideado por el psiquiatra Arndt. Consiste en exagerar los aspectos trágicos o dramáticos de la queja infantil hasta hacerlos ridículos, hasta que uno reacciona sonriendo o incluso riendo. Este método fue utilizado intuitivamente por el famoso autor francés del siglo XVII Moliere cuando sufría los asaltos de una hipocondría obsesiva. Respondiendo a su propia obsesión, escribió una comedia cuyo protagonista dramatizaba exageradamente sus sufrimientos y “enfermedades imaginarias” y que hizo que el público (y él mismo también) se riera saludablemente. Reírse en un buen remedio frente a las emociones neuróticas. Pero hace falta valentía y cierta práctica antes de que uno pueda decir cosas ridículas acerca de y a “uno mismo” (esto es, al propio ego infantil), hacerse representaciones ridículas de “uno mismo”, o poner intencionadamente caras a “uno mismo” en el espejo, imitándose a sí mismo, la propia conducta, imitando cómicamente la propia voz quejosa, riéndose de uno mismo, de los propios sentimientos heridos. El ego neurótico se toma a sí mismo muy en serio % en todo caso, se toma trágicamente sus quejas; la persona puede, por lo demás, haber desarrollado un buen sentido del humor en otras áreas no sensibles de su personalidad. La hiperdramatización es una técnica básica del auto-humor. Pero cualquier otra forma de auto-humor es bienvenida. ¿Con qué propósito? En general, el humor sirve para revelar la relatividad del sentirse importante o trágico; para contraatacar la queja y autocompasión, de modo que uno pueda aceptar mejor lo inevitable y “sufrir sin quejarse” cuando las cosas, pequeñas o grandes, son precisamente como son; y ayuda a que uno se vuelva más realista al ver las verdaderas proporciones propias y de los demás, esto es, salir de una percepción excesivamente subjetiva o imaginada del mundo y de los demás. Al hiperdramatizar las quejas uno habla a su propio “niño”, imaginándolo dentro o de pie ante nosotros. Por ejemplo, cuando surge la autocompasión acerca de un trato poco amable o algún tipo de rechazo, uno podría dirigirse al niño interior de este modo: “¡Pobre ‘Johnny’, con qué dureza te han tratado! Apaleado, ensangrentado, con tu ropa destrozada…”. Cuando el sentimiento hiere el orgullo infantil, uno podría decir: “Pobrecito, tu estatua en pose majestuosa, como la de un pequeño Napoleón, ha sido derribada como la de Lenin tras la caída del comunismo”, mientras imaginamos a la muchedumbre que nos abuchea y al propio desgraciado “niño” derribado con cuerdas, llorando. Para la autocompasión relacionada con la soledad % una queja frecuentísima entre los homosexuales % uno podría responder:  ¡Qué dolor! Tu camisa está empapada, incluso las ventanas son regadas por tus lágrimas y las sábanas de tu cama están mojadas; un lago de lágrimas se está formando en el suelo; los peces con una mirada intensamente triste nadan alrededor sin rumbo”; etc. Muchos homosexuales, varones y mujeres, se sienten más feos que los otros del mismo sexo, aunque encuentren doloroso admitirlo. Los sentimientos de fealdad pueden encontrarse junto a una exageración de aspectos del cuerpo (ser flacucho, gordo, tener la orejas o la nariz grandes, hombros estrechos, etc.) que son objeto de queja. Para contraatacar el compararte negativamente con otros “más atractivos”, varones o mujeres, represéntate a tu “niño” como un pobre mendigo (o mendiga) abandonado por todos, tullido, con patéticos vestidos gastados y viejos. Un varón podría imaginarse a sí mismo como una fea criatura infantil, llorosa, sin músculos ni fuerza física, de vocecita extremadamente aguda y estridente, etc. Una mujer podría imaginarse a sí misma como una “chica” súper masculina, fea, con barba y bíceps como los de Popeye, etc. El siguiente paso sería contrastar esta miseria con el “ídolo” fascinante, exagerando lo radiante del otro, e imaginar entonces el desgarrador grito de amor por parte del “pobrecito”, que muere en la calle después que el otro ha pasado de largo sin haberse dado cuenta del hambre de amor del pequeño paria. Como variante, inventa una escena imaginada en la que el ansioso “chico” o “chica” es tomado en los brazos del adorado amante, mientras la luna llora de pura emoción. “¡Por fin, un poco de amor después de todos esos sufrimientos!” E imagina esta escena % filmada con cámara oculta % proyectada en el cine: el público llora y solloza sin pausa, salen rotos, llorando abrazados por este pobre  chico o  chica que, tras buscar tanto y de modo tan terrible un poco de afecto, lo ha encontrado por fin. De este modo, se súper dramatiza la trágica ansia de amor del niño “infantil”. En la hiperdramatización se puede proceder como uno quiera; a veces la fantasía se toma de la propia vida, inventando historias completas. Utiliza cualquier cosa que te pueda parecer humorística; inventa tu propio tipo de “auto”-ironía. Si alguien objetara, como a menudo se hace, que estas cosas son estúpidas o infantiles, estaría de acuerdo. Son tretas. Normalmente, sin embargo, tales objeciones surgen de una resistencia interior a reírse de uno mismo. Mi consejo es, por tanto, empezar con chistes pequeños e inocentes sobre las frustraciones que no se sienten como especialmente serias. El humor puede funcionar bien, y, aunque se trata de humor infantil, no debemos perder de vista el hecho de que es también la emocionalidad infantil la que está siendo combatida con esta treta. El uso de la auto-ironía y el auto-humor presupone, sin embargo, al menos en parte, el conocimiento del carácter infantil o pueril de estas reacciones. El primer paso es siempre el reconocimiento y la admisión del infantilismo y la autocompasión. Por cierto, es un hecho interesante el que el auto-humor sea habitual en personas humildes y psicológicamente sanas. El campo de la conducta verbal es excelente para la detección y el combate de la tendencia a la queja. Uno puede quejarse mentalmente o con palabras, hablando. Un buen ejercicio es observar las propias palabras durante una conversación con amigos o compañeros y registrar mentalmente cada vez que aflora el impulso a quejarse. Intenta no dar satisfacción a este impulso: cambia de tema o di algo como: “Es difícil (o malo, injusto, etc.) pero, bueno, nos las arreglaremos”. Llevar a cabo este simple experimento de vez en cuando puede revelar lo realmente fuerte que es la tendencia a quejarse de la propia suerte y frustraciones, y lo frecuente y fácilmente que uno cae en ello. Es también una buena práctica resistir el impulso a “quejarse” cuando otros se están quejando, expresando su indignación o descontento. La terapia antiqueja, dicho sea de paso, no es una variante simplista del “pensamiento positivo”. No hay nada malo en expresar el dolor y las frustraciones diarias ante amigos o familiares si se hace con sobriedad, con la necesaria perspectiva de la relatividad de las propias quejas. Las emociones y pensamientos negativos normales no tienen porqué ser negadas por un exagerado “pensamiento positivo”; nuestro adversario es solamente la autocompasión infantil, pueril. Uno puede oír la diferencia entre las expresiones normales de pena y descontento y las lamentaciones machaconas y llorosas. “¡Pero hace falta fuerza y valor para sufrir y no ser indulgente con la queja y autocompasión infantiles!”, podría uno observar acertadamente. De hecho, estamos hablando de un combate que es más que una movilización de la propia capacidad para el humor. La cosa más importante es trabajar regularmente, de día en día. Paciencia y humildad Trabajar regularmente nos lleva a la virtud de la paciencia. Paciencia con los propios fracasos y con la gradualidad del proceso. La impaciencia es un atributo de la juventud. Un niño no acepta fácilmente su debilidad, y cuando quiere cambiar algo, cree que tiene que ocurrir de la noche a la mañana. A la inversa, la auto aceptación sana (que es muy diferente de la tan propagada indulgencia con la propia debilidad) significa hacer lo mejor por nuestra parte, aceptándose con calma como la pequeña persona débil y a menudo falible que uno es. Dicho de otro modo, el realismo con respecto a uno mismo es la auto aceptación, la humildad. La humildad es central en la personalidad madura. Es un hecho objetivo que cada persona tiene sus debilidades y, a menudo, imperfecciones considerables, psicológicas o morales. Imaginarse como un héroe es un pensamiento infantil; en consecuencia, es infantil vivir un rol trágico % formulado de otro modo: hacer eso constituiría una falta de humildad. Karl Stern afirmaba:  El llamado  complejo de inferioridad y la verdadera humildad son opuestos . Ejercitar el hábito virtuoso de la humildad combate fuertemente la neurosis. Y practicar el auto-humor, una manera de ver la relatividad del ego infantil y de desafiar sus pretensiones de ser importante, puede considerarse un ejercicio de humildad. Los complejos de inferioridad vienen acompañados normalmente por acentuados sentimientos de superioridad en una u otra área. El niño infantil intenta probar su valía; no siendo capaz de aceptar su alegada inferioridad, se deja llevar por la autocompasión. Los niños son egocéntricos por naturaleza y de este modo se sienten importantes, el centro del mundo. Por tanto, están inclinados al orgullo (infantil, porque son niños). En cierto sentido, en todo complejo de inferioridad hay un elemento de orgullo herido en la medida en que este niño interior no puede aceptar su (así percibida) inferioridad. Esto hace comprensibles los subsiguientes esfuerzo de sobre compensación. (“Realmente, soy especial, mejor que el resto”). Esto explica, a su vez, la falta de humildad en la autoafirmación neurótica, en la representación de un rol y en la tendencia a ser el centro de atención y simpatía. Una profunda autoestima herida está, incluso, relacionada con ilusiones de grandeza. Muchos homosexuales, varones y mujeres, dan muestras de una arrogancia sobre compensadora. A partir de sus sentimientos de inferioridad, su complejo infantil de “no pertenecer”, desarrollan aires de superioridad: “No soy uno de vosotros; realmente soy mejor que vosotros, especial. Poseo una naturaleza superior: estoy especialmente dotado, soy especialmente sensible. Especialmente trágico”. La adopción de roles superiores ha venido a veces preparada por una valoración y atención especiales por parte de un progenitor; en los homosexuales, normalmente, el progenitor del sexo opuesto. El chico que ha sido el hijo admirado o favorito de su madre desarrollará probablemente ideas de superioridad, como lo hará la chica prendada de la atención especial y los elogios de su padre. En muchos homosexuales pueden encontrarse indicios de arrogancia ya en su tierna infancia. En combinación con sentimientos de inferioridad, la arrogancia hace a dichos homosexuales vulnerables a las críticas y fácilmente susceptibles de ser insultados. Varones y mujeres con un complejo homosexual que han decidido que sus deseos son “naturales” sucumben a menudo al impulso de identificar su ser diferente con el ser superior. Porque, en último análisis, no se consideran a sí mismos iguales a los “ordinarios” heterosexuales, sino superiores a ellos. Lo mismo puede decirse de los pedófilos; André Gide glorificaba su “amor” por los muchachos como la variante más espléndida de la ternura humana. No sólo es teóricamente verdad que el orgullo inspira a estos homosexuales cuando invierten lo antinatural y lo natural, llamando correcto a lo que no lo es, sino que su orgullo se hace también visible en la totalidad de su conducta. “Era el rey”, dijo una vez un homosexual hablando de su antiguo estilo de vida. Son jactanciosos y narcisistas en el comportamiento y en el vestido; algunos rayan en la megalomanía. Algunos desprecian la condición humana ordinaria, el matrimonio ordinario, las familias ordinarias. Su arrogancia les ciega ante muchos valores y, desde luego, ante el conocimiento de que no son sino niños lamentables, carentes de sabiduría. Aprender humildad es una liberación. Se consigue mediante el reconocimiento de pensamientos, expresiones e impulsos de vanidad, arrogancia, superioridad, auto felicitación y presunción, así como del orgullo herido y de la no aceptación de las críticas bienintencionadas; y refutando tales pensamientos, satirizándolos irónicamente o rechazándolos de cualquier otro modo. Se consigue construyendo una nueva imagen, la del yo real, alguien que, por supuesto, tiene capacidades, pero capacidades limitadas, y alguien que, en general, no es sino un ser humano promedio, modesto y nada especial. CAMBIAR MODELOS DE PENSAMIENTO Y DE CONDUCTA Luchar contra los sentimientos homosexuales El combate interior contra las inclinaciones homosexuales moviliza las facultades del autoconocimiento y de la voluntad. El aspecto de la voluntad es indispensable. Implica que en tanto que se alimenten el deseo o la fantasía homosexuales % a pesar de las buenas intenciones contrarias %, es prácticamente imposible debilitar el interés homosexual. Porque, a pesar del deseo de deshacerse de él, este interés se nutre cada vez que uno, en secreto o conscientemente, cede a su disfrute. Aquí viene al caso la comparación con los impulsos del alcoholismo o, en cierta medida, la adición al tabaco. Acentuar la voluntad no significa que no sean de ayuda ciertos conocimientos acerca de uno mismo. Pero, por sí mismos, los conocimientos carecen normalmente de la capacidad de superar el impulso erótico lujurioso infantil. Sólo mediante un esfuerzo rotundo de la voluntad puede silenciarse este impulso en una situación concreta. Este esfuerzo debería realizarse con toda tranquilidad, sin miedo, con la actitud del adulto que intenta controlar una situación difícil: con paciencia y realismo. No te dejes intimidar por el impulso, no hagas un drama de ello, no