ÐÏࡱá>þÿ ôöþÿÿÿæçèéêëìíîïðñòóÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿì¥Á#` ø¿¹Ïbjbj¡¡ 8àÃÃÜ:™ÿÿÿÿÿÿ¤ÔÔÔÔÔÔÔè0]0]0]8h]l^4èd³t¬c(Ôc"öcöcöcÑdÑdÑd²²²²²²²$Ø´h@·¤=²áÔ>tÑdÑd>t>t=²ÔÔöcöcÛ³TžTžTž>tò&ÔöcÔöc²Tž>t²TžTžÆÛ¯ÔÔ±öc c ` ~·‘*È0]0›äk°ë±,4³0d³°ä·èä·(±ä·Ô±\Ñd”ehŽTžój ÿl?ÑdÑdÑd=²=²üXÑdÑdÑdd³>t>t>t>tèèèä+Ì3d)èèèÌ3èèèÔÔÔÔÔÔÿÿÿÿ  DOCUMENTO 4 SANAR LA HOMOSEXUALIDAD HISTORIAS DE CASOS DE LA TERAPIA REPARATIVA POR JOSEPH NICOLOSI INDICE INTRODUCCIÓN CAPÍTULO 1. Albert, El Niño Interior. CAPÍTULO 2. Tom, Un Hombre Casado. CAPÍTULO 3. Padre John, La Doble Vida. CAPÍTULO 4. Charlie, La Búsqueda de la Identidad Masculina. CAPÍTULO 5. Dan, El Hombre con Ira. CAPÍTULO 6. Steve, El Buscador de Símbolos Masculinos. CAPÍTULO 7. Edward, La Agonía de Un Joven. CAPÍTULO 8. Roger, “¿Realmente quiero estar aquí?” CAPÍTULO 9. Hombres Juntos. Cómo Sana la Terapia de Grupo. CAPÍTULO 10. Recapitulación. INTRODUCCIÓN Utilizando transcripciones reales de sesiones grabadas en cintas de cassettes, este libro ilustra los principios básicos de mi trabajo anterior, más técnico, Terapia Reparativa de la Homosexualidad Masculina. En él encontrarás muestras claras de la forma en que trabajo con mis pacientes mientras se enfrentan a las distorsiones que oscurecen sus verdaderas identidades masculinas. Fueron necesarias algunas restricciones de expresión verbal y una simplificación de asuntos clínicos para destacar los temas del proceso reparativo. Además, para preservar la privacidad de los pacientes, se ha creado cada caso como un compuesto de varios pacientes con problemas similares. Ningún caso se adapta a ningún paciente concreto en todo detalle. Cualquier parecido con alguna persona en concreto es pura coincidencia. En todo momento, he intentado permanecer cerca de las palabras reales de los pacientes, ya que sólo ellos pueden expresar la lucha y la frustración, las introspecciones y las satisfacciones del proceso reparativo. Confiando en la expresión verbal de mis pacientes, he intentado expresar el drama humano que forma la fundación de la teoría y la terapia reparativas. El Movimiento de Liberación Gay ha tenido mucho éxito por medio del drama del testimonio personal. Cuando todos los argumentos teoréticos fueron presentados a la Asociación Psiquiátrica Americana en 1973, tanto los que estaban a favor como en contra de la idea de la homosexualidad como patología, fue la perspectiva socio-política la que tuvo la mayor influencia. Escuchando algunas historias personales de frustración en el tratamiento de algunos gays, la asociación psiquiátrica suprimió la homosexualidad como categoría de diagnóstico. Ahora, exactamente 20 años después, ofrecemos el lado opuesto del testimonio personal, el de los homosexuales que han intentado aceptar una identidad gay pero que no quedaron satisfechos y luego se beneficiaron de la psicoterapia para ayudarles a liberarse del conflicto de identidad de género que reside detrás de la mayor parte de casos de homosexualidad. Aunque la historia de cada paciente es única, he elegido ocho hombres como representativos de las personalidades que he encontrado en los doce años en los que he tratado a más de 200 pacientes homosexuales. Cada uno de nosotros posee aspectos de estos ocho hombres –como la fragilidad de Albert, la integridad de Charlie, la ira de Dan, el narcisismo de Steve y la ambivalencia de Roger. Algunos lectores pueden sorprenderse por el estilo directivo de mi intervención terapéutica. En parte, esta impresión puede deberse a la síntesis editorial de la transcripción. Por brevedad y claridad algunas de las sutilezas pueden haber sido arregladas. Por otra parte, la terapia reparativa requiere un terapeuta más implicado –un “provocador benevolente” que sale de la tradición del analista no implicado y opaco para convertirse en una presencia masculina relevante. El terapeuta debe equilibrar el reto activo con el ánimo cálido para seguir el modelo padre-hijo y mentor-alumno. Este es un principio esencial de la terapia reparativa. La terapia reparativa no explica todas las formas de homosexualidad sino sólo el síndrome predominante que he encontrado en mi consulta. Esta terapia no es para todos los homosexuales. Algunos pueden preferir la Terapia de Afirmación Gay. Muchos homosexuales prefieren pensar: “Yo nací de esta manera”, evitando así el desafío de trabajar los problemas que tratamos aquí. Sin embargo, no se ha encontrado ninguna evidencia concluyente para cualquier base biológica de la homosexualidad. Aunque algunos hombres puedan estar predispuestos a la pasividad y a la sensibilidad por el temperamento (y por lo tanto a la herida de identidad de género que puede conducir a la homosexualidad), siempre me ha parecido que “Nací de esta manera” no es sino otra forma de decir: “No quiero ver los problemas de desarrollo que me hicieron homosexual.” Se escribe este libro en un momento de debate público sin precedentes sobre las inquietudes políticas, legislativas y psicoterapéuticas de la homosexualidad. En el momento en que vamos a publicarlo, se debate ahora el afán en lo que se refiere a los gays en el ejército, los gays en los Boy Scouts y las enmiendas de derechos de los gays de Oregón. Dentro de todas las ramas de los profesionales de la salud mental, se están haciendo intentos de calificar la terapia reparativa como ilegal y carente de ética, sobre las bases de que no produce cambio y que realmente al paciente le hace más daño que bien. Cualquier psicoterapia que intente tratar la homosexualidad probablemente provoque escepticismo. Se comprende una reacción así, dada la historia del tratamiento. Las hostilidades que se hacían en el pasado sobre el homosexual en el nombre del tratamiento incluyen terapia de electro-shock, castración y cirugía de cerebro. Se ha perpetrado una gran cantidad de injusticia social sobre los homosexuales por los que utilizan como justificación el hecho de que la homosexualidad es un desorden de desarrollo. No es nuestra intención contribuir a la hostilidad reaccionaria. Sin embargo, existe una distinción entre ciencia y política y la ciencia no debería hacerse para rendirse a la presión política gay. La Asociación Nacional para la Investigación y Terapia de Homosexualidad (NARTH) se ha formado recientemente para combatir la politización de asuntos científicos y del tratamiento. NARTH defenderá los derechos de los terapeutas a tratar a los homosexuales insatisfechos. Sólo pocos meses después de su comienzo, más de cien psiquiatras titulados, psicólogos, orientadores familiares y trabajadores sociales se habían unido a esta organización. NARTH defenderá el derecho de los terapeutas a seguir estudiando y perfeccionando técnicas terapéuticas para hombres y mujeres que se encuentren luchando con pensamientos, sentimientos y conductas homosexuales que no quieren aceptar como parte de sus identidades más profundas. Me gustaría expresar mi aprecio a los investigadores psicoanalíticos más precoces en la tradición de la etapa de pre-Edipo, del impulso reparativo, que moldearon mi comprensión de mis pacientes, especialmente a Sandor Rado, M.D., Irving Bieber, M.D., y Charles W. Socarides, M.D. CAPÍTULO 1 ALBERT, EL NIÑO INTERIOR Albert entró caminando con cautela en mi despacho. Parecía inseguro, como si no supiese por qué había venido a verme. Me miró de forma rápida y tímida y luego se ocupó con la vista del Boulevard Ventura que aparecía tras la ventana. “Me alegro de conocerle, Señor O’Connor.” Le invité a que se sentase en un sillón y se sentó de forma dubitativa. Me senté en la silla enfrente de Albert y miré la cara pálida de un joven vestido con gusto, regordete en cierta manera. Albert miró alrededor de la habitación y luego comentó: “Me gustan sus plantas. Su oficina parece un jardín botánico.” Siempre me encantó el color verde. En las paredes de bosque verde colgaban pinturas clásicas italianas de la época del alto Renacimiento. Encima del sofá hay un cuadro delicado, de color ámbar suave de La Virgen y el Niño de da Vinci. Hay plantas verdes exuberantes en macetas terracota italianas, que se elevan sobre las cristaleras del cuadro hasta el techo. Dos estanterías macizas de libros arqueadas de nogal oscuro dominan las paredes opuestas, cargadas celestialmente con libros y con helechos puestos en macetas e hiedra que hacen cascada. Sabía que Albert apreciaría el ambiente. Me había dicho por teléfono que trabajaba en un vivero. Sus siguientes palabras fueron: “Se parece a mi habitación en casa –todo este verdor.” Sonrió ligeramente. “Donde quiera que esté me gusta rodearme de plantas y flores.” Albert hablaba en un tono ligeramente afeminado, con la cualidad triste de un niño perdido. “Una señora mayor vino hoy al vivero con un helecho moribundo,” me decía. “‘No le está dando bastante luz,’ le dije. Los helechos aman mucho la luz, así como la luz indirecta del sol.’ Ella era tan sensible. Me encanta ayudar a la gente así.” Una sonrisa satisfecha cruzó su cara. “Con frecuencia me he sentido como ese helecho moribundo –que no ha sido cuidado correctamente.” Sentí una fragilidad, casi una delicadeza, en Albert, que parecía haberse quedado lejos atrás en su mundo de fantasía de la infancia. Albert vivía todavía con sus padres en el mismo rancho de distribución irregular de Malibú en el que había crecido. Su único hermano, un hermanastro mayor, hacía tiempo que se había independizado de casa y se había casado. Durante sus primeras sesiones Albert estaba tranquilo, a veces mirándome con sus ojos marrones sinceros como si no supiera qué decir. No fue hasta algunas semanas más tarde cuando finalmente se sintió lo bastante cómodo como para revelar sus intensos sentimientos sexuales. Albert se sentía como un niño pequeño atrapado en el cuerpo de un hombre, además de atormentado por los deseos que no quería reconocer. Mientras me decía su historia, la imagen del chico bueno se rompió y sus palabras llegaban a ser más gráficas. Luego su voz se pondría chillona, casi histérica. Un día de lluvia Albert empezó a hablar sobre un aspecto común de la experiencia homosexual, que llamo alienación del cuerpo. La mayoría de los homosexuales describen una fascinación excluida de sus cuerpos más que la cómoda familiaridad que se ve con frecuencia en los hombres heterosexuales. De hecho, es ese confort natural con sus cuerpos lo que a menudo hace que los heterosexuales sean atractivos para los gays. La propia exclusión de Albert de su cuerpo era extrema. Había sido educado en un hogar en el que el cuerpo masculino era considerado vergonzoso y sucio. Ese día se sentó en su silla de forma casi desafiante, contando en su voz infantil: “Ha sido una mala semana y he estado teniendo sentimientos extraños. Apenas he sido capaz de tratarlos.” Añadió, con un tono de culpa en su voz: “Me he estado sintiendo caliente.” “¿Ha sido una mala semana porque te has estado sintiendo caliente?” “Sí. No he podido dormir.” “He estado enfadado sin saber por qué.” Continuó. “Me doy cuenta ahora de que mi reacción a cualquier sentimiento sexual es siempre el miedo y luego la ira.” “Tu ira es una defensa contra el miedo pero ¿miedo de qué? ¿Por qué te asustan los sentimientos sexuales?” “No lo sé.” Respondió inútilmente. Entonces, “Siento muchos conflictos –vergüenza- sobre algo físico, sobre mí. Asentí, escuchando. “Mi madre siempre le daba una gran importancia a todo lo que tuviese que ver con el cuerpo.” “¿De verdad?” “Sí. Cuando era pequeño, a ella le daba un ataque al corazón cuando yo perdía el control y me orinaba en la cama o algo. Si me enfermaba, llamaba a todas las tías y tíos y todo por tener un ataque de nervios. Y luego –realmente se volvió loca una vez en que me cogió en una especie de juego sexual con mi primo.” “¿Qué sucedió?” “Comenzó mi primo. Me lo hizo durante todos esos años. Nunca consideré el sexo como molestia. Nunca me di cuenta de que me estaba utilizando. De hecho, pensaba que era mi mejor amigo.” “¿Cuántos años tenías cuando empezaste?” Pregunté. “Como unos 9 y mi primo 15. Era muy agresivo sexualmente. Siempre quería juguetear. Yo me encontraba en ese lugar solitario en el que no estaba unido a nadie. Y,” admitió, “Tendré que decir que estaba desesperado por que me quisieran. Ahora tengo que perdonarme a mí mismo por aceptar sexo como amor. Le permití a mi primo que me hiciese cosas que yo sentía que estaban mal y que odiaba. Lloraba en mi interior pero seguía con el acto y le permitía hacer cualquier cosa que quisiera.” Pregunté: “¿Con qué frecuencia sucedía esto?” “Muchas veces. Cada vez que venía a la casa durante unos cuantos años.” “¿Y qué hay de tus padres? ¿No estaban allí?” “No sé dónde estaban. No tengo ni idea. Sólo me sentía desamparado todo el tiempo. Si no hacía lo que mi primo quería, no lo habría tenido como amigo. Es un manipulador nato. Desde que era pequeño me manipulaba para conseguir lo que quería. Durante un largo tiempo continuaba con él externamente. Pero en mi interior nunca lo quise. Incluso cuando pensaba que estaba consiguiendo amor, lo que me hacía me producía odio. Albert continuó. “Finalmente, mi primo me dio de lado. Una o dos veces entré en el mismo tipo de servidumbre sexual con otro chico en el Instituto, agradándole para que fuese mi amigo. No sé por qué he dejado que los hombres me manipulen. Creo que porque parecían aventureros y emocionantes y nos divertíamos después.” Albert estaba hablando de esa cualidad de aventura masculina y de la pérdida de la diversión de la vida del buen chico. “¿Y qué hizo tu madre cuando te cogió aquella vez con tu primo?” “Me castigó… me golpeó con un cinturón y me encerró durante un par de horas en el cuarto de baño. Hasta este día, creo que por eso soy claustrofóbico. Ella decía que Dios había destruido una ciudad entera debido a gente que hacía cosas como las que yo hice.” Albert continuó. “Como decía, sólo he tenido sexo un par de veces desde esos incidentes con mi primo. Cada vez, estaba de acuerdo externamente con ello, pero interiormente lo odiaba. Pensaba: ‘No quiero, duele.’ Luego, el momento siguiente pensaba: ‘Venga, no duele. Sólo dolía cuando eras molestado siendo niño.’ Todavía me siento como un niño cuando llega el sexo.” Le expliqué a Albert la teoría del impulso reparativo –que su juego de sexo cuando era niño era un intento de explorar y asegurar su propia masculinidad por medio del contacto con otros hombres. Como la mayoría de los hombres que entran a la terapia reparativa, Albert sintió alivio y volvió a asegurarse para comprender que su conducta homosexual era un intento de reparar la alienación que sentía de su propia masculinidad. Albert me había descrito una infancia muy aislada. Había experimentado muy poco contacto con otros chicos y ninguna afirmación de su masculinidad por parte ni de su madre ni de su padre. Sintiéndose inadecuado como varón, había intentado encontrar atención, afecto y aprobación (las tres Aes, como explicaba) por medio del contacto homosexual. La vergüenza que su madre le expresó sólo profundizó su sentido de alienación de lo masculino. “Necesitas sentirte más relajado y con más aceptación hacia tu cuerpo,” le dije. “Lo sé,” dijo Albert. “Siento como que estoy detrás del volante de un enorme camión pero no tengo el carné de conducir. Me siento como un niño pequeño en el cuerpo de un hombre.” Entonces su voz infantil chilló y subió de volumen. “Realmente es duro para mí, muy duro. Siempre me he sentido tan culpable de la condena de Dios cuando no me puedo controlar.” “Has sentido que tu cuerpo masculino no fue nunca aceptado por tus padres.” “Siempre odié afeitarme”, decía, “y odiaba estar caliente. De hecho, todavía lo hago.” Como si estuviera siendo escuchado y comprendido