lo niegues, pero tampoco exageres el fastidio que te causa. Luego intenta decirle “No”. La facultad de la voluntad está generalmente infravalorada porque en la psicoterapia moderna estamos acostumbrados a acentuar sólo una parte: los conocimientos intelectuales (psicoanálisis) y el entrenamiento (terapia de conducta, psicología del aprendizaje). Y, sin embargo, es precisamente la voluntad lo que es central. Los conocimientos y el entrenamiento son necesarios, pero su eficacia depende de una correcta orientación de la voluntad. Mediante la reflexión interior, el homosexual puede llegar a una decisión perfecta de la voluntad: no dejaré en absoluto ningún lugar, sea el que sea, a los impulsos homosexuales. Debe crecer gradualmente en esa decisión. Debe pensar en ella a menudo, especialmente en momentos de calma, cuando el pensar con claridad no está abrumado por la excitación erótica. Una vez tomada la decisión, rechazará incluso las ocasiones leves de excitación homosexual o disfrute homo erótico, inmediata y totalmente % no con desgana. En la inmensa mayoría de los casos en los que un homosexual está poniendo su  voluntad pero tiene poco éxito, esto se debe a que la voluntad no está completamente decidida. Por esa razón, es incapaz de luchar vigorosamente y se verá inclinado a echarle la culpa de sus pobres resultados a la fuerza de su inclinación homosexual o a las “circunstancias” en vez de a su falta de total decisión. Tras muchos años de éxito relativo y caídas periódicas en la fantasía homosexual, un hombre homosexual descubrió que nunca había deseado, en realidad y con todas sus fuerzas, verse libre de su lujuria. “Ahora estaba claro para mí porqué había sido tan difícil. Lo deseaba, es cierto, pero no al cien por cien”. La primera lucha consiste, por tanto, en esforzarse por purificar la voluntad. Una vez conseguido eso, debe uno renovar la decisión con bastante regularidad, de modo que llegue a hacerse estable, un hábito. Si no, la decisión se debilitará otra vez con toda seguridad. Es esencial reconocer que habrá momentos y tiempos en los que la voluntad sólida se verá atacada fuertemente por una añoranza lujuriosa. “En dichos momentos lo que en realidad quiero es consentir a mis deseos con mi voluntad”, se ven obligados a admitir muchos clientes que, por otra parte, tienen buenas intenciones. Entonces el combate es realmente doloroso; cuanto más lo será, sin embargo, si uno no posee una voluntad firme de antemano. El impulso puede llevarnos a fantasear sobre una persona encontrada en la calle o en el despacho, viendo la televisión o en los periódicos; puede tratarse de una ensoñación suscitada por ciertos pensamientos o experiencias de la vida diaria. O puede tratarse de un impulso a salir a buscar un compañero en algún lugar de encuentro. Decidir que “no” tiene, por consiguiente, varios grados de dificultad. Los deseos pueden ser tan fuertes que oscurezcan el pensamiento, y entonces uno tiene que actuar sólo mediante el poder de la voluntad. Dos pensamientos ayudarán en esos momentos: “Debo ser sincero” y “soy libre, incluso bajo la presión de este ardiente deseo”. La sinceridad significa aquí recordar: “Sé que debo resistir, de manera que no puedo engañarme a mí mismo”. Ejercer la libertad de la voluntad es reconocer: “Puedo levantar mi mano; puedo alejarme, si doy una orden, en este mismo instante. Por tanto, está también en mi poder permanecer aquí, en esta habitación, y demostrarme a mí mismo que soy dueño de mis impulsos. Si deseo beber, puedo decidir aceptar o no la sed”. Algunos trucos pueden ser útiles, como el decir en voz alta: “Estoy decidido a quedarme en casa”, o anotar algunos pensamientos útiles y leerlos en un momento de emergencia. Es relativamente fácil apartar una mirada, cortar una sucesión de pensamientos, no detenerse en la mirada a una persona o fotografía. La voluntad se facilita mediante el conocimiento. Intenta darte cuenta de que, al mirar a una persona, puedes estar haciendo una comparación: “Es un Príncipe encantador, es una diosa, y yo me veo dolorosamente inferior en comparación”. Intenta reconocer que el impulso es uno de los antojos patéticos del yo infantil: “Eres tan maravilloso(a), tan varonil (tan femenina). Por favor, ¡presta atención a este pobrecito!”. Cuanto más se da uno cuenta de esta actitud de “¡pobrecito!”, más fácil es distanciarse de ello y utilizar el arma de la propia voluntad. Una ayuda importante es ver lo verdaderamente infantil que es la búsqueda de contactos homo eróticos % en la realidad o en la imaginación %. Intenta percibir que en tal anhelo no estás siendo maduro, sino un niño que desea mimarse a sí mismo, conseguir afecto y placer sensual para sí mismo. Comprende que esto no es amor real, sino búsqueda de uno mismo, en la que el compañero es más un objeto de placer que una persona. Esto debería pensarse también a veces cuando el deseo sexual está ausente. Una conciencia más nítida de la naturaleza infantil y egoísta de la satisfacción homosexual, además, abre los ojos a su impureza moral. La lujuria desdibuja la percepción moral de la pureza y la impureza, pero no del todo; muchos piensan que su conducta homosexual con otras personas o su práctica de la masturbación son impuras. Para aumentar esta conciencia uno debe fortalecer la voluntad de resistir; las propias emociones sanas detestan la impureza de uno. Ni que decir tiene que esta visión puede ser ridiculizada por los que se han entregado a su homosexualidad. Sencillamente, no son honestos. Cada uno puede decidir ver o no ver las cualidades de pureza e impureza. Rehusar verlo es un mecanismo de defensa: la “negación”. A un cliente muy infantil, cuyos deseos homosexuales se centraban en oler calzoncillos de hombres jóvenes mientras imaginaba juegos sexuales con ellos, le ayudó el pensamiento que le vino de que su conducta era taimada. Sentía, de hecho, que abusaba de los cuerpos de sus amigos en su fantasía cuando usaba sus calzoncillos sólo para su gratificación sensual. La idea le hizo sentirse impuro, asqueroso. En este campo pasa lo que con otras acciones inmorales: cuanto mayor es la desaprobación moral interior (en otras palabras, cuanto más clara es la percepción de la fealdad de la acción moral), más fácilmente puede uno decir “no”. La excitación sexual homosexual es frecuentemente una reacción de autoconsuelo tras una decepción o sentimientos de disgusto. En tales casos debe reconocerse e hiperdramatizarse la autocompasión interior. La adversidad bien llevada no suscita normalmente fantasías eróticas. Sin embargo, los impulsos homosexuales pueden aparecer ocasionalmente en momentos muy distintos, cuando uno se siente contento y bien, y no está pensando en absoluto en aquellos términos. En ese caso están provocados por recuerdos o asociaciones. Uno se encuentra en una situación anteriormente conectada con aventuras homosexuales % en cierta ciudad, cierto lugar, un día espacial, etc. Pero entonces, si uno conoce por experiencia esos momentos, es posible seguramente prepararse, entre otras cosas, repitiendo regularmente la decisión de no sucumbir a la fascinación repentina de esos ambientes o circunstancias especiales. Muchos varones y mujeres homosexuales son adictos a la masturbación, que les engancha a sus intereses inmaduros y a su egocentrismo. El combate con este hábito puede vencerse si uno persevera, a pesar de las caídas. Por supuesto, esto coincide en gran parte con los intentos de superación de la imaginería homo erótica, pero debemos hacer aquí algunas observaciones. Para muchos, la masturbación es una forma de autoconsuelo tras una decepción o frustración. Uno se abandona a la imaginería infantil. Una buena estrategia es hacer un firme propósito cada mañana y repetirlo cuando sea necesario (por la tarde o al irse a la cama): “En la siguiente parte del día (o noche) no caeré”. Con esa disposición mental los primeros signos del incipiente deseo son mejor reconocidos. Entonces uno puede decirse a sí mismo:  No voy a concederme este placer; en cambio, aceptaré el pequeño sufrimiento que significa no conseguir lo que deseo . Imagina a un niño cuya madre no quiere darle una golosina % el niño puede ponerse furioso, o empezar a llorar o a patalear. Hiperdramatiza entonces a tu ego infantil como si estuviera portándose de ese modo (“¡Quiero mi golosina!”). O di: “¡Qué pena que no puedas conseguir tu pequeño consuelo!”. O trátate a ti mismo (esto es, a tu ego infantil) como un padre severo lo haría: “No, Juanito (María), papá dice hoy ‘no’. No más jueguecitos. Quizá mañana. Haz lo que tu papá te dice”. Y al día siguiente haz lo mismo. Así, concentrándote en el hoy, no pienses: “Nunca seré capaz de superar esto, nunca seré capaz de dejar de hacerlo”. El combate debe ser diario; de este modo la abstinencia se fortalece. Tampoco dramatices los momentos de debilidad y las caídas. Dite a ti mismo: “Fue una estupidez, pero adelante”, como si fueras un deportista. Entonces podrás comprobar cómo te fortaleces, caigas o no. Y es una liberación, como desengancharse del alcohol; uno se siente mejor, más en paz y feliz. Otro truco: imagínate a ti mismo no cayendo en el momento del impulso, como una persona madura que siente el impulso pero continúa firmemente con su trabajo o está tranquilamente tumbado en la cama y permanece dueño de sí mismo. Imagínate a ti mismo lo más vívidamente posible como dicha persona madura que alienta a su voluntad para no consentir. “Sí, ¡esa es la persona que me gustaría ser!”. O imagínate teniendo que decirle a tu mujer o marido % tu posible esposo(a) en el futuro % o a tus futuros hijos si combatiste o no este impulso a la masturbación como una persona responsable. Imagínate teniendo que decirles que no luchaste, o no lo suficiente, sino que te comportaste como un debilucho, y lo avergonzado que te sentirías frente a ellos. En cuanto a la hiperdramatización, uno puede hiperdramatizar la “realización” del “amor” en las fantasías de la masturbación. Por ejemplo, dile a tu “niño interior” (o, para el caso, a ti mismo cuando ves que en ese momento tu ego se ha vuelto otra vez un adolescente): “él te mira profundamente a los ojos, expresando amor eterno por ti, pobre muchacho (muchacha), y afecto por tu alma abandonada y hambrienta de amor”, etc. En general, intenta ridiculizar y satirizar tus fantasías o sus componentes (por ejemplo, detalles fetichistas). Pero primero y antes que nada hiperdramatiza la queja % quizá apenas consciente % auto-dramática, ansiosa y anhelante:  ¡Dale tu amor a este pobrecito! . Las fantasías homo eróticas, así como los impulsos masturbatorios conectados a ellas, ceden ante el humor, ante la sonrisa. El problema con las emociones neuróticas es que hacen a la persona alérgica al auto-humor. El ego infantil se resiste a los “ataques” del humor y de las bromas dirigidas directamente contra su auto importancia. Sin embargo, el auto-humor puede aprenderse mediante entrenamiento. Es lógico que algunos homosexuales tengan ideas infantiles sobre la homosexualidad. Así, algunos pueden creer que la masturbación es necesaria para entrenar su virilidad sexual. Por supuesto, el complejo de inferioridad masculina implícito en ello debe ser hiperdramatizado. Nadie “prueba” su masculinidad entrenando un músculo, haciendo gimnasia, dejándose la barba y bigote, y cosas así. Hacer eso puede ser contraproducente, puesto que alimentaría una mentalidad pueril. El cristiano tiene también el recurso de la oración. La oración puede ser lo más efectivo en la superación de esas fantasías sexuales e impulsos masturbatorios. Pero ésta no excluye el combate del que hemos hablado antes. En primer lugar, porque debe tratarse no de la oración en general, sino de la oración en los momentos cruciales en los que los impulsos se presentan. Es interesante observar aquí que muchas personas religiosas con un complejo homosexual, aunque rezan en otras ocasiones, rehúsan hacerlo en el momento preciso de la “tentación”. Rezar en esas circunstancias requiere un esfuerzo de la voluntad. Si éste se realiza, y la persona intenta seriamente aplicar los métodos disponibles, aunque todavía se sienta incapaz de superar un fuerte impulso a buscar un compañero, a masturbarse, a consentir ante una ensoñación homo erótica, se dará cuenta de que una oración sincera, hecha con la mentalidad de un hijo que se dirige a su Padre bueno, le guardará de sucumbir. El que trata realmente de hacer lo que puede y, en consecuencia, pide sinceramente ayuda la experimentará, discreta pero inconfundiblemente. El creyente católico tendrá también el recurso a la Santísima Virgen, cuya intercesión ante Dios es particularmente eficaz en materia de castidad, a los santos y a su ángel custodio. Será fortalecido interiormente por los sacramentos de la confesión y de la Eucaristía. Los católicos americanos con problemas homosexuales pueden encontrar ánimo y apoyo desde un sólido enfoque religioso que no rehuye la noción de “castidad” en uno de los capítulos de la organización Courage, fundada por Fr. John Harvey. La pertenencia activa a esta organización y la (auto-)terapia que se describe en este libro no son antagonistas sino complementarias. Además, una pequeña mortificación física regular ha demostrado ser eficaz en el combate contra las obsesiones sexuales, especialmente cuando se ofrece a Dios, según he oído a clientes tanto católicos como protestantes. Es sorprendente que esta antigua sabiduría se haya olvidado prácticamente. El tratamiento futuro ideal de la homosexualidad para los cristianos será una interacción entre elementos y procedimientos psicológicos y espirituales. Un enfoque de este tipo, cristiano y psicológico, es generalmente la mejor garantía para el cambio. Con respecto a la oración, recomiendo este consejo de J. Escrivá, un