por primera vez en su vida, Albert expresaba libremente sus frustraciones profundas y enterradas durante tanto tiempo. “Cualquier función corporal parece un problema.” Sus palabras caían como un repiqueteo. “Todos los momentos simples en que mi cuerpo tiene que hacer su cosa –se calienta –me siento muy tenso. Sé que voy a perder el control y a masturbarme. Luego me da miedo que alguien lo averigüe. Siempre intento forzarme a tener un orgasmo antes de ir de viaje. Tengo miedo de que si me quedo en casa de un amigo o voy de camping con alguien, tenga una polución nocturna. Me da pánico que alguien vea que mi cama esté mojada. “Cuando voy al cuarto de los hombres del vivero rezo para que no haya nadie. Finalmente camino hacia el establo e intento orinar.” “Te da vergüenza orinar,” dije. “¿Qué?” Me miró sorprendido. “Se llama ‘vergüenza de orinar’ cuando un hombre tiene problemas para orinar en un baño público. Es una afirmación relacionada con ser homosexual.” Se mantuvo en silencio y luego dijo: “Me cae fatal ser una persona sexual que pueda sentirse caliente y tener una erección. Peor todavía, eso pienso de tener sexo con hombres.” Luego preguntó temblando: “¿Por qué merezco esta humillación, Dr. Nicolosi? ¿Qué crimen cometí?” “Tu ‘crimen’”, dije, “fue tener un cuerpo masculino.” “Me siento humillado por mis sentimientos sexuales,” confesó. Luego un lamento, “Estoy totalmente, totalmente, totalmente avergonzado de ellos.” “La masturbación”, dijo, “es mi forma de castigar a mis padres por no hablarme de sexo. Es mi forma de recuperar a mi madre, a mi padre y a mi Iglesia por no permitirme ser sexual.” “Es una rebelión contra el hecho de ser tratado como un ser neutro,” señalé. “Tu masturbación es en verdad una aserción.” “Sí,” dijo Albert, con orgullo en su voz. “Es básicamente una actitud de ‘que te jodan’ sobre una de las cosas más dolorosas de mi vida. Hace quince años que estoy en esta batalla. Es una forma de decirle a mis padres: ‘Ustedes no supieron realmente o no me quisieron varón así que tuve que encontrar una forma de dejarme salir.’” “Sabemos que los homosexuales tienden a masturbarse con más frecuencia que los heterosexuales,” le dije. “Es un intento de hacer contacto ritual con el pene… para conectar con la masculinidad perdida.” Albert asintió, considerando eso. “Tengo tanto miedo dentro,” confesó. “Tengo miedo de ser masculino, miedo de ser un hombre. Es este pensamiento el que me acosa: ‘¡Oh, realmente no puedes hacerlo!’” Sus hombros se levantaron en un profundo suspiro de desánimo. “¿Para qué me estoy diciendo todas estas cosas?” “Es un guión que sigues,” dije. “¿Por qué la sexualidad es agradable para los demás pero no para mí?” Se quejó. “¿Por qué no puedo crecer como los demás?” Se respondió de forma tan precisa como pude haberlo hecho yo, diciendo: “Todavía no puedo relacionarme con mi madre y mi padre como adulto. Todavía me siento como un niño a su lado.” Había oído estas palabras bastante a menudo de mis pacientes homosexuales. “Puedo ser el buen chico con mamá y papá pero no sé cómo ser un hombre con ellos.” Mientras pasaban los meses, Albert continuaba progresando de forma pequeña pero significativa. Estaba dando pasos en la auto-aserción y no se torturaba tanto con la culpa por sus sentimientos sexuales. El caso de Albert es un dramático ejemplo de un hombre que no podía aceptar sus esfuerzos masculinos naturales. Sin embargo, muchos homosexuales describen una base similar de ser tratados como el puro y buen chico desprovisto de sentimientos sexuales. Generalmente esta falsa identidad se la da al chico su madre. El padre –que sería la única fuente válida de identificación masculina –permanece emocionalmente ausente, fracasando en intervenir o incluso en darse cuenta de la influencia excesiva de su esposa. Es bastante común encontrar madres angustiadas en la base de hombres homosexuales. Estas madres intrusas y que están en todo buscan lo mejor para sus hijos pero son incapaces de reconocer y responder a sus necesidades auténticas. “Recuerdo que mi madre me decía cosas positivas pero yo sabía que no eran verdaderas. Una vez mis sentimientos fueron heridos por algunos chicos jugando al kickball. Debía tener como unos 8 años y era descuidado. Recuerdo que mamá me dijo: ‘Oh, tú no necesitas a esos chicos. Eres demasiado bueno para ellos de todas formas.’” Se reía con pesar. “Su consolación me sentó bien pero incluso entonces sospeché que me estaba mintiendo. Seguí con ello porque me hacía sentir bien.” “¿Y cuál era la mentira?” “Que de alguna manera yo era mejor que los demás chicos, que no necesitaba jugar con ellos.” Aunque la madre de Albert era ansiosa y demasiado implicada, paradójicamente era también descuidada. Albert me dijo cómo cuando era niño, había tenido infecciones crónicas de oído. En su ansiedad por hacer las cosas bien, su madre le había sobre-medicado con un suministro continuo de antibióticos. Como consecuencia, desarrolló una reacción severa a la penicilina, que todavía hoy le causa problemas. Albert reflexionaba: “Me doy cuenta de cuánta dignidad me arrebataron mis padres.” Continuó con voz triste. “Sólo contigo me siento libre para sacar ese lado feo que tengo.” Se calló y luego añadió en un tono desconcertante: “Es extraño. Recientemente he comenzado a sentirme cada vez más distante de mis padres. Este distanciamiento es muy pequeño. Porque a pesar de todo, todavía les quiero.” “No, no es pequeño,” le reaseguré. “Estás afrontando inquietudes importantes, enterradas durante mucho tiempo. Finalmente estás echando una mirada honesta a tus padres y de qué forma te afectaron. Tienes que volver atrás para hacer eso.” Suspirando, con apariencia de frustración: “Me gustaría poder verte todos los días durante un mes para poder llevar esta lucha detrás de mí. Me gustaría tomar un mes completo libre de mi trabajo y terminar con esta mierda.” “No puedes darle prisa al proceso de auto-aceptación,” le dije. “No es fácil cambiar la forma en que nos vemos. Requiere trabajo, basado en un proceso gradual de pequeños éxitos.” Albert parecía no estar de acuerdo. “Bien, al menos he conseguido algo de control sobre mi masturbación compulsiva.” La batalla no es tanta como la que era. “En una época estuve en verdad más de un año sin masturbarme. Rezaba, caminaba millas, hacía cualquier cosa que podía para sacar de mi mente las peticiones de mi cuerpo. Sentí que la experiencia era muy humillante. Pero entonces comencé a perder el control otra vez. Constantemente tenía fantasías homosexuales. Pensaba en sexo durante todo el tiempo. Sexualizaba cualquier palabra que pudiera ser sexualizada. Como cada vez que oía la palabra ‘ven’ pensaba en un orgasmo. Me sentía muy asustado y por eso vine.” Interrumpí. “Aunque no lo hiciste durante un año, la masturbación todavía te controlaba. Si quieres conseguir controlar esto, vas a tener que relajarte y ser más tolerante contigo mismo.” Resumió su confesión. “Cuando me ponía fuera de control, solía hablar sucio. Podía escribir las historias porno más asquerosas que puedas imaginar.” Se rió tontamente. “Pornografía total.” Entonces añadió: “Era una reacción de odio. Una reacción de ira. No era yo. Yo era siempre el pío San Francisco.” Sonrió cínicamente. “El que cuidaba de los árboles y de las flores.” Albert padecía claramente una tendencia obsesivo-compulsiva. El permitirle expresar en la terapia estos angustiosos “secretos sucios,” especialmente a otro hombre, servía para difuminar su intensidad. Decía, apoderándose de nuevo de él la histeria: “¿Cómo puedo cambiar el estado de confusión en el que me encuentro, cuando se supone que esta es la forma que debo ser? El buen chico es lo que mis padres quieren. Sin embargo mi cuerpo me lleva en una dirección diferente. Esto parece una contradicción empotrada.” “Ciertamente estás viviendo esa contradicción,” indiqué. “Estás intentando ser tanto el buen chico como alguien que se masturba de forma compulsiva.” Añadí: “Y estás intentando excluirte de tu propio género, como si fueses esquizofrénico.” Albert dijo pensativamente: “Pienso que mi conducta es en respuesta a todo el abuso que tuve cuando era niño. Sólo por ser un niño. Me acuerdo de pensar: ‘Dios mío, puede que si fuese una chica, mis padres me querrían.’” “¿Por qué te iban a querer más si hubieses sido una chica?” Pregunté. “No lo sé.” Desconcierto en su voz. “Pero mi madre no podía controlar ciertamente que yo fuese un chico. Con respecto a mi padre –no me habría querido menos de cualquier forma, en verdad. Tenía muy poco que hacer conmigo. Cuando él se implicaba, estaba haciendo algo con David, su hijo de su primer matrimonio.” Albert se mantuvo en silencio, luego trajo a colación otra barrera de su infancia: “Mi madre mandaba en casa. Estaba encima de mí y de mi padre todo el tiempo. Veinticuatro horas al día. Mi padre, como yo, estaba totalmente agotado por su dominación. Dudo de que lo que él me dijese podría haber tenido efecto sobre mí.” Su voz se elevó otra vez al nivel de la histeria mientras decía: “¿Por qué no me acuerdo de cosas que mi padre y yo hicimos juntos? ¿Por qué están estos recuerdos tan enterrados, tan distantes?” Él mismo respondió: “Porque cualquier recuerdo de mi padre es eclipsado por mi madre. Todo era dominado por ella. .. Completamente en su poder.” Luego, casi un grito: “¿Por qué piensas que me siento sin tanto poder? Todavía estoy bajo su poder. Me vigila todos los días, está al mando de todo.” “Tienes toda la razón,” dije. De alguna manera se calmó. Luego siguió con una voz más normal: “No es mi vida, es su vida la que estoy llevando. No es un chiste. Todos los días surge algo en el que es algo de Mamá lo que decido que tengo que hacer. Cuando estoy de pie en la cocina y me estoy comiendo una galleta, sé que no debería dejar que las migajas caigan en el linóleo. ‘Las migajas atraerán a las hormigas, Albert.’ Los pelos que están en el lavabo del baño tienen que limpiarse con un pañuelo de papel. ‘Los niños buenos dejan el baño exactamente igual que como lo encontraron, Albert.’ Estas cosas de Mamá me vienen constantemente.” Así que por esto era por lo que Albert se identificaba con las plantas que cuidaba. Trataba a sus plantas de la misma forma en que deseaba que se le tratase –gentil y amablemente. “Me doy cuenta de que tengo que hacer una elección,” dijo Albert. Puedo elegir ser muy agradable y superficial mientras estoy contigo aquí o puedo ser enormemente honesto y utilizar este tiempo para mi recuperación.” “Está bien,” le dije. “La esencia de la terapia es recordar lentamente la herida. Luego reclamar lentamente el verdadero yo del que la herida hizo que te excluyeses.” “Desde que vengo aquí,” dijo Albert, casi con ira, “Me he sentido más como un niño pequeño, más fuera de control y emocional. He llorado más en las últimas semanas que en los últimos cinco años.” Le expliqué que la terapia saca afuera los sentimientos enterrados y que así es como debería ser. “Últimamente he estado en el punto en que dejo que mis emociones me dominen…. Gracias a ti,” dijo Albert repentinamente. No estaba seguro si oía sarcasmo pero decidí no preguntárselo. “¿Cómo te sientes cuando lloras?” Le pregunté. “Avergonzado, por supuesto. Cuando era un niño pequeño, hice una promesa de no llorar y que siempre me atendría a ella.” Su voz sonaba a orgullo. “Pero este llorar viene de verdad de lo profundo del interior. Viene de una herida real… una herida profunda, como que fui arrancado muy pronto, separado de algo por lo que todavía siento un anhelo profundo.” “Todavía puedes regresar a ese algo por el que sientes un profundo anhelo,” le dije. “¿Cómo lo haré?” “Por medio de la introspección, luego por medio de las nuevas relaciones.” “¿Nuevas relaciones?” “Sí, porque solamente la comprensión intelectual no cambia realmente a la gente.” “¿Qué lo hace?” Preguntó Albert de forma pensativa. “Las nuevas experiencias cambian a la gente. Tú no estás todavía experimentando intimidad no sexual con un hombre. Ese es el próximo desafío sobre el que debes trabajar.” Albert siempre aparecía regularmente para su hora. Nunca llegaba un segundo tarde, como si considerase precioso cada momento. Un día me dijo –en lo que se estaba convirtiendo un tono más firme, más asertivo- “He empezado a realizar progresos mayores aquí. Grandes rayos de iluminación, choques de consciencia. Puedo ver que he estado progresando.” Un día anunció algo de lo que no me había hablado. Dijo: “”Fue mi madre la que en verdad me animó a buscar la terapia. Ella veía que estaba solo y que no era feliz, por lo que pensó que podría ayudarme el hablar con alguien. No gano mucho dinero en el vivero, por lo que ella y mi padre me dan dinero para poder venir.” Estaba sorprendido. Ella no parecía una mujer que quisiera que su hijo conociese más acerca de su verdadero yo. Por supuesto, ella no sabía los temas reales que él estaba tratando. “Eso es muy comprensible por parte de tus padres,” dije. “Realmente es mi madre,” corrigió. “Papá sólo sigue su decisión.” Cuidadoso eso –como dicen en Hollywood- No hay cosa igual a un almuerzo gratis. Pregunté: “¿Cómo te sientes sobre el que tus padres te paguen la terapia?” Mi inquietud era que Albert podría sentirse comprometido por su generosidad. “¡Bien!” dijo enfáticamente. “Ellos me metieron en este lío, así ¡que me saquen!” Esto tenía sentido, dadas las circunstancias de Albert. Aceptando su respuesta por el momento que era, hice una nota para estar al acecho por cualquier intrusión de los padres. “Recientemente me he visto mirando más a los hombres,” me dijo Albert. “Mentalmente voy a ver muchos hombres como si fuesen escaparates, lo que sólo me hace sentir peor. Fui al paseo anoche y me sentí atraído por este tipo que vi, que debe ser aproximadamente de mi edad –pero al mismo tiempo que sentía esta atracción magnética hacia él sentía también esta necesidad de alejarme de él.” “Creo que la razón por la que te encuentras mirando a otros hombres,” dije, “es que todavía no tienes una imagen masculina apropiada dentro de ti y así buscas esa imagen de masculinidad en el exterior.” Albert asintió. “¡En mucho de la atracción se siente curiosidad, sólo buscando saber cómo son los chicos!” Había sonido de desesperación en su voz. “¿Pero qué parte de ti se siente como separada bruscamente?” “La parte que siente miedo de los hombres.” Oí la ambivalencia del mismo sexo de Albert, tan característica de la condición homosexual. Incluso cuando erotizaba a los hombres, se sentía incómodo a su alrededor. Luego Albert parecía sentir la necesidad de huir de una confrontación con su ambivalencia dolorosa. En vez de eso volvió a una discusión de su infancia feliz. Decidí ir con ello. “Me gustaría poder olvidar todos los conflictos de sexo y adultez,” decía. “Me gustaría poder volver al amor que sentía tan libremente cuando era un bebé y feliz sólo de existir. Más tarde, las realidades de la vida convirtieron todo en una pesadilla.” “Exactamente, ¿qué fue lo que hizo que una existencia tan feliz se volviese tan amarga?” Pregunté. Siguiendo otro corto silencio dijo Albert: “Creo que cuando perdí ese sentido profundo de vinculación con mi madre, empezó el miedo. Cuando me emancipé de mi madre, no había identidad adulta en la que encajase. Tenía este sentimiento de estar suspendido, abandonado.” “De alguna forma, lo estabas. En un periodo crítico de tu desarrollo –la fase de identidad de género- tenías que individualizarte de tu madre y desarrollar una identificación por medio de tu padre. Era tu padre el que personificaba las peticiones del mundo exterior. Como decía Freud, el padre personifica el Principio de la Realidad. Pero nunca recibiste el apoyo necesario de él o de