convincente autor espiritual moderno, que puede servir de apoyo y consuelo a aquellos cuya resolución por el cambio y la esperanza de alcanzarlo flaquea de vez en cuando: “Lo primero que necesitas en cuanto a la oración es perseverar en ella; lo segundo es ser humilde. Ten una santa terquedad, ten confianza. Recuerda que cuando le pedimos al Señor algo importante, Él puede desear que se lo pidamos durante años. ¡Persevera! Pero persevera con una confianza cada vez más grande”. Luchar contra el ego infantil Este es el “yo” inmaduro y egocéntrico. El lector que ha reflexionado sobre las afirmaciones del capítulo sobre el auto-conocimiento quizá haya anotado muchos de sus rasgos o necesidades infantiles que le vinieron a la mente. Ahora bien, el crecimiento en la madurez emocional no se produce automáticamente; uno debe librar la batalla contra el ego infantil (y tomarse tiempo para ello). Las personas con inclinaciones homosexuales harán bien en concentrarse en la búsqueda de atención y simpatía de su “niño interior”. Entre sus variantes se encuentran el tratar de ser importante, respetado, estimado, amado, compadecido o admirado. Sus numerosas ramificaciones deben detectarse en la vida diaria y en los contactos con los demás y debe uno negarse placeres de este tipo. Cada vez se verá más claro cómo muchas acciones, pensamientos y motivaciones nacen de la necesidad infantil de auto-afirmación (que es diferente del disfrutar sanamente de que las cosas marchen y de la auto-realización). El ego infantil lucha por una atención exclusiva por parte de los demás. Su necesidad de amor y simpatía puede ser tiránica; se siente fácilmente herido y celoso cuando los demás son objeto de atención. La tendencia al amor y la atención del “niño interior” debe distinguirse de la necesidad humana normal de amor. Ésta última, al menos en parte, se subordina a la necesidad de amar a otras personas. Por ejemplo, el amor maduro rechazado responde con tristeza, no tanto con indignación y autocompasión infantil. Cualquier tipo de autoafirmación infantil debería ser “frustrada”; de este modo se podrá realizar un rápido progreso. No pases por alto los intentos de ser “fenomenal” ante tus propios ojos, de destacar, de ser admirable. En cierto sentido, la autoafirmación infantil parece “reparativa”, particularmente frente a las quejas de inferioridad. Sin embargo, se trata en realidad de una mera alimentación de dichas quejas de modo que fortalezcan el propio egocentrismo (todos los deseos y emociones infantiles se relacionan como vasos comunicantes; alimentar uno fortalece automáticamente los otros). La autoafirmación madura, que proporciona un tipo diferente de gozo, es la satisfacción por haber sido capaz de conseguir algo, no, por supuesto, porque “soy tan especial”; en parte, es agradecida. El adulto maduro es consciente de la relatividad de sus éxitos. Representar un papel, fingir, tratar de dar una impresión especial o interesante % estas conductas son parte de la categoría de  búsqueda de atención/simpatía . Frustrar estas tendencias deteniéndolas tan pronto como uno las nota cuesta un poco, ya que uno renuncia a la recompensa emocional del cosquilleo narcisista. El resultado, sin embargo, es un sentimiento de alivio, de liberación; uno se siente interiormente más independiente, más fuerte. Por el contrario, el que representa un papel, el que busca atención se hace a sí mismo dependiente del juicio de los otros. Además de estar vigilante contra estas conductas y detenerlas cuando se presentan, uno debe trabajar también el lado positivo, a saber, el servicio. Con este concepto nos referimos, en primer lugar, al tomar en consideración, en todo tipo de situaciones y ocupaciones, las propias tareas y deberes. Esto significa hacerse a uno mismo la simple pregunta: ¿Cuál debería o podría ser mi contribución en esta situación (ya se trate de una reunión, de una celebración familiar, del trabajo diario o de una situación de entretenimiento)? Por el contrario, el “niño interior” se hace preguntas como: ¿qué puedo sacar yo de esto? ¿Cómo puedo aprovecharme de la situación; qué pueden hacer los demás por mí? ¿Qué impresión puedo causarles?, y otros tipos de pensamiento relacionados con el yo. Para contrarrestar esto, ha demostrado ser lo más eficaz un decidido esfuerzo por llevar a cabo lo que uno cree que debería ser su contribución o intenciones de cara a los demás. La persona centrada en sí misma que, aparte de disfrutar normalmente de una reunión con amigos o compañeros, intenta conscientemente ser de alguna ayuda para los demás, reconduce de hecho su egocentrismo y se sentirá más satisfecho al hacerlo. Para decirlo con otras palabras, la pregunta es: ¿Cuáles son % en la medida en que puedo verlas % mis responsabilidades más y menos importantes? Uno debe especificar éstas en relación con sus propias metas a largo plazo y con las situaciones diarias de poca duración. Más aún, ¿cuáles son mis responsabilidades en la amistad, en mi trabajo, mi matrimonio, mis hijos, mi salud, mi cuerpo, mi tiempo libre? Estas preguntas pueden parecer triviales. Sin embargo, el preocupado esposo homosexual que únicamente se lamenta de su angustioso dilema, elegir entre “la familia o el amigo”, y que al final deja su familia pro su amante, en realidad no ha reflexionado honestamente sobre sus responsabilidades. Más bien, ha reprimido el pensar sobre ellas, ahogándolas en la autocompasión sobre su trágico apuro. Dejar de ser un niño psicológicamente es la meta de cualquier terapia para la neurosis. En términos negativos, esto implica que uno intenta no vivir exclusivamente para sí mismo, para la gloria del ego infantil, o para sus placeres. En la medida en que uno tenga éxito en esto, los intereses homosexuales disminuirán. Sin embargo, lo crucial es ver primero los propios motivos y conducta a la luz del infantilismo y dirigidos al ego. “Parece que sólo me preocupo por mí mismo”, concluía un hombre homosexual, pero sincero; “no sé lo que es amar”. El egoísmo infantil parece ser también la esencia de la relación homosexual: querer un amigo para uno mismo. “Esa es la razón por la cual siempre domino y exijo en una relación con una chica”, reconocía una mujer lesbiana. “Ella debe ser totalmente mía”. Muchos homosexuales fingen afecto y amor por sus amantes y se engañan a sí mismos al creer que esos sentimientos son reales, pero, de hecho, lo que desean es un auto-servicio sentimental y están practicando un juego. Al final resulta que pueden ser insensibles con sus amantes y desinteresarse de ellos. Este amor es un autoengaño. Un hombre que era muy generoso con sus muchos amigos, comprándoles regalos extravagantes, ayudándoles con dinero cuando lo necesitaban, realmente no estaba regalando nada. Compraba su simpatía. Otro se daba cuenta de que estaba constantemente preocupado por su apariencia física, gastando prácticamente todo el dinero que ganaba en ropa, peluquería, colonias. (Por supuesto) se sentía físicamente inferior y nada atractivo, y como resultado se auto compadecía interiormente, pero su narcisismo sobre compensatorio era un egoísmo pseudo-reparativo. Se puede esperar de un quinceañero que se preocupe durante un tiempo por el estilo de su peinado, pero luego, cuando crezca, se aceptará como es y no le preocupará demasiado el tema. No pasa lo mismo con muchos hombres homosexuales: se aferran a su puerilidad, haciéndose ilusiones con su soñada belleza, contemplándose a sí mismos largo tiempo en el espejo o viéndose en la imaginación caminando por la calle o relacionándose con otras personas. El auto-humor es un buen antídoto para esta conducta (por ejemplo, “¡tío, que tipazo tienes!”). Hay narcisismos de todo tipo. Una lesbiana que se comporta de un modo demasiado masculino puede disfrutar puerilmente de su papel, como lo hace el varón homosexual que semiinconscientemente cultiva maneras femeninas o, en otro caso, representa puerilmente un papel súper masculino. “Qué tipo más genial soy” es el pensamiento latente adjunto. Practicar el amor hacia los demás en el propio entorno puede experimentarse como frustrante. Sólo mi propio “yo” es interesante, no el de los demás. El aprendizaje del amor comienza cultivando un interés por el otro: cómo vive, qué siente, qué sería objetivamente bueno para él. De esta atención interna resultan pequeños gestos y acciones; uno empieza a sentirse más responsable de los demás. (Pero no como lo hacen algunas personas neuróticas, sintiéndose obligados a cargar sobre sus hombros la totalidad de la vida de los demás. Esta manera de hacerse responsable de los demás puede ser otra forma de egocentrismo: Yo soy el importante, sobre el que descansa el destino del mundo). Con una sana preocupación por los demás empezarán a darse sentimientos de amor, como consecuencia de una atención y pensamiento reestructurados. Muchos homosexuales son arrogantes, en ocasiones o crónicamente, en su comportamiento; otros lo son principalmente en sus pensamientos (por ej., “Soy mejor que tú”). Estos pensamientos deben ser atrapados en el momento en que cruzan la mente y luego eliminados o satirizados convirtiéndolos en humorísticos. En la medida en que disminuye la auto importancia del “niño interior”, desaparecen algunas satisfacciones narcisistas, tales como las ideas subconscientes de ser especial, un genio, superior. Las ilusiones del superhombre nietzscheano son pensamientos infantiles. ¿Qué es lo contrario? Un sano reconocimiento de que uno no es mejor que los demás; una habilidad para reírse de uno mismo. También son infantiles los celos. “¡Él tiene esto o aquello, y yo no! ¡Y no puedo soportarlo! ¡Pobre de mí!” Él es más guapo, más fuerte, más masculino, más atlético, más popular, tiene más estilo; ella es más guapa, más encantadora, más femenina, más radiante, de constitución más grácil, capta más la atención de los chicos. Al mirar de este modo a los otros del mismo sexo, la admiración y el deseo de contacto del ego infantil se mezclan con los celos. Neutralizar la voz del “niño” es la acción correcta a realizar: “De acuerdo, déjale que sea mucho más perfecto; yo intentaré estar completamente satisfecho con todo lo que soy, física y psicológicamente, aunque fuera el último, el más inferior de mi sexo”. La hiperdramatización o satirización de las cualidades masculinas o femeninas presuntamente inferiores del niño infantil puede, en adelante, reforzar el intento de ver a los miembros del propio sexo de un modo menos egocéntrico. Si el lector reflexiona sobre esta cuestión del amor maduro, llegará a la conclusión de que, puesto que superar la homosexualidad es lo mismo que llegar a ser más maduro, este combate interior es una variante específica del combate de todo ser humano por dejar atrás sus áreas personales de infantilismo. Reparar el rol sexual Convertirse en un varón o una mujer maduros implica también sentirse como en casa en el propio rol sexual natural e innato. No es infrecuente que una persona homosexual acaricie el deseo: “¡Si por lo menos no tuviera que hacerme adulto!”. La consigna “hacerse un hombre (una mujer)” les suena como una maldición. Tienen dificultad en imaginarse a sí mismos como adultos a causa de su queja infantil sobre su inferioridad de género. Además, tienen a menudo una visión de la masculinidad o feminidad exagerada y poco realista. Se sienten más relajados en el rol de niño: “el chico amable, dulce, encantador”, “el chico indefenso”, “el chico afeminado”, o “la chica marimacho”, “la chica agresiva y masculina”, “la chica pequeña frágil y abandonada”… No les gusta admitir que estos son falsos “yos”, falsas identidades. En ellas buscan consuelo, un nicho en la vida social. Al mismo tiempo, desempeñar este rol puede proporcionar algo (de nuevo, no todo) del placer narcisista de sentirse dramático y “especial”. El varón homosexual puede buscar la masculinidad en sus modelos idolatrados, mientras al mismo tiempo él mismo (o mejor, su yo “infantil”) puede despreciar paradójicamente la masculinidad porque se siente “más sensible”, superior a esta condición masculina “vulgar . Esto da lugar a la casi proverbial arrogancia de algunos. La lesbiana puede rechazar la feminidad como una cualidad inferior % una actitud de despecho. Por tanto, es imprescindible eliminar las imágenes falsas de este  ser especial , esto es, este yo no-masculino o no-femenino. Eso es aleccionador incluso, ya que entonces uno reconocerá que no es diferente de los hombres o mujeres ordinarios; el halo de superioridad se desvanece y uno entiende que todo esto se reducía a quejas de inferioridad infantiles. Un hombre que siga esta (auto-)terapia pronto se dará cuenta de este rol de no ser masculino. El rol puede expresarse en pequeñas cosas como, por ejemplo, su convicción de que no puede soportar el alcohol. En realidad, éste es el rol inconsciente de “chico tierno” que no es apto para un hábito fuerte. “¡Oh, realmente me pongo enfermo con un solo vaso de whisky!”, responderá probablemente. No, él se hace a sí mismo creer eso, y luego, por supuesto, no se siente bien, como el chico que imagina que no puede soportar determinados tipos de comida y, sin embargo, no es alérgico en absoluto. Sacúdete ese rol de sensitividad e intenta disfrutar de un trago normal (sólo cuando hayas avanzado lo suficiente podrías considerar la abstinencia, ya que sólo entonces serás libre para elegir). “Las bebidas alcohólicas son para hombres”, es la visión falsa, casi histérica, de muchos “yos infantiles” en hombres homosexuales. Un detalle “bonito”, “dulce” o narcisista en el propio vestido, acentuando la “sensitividad” o no conformidad con la masculinidad, debe ser igualmente abolido. Para los hombres, las camisas afeminadas, llevar anillos u otros adornos, colonias, peinados, así como formas de