cualquier otra figura masculina.” De repente, Albert cambió de tema, volviendo a retratar el tema más agradable de su infancia de ensueño. “Solía dibujar mucho. Era un buen artista. Todos los dibujos eran de cosas femeninas –rosas, pájaros de colores, bailarinas de ballet en tutús. Ningún soldado ni coche sino imágenes de belleza. Nunca dibujaba hombres. No tenía una buena imagen de los hombres en mi cabeza. En verdad no estaba seguro de qué debería parecer un hombre. Si intentaba dibujar la Sagrada Familia el niño parecía normal –con una cara de bebé genérica. Pero pasaba la mayor parte del tiempo creando la Bendita Madre. Los pliegues y dobleces de su capa, su pelo, su nariz, sus labios. Intentaba crear con empeño la última y más bonita Virgen. Cuando llegaba a San José, no tenía idea. Simplemente no podía dibujar su cara. Entonces, cuando tenía 11 o 12 años recuerdo intentar dibujar cuadros pornográficos y sentirme muy insatisfecho porque no podía capturar al hombre. Me molestaba porque dibujaba hombres que parecían femeninos. Intentaba dibujar un cuadro pornográfico masculino pero siempre terminaba pareciendo la Virgen.” Fingiendo un tono pío, dije: “Ciertamente a Dios le agradaba más la Virgen que la pornografía.” “Probablemente.” Albert se rió. “Pero sabes, quizá sea esta la razón por la que algunos gays sean diseñadores de moda femenina… Todavía miran a sus madres como a la Virgen.” Añadió: “Mi madre siempre lograba confundirme para decidir donde terminaba y empezaba.” “Incluso ahora, cuando hablo con una cliente en el vivero y conecto con ella… me siento como ella, igual que ella. Es como si charlaran dos mujeres. Y no quiero eso. Me recuerda cuando era adolescente y llevé a una amiga a Dairy Queen. Por fuera parecía parecíamos novios pero en el interior sentía que éramos iguales. ¡Ugh! ¡Odio eso! ¡Cuando vuelvo a pensar en ello, me disgusta!” Estaba contento de oír a Albert describir su desencanto, sabiendo que su individuación de lo femenino estaba ahora bien en camino. “Sabes”, dijo Albert, “Hay veces que quieres ser por ti mismo. Por tu masculinidad.” He estado intentando afianzar mi cuerpo, por lo que he puesto pesas en el garaje donde hago ejercicio. Cuando estoy sudoroso, me quedo en ropa interior. Así que mi madre entra entonces en la habitación y dice: ‘¡Oh, qué bien! ¡Hagamos ejercicio juntos!’” “Le digo: ‘Pero yo no quiero que hagamos ejercicio juntos.’ Allí estoy yo sudando y haciendo pesas en mis pantalones cortos de jockey pero nada de eso parece desconcertarla. Mamá y yo pertenecemos al mismo club de salud y ella quiere que yo siga yendo con ella. Ella creció en una familia que estaba siempre junta,” dijo Albert. “Esa es su interpretación de la forma en que las cosas deberían estar- juntas.” “Quizás deberías explicarte tú mismo a ella,” dije. “Ella no fue nunca un joven. No sabe cómo te sientes.” La queja de Albert sobre sus padres era bastante típica de los homosexuales: cuando era niño, nunca consiguió bastante de su padre pero tenía demasiado de la madre. Mientras que resentía la ausencia del padre en su vida, resentía también el intrusismo e interferencia de la madre. El padre nunca tuvo autoridad y la madre agotaba el poder que tenía. Le exhorté: “Explícale a tu madre lo que estás intentando llevar a cabo por ti mismo.” En un tono de desánimo, Albert dijo: “”El problema está en que no sé cómo decírselo.” Parecía desconcertado. “No creo que me oiga. Siempre terminamos discutiendo.” “Te saca tu energía,” comenté. “Tú lo has dicho. Nadie puede agotar mi energía como mi madre.” Repetí: “Nadie puede quitarte tu energía masculina como tu madre.” Albert exhaló un fuerte suspiro, con tristeza en su cara mientras se permitía explorar en sus pensamientos más ocultos. Decidí intentarlo para una idea relacionada. “Y esta es la razón por la que tienes miedo de intimar con las mujeres.” “¿Lo es?” La voz de un niño sorprendido. “Sí. Porque no confías en las mujeres. Tienes amigas platónicas pero cuando empiezas a sentirte más íntimo con una mujer, tienes miedo de perder el control sobre ella. Temes que ella te quite tu poder personal como tu madre.” Luego pregunté: “¿Puedes hablar con tu madre y decirle cómo te sientes cuando estás con ella?” “No me entiende,” dijo tranquilamente pero firmemente. “Si intento explicarle mi necesidad de independencia, se sentirá rechazada e insultada.” “¿Hay algo de lo que te sientas preparado para decirle?” “Sobre los déficits, las necesidades.” “Bien,” asentí. “Esa es la esencia del problema homosexual, de todos modos. Habla con ella en términos de querer desarrollar un sentido más sólido de tu masculinidad.” Albert siguió hablando. “Durante las últimas dos semanas he estado montando en bicicleta con Jack, un chico al que conocí en mi club de bicicletas. Hacemos diez millas en la autopista de la Costa antes de ir al vivero.” “Muy bien. ¿Este es un tipo con el que disfrutas de su compañía?” “Sí. Me levanto por la mañana y no es como este sentimiento débil, de sacarme de la cama. Me gusta levantarme temprano, justo cuando empieza a amanecer y la brisa de la costa es todavía fresco.” “Jack y yo nos llevamos verdaderamente bien y en gran parte porque no me preocupo de lo que piense de mí. Pero todavía soy siempre un poco tímido en montar en bicicleta. Me preocupa que alguien pudiese estar mirándome y pensase: ‘¡Oh, ese tío es marica.’ A veces me da cierto miedo de poder golpear una roca y caer sobre mi culo. Pero tan pronto como entro en calor el pensamiento se desvanece. Me digo: ‘Piensa sólo en lo que estás haciendo.’ Y cuando dejo de mirarme a mí mismo y dejo de pensar en lo que parezco –me meto en ese sentimiento de poder.” “Estás haciendo un buen progreso. Tienes fuego en tu interior y el desafío ahora es mantenerlo encendido. Después de que consigas un buen fuego encendido, empieza a arder hacia fuera si no pones otro tronco sobre él.” “El fuego es tu momento de desarrollo y los troncos son nuevos desafíos. Un tronco será el desafío de hablar con tu madre. Todavía otro puede ser hacer esos recorridos de larga distancia en bicicleta. Pero otro tronco será mantener esas amistades masculinas. Esas son las cosas que mantienen el fuego encendido.” Pocos meses después Albert entró en mi oficina y habló emocionado: “La última vez que te vi sucedió algo absolutamente increíble.” Su voz era mucho más fuerte ahora. Incluso en su emoción, había perdido ese timbre de histeria. Ya no evitaba encontrar mi mirada sino que se dirigía a mí directamente. “En la última sesión me sentí débil y solo. Creo que sentía pena de mí mismo. Pero tú me las hiciste pasar negras. Me desafiaste y tengo que admitir que me dolió. Luego, cuatro noches después, Steve, de nuestro grupo, me llamó y también me las hizo pasar negras.” “¿Sí?” Estaba gratamente sorprendido de que Steve pudiese tener una intervención tan decisiva. “Me iluminó. Cómo me daba una y otra vez. Dijo: ‘Realmente tienes que salir de ahí y luchar.’ Me dijo que dejase de quejarme y que creciese. Me insultó y le dije: ‘¿Qué quieres decir? No puedo creerte, Steve.’ Pero continuó: ‘Estás teniendo la mayor fiesta de pena por Albert O’Connor. ¿No recuerdas ese libro de van den Aardweg? Deja de joderte tan seriamente. Si quieres salir de esa autocompasión, primero exagérala, luego ríete de ella.’ Lo que me dijo Steve me dolió. Suspiró. “Luego bastante seguro, después de que colgué me sentí verdaderamente deprimido. Me sentía traicionado. Había conseguido una maldición doble. Primero tú, luego él. Pensé: ‘¡Mierda!’ Luego empecé a pensar. Steve tenía razón. Los dos la tienen. Ustedes están diciendo lo mismo.” “Y desde entonces cuando siento que viene la autocompasión, la apago hasta una proporción casi ridícula a propósito y luego me río de mi culo.” Continuó: “Te he dicho que he tenido muy pocas tentaciones recientemente de entrar en esos maratones de masturbación compulsiva. Realmente estoy empezando a comprender ahora de qué va todo.” “Están pasando cosas.” Estaba encantado con su progreso. “¡Es increíble, tan liberador! Me siento vivo por primera vez en mi vida.” Albert continuó luego hablándome de su club de bicicletas. Dijo: “Sentí una clase de debilidad al principio al lado de aquellos corredores de larga distancia, pero seguí con ello. La pasada semana me di cuenta de esta chica que encontraba en uno de los clubs de ciclistas. No es una belleza extraordinaria por ningún medio –tiene granos en su cara. Pero había algo de su personalidad que me atraía. No era sexual pero por primera vez no me sentí como una de las chicas. Me sentí como yo mismo, a mi forma.” Recordar sus sentimientos sobre la chica le llevó a asociaciones sobre su cuerpo y continuó. “Incluso ahora, sentado aquí, no siento timidez por mi cuerpo.” “¿Por qué?” Le pregunté. “En este mismo momento me siento a gusto haciendo cualquier cosa con mis manos.” Agitó su mano derecha en el aire, luego preguntó: “¿Es el movimiento de mi mano un movimiento amanerado… sabes, afeminado? De cualquier forma, no me molesta, como quiera que lo llames.” “Es sólo algo que se mueve –una mano,” dije. Luego añadí: “Te están pasando muchas cosas buenas.” Por primera vez en la sesión parecía preocupado. Dijo: Pero por supuesto, me has visto así de animado antes y luego me has visto derrumbarme.” “Sí,” dije. “Así que si te derrumbas, ¿qué? Puede haber muchas caídas pero eso no es importante. Lo que es importante es aprender de tus caídas y reducir tu tiempo de recuperación.” “¿Qué quieres decir con ‘tiempo de recuperación’?” Le expliqué: “Es el tiempo entre la caída y tu vuelta al ímpetu. Rechazar revolcarse en auto-derrota es esencial.” Cuando estoy en ese ímpetu, siento como que he sido liberado.” Parecía más feliz. “Sólo estar aquí, siento que soy el verdadero yo.” “Este es el tú real.” Le dije. “El tú que es espontáneo, igual, que habla francamente, directamente y en intimidad con otro hombre. El tú que no necesita romantizar o envidiar a los demás hombres.” Pensé: “Poco a poco Albert se está liberando.” En la sesión siguiente Albert sacó a colación un tema importante. Nada más sentarse, me dijo: “Recuerdo que mi madre siempre estaba realmente tensa, nerviosa, ansiosa –especialmente por mi salud. En verdad estaba obsesionada. En parte porque cuando ella era niña su propia salud era bastante frágil.” “Mi madre tuvo dolores de cabeza realmente malos cuando era niña. Creo que me transmitió el pánico que sentía por esos dolores de cabeza. Cuando era niño tenía dolores de estómago muy malos. A ella le daban pánico. Era como el fin del mundo cuando me daban esos dolores de estómago. Siempre me servía gaseosa de jengibre o té y me dejaba en casa sin clase durante una semana.” “Cualquier resfriado era exagerado fuera de proporción en este enorme horror. Mi madre nunca veía las enfermedades ni los dolores como naturales. Era como si nuestra familia hubiera cometido algún crimen espantoso y estaba siendo castigada por ello con la enfermedad. Creo que por esto el montar en bicicleta es tan importante para mí. Quiero presionar contra la imagen de este cuerpo frágil.” “Cuando experimentaba el éxito era como caminar en una cuerda floja. Sabía que podía caer en cualquier minuto, por lo que no lo disfrutaba. Mi madre siempre me recordaba que podría terminar sobre mi culo, por lo que nunca me sentía bien ni feliz ni emocionado.” La frase de no ganar de Albert me recordó la significación del concepto de poder intrínseco de la Dra. Althea Horner, que define con el motu: “Soy”, “Puedo” y “Lo haré.” El valor de este poder intrínseco es transmitido por los padres. El sentido del poder del chico está esencialmente unido a su masculinidad. Es por medio de su masculinidad como descubre este poder intrínseco. Así que si no se siente completamente masculino, siempre se sentirá de alguna forma sin poder. Albert dijo: “No sólo me he estado levantando temprano para montar en bicicleta sino que hoy tenía el deseo de salir y jugar al baloncesto. Nunca antes lo había hecho cuando era niño. Después de todos estos años todavía quería tener el sentimiento de ese balón en mi mano y qué se siente al meterlo en la canasta. No me importaba si parecía un amateur.” Señalé: “Sabemos que esa transformación genuina tiene lugar cuando descubrimos muchas manifestaciones pequeñas de cambio. Todas juntas señalan una cosa –que algo está cambiando verdaderamente. Realmente algo está sucediendo en tu interior.” “Oigo decir a la gente que los homosexuales no deben intentar buscar el cambio.” Dijo Albert, con irritación en su voz. “Que un homosexual debe seguir sus sentimientos, tanto si le gustan como si no.” Su tono se hace inflexible. “¿Pero quiénes son esos que dicen que no se debe buscar el cambio? Nunca me sentí bien viviendo como vivía. Poco a poco me estoy convirtiendo en una persona diferente. Finalmente estoy llegando a ser yo mismo.” El día que Albert dejó la terapia fue casi a los tres años después del día en que entró por primera vez en mi consulta. Su discurso era mucho más seguro. El ataque de histeria ocasional había desaparecido. Sonreía con más frecuencia y hablaba de que un día poseería su propio vivero. Algunas madres, como las de Albert, llegan a invertir tanto en que los hijos estén disponibles para ellas, que esto tiene el coste de la individuación masculina del chico. Están tan atrapadas en sus propias necesidades narcisistas que nunca ven las propias necesidades de sus hijos. Robert Bly ha dicho: “Las mujeres hacen a los chicos pero sólo los hombres hacen a los hombres.” No había hombre que hiciese a Albert porque su padre no había sido lo bastante fuerte como para interrumpir la relación insana entre madre-hijo. Albert había tenido que sobrevivir emocionalmente con un padre que no sabía cómo relacionarse con él. Para hacerlo, había desarrollado una exclusión auto-protectora de los hombres. Creado por el psicoanalista británico John Bowlby, el término exclusión defensiva fue adaptado a la homosexualidad por la psicóloga Elizabeth Moberly. Describe la maniobra auto-protectora infantil de un niño contra la herida emocional. La relación dolorosa de Albert con su padre tuvo como consecuencia una exclusión defensiva. El trauma (por medio del abandono, del abuso o la hostilidad) produce miedo, que es la base de la alienación. Cuando estamos impresionados por el miedo, permanecemos alienados de los que lo han producido. La exclusión defensiva de Albert fue transferida a su relación con otros varones. Distanciado emocionalmente de los varones y de la masculinidad, los romantizaba. Representaban la parte de sí mismo que no había desarrollado. Aunque se enamora de otros hombres y tiene intimidad sexual con ellos, el homosexual nunca se permite identificarse con la masculinidad. La admira, la romantiza e incluso puede vivir el rol masculino de forma superficial pero ahí queda una resistencia interna a reivindicar su identidad masculina plena. Esta resistencia de la exclusión defensiva emerge en las relaciones masculinas en forma de crítica, de encuentro de culpas y promiscuidad. El homosexual puede amar a otros hombres pero existe también hostilidad y miedo de ellos. Así, sus relaciones con los hombres son invariablemente ambivalentes. Sólo en relaciones masculinas de larga duración, íntimas, de aceptación, honestas y no sexuales, el homosexual puede comenzar a resolver la exclusión defensiva que produce esta ambivalencia del mismo sexo. Albert había comenzado a solucionar esta exclusión a través de relaciones con muchos hombres: yo mismo, los hombres del trabajo y los hombres del grupo. Cada uno de nosotros, hombre y mujer, es conducido por el poder del amor romántico. Es una de las formas de la naturaleza de asegurar que perdure la raza