hablar, el uso de la propia voz, los gestos con los dedos y las manos, los movimientos corporales y el modo de andar deben ser asimismo modificados. Es instructivo escuchar la propia voz en una grabación para descubrir los amaneramientos antinaturales, aunque inconscientes, que parecen proclamar: no soy masculino (tales como hablar lentamente, con un tono afectado, estúpido, quejoso o arrastrado, que puede irritar a otras personas y que es tan característico de ciertos hombres homosexuales). Después de haber estudiado tu voz y haber percibido esas particularidades, intenta hablar con tranquilidad pero con una voz “sobria”, firme y no afectada, y date cuenta de la diferencia (utilizando una grabadora). Date cuenta también de la resistencia que experimentas al realizar este ejercicio. Algunas lesbianas harían bien en corregir su terca aversión a vestir un traje bonito u otro vestido femenino típico. Utiliza maquillaje, deja de parecer un chico adolescente y quizá descubras que tendrás que combatir un sentimiento emergente de “ser femenina no es lo mío”. Intenta corregir una representación posiblemente arraigada del rol de “colega duro” con respecto a tu forma de hablar y entonación (escúchate en una grabación), gestos y forma de andar. Deben cambiarse algunos hábitos de autoindulgencia, como el de los hombres homosexuales que llevan siempre zapatillas cuando van de visita porque “son más cómodas para los pies” (dicho de un modo quizá algo despectivo, pero esto es un ejemplo de “manías de vieja” o afeminamiento). Otro hombre deberá dejar su excesiva concentración en su afición a coser o arreglar flores, una vez que haya comprendido que disfruta de tales actividades como un niño pequeño lo haría, como un chico débil se regodea en su “naturaleza” semifemenina. Abstenerse de tales actividades y aficiones cuando han sido detectadas como relacionadas con el complejo de inferioridad masculina es frustrante. Sin embargo, compárese esto con la situación del adolescente que entiende que ya es hora de irse a la cama sin su osito de peluche favorito de la infancia. Busca otras actividades y distracciones que se sitúen mejor en la línea normal y despierta tu interés por ellas. El ejemplo del osito de peluche puede quizá hacerte sonreír; interiormente todos los homosexuales se niegan a crecer; tienen afecto a su infantilismo. Una vez descubierta su conexión a su rechazo “por principio” hacia los hábitos “femeninos”, una mujer lesbiana puede superar su aversión a cocinar, por ejemplo, o a servir a sus invitados, o, en otros casos, a dedicarse a los detalles domésticos considerados “poco importantes”, a ser tierna y maternal con los niños pequeños, especialmente con los bebés. (Contrariamente a lo que se defiende a menudo sobre las bases falsas de los pseudo estudios, algunas mujeres lesbianas tienen inhibidos sus sentimientos maternales y tratan a los niños como si fueran jóvenes líderes audaces más que como madres). Entregarse al “rol” femenino es una victoria sobre sus egos infantiles, y al mismo tiempo una revelación emocional: un comienzo en la experiencia de la feminidad. No sin cierta frecuencia, los hombres homosexuales deben desaprender su repugnancia a ensuciarse las manos con el trabajo manual % cortar leña, pintar la casa, utilizar una pala o un martillo. Deben vencer la resistencia al esfuerzo físico. En cuanto a los deportes, que el hombre homosexual, cuando se le presente la ocasión, participe en un juego competitivo como el fútbol o el béisbol y trate de hacer lo mejor, aunque no sea una estrella en el campo. Y sin autocompasión; persevera y lucha. Algunos se han sentido estupendamente después; luchar como deportista % con la intención de vencer al  pobrecito yo % puede hacer que uno sienta profundamente que es un  hombre . El  niño interior del homosexual evita, rechaza y huye de las actividades normalmente relacionadas con el género; pero mi insistencia en la importancia de desempeñar “roles” vinculados al género normal no es el equivalente a una “terapia de conducta”. Porque lo importante al hacer estos cambios es tu voluntad, en orden a combatir la resistencia interior frente a esos roles. No es cuestión de entrenarte a ti mismo como si fueras un mono. “Identificarse” con la propia masculinidad o feminidad practicando estas pequeñas conductas todos los días no debería ser exagerado. Cualquier intento de lucir la “masculinidad”, con peinado, bigote, barba, ropa llamativamente “masculina” o musculándose es egocéntrico e infantil y no hace sino ahondar en el complejo homosexual mismo. Cada persona afectada puede hacer una lista de conductas e intereses que para él deben convertirse en puntos de atención. Los hombres homosexuales a menudo tienen una actitud infantil hacia el dolor físico, por ejemplo, “no pueden soportar” ni siquiera las más pequeñas incomodidades físicas. Aquí estamos tocando el tema de la valentía, relacionado con la asertividad. El “niño interior” es demasiado miedoso tanto para la lucha física como para otras formas de confrontación. Su agresividad es, por tanto, a menudo indirecta, no abierta, recurriendo a la intriga y a la mentira. Por consiguiente, para identificarse mejor con su masculinidad debe combatir su miedo a las confrontaciones verbales y, cuando sea necesario, físicas. Debe decir lo que piensa, honesta y francamente, defendiéndose si lo requieren las circunstancias y corriendo el riesgo de ser agredido o ridiculizado por los demás. Más aún, debe ejercer su autoridad si está en una posición de autoridad y no esquivar posibles “ataques” de las críticas de subordinados o colegas. Intentando ser asertivo con normalidad, pasará a través de su “pobrecito” niño, y tendrá muchas oportunidades para hiperdramatizar los sentimientos de miedo y de ser un perdedor. La asertividad es buena cuando nuestra inteligencia nos muestra que está justificada, e incluso necesaria en ciertas situaciones. Puede ser infantil, sin embargo, cuando su propósito es demostrar la propia agresividad o importancia. La conducta asertiva normal es tranquila, más bien que llamativa, y eficaz. Muchas lesbianas, por otra parte, sacarían provecho en gran medida de pequeños ejercicios en la sumisión ordinaria, incluso % ¡casi no me atrevo a decir la palabra!% en la obediencia; o peor, en obedecer a la autoridad de los hombres. Su rol masculino preferido de dominación e independencia puede sufrir alguna violencia % ejercida por ellas mismas, por su propia libre voluntad % si tienen que sentir la “docilidad” y “debilidad” femeninas normales. Generalmente una mujer desea vivir con el apoyo de un hombre y entregándose a él, cuidándole, y una parte de esto lo constituye el deseo de entregarse a su masculinidad. Bajo la autoafirmación espasmódica de la “chica” herida, está latiendo esta mujer normal en toda lesbiana. Hacia el propio cuerpo, el “chico no masculino” y la “chica no femenina”, se tiene con frecuencia una actitud de no aceptación que nace de los sentimientos de inferioridad hacia la masculinidad o feminidad corporales. Intenta aceptar por completo y con actitud positiva tu propia masculinidad o feminidad corporal. Mírate, por ejemplo, desnudo en el espejo y decide estar satisfecho con tu cuerpo masculino o femenino. No intentes cambiar compulsivamente algunos de sus aspectos mediante el maquillaje o el vestido de modo que ya no parezca el tipo de cuerpo que es. Si una mujer tiene los pechos pequeños o es algo musculosa, huesuda, etc., debe aceptarlo, mejorar su apariencia dentro de ciertos límites razonables y, en cuanto al resto, dejar de quejarse (éste debería ser un ejercicio repetido). El varón debería estar contento con su tipo físico, con su pene, musculatura, vello corporal, etc. y dejar de quejarse sobre ello o fantasear con un físico diferente, “ideal”, por así llamarlo. ¡Es obvio que dichas insatisfacciones son quejas infantiles! LA RELACIÓN CON LOS DEMÁS Cambiar la propia visión de los demás y la relación con ellos El neurótico homosexual ve a los demás, en parte, como un “niño”. Cambiar la homosexualidad es casi imposible sin alcanzar, en definitiva, una visión más madura de los demás y una relación con ellos más adulta. Personas del mismo sexo El homosexual debe reconocer los sentimientos de inferioridad y de vergüenza con respecto a los otros del mismo sexo, que están implícitos en la idea de “no pertenecer”. Combate estos sentimientos mediante la hiperdramatización del pobre “niño” inferior. Es aconsejable, además, tomar la iniciativa de hacer contactos en vez de permanecer distante o pasivo, participar en conversaciones o actividades, invertir energía en relacionarse con los demás. Estos esfuerzos revelarán probablemente un arraigado hábito de desempeñar el papel de extraño, quizá una aversión a adaptarse con normalidad a los otros del mismo sexo, una visión negativa de los demás, un rechazo o indiferencia frente a ellos. El motivo correcto para adaptarse mejor a los otros del mismo sexo no es, por supuesto, el anhelo infantil de agradarles. En primer lugar, uno debe buscar ser él mismo un buen compañero antes que buscar tenerlo. Eso puede significar cambiar la búsqueda infantil de protección por la responsabilidad respecto a los demás; la indiferencia fundamental hacia el otro por el intento de interesarse por él; la hostilidad, el miedo, la desconfianza infantil por una actitud de simpatía y confianza; la vinculación y dependencia por una sana independencia interior. Para los hombres homosexuales, esto significa a menudo superar el miedo al enfrentamiento, a la crítica y a la agresión; para las lesbianas, participar en intereses y actividades femeninos, maternales quizá, así como superar cierto desdén hacia ellas. Con frecuencia, los varones deben dejar a un lado su rol demasiado quejoso, servil; y las mujeres, su dominio mandón y obstinado. Debemos distinguir entre los contactos individuales y en grupo con los coetáneos del mismo sexo. Las personas inclinadas a la homosexualidad se sienten menos cómodas en grupos de heterosexuales del mismo sexo, especialmente cuando siendo niños tuvieron dificultades en adaptarse en los grupos del mismo sexo, y en tales situaciones experimentan sentimientos de inferioridad. Aquí, especialmente, deberán tener el valor de superar la conducta de rechazo hacia el grupo y comportarse normalmente, con naturalidad, sin estratagemas sobre compensadoras, encarando el posible rechazo o incluso el ridículo, comportándose en cambio como uno más del grupo. Amistades Las amistades normales son una fuente de alegría. En la amistad normal cada persona vive su vida independientemente; no se da ni la vinculación dependiente del solitario “niño interior” ni la súplica ego centrista de atención. Construir amistades normales, “invirtiendo” interés en el otro y no principalmente para “conseguir algo a cambio”, estimula el proceso de maduración emocional. Además, disfrutar de amistades normales con otros del mismo sexo puede estimular el crecimiento de la identificación de género; más aún, contrarresta las quejas de soledad, que pueden ser un fácil acicate para las reacciones de auto-consuelo en la fantasía homosexual. Pero una buena amistad normal del mismo sexo puede suscitar un conflicto interno. El homosexual puede caer interiormente en una idolatrización infantil de su amigo y se pueden presentar impulsos de erotismo vehemente. ¿Qué hacer en ese caso? En general, es mejor no rechazar al amigo. Primero, analiza el elemento infantil de tus sentimientos y conducta respecto a él y contraatácalo con varios métodos, interrumpiendo o cambiando ciertas conductas % particularmente, el hábito de atraer su atención, protección o preocupación. No te permitas ningún disfrute infantil de su afecto por tu pobre persona. Detén inmediatamente cualquier fantasía en el ámbito erótico (por ejemplo, hiperdramatizándola). Toma la firme resolución de no “traicionar” a tu amigo utilizándolo para la lujuria infantil, aunque “sólo” sea en tu imaginación. Intenta convertir esta difícil situación en una ocasión para crecer. Contempla la personalidad y apariencia física de tu amigo con sobriedad, en sus proporciones reales: “No es mejor que yo; ambos tenemos aspectos positivos y débiles”. Sólo si tus sentimientos infantiles hacia él amenazan con aplastarte, deberías disminuir la frecuencia de tus contactos con él durante un tiempo. Sin ser escrupuloso, evita una intimidad física demasiado grande, como el dormir en la misma habitación. Y lo más importante: no fuerces su simpatía hacia ti; combate cualquier impulso en esa dirección, porque eso abriría la puerta a la recaída en tu personalidad “infantil”. Uno puede pensar sistemáticamente sobre las diferentes relaciones y tomar notas de situaciones interpersonales concretas en las que las tendencias infantiles deben ser combatidas y reemplazadas por otras más maduras. Personas de más edad Los hombres homosexuales pueden considerar a hombres mayores como si fueran sus padres % temer su autoridad, ser demasiado sumisos con ellos, buscar su protección, tratar de complacerlos o rebelarse interiormente ante ellos. Como siempre, lo primero es descubrir esas actitudes en ti mismo e intentar reemplazarlas por actitudes nuevas. El auto-humor (por ejemplo, hiperdramatizando tu “chico pequeño”) y la valentía serán beneficiosas al respecto. Las mujeres mayores serán vistas probablemente como una “madre” o una “tía” por el hombre homosexual. Su niño interior puede adoptar papeles como el de “buen chico”, “chico servil”, “chico dependiente y pegajoso”, “chico travieso” o “enfant terrible” que no se enfrenta directamente con los deseos de su madre, pero intenta constantemente vengarse de su dominio sobre él indirectamente, provocándola. “El niño mimado” disfruta puerilmente del favoritismo, protección e indulgencia de su madre. Tales actitudes pueden ser transferidas a otra mujer. Los hombres homosexuales casados pueden transferir esas actitudes a sus esposas y mantener así al “chico” que busca mimo, protección, dominio y apoyo en una figura materna, e incluso ser vengativos con ella por su “dominio”, real o imaginario. Las mujeres inclinadas a la homosexualidad pueden considerar a los hombres (mayores) como si fueran sus padres y transferir a ellos aspectos infantiles de la relación con sus propios padres. Los hombres les parecen desinteresados, dominantes o figuras lejanas o, a veces, dependiendo de su situación en la juventud, como “colegas”, “de la pandilla”. Las reacciones infantiles de rebelión, desprecio o camaradería especial son transferidas desde el padre a otros hombres. En algunas mujeres, los éxitos que afirman en ellas la “masculinidad” intentan satisfacer las expectativas de sus padres. Esto puede ocurrir cuando un padre fuerza inconscientemente a su hija al papel de “chico” capaz, estimándola por ello y no por sus cualidades femeninas, o cuando, desde el punto de vista de la chica adolescente, su padre sólo estima los éxitos de sus hermanos, de modo que ella empieza a imitar el rol del chico. Padres El “niño interior” reactiva sus sentimientos, puntos de vista y conductas infantiles incluso cuando los padres han fa   $%>?_`mn“èÑ»¢ŽxexMx<('häJÖh¬3ç5CJ8OJQJaJ8mH sH !häJÖ5CJHOJQJaJHmH sH .häJÖh¬3ç56CJHNHOJQJaJHmH sH $häJÖ56CJHOJQJaJHmH sH *häJÖh¬3ç56CJHOJQJaJHmH sH 'häJÖhäJÖ5CJHOJQJaJHmH sH 0hÖ7 h¬3ç5B*CJPOJQJaJPmH phÿsH *hÖ7 5B*CJHOJQJaJHmH phÿsH -hGníhÖ7 B*CJ(OJQJaJ(mH phÿsH -hGníhGníB*CJ(OJQJaJ(mH phÿsH    $%?mn“”£¤¶ÎÏÛÜÝÞßà÷øùòåååååååååååØåååÐÐÐÐåËË$a$$a$gd¬3ç -DàMÆ ÿÿÿ™gdÖ7 -DàMÆ ÿÿÿ™gdäJÖ -D€MÆ ÿÌÿÌgdGníLàràþþ“”¢¤µ¶ÃÄÅÆÇÌÍÎÏÚëׯ¬’¬x’x\xCx-×*häJÖhäJÖ56CJHOJQJaJHmH sH 0hÖ7 h¬3ç5B*CJPOJQJaJPmH phÿsH 7hÖ7 h¬3ç56B*CJPNHOJQJaJPmH phÿsH 3hÖ7 h¬3ç56B*CJPOJQJaJPmH phÿsH 3hÖ7 hÖ7 56B*CJPOJQJaJPmH phÿsH 3hÖ7 häJÖ56B*CJPOJQJaJPmH phÿsH !häJÖ5CJHOJQJaJHmH sH 'häJÖh¬3ç5CJHOJQJaJHmH sH 'häJÖh¬3ç5CJHOJQJaJHmH sH ÚÛÜÝÞßà÷ù ( * ë ì G H ô õ @ B œ ž 6 îÚÆµ¤n_nJnJnJn:nJnhØzQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h_8CJNHOJQJaJmH sH hÖ7 hÅ™CJOJQJaJ$hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH hÖ7 h_8CJOJQJaJ'hê8uhäJÖ5CJOJQJaJmH sH !hÖ7 5CJOJQJaJmH sH !h¬3ç5CJOJQJaJmH sH 'hê8uhê8u5CJOJQJaJmH sH 'häJÖhÖ7 5CJHOJQJaJHmH sH !h¬3ç5CJHOJQJaJHmH sH ù* + …† !"Ÿ! ![&\&c(d(N.O.ó2ô2õ2ö2÷2ø2òíííííííííòíííííííííííííííí$a$ -DàMÆ ÿÿÿ™gdäJÖ6 b st¶·/0ŽÆÒæç<=¶·]^LNÒÔž 34ØÙÖØ8:„†üþ@BÇÈ%&FGij^_z{óôëØÃØÃØÃØÃذØÃØÃØÃØÃؠؠØÃØÃØÃØÃØ ØÃØÃØÃØ ØÃØ ØÃØÃØÃØÃØÃØÃØÃØÃØhØzQCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h_8CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h_86CJOJQJaJmH sH > !"jk.5=AGNVWçèø S T ‰ Š !!j!k!ž! !6"8"’"œ"0#2#v#x#´#Ì#?$@$U$W$ª$«$‹%©%Þ%ß%H&íÚËÚíÚ¶Ú£ÚÚÚ¶Ú¶Ú£Ú¶Ú¶Ú¶Ú¶ÚíÚ¶Ú£ÚÚ¶Ú£Ú¶Ú£Ú¶Ú£Ú¶ÚhØzQCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h_86CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h_8CJNHOJQJaJmH sH hÖ7 h_8CJOJQJaJ$hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH $hÖ7 häJÖCJOJQJaJmH sH 2H&I&Å&Æ&|'}'Û'Ü'](^(®(¯(~))×)Ø)ý)* *!*E+F+ , ,½,¾,)-*-u-v-ë-ì-I.J.¬.­.e/f/Ç/È/%0&0O0P0µ0¶0q1}1£1¤1Æ1Ï1ò1ó1²2³2ô2õ23ëØëØëØëØëØëØëØëØÅØëØëØëØëØëØëØëØëØëØëØëØëØëØëØÅØëرØëØëØžØ$hÖ7 h=§CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h_86CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h_8CJNHOJQJaJmH sH :ø2ù2ú2û2ü2ý2þ2ÿ2333333333 3 3 3 3 33333333úúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúú$a$3 3 33333*3,3S3W3j3€3Œ33•3´3µ3!4&4o4p4‰4Š4Ž4˜4+5,5¬5­5ò5ó5€6íÝÍºí§˜§˜§„§q§„§\§„§\§\§„§\§\§\§(hÖ7 h_8CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h_86CJOJQJaJmH sH hÖ7 h_8CJOJQJaJ$hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hÖ7 CJOJQJaJmH sH häJÖCJOJQJaJmH sH $hÖ7 häJÖCJOJQJaJmH sH  3*3+3,3S3T3\5]5¸7º7D9E9F9y9z9€;;¿<À<>>Z?[?a@b@¥@òííàííííííííÛíííííííííííí$a$ -DàMÆ ÿÿÿ™gdÖ7 $a$ -DàMÆ ÿÿÿ™gdÖ7 €6‚6Æ6È6î6ð6¬7®799F9y9A:B:¡:¢:;;g;h;;€;;Ú;Û;< <–<—<¾<¿<À< ==“=Ÿ=ç=è=>>>¦>®>º>»>"?#?Y?Z?[?(@)@ðÝðÝÈÝÈÝÈݸÝÈÝÈÝÈÝÈݨ•ÝÈÝÈÝÈݨ•ÝÈÝ‚ÝÈݨ•Ý‚ÝÈÝÈݨ•ÝÈ$hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH h_8CJOJQJaJmH sH hÖ7 h_85CJOJQJaJ(hÖ7 h_8CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH hØzQCJOJQJaJmH sH 3)@`@a@b@˜@ @¤@¥@¦@ñ@ò@TAdAeAçAèAfBgBhB¼BÄBÈBÉBÊBÚBíÝÊ·¤·”Ê··lWlWl”Êl¤lGÊlhLÛCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hLÛCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hLÛCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h=§CJNHOJQJaJmH sH h=§CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hNCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h=§CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH h_8CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH ¥@¦@gBhBÉBÊB‘C’CòCóCËEÌE‰FŠF×FØF®G¯GHH§H¨H2I3I´IµI,J¤J¥JõJúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúú$a$ÚBúB%C&C.CkClCC‘C’CåCíCñCòCóC®D¯DëDEEqErEÊEËEÌEíÚÅÚí°í ízíjí°íWBWBWj(hÖ7 hd©CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hd©CJOJQJaJmH sH hâ9CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hNCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hLÛCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hâ9CJNHOJQJaJmH sH (hÖ7 hLÛCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hLÛCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hâ9CJOJQJaJmH sH ÌEˆF‰FŠFÑFÒFÖF×FØFWGXG€G…G“G”G¢G£G­G®G¯GõG÷GøGýGHHHHSHTHœHH¦HíÝÊíµíÝÊí¢ííµíµíÝÊí|g|íÝÊí¢R¢R¢(hÖ7 hDëCJNHOJQJaJmH sH (hÖ7 hNCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hNCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hDëCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hqDyCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hqDyCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hqDyCJOJQJaJmH sH  ¦H§H¨H I I1I2I3IWI^IdIjI•I–I³I´IµIJJAJPJfJ‡JˆJ£J¤J¥JôJõJöJ¸K¹KÐKÑKÒKLðÝʵʥÝʒʒʵʥÝʵʒÊj¥ÝZÝjZÝhÃhMCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÃhMCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÃhMCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH hDëCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hDëCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hDëCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hqDyCJOJQJaJmH sH #õJöJÑKÒK#L$LSLTLÕLÖLtMuMïMðMÊPËPQQ QwQxQÕQÖQ>R?RúRûRUUiUúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúúú$a$LL"L#L$LRLSLTL¼L½LÔLÕLÖLôLýL M>M?MsMtMuMÒMÓMîMïMðMKNLNUNVN¼N½N&O'OQOyOëØÈµØÈµØëØÈµØ¢Ø¢¢Èµ¢¢}µ¢¢¢¢¢j$hÖ7 hNCJOJQJaJmH sH h`wQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h`wQCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h`wQCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hÃhMCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÃhMCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÃhMCJNHOJQJaJmH sH #yOˆOOO0P1PQPVP–P—P§P¨PÉPÊPËPQQ/Q9QCQqQrQwQxQŒQ¡QíÚÅÚÅÚíÚÅÚÅÚµ¢ÚÅÚŽzÚÅÚgÚT$hÖ7 h/hCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hN6CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h/h6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH h`wQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hNCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hNCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH ¡Q¿QÀQÔQÕQÖQ=R>R?RŸR R¦RùRúRûR¸S¹STT€TT¨TÝTÞTâTãTUUUbUcUhUiUjUUíØíÈµí¥µíØ‘í¥µíØíØíØí~i~i~¥µ~i~Yµ~h/hCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h/hCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h/hCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hc ¸6CJOJQJaJmH sH hc ¸CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hNCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hc ¸CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hc ¸CJOJQJaJmH sH "iUjUÃUÄU5V6VCWDWXX X X X X XXX*X+X,Xá[â[ì^í^®a¯axgúúúúúúúúúúúúúúúúíèàààààààà$a$gd… øgdÖ7 -DàMÆ ÿÿÿ™gdÖ7 $a$UšU·U¸UÂUÃUÄUVV4V5V6V V¸VÇVÈVõVWBWCWDWWŽWþWÿWXX)X*X+X{XíÚÅÚµ¢ÚÅÚµ¢ÚÚÅÚÚµ¢ÚÅÚÅÚ|maVhÖ7 hÖ7 mH sH h… øCJOJQJaJhÖ7 h… øCJOJQJaJ$hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h… øCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH h/hCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h/hCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h/hCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH {X|XPYQY¶Y·YÿYZZ”Z•Z‹[Œ[¸[Á[Ð[Ñ[à[á[ú[\f\h\†\ˆ\Ô\Ö\b]î]ëØëØëØëØÅ°Å°ÅŰŊÅvÅfŰÅfÅS$hÖ7 hACJOJQJaJmH sH hØzQCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hÅ™6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h_8CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hRCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hRCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h… øCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h… øCJNHOJQJaJmH sH î]ð] ^ ^h^w^¬^­^ë^ì^<_=_ _¡_ü_ý_¾`¿`À`xaya­a®aùaúa bbc2c3cBcëØëØÅØëزØëØëØëØŸŠŸŠŸØŸŠŸvŸcNc(hÖ7 hòi%CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hòi%CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h}6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h}CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h}CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hRCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hACJOJQJaJmH sH (hÖ7 hACJNHOJQJaJmH sH BcCc¬c­c²c¸cÿcddœddee­e®e‰fŠfÞfßfg9g@gEgFgwgxgzgëØëØÄررœ±œ±œ±œ±œ±‰u‰`‰M‰$hÖ7 h}CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hj¼CJNHOJQJaJmH sH 'hÖ7 hj¼6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hj¼CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hã§CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hã§CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hòi%6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hòi%CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hòi%CJNHOJQJaJmH sH xgygzggžgfogo¢r£rÙvÚv³x´x:{;{Â郪ƒÉ…Ê…‰‰oŽpŽ×•Ø•÷÷çßßßßßßßßßßßßßßßßßßßßßßß$a$gdj¼$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdÖ7 $a$gd… øzgghhehiiyizi¡i¢iõi)j*j„j…j‹j•jßj ? Ü Ý -¡?¡F¡G¡¸¡¹¡(¢íÚÅÚ²²í²Š²í²²í²wbw²²wbwbwíwbwbw(hÖ7 hD6UCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hD6UCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hlŒCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h§c­CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h§c­CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h 3»CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h 3»CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH "(¢c¢d¢j¢k¢É¢Ê¢ã¢£,£-£¨£©£F¤G¤À¤Á¤¥•¥ž¥¬¥·¥¸¥¼¥½¥:¦<¦F¦H¦ˆ§Š§h¨íØíÅíØí²íØíØíØíØíŸŒŸŒwŒíŸbŸíŸbŸ(hÖ7 hÛ$CJNHOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÛ$CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hê8uCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h§c­CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hs$CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hs$CJOJQJaJmH sH h¨|¨©¨ª¨´¨©©7©8©<©a©Ô©Õ©%ª&ª‰ªŠª‘ª’ª¬ª´ªV«]«­«®«¬íÚÅÚí°íÚíŠíŠuŠuŠuŠaŠNŠuŠ$hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h®J6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h®JCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h®JCJOJQJaJmH sH $hÖ7 há`CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hG–CJNHOJQJaJmH sH (hÖ7 hÛ$CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÛ$CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hG–CJOJQJaJmH sH °¨8©Õ©,ª-ª¬¬¬¬¬ ¬ ¬ ¬+¬,¬-¬D¬k¬l¬m¬ž­Ÿ­s²t²µ¶÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷êââÕÕâââââââ -DàMÆ ÿÿÿ™gdÖ7 $a$gd®J -DàMÆ ÿÿÿ™gdÖ7 $a$gd 3»¬¬ ¬ ¬ ¬+¬-¬.¬B¬k¬l¬m¬Ê¬Ë¬'­(­˜­™­­ž­®® ®_®ðàͺ«º«œ«ºà‰t‰t‰t‰º‰`‰M$hÖ7 hP6#CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hCJOJQJaJmH sH hÖ7 hCJOJQJaJhÖ7 h®JCJOJQJaJ$hÖ7 h®JCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hÖ7 CJOJQJaJmH sH h®JCJOJQJaJmH sH _®`®´®µ®w¯x¯Ñ¯Ó¯Ô¯×¯å¯ô¯°°P°R°T°\°^°Ô°Ö°j±l±6²7²r²s²t²˜²¦²Ó²Ô²ëØëØëØÅ°ÅØÅؠؠØÅ°Å°Å°Å°ÅÅzfzQ(hÖ7 hÃ9jCJNHOJQJaJmH sH 'hÖ7 hÃ9j6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÃ9jCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hCJOJQJaJmH sH hØzQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hElØCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hElØCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hP6#CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hP6#CJNHOJQJaJmH sH Ô²0³1³ë³ì³´L´M´µµxµyµÜµÝµ¶:¶@¶A¶B¶„¶…¶´¶µ¶Ò¶Ü¶w·x·¸:¸íØíØíŰŰŰŰÅŰňuaˆN$hÖ7 hEŠCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h’·6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hElØCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h’·CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h’·CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hG6+CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hG6+CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÃ9jCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÃ9jCJOJQJaJmH sH µ¶¶¶/¹0¹ÃºÄºX¼Z¼v½x½z½|½ä½æ½è½^À_ÀÇ‘ÇÉÉfÌḥФÐWÔXÔ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷êââââââ÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gdû>@ -DàMÆ ÿÿÿ™gdÖ7 $a$gd®J:¸;¸€¸¸û¸ü¸(¹)¹.¹/¹’¹“¹ý¹þ¹gº¬º­ºÂºÃºf»g»¼¼,½.½v½x½z½|½ä½æ½ëØëØëØëØÅØëØëز²Ø²²²²}j²[²hÖ7 hû>@CJOJQJaJ$hÖ7 hÖ7 CJOJQJaJmH sH hû>@CJOJQJaJmH sH hØzQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hû>@CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hû>@CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h’·CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hEŠCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hEŠCJNHOJQJaJmH sH æ½è½Q¾¾‘¾’¾š¾¿¿»¿¼¿WÀXÀ]À^À¨À©À\ÁqÁrÁ¢Á£Á-Â.ÂÑÂÚÂ^Ã_ÚÛäôÃðÝÊ·¢·ÊÊÊÊÝÊÊzezezezQzezezQ'hÖ7 hçs6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hçsCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hçsCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h3$YCJNHOJQJaJmH sH (hÖ7 h`^CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h`^CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h3$YCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hû>@CJOJQJaJmH sH hÖ7 CJOJQJaJmH sH ´ÃÜÃÄÄdÄeÄŸÄ Ä9Å:ÅaÅbÅZÆ[ƠƥÆßÆíÆÇÇ5ÇlÇÇ€ÇÇÇ‘ÇòÇóÇEÈNÈíÚÅÚÅÚÅÚÅÚÅÚÅÚ²Ú²ÚÅÚ²ŸŠŸwŸ²b²O$hÖ7 h`^CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hV?_CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h3$YCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hq ºCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hq ºCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hV?_CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h‚íCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h‚íCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hçsCJOJQJaJmH sH NÈOÈfÈgÈmÈ…ÈÉÉÉÉHÉQÉSÉ]ɤɿÉçÉóÉôÉRÊSÊüÊýÊ(Ë)ËÌÌdÌfÌ Í"ʹͶÍíÚÅÚíÚÅÚ²ÚŸÚŒÚydydydydydyTyÚydydhØzQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hc¼CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hc¼CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h`^CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hû>@CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hVHCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hVHCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hV?_CJOJQJaJmH sH  ¶ÍÀÍgÎyÎÀÎÁÎIÏJωÏÏäÏåÏ2Ð3ОПФЪÐòÐóÐbÑcѼѽÑ<Ò>ÒäÒæÒTÓVÓÔÔ ÔíÚÆÚ±Ú±ÚžÚ±Ú±Ú±Ú‹xcxcxcxcxcxSxcxhØzQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h2 $CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h2 $CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hØzQCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hBÛCJNHOJQJaJmH sH 'hÖ7 hBÛ6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hBÛCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hc¼CJOJQJaJmH sH  ÔVÔWÔ'Õ(Õ1Ö2Ö‡ÖˆÖ×××J×K×_×e×h׉×%Ø&Ø1ØRØ—Ø˜ØæØóØôØÙ Ù'Ù3ÙíÚíÅíÅíÅí²²²Š²w²²w²²dOdwdw(hÖ7 h‹mCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h‹mCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hV8CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÍDúCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÍDúCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hèÝCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hc¼CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hèÝCJOJQJaJmH sH XÔ³Ö´ÖIÜJÜÄàÅà3å4åÇèÈèøëùëKîLîŠï‹ïŒï¡ï¢ï ò!ò¤ö¥öuúvúÞý÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷êââââââââ$a$gdBŽ -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø$a$gd®J3Ù[ÙÚÚÚÚ`ÚbÚúÚüÚ†ÛˆÛ>Ü?ÜHÜIÜ~܃ܢÜáÝâÝ[Þ\ÞãÞçÞèÞóÞôÞOßíÚÊÚµÚÊÚµÚµÚµÚ¢ÚÚzzgRgRg(hÖ7 h`^CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h`^CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h"f|CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h"f|CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hèÝCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hV8CJNHOJQJaJmH sH hÖ7 CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hV8CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h‹mCJOJQJaJmH sH Oß^ßqßwß à à¾à¿àÃàÄàÅà+á,áââ6â8â@âBâØâÈãÊãää¦ä§äåå2å3å¤åíÚíÚÅÚÅÚ²ÚŸŠŸzŸzŸŠŸgRgígRgRgÚg(hÖ7 h»xÁCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h»xÁCJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÌlCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÌlCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hV8CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h`^CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h`^CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH ¤å©åÆåÒåÓåüåæOæPæ­æ®æè è’è“èÆèÇèaéé‚éƒé†éÚéÛé~ê‚êÈêØêßêëëíÚíÅí²íÅíÅíÅíÅíÚ퟊ŸíŸŠŸvŸcŸcN(hÖ7 høCqCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 høCqCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hR36CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hR3CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hR3CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hPtCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h»xÁCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hPtCJOJQJaJmH sH ë9ë:ëÊëËëðëñë÷ëøëHìIìjì‹ìííwíxí•í–íÙíÜí"î5î6îJîKî®î¯îhïiïvïwïŠïŒïíØíØíØíÅíØí²íØíØíØíží‹v‹í‹v‹v‹v‹c$hÖ7 hBŽCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hPBCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hPBCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hÅ™6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hPtCJOJQJaJmH sH (hÖ7 høCqCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 høCqCJOJQJaJmH sH !Œï¡ïÔïÝïßïóïôï<ð=ðàðïð#ñ$ñ:ñ;ñpñ{ñ©ñªñò ò òòòòñÞÊÞ·¢·¢··¢·¢·|g|R|>'hÖ7 hkF¦6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH (hÖ7 hkF¦CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hkF¦CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h´/+CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h´/+CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hBŽ6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hBŽCJOJQJaJmH sH hÖ7 hBŽCJOJQJaJòò òyò~òòÀòÁòôô ôô~õˆõŠõŽõ-ö.öö‚ö£ö¤öâö÷÷íÚíÆí³ž³Ž³ž³{f{³ž³ž³í³S>(hÖ7 hØ+ïCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hØ+ïCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h* áCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h* áCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hkF¦6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hBŽCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hkF¦CJOJQJaJmH sH ÷Ç÷È÷Ú÷Û÷øŽø5ùGùNùOùzù°ù±ùVúWútúuú½úÌúÍúÏúdûmû‘û’ûîûïûÿûzüíØíØíØíÅíØí²²²Š²ÅuŲa²²²N$hÖ7 h™{ÀCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h7 ¯6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h* áCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h7 ¯CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h7 ¯CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hØ+ïCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hØ+ïCJOJQJaJmH sH zü{üýýdýpýqýƒý¢ý£ý¹ýÄýÇýÝýÞýßý;þ<þaþþ€þœþëØëØÅ°ÅˆØubOˆ<<$hÖ7 hsAACJOJQJaJmH sH $hÖ7 h®JCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h7 ¯CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hýZÝCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hôc½CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hôc½CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h¯{<CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h¯{<CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h™{ÀCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h™{ÀCJNHOJQJaJmH sH ÞýßýÑÒ!"#$%&'(UVWƒ„…c d ! " àá›÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷êââÕâââââââââ -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø$a$gd€ ™ -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø$a$gd 3»œþþ÷þøþ½ÿ¾ÿåÿæÿ²³¸¥¦IJ³´ÐÑ34El}œLMQ]   !ëØëØëØëØëØÅ°Å°Å°Å°ÅŰŊwŠbŠbŠwŠbŠÅ(hÖ7 hñxyCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hñxyCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h®JCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hèH(CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hèH(CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hsAACJOJQJaJmH sH (hÖ7 hsAACJNHOJQJaJmH sH #!(UWƒ„…äåêìDFøIJ¼½;  ‚ ä å 4 5 a b   b c ´ µ â íÞíÞíÎí¹íÎíÎí¦‘¦‘¦‘¦~i~i~i~i~i~í~i~(hÖ7 h^v}CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h^v}CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hù#îCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hù#îCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h€ ™CJNHOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH hÖ7 h€ ™CJOJQJaJ$hÖ7 h€ ™CJOJQJaJmH sH #â  ‚ æ ç  ! ‹ Œ —˜òûüþÈÊfg!"$%&„íØíØíÅíØíØíØí²²ízezezezezezRzR$hÖ7 híW¹CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hƒqáCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hƒqáCJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h^v}CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hØgÎCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hØgÎCJOJQJaJmH sH  „…éê­®½¾ßà>?EFu–ÐÑvwš›øùZ[<=ÚÛ5>?]ëØëØëØëØëØÅØëØëزØëزز²Ø²²²²²ŠuŠ(hÖ7 h–F CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h–F CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÏo|CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÏo|CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hØgÎCJOJQJaJmH sH $hÖ7 híW¹CJOJQJaJmH sH (hÖ7 híW¹CJNHOJQJaJmH sH &›œˆ‰z|0!1!‡&ˆ&++~,,œ336878h<i<€==[?\?¿CÀCfGgGcH÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd€ ™]_›œÙ78¸¹rs‡ˆKL›©ªËÌêëxz|ëØÃذ›°›°›°ˆ°u`uLu`u`u`u`u°u'hÖ7 ha6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 haCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 haCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÏo|CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hH 1CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hH 1CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h–F CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h–F CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h–F 6CJOJQJaJmH sH |*24DHJŽ‹ “ ³ ´ /!0!g!n!!‘!Þ!¨"©"o#p#Í#Î#p$q$à$ç$é$,%íÚÅÚíµíµíÚí ííÚí ízezezezezRzR$hÖ7 h÷¬CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hšúCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hšúCJOJQJaJmH sH $hÖ7 haCJOJQJaJmH sH (hÖ7 ht„CJNHOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 ht„CJOJQJaJmH sH ,%-%œ%%j&k&†&‡&¨&á&â&@'A'O'P'ö'÷'ž( (ª(Ð)Ò)k*l*Ë*Ì*+ + ++Ç+È+(,),<,=,A,ëØëØëØÅز²²²²²ŠzŠeŠeŠeŠØŠeŠeŠeŠ(hÖ7 hBUjCJNHOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hBUjCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h3$CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h3$CJOJQJaJmH sH $hÖ7 ht„CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h÷¬CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h÷¬CJNHOJQJaJmH sH $A,M,Æ,Ç,Û,í,-^-_-´.¶.þ./&/(/à/â/10?0o0p0¤011¢1íÚÅÚ²Ÿ²Š²Š²í²Š²z²f²Š²S>S(hÖ7 hs5CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hs5CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hî 6CJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hî CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h.=9CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hî CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hBUjCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hBUjCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH ¢1£1ú1û1^2_233=3^3_3›3œ3¾3È3ø3ù3R4S4(515660626ëØëØëØëØÅ°ÅʼnŰŰÅvcSc>(hÖ7 hhq*CJNHOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hhq*CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hôVJCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h356CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hBUjCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h35CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h35CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hs5CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hs5CJNHOJQJaJmH sH 26V6X6Z6œ6®6Ú7Ü75868F8X8V9W9Ú9.:0:è:ê:;;4;6;B;D;íÝíÊíʵʢ{fS>S>SÝS>SÝ(hÖ7 h{|KCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h{|KCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hñ}êCJNHOJQJaJmH sH 'hÖ7 hñ}ê6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hñ}êCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h35CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hôVJCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hôVJCJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hhq*CJOJQJaJmH sH D;¦;®;ô;</<0<\<g<h<Ï<Ð<*=6=7=:=Ý=Þ=<>=>ž>Ÿ>õ>ö>\?½?íÙíÆí±íž‹žvžÆaÆžvžvžvžvžN$hÖ7 húQªCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH (hÖ7 h§$CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hñ}êCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h§$CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h{|KCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h{|K6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h{|KCJOJQJaJmH sH ½?¾?@@:@Š@‹@A AIAPA–A—ABB•B–BB©BçBèBCºC»C¾C¿CÀCãCëØëØÅ°Å°ÅŰŰŰÅŰŊuŠbŠO$hÖ7 hMKCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h§$CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hL“CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hL“CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h^1CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h^1CJOJQJaJmH sH $hÖ7 húQªCJOJQJaJmH sH (hÖ7 húQªCJNHOJQJaJmH sH ãCD;D€DDøDùDºEÄEÅE"F#FƒF²F³FÃFäFG$G%G^G_GeGíÚíÅíÅí²²²ŠuŠbŠbMbMb(hÖ7 haaECJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 haaECJOJQJaJmH sH (hÖ7 hoaÚCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hoaÚCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hù óCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hù óCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h–ZÔCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hMKCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h–ZÔCJOJQJaJmH sH eGfGgG(H)H4H:H;HbHcH#I$I0I1I:ITIàIíÚÇ²ÇŸŠŸÚwbwbwO<$hÖ7 hx¾CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h|çCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hî>éCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hî>éCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hðouCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hðouCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h&>ÆCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h&>ÆCJOJQJaJmH sH $hÖ7 haaECJOJQJaJmH sH $hÖ7 hL“CJOJQJaJmH sH cHdH‹JŒJJŽJ¬J­J®J2L3L“P”PïSðS-W.W` `wdxd»h¼hjjSmTm÷÷÷÷÷êââââââââââââââââââââ$a$gd“v` -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø$a$gd€ ™àIáI;JéCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hx¾CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hx¾CJNHOJQJaJmH sH €LŸLîLïLHMIMNN?N@NHN]N^NvN’NbOcOÞOßOCPDPEPeP’P“P,QZQ[Q¾Q¿QRëØÃØÃØÃØÃذذذ›°›°›°ˆ°uˆbMbMb(hÖ7 h21CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h21CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h@"CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hËm«CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h ^CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h ^CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hqCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hqCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hq6CJOJQJaJmH sH R R{R|RÙRÚR;Sa?azaaMbNbŽb—bcc%c(c?cíØíØíØíØíÅí²²²ŠuŠbŠuŠNŠuŠNŠ'hÖ7 hPº6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hPºCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hPºCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h¾"”CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h¾"”CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hNf?CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hðiéCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hðiéCJOJQJaJmH sH ?cEcjckc¡c¢cd*d+dQdvdwdxd&e'eæeçe4fCfGfHf[fëØÃØÃذ›°ˆuˆbMbMb:bMb$hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hô*dCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hô*dCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hðiéCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h¯ŽCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hA@CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hA@CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hKCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hKCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hK6CJOJQJaJmH sH [fefffyf‰fšfgghhžhŸh hºh»h¼h÷hiii%iqiriÅiÍiëØÅØëØ°Ø°ØØŠwdOdÅdOdÅ(hÖ7 hú.CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hú.CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h³›CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h¯ŽCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hZCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h@zCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h@zCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h@z6CJOJQJaJmH sH ÍiÎiÔiåiæijjjÁjÉjÑjÒj‰kŠkêkìkíkvlwllëØÅ°ÅŠwØwbwbwO:O:O(hÖ7 h‘¼CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h‘¼CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h_KúCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h_KúCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h^&rCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hZCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hú.CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hú.CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH llmmMmNmRmSmgninjn‚nƒn©n¹n+o,oŠo‹o¹oºoöoüo p p/pIpLpëØÃØÃذ؈ˆuˆˆˆuØbN'hÖ7 hÅ™6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÝXÃCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hî]CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hî]CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h^&rCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h‘¼CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h‘¼CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h‘¼6CJOJQJaJmH sH Tm p p»s¼sítîtïtðtuuuúxûx}}ȄɄ•†–†àŠáŠÞß+•,•ö–÷÷÷÷÷÷÷÷êâââââââââââââââââ$a$gd,R¨ -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø$a$gd“v`LpPplpmpqŽqÚqÛq"r(rIrJrfrpr·rss³s´sºs»sttÕtÖtïtðtuuëØÃØÃØÃذØÃØë؈ˆuˆˆbShÖ7 h,R¨CJOJQJaJ$hÖ7 hGZÐCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hî]CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h,R¨CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h,R¨CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÝXÃCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÝXÃCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hÝXÃ6CJOJQJaJmH sH uubucuruÑuÒu~vv¸vãväv¤w¥wxxx!xœxxùxúxVyWy†yðÝÈݵ µ µxxePexÝx(hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hWñCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hWñCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h“lWCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h“lWCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h,R¨CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h,R¨CJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH †y°y±yÙyÚy{ {˜{š{A|f|g|†||ü|ý|}}¿}À}ï}û}~‚~ƒ~íØíØíÈíØíµ µŒµ µyµ µfµS>(hÖ7 hI€B€W€v€ˆ‰ÕÖ-‚5‚¥‚¦‚¹‚Ù‚ƒƒ/ƒyƒzƒ¥ƒíØíØíŰŜ†œÅsŰŰÅsŰÅ`ŰÅ`K`(hÖ7 hýešCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hýešCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH +hÖ7 hô\6CJNHOJQJaJmH sH 'hÖ7 hô\6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hô\CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hô\CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hI™Ž™™¾š¿š››%›&›F›r›íÚíÅíÅíÅíÅí²²‰²‰²²²²²²²y²f$hÖ7 hQ(ÜCJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hŠZy6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hŠZyCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hŠZyCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hø8&CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hGZÐCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hø8&CJOJQJaJmH sH !ö–÷–öœøœU¡V¡u¥v¥w¥x¥y¥z¥{¥|¥}¥~¥¥€¥¥‚¥ƒ¥„¥ž¥Ÿ¥ ¥÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷êââ$a$gdõ7s -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø$a$gd,R¨r›s›á›â›hœjœôœöœøœ¾ÀòôPždžtž¼žÊžÞžŸŸ6Ÿ8Ÿ~Ÿ€ŸîŸðŸþŸ  ëØëØëØÅز²²yf²y²f²fQfffQf(hÖ7 h860CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h860CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h,6CJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h,CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h,CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hø8&CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hQ(ÜCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hQ(ÜCJNHOJQJaJmH sH   ƒ „ ¡¡P¡Q¡T¡U¡V¡m¡ž¡¿¡À¡&¢'¢¢Ž¢-£.£À£Á£×£U¤V¤¹¤º¤d¥e¥t¥u¥„¥ëØÃØÃØÃØ°ØØˆˆˆˆˆu`u`u`uØu(hÖ7 hõ7sCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hõ7sCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hCjFCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hCjFCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hQ(ÜCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h860CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h860CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h8606CJOJQJaJmH sH  „¥ž¥ ¥Þ¥ߥॳ¦µ¦̦ͦΦ!§"§x§Ч‹§L¨M¨¬¨ñÞñλި”ÞnYnF1F1F(hÖ7 h”TCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h”TCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÒWâCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÒWâCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hD6UCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hõ7s6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hôVJCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hàBøCJOJQJaJmH sH hõ7sCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hõ7sCJOJQJaJmH sH hÖ7 hõ7sCJOJQJaJ ¥Þ¥ߥॳ¦´¦µ¦ͦΦ1­2­¼¯½¯¾¯ȯɯY²Z²+¹,¹ º ººòêêêââÒÊÊÊÊÊÊÒÂÂÂÂÂÂÂÂ$a$gd Oˆ$a$gd 3»$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdàBø$a$gd€ ™$a$gdõ7s -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø¬¨­¨©©Ý© ª#ªPªWª{ª|ªتÙª««ž«Ÿ«¬¬a¬b¬¯¬0­1­}­~­ê­ë­Á®®(¯)¯C¯ëØëØÅ±Å±ÅœÅœÅœÅœÅœÅœÅ‰v‰a‰a‰a‰a‰(hÖ7 h­vCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hõ7sCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h­vCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hl+·CJNHOJQJaJmH sH 'hÖ7 hl+·6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hl+·CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h”TCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h”TCJNHOJQJaJmH sH  C¯V¯ޝ¯»¯¼¯¾¯ǯ-°.°‘°ž°¯°°°ʰt±¨±©±1²2²X²Y²²²³²³³»³ѳÒ³Ô³Õ³õ³ö³8´íÚÅÚ²ÚžÚÅÚíÚÅÚ‹xcxcxÚxcxíxcxíxcx(hÖ7 h€> CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h€> CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÂNjCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h Oˆ6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h­vCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h OˆCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h OˆCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH  8´:´d´€´š´†µˆµ¶ž¶!·"·~··Ø·Ù·´¸¹¹*¹+¹é¹ê¹º6ºܺÞºêºìº¦»¨»λл•¼–¼ó¼ô¼*½P½ðÝÊÝʵʵʵʵʵʢ¢Ý¢¢y¢¢ð¢¢¢¢¢f$hÖ7 hã$CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hœ'6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hœ'CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hœ'CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hŠ CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hŠ CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h€> CJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH %º8º:ºö¿÷¿Ã‚ÃÊËÃ̦ͦ««Ò¬Ó¬P°Q°¯±°±±±ë±ì±í±ïççççççïççççççççççßßÒÊÊ$a$gd{Z´ -DàMÆ ÿÿÿ™gdàBø$a$gd 3»$a$gd Oˆ$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdàBøP½Q½‡½ˆ½”½ò½ó½W¾X¾·¾¸¾ç¾ó¾‰¿Š¿Ú¿Û¿õ¿ö¿DÀEÀëÀûÀüÀýÀÁuÁvÁÒÁÓÁ4Â5ÂÍÂ΀ÃÃÃëØëØÅ°Å°Å°ÅŰŰŊŰÅwÅwÅwbwbwbwbwÅw(hÖ7 hS}CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hS}CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hœ'CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h\UNCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h\UNCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hã$CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hã$CJNHOJQJaJmH sH $ƒÃ‰ÃôÃõÃÄ   V W g¡h¡‘¡’¡'¢(¢R¢T¢\¢]¢Ç¢È¢1£2£Œ£˜£™£û£ÿ£¤ëØÃØÁØ®™®™®™®™®…®™®™®™®r]rIr'hÖ7 h² ñ6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h² ñCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h² ñCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hB?º6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hB?ºCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hB?ºCJOJQJaJmH sH U(hÖ7 hS}CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hS}CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hS}6CJOJQJaJmH sH llecido. El hombre homosexual sigue a menudo temiendo a, desinteresándose de y rechazando a su padre, mientras que al mismo tiempo busca su aprobación. Su actitud puede ser “no tengo nada que hacer con él”, o “no recibo órdenes de él”, si contempla a su padre con desprecio. Puede seguir siendo el “chico maravilloso” de su madre, negándose a crecer tanto frente a ella como frente a él. El camino a seguir es doble. Primero, aceptar a tu padre como padre y combatir tu aversión por él y tu deseo de venganza hacia él. En cambio, muéstrale pequeños signos de afecto; empezando a interesarte en su vida. Segundo, rechaza la interferencia de tu madre y/o su tendencia a infantilizarte con firmeza, pero con tranquilidad; no te dejes “tiranizar” más por sus afectos o preocupaciones ansiosas (si es ese tu caso). No le pidas consejo demasiado o le dejes decidir sobre asuntos que deberías decidir por ti mismo. Tu doble objetivo será deshacer un vínculo paterno negativo y un vínculo materno “positivo”. Conviértete en un hijo adulto, independiente, para tus padres, que los trate con especial benevolencia. Hacer esto te proporcionará la recompensa de una relación más afectuosa con tu padre, con un sentimiento creciente de pertenencia respecto a él, y posiblemente una relación en cierto modo más distante con tu madre que, sin embargo, será más auténtica. A veces, una madre puede molestarse especialmente e intentar restaurar el vínculo infantil anterior, pero finalmente dejará de hacerlo y la relación se hará menos opresora, más relajada y normal. No tengas miedo de perder a tu madre o, en ciertos casos, un chantaje emocional por su parte. Tendrás que “conducir” a tu madre (pero como un hijo que la quiere), en vez de al contrario. Las mujeres orientadas hacia la homosexualidad, por su parte, deben combatir a menudo su tendencia a rechazar a sus madres o, al menos, a tener cierta aversión o resistencia emocional hacia ellas. También aquí es un buen método el proponerse mostrarle pequeñas pruebas de afecto, como lo haría normalmente una hija que se interesara por ella. Sobre todo, intenta aceptarla, dando por supuestos sus aspectos difíciles o menos simpáticos, pero sin reaccionar ante ellos con demasiado dramatismo. Como hemos dicho del hombre homosexual en relación con su padre, intenta identificarte con las mejores cualidades de tu madre. El “niño interior”, por el contrario, intenta rechazar simplemente todo lo que provenga del progenitor cuyo afecto no ha experimentado suficientemente. Uno puede distanciarse de lo que en un padre no se puede disimular objetivamente, pero eso no impide que una persona madura acepte y ame a ese padre y se acepte a sí misma como su hijo o hija. Después de todo, eres carne de su carne, eres de su linaje. Este sentido de pertenencia a ambos padres es un signo de madurez emocional. Muchas mujeres lesbianas deben liberarse de un vínculo con sus padres impuesto. Una mujer debe aprender a no entregarse a los deseos de su padre de tratarla y verla como una compañía “masculina” para él o de que tenga éxito según sus expectativas. Debe deshacerse de una identificación con él impuesta y tener, en cambio, la actitud de “quiero ser la mujer que realmente soy, y como tal ser tu hija, no una especie de hijo sustitutivo”. Un método de gran eficacia en la lucha para hacer que la propia relación con los padres sea normal es el perdón. A menudo, uno no puede perdonar del todo. Sin embargo, puede decidir perdonar instantáneamente en una situación concreta, por ejemplo, en el momento en que uno está pensando sobre ciertas actitudes y conductas de los propios padres. Perdonar es a veces un combate, pero normalmente proporciona alivio y remueve los bloqueos del sentimiento normal y más afectuoso hacia los propios padres. En cierto sentido, esto es sinónimo de intentar detener la queja o compasión interior de sí mismo respecto del (de los) padre(s); aunque como el perdón tiene también una dimensión moral, sus efectos serán probablemente más profundos. Sin embargo, implica poner fin a la autocompasión. Perdonar es mucho más que un cambio de actitud. Si es real, se materializa en pequeños gestos y acciones. No obstante, no es sólo cuestión de perdonar. Si te das cuenta de tus actitudes infantiles hacia tus padres, verás también que tú eres responsable de algunas conductas negativas o de falta de amor hacia ellos. Al cambiar tu forma de actuar con ellos, deberías también pedirles perdón, a veces mediante una “confesión” o petición de perdón explícita. Cambiar las relaciones con el sexo opuesto; el matrimonio El último paso es el cambio desde el sentirse y comportarse como el “chico no masculino” o la “chica no femenina” a sentirse y comportarse como un varón o mujer normales. El hombre debe suprimir su tendencia a permitirse a sí mismo el ser protegido, mimado o tratado como un niño por las mujeres (de su edad) y/o su rol de “hermano inocentón entre sus hermanas”, o de quien no se espera dominio masculino o masculinidad. Asimismo, debe superar su miedo a las mujeres, el miedo del “niño lastimero” que no se enfrenta con su “rol de hombre”. Convertirse en un hombre significa ser capaz de responsabilizarse de una mujer y saberla “conducir”. Significa no dejarse dominar o ser conducido por una mujer-madre, sino, cuando es preciso, conducir a una mujer y tomar decisiones por ella. No es excepcional que la iniciativa en el matrimonio de un homosexual haya provenido principalmente de su esposa, cuando lo natural es que el hombre conquiste a la mujer. Normalmente, la mujer quiere ser conquistada y deseada por su amado. La mujer con un complejo homosexual tiene que combatir su resistencia infantil a entregarse felizmente a su rol femenino y aceptar de corazón el rol de liderazgo del hombre. Las feministas piensan que esta opinión es estúpida, pero, de hecho, la ideología que destruye los roles sexuales es tan antinatural que las futuras generaciones la verán sin duda como una perversión de una cultura decadente. Las diferencias varón-mujer son innatas, y las personas que luchan contra sus tendencias homosexuales tienen que volver a ellas. Los sentimientos heterosexuales aparecen sólo tras los sentimientos restaurados de masculinidad y feminidad. No debería tratarse de un “entrenamiento” en heterosexualidad ya que esto profundizaría en cambio la imagen interna: “tengo que demostrar mi masculinidad (o feminidad)”. Por tanto, antes de entrar en una relación más íntima con una persona del sexo opuesto, uno debería haberse enamorado, incluyendo una atracción erótica. Para un homosexual que se está curando, a veces % sin embargo, no como norma % deben transcurrir muchos años antes de que llegue a este punto. Pero es mejor esperar que comenzar prematuramente una relación matrimonial. El matrimonio no es la meta directa del combate por la normalidad sexual; no debería considerarse artificialmente o espasmódicamente como objetivo. No pocos homosexuales comprometidos odian envidiosamente el matrimonio y se ponen furiosos cuando uno de sus amigos homosexuales se compromete. En realidad, se sienten excluidos e inferiores y, en la medida en que son “niños” o “adolescentes”, no entienden demasiado sobre las relaciones hombre-mujer. Saliendo progresivamente de su neurosis, no obstante, la persona con inclinaciones homosexuales se hace consciente, gradualmente o a trancas y a barrancas, de la dinámica hombre-mujer y acaba con su resistencia a la idea de que este mundo hombre-mujer de los adultos podría ser también algo “para mí”. En conclusión: nunca abuses de otra persona afirmando que ya se ha desarrollado tu orientación heterosexual. Si se busca un enamoramiento sólo para probarse a uno mismo (el desarrollo de) la heterosexualidad, existe un riesgo real de retroceder al infantilismo anterior. No empieces una relación íntima hasta que llegue a estar claro que se da un mutuo amor real, incluyendo la atracción erótica, y hasta el punto de que ambos habéis decidido seros mutuamente fieles. O sea, eliges entonces a la otra persona por su propio bien. Queridos amigos y amigas: Transcribimos y colocamos este libro en la RED en la convicción de que tanto al autor como a la editorial les va a suponer una gran alegría ver cómo este admirable texto llega a la mayor parte de las personas, en especial a tantas que no tienen la posibilidad de tener acceso a él por otras vías y que el poder tener acceso a él les abre horizontes de vida y esperanza. Es un texto que está haciendo muchísimo bien y por ello desde esta página hemos decidido difundirlo. Es urgente y necesario que lo difundamos lo más posible, pues será LUZ, ESPERANZA, ÁNIMO y FUERZA para tantas personas que todavía viven aplastados y encerrados en la MENTIRA de la propaganda gay, y en el sufrimiento de una forma de vida que no han elegido y de la que no saben cómo salir. Por eso os pedimos hagáis el esfuerzo hacer llegar este libro a todas las personas y ambientes posibles: a todos vuestros amigos, a todas las paginas, a todos los chats, a todas las direcciones,…. ¡¡ Hemos de desenmascarar TANTA MENTIRA Y MANIPULACION EN TORNO A ESTE TEMA y hemos de llevar este ¡¡ ES POSIBLE ¡! a tantos hermanos que sufren día a día en la impotencia, la desinformación y la desesperanza. Amigos/as: ¡¡ SEAMOS MISIONEROS/AS DE LA ESPERANZA ¡! ¡¡ NO NOS QUEDEMOS CON LA LUZ QUE HEMOS TENIDO EL DON DE RECIBIR ESCONDIDA DEBAJO DE LA MESA ¡! LLEVEMOS ESTA LUZ AL MUNDO ENTERO, A ESTA NOCHE TAN TERRIBLE DE DOLOR, SUFRIMIENTO Y DESESPERANZA. “ID AL MUNDO ENTERO…! Amigos/as, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ÁNIMO ¡!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Grupo Juan Pablo II. IMPORTANTE Si ya has terminado de leer este documento y has trabajado todas las FICHAS DE TRABAJO correspondientes a él y las has compartido en tu CUADERNO DE TRABAJO y tienes el VISTO BUENO del psicólogo/a que sigue tu Cuaderno, entonces puedes ¤¤Q¤g¤h¤ˤ̤‚¥ƒ¥¦¦W¦`¦¦˦̦(§)§E¨F¨i¨j¨©©a©b©¶©·©Ò©ëØÅ°Å°Å°Å°ÅÅŠwŠbŠbŠbŠNŠbŠbŠ'hÖ7 hñoè6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hñoèCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hS}CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hñoèCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hämCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hämCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h² ñCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h² ñCJNHOJQJaJmH sH Ò©ªªQªRªتÙª««d«e«É«Ó«Õ«Þ«ß«1¬2¬C¬D¬§¬«¬ѬÒ¬1­2­<­B­­Ž­œ­­c®d®¯®-¯.¯»¯¼¯íØíØíØíÅíØí²í²í²²²‰²í²²‰²²²²vava(hÖ7 h-8†CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h-8†CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h> Ÿ6CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h> ŸCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h> ŸCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hñoèCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h@pCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h@pCJOJQJaJmH sH &¼¯Á¯¯%°0°O°P°è°é°L±]±l±n±o±Ÿ± ±£±®±¯±±±ë±ì±í±²(²ѲíØíÅí²íØíŸ‹ŸwíØíŸídUŸEŸÅŸhàBøCJOJQJaJmH sH hÖ7 h{Z´CJOJQJaJ$hÖ7 hD6UCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h-8†6CJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h{Z´6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h{Z´CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h> ŸCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h-8†CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h-8†CJOJQJaJmH sH ѲÒ²1³†³‡³’³š³î³ï³#´,´*µ+µŒµµʵ˵ëµìµA¶J¶K¶a¶e¶ζ·ëØÅ°ÅŰÅŰŰŰŊÅwbwÅwO$hÖ7 h6LCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hgICJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hgICJOJQJaJmH sH $hÖ7 hD6UCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h­\ØCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 h­\ØCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h{Z´CJOJQJaJmH sH (hÖ7 h{Z´CJNHOJQJaJmH sH í±ìµíµÿ·¸G¼H¼¤¾¥¾¶À·À¸À¹ÀºÀ»À¼À½À¾À¿ÀÀÀÁÀÂÀÃÀÄÀÅÀÆÀÇÀÈÀ÷÷÷÷÷÷÷÷÷ïïïïïïïïïïïïïïïïïï$a$gd 3»$a$gd{Z´· ·‡·ˆ·ð·ñ·þ·ÿ·¾¸¿¸í¸ö¸¹¹v¹w¹ººBºDºHºJºκ ¼ ¼F¼G¼ž¼Ÿ¼ð¼ù¼$½%½y¾ëØëØëØÅØëرØëØëØ¡Øëء؎yŽØŽyŽfŽyŽ$hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hZ?QCJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hZ?QCJOJQJaJmH sH hàBøCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 h6L6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 h­\ØCJOJQJaJmH sH $hÖ7 h6LCJOJQJaJmH sH (hÖ7 h6LCJNHOJQJaJmH sH !y¾€¾š¾¡¾´¾ ¿ ¿p¿q¿#À$ÀtÀ~À€À‚ÀƒÀ†À‡ÀÀ¦À«À¬À¯ÀµÀ¶ÀëØëØÅ°Å°Å°ÅÅŠuŠŠÅaKaÅØ+hÖ7 hÕ66CJNHOJQJaJmH sH 'hÖ7 hÕ66CJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÅ™CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÅ™CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hDhâCJOJQJaJmH sH (hÖ7 hÕ6CJNHOJQJaJmH sH $hÖ7 hÕ6CJOJQJaJmH sH $hÖ7 hZ?QCJOJQJaJmH sH 'hÖ7 hZ?Q6CJOJQJaJmH sH ¶À¸À¹ÀËÀÌÀ²Á³ÁãÃöÃoÅpÅ–Æ™ÆÑÆÒÆæÆèÆéÆêÆìÆðÆíÝÍ·¦“¦…¦“¦…¦p¦…¦dTHhÎD—hGní5CJaJh­v!hGní5CJOJQJaJh=…hGní5OJQJ(hC’hGní5B*CJOJQJaJphÿhGní5B*OJQJphÿ$hC’hGní5B*NHOJQJphÿ hC’hGní5B*OJQJphÿ*hGní5B*CJOJQJaJmH phÿsH hH@CJOJQJaJmH sH hD6UCJOJQJaJmH sH $hÖ7 hD6UCJOJQJaJmH sH ÈÀÉÀÊÀËÀÌÀæÀçÀâÃãÃ{Å|ÅvÆwÆŽÆÆÐÆÑÆçÆèÆéÆêÆëÆìÆíÆ÷÷÷çÓççççççççççççççËËËË$a$gdGní$„Ä-DàMÆ ÿÿÿ™`„Äa$gdGní$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdGní$a$gd 3»íÆîÆïÆðÆñÆüÆýÆGàHàJàKàLàNàOàQàRà÷÷÷ÅÅÅ“““÷‹‰‰‰‰$a$gd 3»2$$d%d&d'd-DàMÆ ÿÿÿ™NÆÿOÆÿPÆÿQÆÿa$gdGní2$$d%d&d'd-DàMÆ ÿÿÿ™NÆÿOÆÿPÆÿQÆÿa$gdGní$a$gdGníðÆñÆýÆÇÇLjljǕǖÇãÇäÇèÇàIàKàLàMàOàPàRàSàUàVàXàYà_à`àaàcàdàí×ǺǺ­ºžºžºœºÇ‰}}}}smsmiX!jh¬3çhØzQ0JCJUaJhØzQ hØzQ0JjhØzQ0JUhûjhûU$hÖ7 hH@CJOJQJaJmH sH UhGní5CJNHOJQJaJhÜy5CJOJQJaJhGní5CJOJQJaJh=…hGní5CJOJQJaJ+h=…hGní5>*B*CJOJQJaJphÿ#hÎD—hGní5>*B*CJaJphÿcontinuar leyendo el DOCUMENTO 3 y realizar las FICHAS DEL DOCUMENTO 3     PAGE  PAGE 34 RàTàUàWàXàaàbàcàoàpàqàràsàýýýýñèýñèýýà$a$gd 3»„h]„hgd¬3ç „øÿ„&`#$gdQ(Ü dàjàkàmànàoàqàràsàóâÓâóÏ˸$hÖ7 hH@CJOJQJaJmH sH hûhØzQhÜy0JCJaJmHnHu!jh¬3çhØzQ0JCJUaJh¬3çhØzQ0JCJaJ2/R :päJÖ°‚. °ÆA!°Š"°n#ý$ý%°°Ð°Ð ІœD@ñÿD NormalCJOJQJ_HmH sH tH J@J Título 1$$@&a$56mH sH uNA@òÿ¡N Fuente de párrafo predeter.Vióÿ³V  Tabla normal :V ö4Ö4Ö laö ,kôÿÁ, Sin lista <>@ò< Título$a$5mH sH u<@< ¬3ç Encabezado  Æœ8!8)@¢8 ¬3çNúmero de páginaB @"B ¬3ç Pie de página  Æœ8!ïºæÿÿÿÿ $%?mn“”£¤¶ÎÏÛÜÝÞßà÷øù*+  …†‡ˆ¢£¤!"ÝÞåæÐÑu#v#w#x#y#z#{#|#}#~##€##‚#ƒ#„#…#†#‡#ˆ#‰#Š#‹#Œ##Ž###‘#’#“#”#•#–#¬#­#®#Õ#Ö#Þ%ß%^'_'Æ(Ç(È(û(ü(++A,B, -¡-Ü.Ý.ã/ä/'0(0é1ê1K2L233t3u3M5N5 6 6Y6Z60717…7†7)8*8´8µ86979®9&:':w:x:S;T;¥;¦;Õ;Ö;W<X<ö<÷<q=r=L@M@ @¡@¢@ù@ú@WAXAÀAÁA|B}BˆD‰DëDìDEEFE·E¸EÅFÆF‰GŠG‹GŒGGŽGGG‘G¬G­G®GcKdKnMoM0P1PúUûUüUV Vè]é]$a%a[e\e5g6g¼i½i7m8mpp>r?ru‘uäzåzL‚M‚SƒTƒÚ†Û†÷†ø†ù†ú†‡‡‡"Š#ŠàŽáŽopØP‘Ì‘™’Ú’T“s“Õ“%”­”J•¡•¢•y—z—{—|—}—~——€— —¡—¢—¹—à—á—â—™™èœéœ*¡+¡¤£¥£8¥9¥’¦“¦!§"§#§$§X§Y§Z§Ä©Å©ö°÷°€²²ê´ë´Z¸[¸»»j½k½ŒÁÁÆÆ8É9ÉÌÌÍÌýÏþÏPÒQÒÓÓ‘Ó¦Ó§Ó%Ö&ÖâØãسܴÜààåå_ç`çaçbçcçdçeçfç“ç”ç•çÁçÂçÃç¡ì¢ì_î`î5ô6ôðõñõÝúÞú’ý“ý…ÿ†ÿÜÝcdÓ Ô ñòàá*+ij!! ""5$6$7$8$V$W$X$Ü%Ý%=*>*™-š-×/Ø/²7³7!<"<e@f@½A¾AýDþDµG¶GeKfK—L˜L™LšL°L±L²L¤P¥P®S¯Sr[s[?]@]Ša‹aˆd‰dçhèh²j³j7p8pss1w2w3w4w5w6w7w8w9w:w;ww?w@wZw[w\wšw›wœwoxpxqx‰xŠxí~î~xyz„…„„ç‰è‰ÁŠŠÊØŠÙв³=“>“?“F“G“ˆš‰šØžÙžŽ   ¤ ¤k¥l¥m¥§¥¨¥©¥¨©©©»«¼«Û®Ü®8±9±J³K³L³M³N³O³P³Q³R³S³T³U³V³W³X³Y³Z³[³\³]³^³_³`³z³{³v¶w¶¸¸ ¹ ¹"¹#¹d¹e¹{¹|¹}¹~¹¹€¹¹‚¹ƒ¹„¹…¹¹‘¹úĺƺǺȺʺ˺ͺκѺÔºÞºߺëºìºðº˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€î˜0€€˜0€î˜0€€˜0€î˜0€î˜0€î˜0€€€˜0€€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€0€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€˜0€€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€˜0€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€€˜0€€˜0€€˜0€€˜0€€€˜0€€IÈ00­hŽ00ÍIÈ00­hŽ00ÍhŽ00ÍhŽ00ÍIÈ00 ³­IÈ00­˜@0€€˜@0€€hŽ00Ô Í %%%%%(“Ú6 H&3€6)@ÚBÌE¦HLyO¡QU{Xî]Bczg’keq wÔ|à‚á‡7‹Èޱ”$™~œ(¢h¨¬_®Ô²:¸æ½´ÃNÈ¶Í Ô3ÙOߤåëŒïò÷züœþ!â „]|,%A,¢126D;½?ãCeGàI€LRÁWìZ^?c[fÍilLpu†yƒ~¥ƒ“ˆpŽÚ”r› „¥¬¨C¯8´P½ƒÃ¤Ò©¼¯Ѳ·y¾¶ÀðÆdàsàâåæèéêìîïñòóõö÷ùúûüþÿ     "#$%'()*+,-./023456789:;=>?@ABCDFGHJKLNOdefgijknrùø23¥@õJiUxgØ•°¨µ¶XÔÞý›cHTmö– ¥ºí±ÈÀíÆRàsàãçëíðôøý !&1<EIMhlmqràä !(!•!ÿ•€ÿÿHó¼”ES Ió¼TES Jó¼ES Kó¼ÔDS Ló¼”DS Mó¼DS Nó¼”CS Oó¼CS Pó¼”BS Qó¼BS Ró¼”AS Só¼AS Tó¼T@S Uó¼4dÄVó¼@S ))ttìèBC›i@w¤³÷µ7¸^¸œ¸ðº     //öùFC®{Owª³¶C¸h¸£¸ðº 8*€urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags€City€9*€urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags€place€C *€urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags€metricconverter€> *€urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags €PersonName€ ØŒ €16 a €LA ESPERANZAla Eucaristíÿa. Los €LA LUZ QUE €la MENTIRA€LA MESA€la REDLA RELACIÓÿN CONla Santíÿsima Virgen€la Segunda Guerra €LA TERAPIA €ProductID                   ÏÓ’–ÊÐ&-.4õÕ(ß(e1s1ûGH$R&R{_ˆ_ ggÓ~Ù~y‰~‰z’}’¨’¶’Ιۙ³³J¶O¶s¾y¾ÇÄÍÄË)Ë ÐІ׊׋××ââââ+}Ž  † ” ‰  µ À (ôú>EW[\b3>9>˜J¤JÉOÌOàTâTUUW!WF_R_;cAcÙiåi„Šô²ù²· ·º!ºȺȺʺʺ˺˺ͺκкѺÓºÔºíºðº%>QYn’¶º¤ÉÕ%Ü%û*+|.}.à/á/1‚1IIyK{KçLéLj)jpNf?û>@sAAaaECjF1GVHôVJKMK{|KÃhM\UNêfPZ?Q`wQØzQD6U“lW3$Y’d[ô\Â]î]V?_“v`I Ÿ€> ï\¤kF¦=§ã§,R¨d©úQªËm«÷¬§c­û=®7 ¯{Z´’·l+·c ¸íW¹q ºB?ºPº¸ZºB » 3»c¼‘¼j¼ôc½x¾+¿²À™{À-)Á»xÁÝXÃ&>Æ<È~ËÞÌØgÎGZÐÓ–ZÔ—~ÔäJÖäR×­\ØElØoaÚBÛLÛQ(ÜèÝýZÝ* áƒqá?âÒWâDhâå_ãì\æ¬3ç|çñoèëéî>éðié±ké.|êñ}êDëšë‚íGníù#îØ+ï² ñWñù ó7*õ… øàBøšúÍDú_Kú4<þÿ@€ºº„Q´ ºº4vv‚ ‚ ‚ ‚‚‚&‚'‚K‚Lujukumunu’u“u›uœf¦f§·´·µ·¹·ºCÀCÁÇÈ>×>Ø>è>éUðUñUýUþUUU U ªªªªª-ª.ª4ª5ªQªRªdªe¼f¼g¼o¼q¼…¼†¼Š¼‹¼“”­”®|ºïºp@p p@pp(@ppp4@p"pH@p6pp@p\p¼@p|pü@p€p@p¦pP@p°pd@p¼p|@pÌpœ@pÒp¨@pÚp¸@pâpÈ@pôpì@pp@pp$@pp@@p(pT@p.p`@p6pp@p:px@pTp¬@p\p¼@pzpø@pŽp @p’p(@pœp@@p´pl@pºpx@p@@pºpx@pÀ@ÿÿUnknownÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿG‡z €ÿTimes New Roman5€Symbol3& ‡z €ÿArialA& ‡ŸArial NarrowK,‡ŸBookman Old Style"1‰ðÄ© #¥†T­¬† DªvâDªvâ!ð¥À´´€4dæ¹æ¹2ƒQðßßHXðÿ?äÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿ=§2ÿÿEL PAPEL DE LA TERAPIAvan der AardwegSan Juan de la Cruzþÿà…ŸòùOh«‘+'³Ù0|ˆ°¼Ôàð  8 D P\dltäEL PAPEL DE LA TERAPIAvan der AardwegNormalSan Juan de la Cruz8Microsoft Office Word@d‰@@PkoÆ@X¾c=%ÇDªvþÿÕÍÕœ.“—+,ù®0 hp˜ ¨ °¸ÀÈ Ð óäEs posible el cambioâæ¹« EL PAPEL DE LA TERAPIA Título  !"#$%&'()*+,-./0123456789:;<=>?@ABCDEFGHIJKLMNOPQRSTUVWXYZ[\]^_`abcdefghijklmnopqrstuvwxyz{|}~€‚ƒ„…†‡ˆ‰Š‹ŒŽ‘’“”•–—˜™š›œžŸ ¡¢£¤¥¦§¨©ª«¬­®¯°±²³´µ¶·¸¹º»¼½¾¿ÀÁÂÃÄÅÆÇÈÉÊËÌÍÎÏÐÑÒÓÔÕÖרÙÚÛÜÝÞßàáâãäåæçèéêëìíîïðñòóôõö÷øùúûüýþÿ      !"#$%&'()*+,-./0123456789:;<=>?@ABCDEFGHIJKLMNOPQRSTUVWXYZ[\]^_`abcdefghijklmnopqrsþÿÿÿuvwxyz{þÿÿÿ}~€‚ƒ„…†‡ˆ‰Š‹ŒŽ‘’“”•–—˜™š›œžŸ ¡¢£¤¥¦§¨©ª«¬­®þÿÿÿ°±²³´µ¶þÿÿÿ¸¹º»¼½¾þÿÿÿýÿÿÿýÿÿÿýÿÿÿýÿÿÿÄþÿÿÿþÿÿÿþÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿRoot Entryÿÿÿÿÿÿÿÿ ÀF×r=%ÇÆ€Data ÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿt1Tableÿÿÿÿ|äeWordDocumentÿÿÿÿ4æSummaryInformation(ÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿ¯DocumentSummaryInformation8ÿÿÿÿÿÿÿÿ·CompObjÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿrÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿþÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿþÿ ÿÿÿÿ ÀF Documento Microsoft Office Word MSWordDocWord.Document.8ô9²q