humana. Las infatuaciones ganan su poder de nuestro impulso inconsciente para llegar a ser un ser humano pleno. En los heterosexuales este fuerte impulso une al hombre y a la mujer por medio del deseo mutuo. Pero en los homosexuales el impulso es un intento de satisfacer un déficit en la totalidad del género original. Así, dos hombres nunca pueden comprenderse mutuamente de una forma plena y abierta. No sólo existe una inadaptación anatómica natural sino una insuficiencia psicológica inherente. Los dos amantes llegan a la relación con el mismo déficit, buscando simbólicamente completar su género original. Alrededor de un año después, Albert me llamó por teléfono para una puesta a punto, como le llamamos. Desde su terminación, se había unido a un grupo de apoyo de ex-gays, que me dijo que le había servido de gran ayuda. Con este grupo, había continuado explorando las relaciones pasadas con sus padres para comprender su impacto que sigue en su vida. Albert me habló de una amiga, Helene, a quién había conocido en el vivero. “Le encantan las violetas africanas,” me dijo con entusiasmo. Habían estado saliendo continuamente durante seis meses. Antes de que pudiera preguntar, Albert dijo: “Sí, ella sabe todo de todo.” Describió a Helene como “la mejor amiga que he tenido en mi vida. Puedo decirle todo lo que pasa por mi mente y ahí está apoyándome.” Él dijo que su relación era “física pero todavía no sexual.” La descripción de Albert de sus sentimientos hacia Helene no era inusual para un hombre con una base homosexual. Es común para esos hombres proceder lentamente hacia la intimidad sexual con una mujer. Sus relaciones se desarrollan con frecuencia en tres fases –amistad, luego afecto y posteriormente expresión de ese afecto por medio de la sexualidad. Esto está en contraste con el hombre heterosexual, que primero se siente atraído sexualmente por la mujer y luego llega a conocerla como amiga. Muchos hombres con base homosexual esperan encontrarse atraídos por las mujeres de la misma forma que los heterosexuales. Sin embargo, su acercamiento a las mujeres puede ser siempre diferente. Los hombres ex-gays necesitan estar seguros de eso por su historia. Pueden tomar un camino diferente –amistad primero, sexo después –para el mismo objetivo. Sobre sus atracciones homosexuales, Albert dijo: “Es muy diferente de lo que ha sido en el pasado. Ahora, gracias a Helene, mi objetivo es reivindicar completamente la heterosexualidad que nunca desarrollé. Y me siento responsable en nuestra relación… ya no soy sólo yo sino que somos Helene y yo. Y por tanto, cuando aparecen esas viejas atracciones, digo: ‘¿Qué pasa aquí?’ Luego puedo seguir la pista a esos sentimientos hacia otros hombres a sentimientos sobre mí mismo, como ‘Tengo miedo’, ‘Estoy estresado,’ o cualquiera.” Continuando, Albert me dijo: “Comprendo estas atracciones como que representan algo que no recibí cuando era niño- algo que merecía. Y estoy consiguiendo cada vez más lo que necesito por medio de mi grupo de apoyo y abriéndome a los demás hombres, que ha sido algo maravilloso para mí.” Luego le pregunté: “¿Significa esto que tus atracciones no han desaparecido del todo?” En un tono inusualmente decisivo respondió Albert: “Creo que siempre pueden volver, ahora y luego- justo por la profundidad de la carencia. Veo mi crecimiento como un proceso continuo. Conseguir amor y apoyo de Helene y de los hombres de mi grupo de apoyo hace toda la diferencia.” Mientras hablaba, Albert parecía comprender por fin el concepto del falso yo –la estructura de identidad que yace tras la etiqueta del yo gay. “Sigo comprendiendo mi educación y sus efectos sobre mí en el presente. Los mensajes que recibía cuando era niño eran: ‘Eres débil, no eres macho, no eres nada.’ En la adolescencia se trasladó a ‘Debes ser gay.’ Ahora estoy rechazando esa falsa identidad que otros intentaron imponerme- una identidad que otros me hicieron creer que era yo. No. No soy gay. Ahora estoy determinado a ser el hombre que quiero ser –no a enamorarme de él.” CAPÍTULO 2 TOM, UN HOMBRE CASADO Thomas James entró en mi consulta de Encino –un hombre sorprendentemente atractivo, de alrededor de seis pies de alto. Su cara era lisa, bronceada, bien fregada y humedecida. Sus ojos eran de un azul intenso que combinaba con el color pastel de su polo. Llevaba pantalones chinos crujientes y mocasines marrones abrillantados. Le ofrecí mi mano y le sonreí. Tom me devolvió el saludo con un rápido y forzado apretón de manos. Luego dejó caer su marco desmadejado en la silla de impresión de tapicería hacia la que le había señalado. Mientras se sentaba en su sitio, sus ojos barrieron la sala como si la estuviese evaluando. Luego, habiendo satisfecho su curiosidad, se inclinó hacia adelante y comenzó. “Primero, Dr. Nicolosi, déjeme decirle los hechos. Tengo 40 años. Llevo casado quince años y tengo dos hijos: un niño y una niña, de 10 y de 7 años.” “Soy el dueño de West Valley Sporting Goods y, para decírselo sin rodeos, me ha ido muy bien en los diez años que llevo en el negocio.” Encendió un cigarrillo, sopló impacientemente en él y lo puso en el cenicero. “Mi esposa Cynthia y yo nos separamos hace pocos meses. Yo tenía una aventura con un chico joven, Andy, que trabajaba para mí en la tienda. Tiene 24 años.” Se rió. “Podría ser su padre.” “Cuando Cynthia se enteró, se puso furiosa. Dijo: ‘Quiero que cojas tus cosas y te vayas de esta casa hoy.’ ” “¿Cuánto tiempo hace de eso?” Le pregunté. “Hace seis meses. Me fui de casa dejando a mi esposa y a mis hijos para vivir esta terrible vida solitaria.” “Hubo silencio, luego dijo: “Doctor, Realmente no me gusta mi esposa. Es una buena madre para mis hijos pero es muy negativa conmigo y con todo lo que me atañe. Somos tan diferentes… Soy ambicioso y me gusta salir; ella está atrapada con la casa y con los niños. Y controla todo en la casa. Me siento como un enano sobre el poste de tótem en casa.” Asentí. “Bueno, dime, ¿cómo se enteró de tu relación con Andy?” Un sábado por la noche, sentía que tenía que salir de casa. No había descansado –como me pasa con frecuencia- por lo que llamé a Andy y quedamos en encontrarnos en un bar gay al que solíamos ir. “En mi camino hacia la puerta, Cynthia me detuvo y quería saber a dónde iba. Por primera vez, no sé por qué, le solté impulsivamente toda la historia. Le dije que era gay, que iba a ver a mi amante.” “Se quedó pasmada. Dijo: ‘En todos los años que llevamos juntos, ¿por qué no me lo habías dicho?’ Al principio no sabía qué decir. Luego confesé: ‘Creo que porque pensaba que podía mantener ambas formas de vida.’” “Entonces le dije que Andy era mi amante. El chico era un amigo de la familia. Como su familia vive fuera de la ciudad, había estado en casa con nosotros en las últimas fiestas de Acción de Gracias y Navidad.” “Cuando oyó que Andy era mi amante, Cynthia se puso realmente furiosa. Dijo: ‘¿Quieres decir que estabas teniendo sexo a mis espaldas con ese chico mientras yo le entretenía?’ Tom hizo una pausa durante un momento, cogió su cigarrillo y se tumbó en el sofá. Mirando alrededor de la sala, soplando sobre su cigarrillo y exhalando profundamente, parecía dar paso a un complaciente momento de tranquilidad. Luego llegó al núcleo de lo que le estaba inquietando. “En verdad pensaba que sería más feliz fuera de casa. Ninguna exigencia de nadie… sólo responderme a mí mismo. Pero desde que dejé mi familia me he sentido sin valor, vacío.” Movió la cabeza con tristeza. “Tener sexo con un hombre es una situación solitaria. Las relaciones de varón con varón no duran, y en parte se debe a la deshonestidad de estas relaciones. Hay demasiado engaño. Ese es mi mayor miedo de ser gay. Terminar solo, no tener a nadie que venga a casa.” Sus siguientes palabras fueron súbitas y mordaces, como si se echase una reprimenda a sí mismo. “No sé por qué estoy aquí, Dr. Nicolosi. Todo lo que sé es que no me gusta lo que he hecho con mi vida. He engañado a mi esposa, he engañado a mi madre. Los últimos tres hombres vinieron y se fueron. Incluso Andy me dejó y ahora estoy completamente solo. He perdido a mis hijos… Ahora, ni siquiera me siento cómodo yendo a verles. No tengo un verdadero hogar. Cuando voy a la casa a ver a mis hijos, me pregunto: ‘¿Les habrá hablado mi esposa a nuestros amigos de mí, de mi homosexualidad?’ Me siento terriblemente deprimido y no sé a dónde me está conduciendo esta nueva vida.” Más silencio. Luego encogiéndose de hombros ampliamente, dijo: “He vivido una mentira durante tanto tiempo que no sé si puedo ser sanado. Puede que ni siquiera quiera ser curado. Un paso atrás y otro adelante, atrás y adelante. A veces pienso que no existe una respuesta.” “Entonces debes haber oído que ayudo a los homosexuales a cambiar su sexualidad.” Asintió. “He oído que tu trabajo está muy lejos de lo políticamente correcto. Que hay muchos terapeutas gays a los que no les gusta lo que haces. Pero me gusta lo que he oído de ti y ese es el motivo del por qué estoy aquí.” “Bien,” Estaba encantado con que comprendiera mi enfoque desde el principio. “Porque si quieres ayuda para divorciarte de tu esposa para que hagas tu vida con tu pareja gay, no me dedico a eso. Por otra parte, si quieres comprender por qué eres homosexual y lo que puedes hacer para cambiarlo, podemos empezar ahora mismo.” Tom me miró con aprecio y se rió. “Me gusta tu enfoque. No pierdes tiempo, ¿verdad?” Acercó profundamente el cigarrillo y lo puso en el cenicero. “¿Por dónde comienzo?” “Dime lo que necesito saber para ayudarte.” Cuando la semana siguiente Tom entró en la consulta, parecía serio y preocupado. Haciendo apenas una pausa para saludarme, continuó con el relato de su historia de la semana pasada. Mientras me hablaba de sí mismo, se hizo aparente que Tom era de alguna forma diferente de la mayoría de los homosexuales que vienen a mi consulta. Como la mayoría de los clientes, Tom describió una queja enorme contra su padre. Como ellos, tenía un sentido interno de inadecuación como hombre. Sin embargo, Tom no mostraba evidencia externa de déficit de identidad de género. No tenía problemas de aserción con los demás hombres y trataba enérgicamente a los demás al dirigir el negocio. Era generalmente enérgico al perseguir lo que quería. Parecía extrovertido y confidente. Aunque debajo de eso, todavía tenía la fragilidad emocional típica de muchos clientes homosexuales. Tom, sin embargo, no dirigía sus relaciones personales de la forma en que conducía sus relaciones de negocios. Con las relaciones de amor, tendía a ser pasivo, como hizo en sus relaciones con Cynthia, con Andy y con sus hijos. Esta obediencia era parte de un modelo de relación que comenzó en la temprana infancia. Tom me habló de sus problemas en las relaciones con los hombres: “He tenido algunos hombres estupendos que se me han acercado y han intentado ser mis amigos pero una vez que se me acercan, digo: ‘¡Fuera!’ Me gusta más cuando puedo sostenerlos en los brazos, cuando son más jóvenes o menos poderosos y puedo controlarlos.” Con una risa irónica: “Creo que esa es la razón por la que me siento tan libre en el trabajo –allí soy el jefe.” “Pero entonces, no sé,” continuó. “Tanto como necesito ese sentimiento de tener el control y a veces parece que pierdo el control tan pronto como el sexo se convierte en una parte de las cosas. Ya sabes,” añadió, “una vez que sexualizas tus sentimientos por un hombre, en verdad nunca puedes ser su amigo. Es una vida de amarlos y dejarlos. Su voz se puso seria. “Me figuro que la terapia es la única relación íntima que tendré con un hombre sin sexualizar la relación.” “Esa es una introspección excelente,” dije. “En efecto, esa es la esencia de la terapia reparativa –aprender cómo establecer relaciones íntimas y no sexuales con hombres. Porque como la mayoría de los homosexuales, tienes mucho más que simplemente un problema sexual. Necesitas algo de los demás hombres. ¿Cuáles son esas necesidades básicas que buscas gratificar en una relación con un hombre?” Pensó durante un minuto y luego respondió abruptamente: “Necesito gustar.” Su voz era sincera, queriendo que yo comprendiera la intensidad de su necesidad. “Consigo un sentimiento especial de excitación de esa atención masculina. Hay algo que se aviva dentro de mí cuando tengo sexo con un hombre.” Buscando palabras, continuó: “Hay un momento de electricidad, de poder de esa carga de masculinidad que meda buena impresión.” Pensaba que era hora de explicarle a Tom cómo la conducta homosexual es evidencia del impulso reparador para satisfacer tres necesidades emocionales insatisfechas, necesidades nunca satisfechas en la relación con el padre –afecto, atención y aprobación. Como con la mayoría de los hombres extrovertidos, Tom reclamaba la atención la mayoría de las veces. “Cuando era niño, nunca tuve amigos varones, por razones que bien pudieron haber sido circunstanciales. Los chicos de mi edad parecían alejarse y yo siempre terminaba solo con mis hermanas. De alguna forma siempre me he sentido engañado por los amigos varones.” Le apremié a que me contase más de su infancia. Mucho de mi infancia es un vaho. Ni siquiera recuerdo muy bien la relación de mis padres conmigo o mucho de lo que pasó en mis primeros años. La mayoría es como un vacío.” “¿Puedes recordar algo?” Pregunté. Hizo una pausa y luego dijo con brusquedad: “Mi padre me prometió que me iba a dar un conejo una vez pero nunca lo hizo. Mi hermana me prometió llevarme a un carnaval una vez pero luego se olvidó. Nunca sentí mucha alegría mientras crecía.” “¿Qué más?” Pensó un momento y luego recordó: “Cuando tenía 10 años, me sentí realmente halagado cuando el chico mayor de la siguiente puerta empezó a pedirme que fuera con él a jugar al béisbol. Más tarde, me implicó en juegos y prácticas sexuales.” “Eso es interesante,” subrayé. “¿Qué es interesante?” “Que los únicos recuerdos que puedes sacar a la luz son de engaños.” Tom se rió amargamente. “Debe ser mi estado de ánimo, debido a mi ruptura con Andy.” Le oí intentar minimizar la importancia de mi interpretación y le dije que no estaba de acuerdo con que esto estuviera detrás de la colección particular de recuerdos. En efecto, el desencanto y la traición en la infancia es un tema repetido en las vidas de mis clientes. En la adultez, todavía queda un miedo de sentirse vulnerables. Le pregunté: “¿Sentiste mientras crecías que de alguna forma tenías que comprometer tu identidad? ¿Tu madre o tu padre te expresaron de alguna forma que para recibir su amor y atención tenías que ser diferente para ellos?” Una expresión de cuestionamiento cruzó sus penetrantes ojos azules. “En verdad no puedo decirlo. No recuerdo su relación conmigo ni lo que pasó en mi infancia. La mayoría está en blanco.” No me sorprendió. Los niños utilizados generalmente tienen vagos recuerdos de la infancia, debido a que sus identidades verdaderas fueron enterradas hace mucho tiempo a favor de las falsas que han aprendido a adoptar. Yo sabía que cuando Tom comenzase a confiar más en mí, los recuerdos fluirían. Pero estaba claro que por ahora simplemente necesitaba continuar hablando, por lo que decidí no seguir en este tema particular. Cambiando de tema, le pregunté: “¿Has estado muy expuesto al mundo gay?” “Bastante poco,” dijo. “He experimentado tantas facetas de él como he podido –los bares de moda, los viajes de fin de semana a la calle Castro de San Francisco. Incluso pasé una semana en un crucero gay una vez –le dije a Cynthia que tenía que salir de negocios. Tenía curiosidad. Quería probarlo todo.” “¿Qué has visto?” ¿Con qué te has encontrado?” “Bien, desde mi experiencia, encontré que hay mucha infelicidad. En el mundo heterosexual, hay más de lo que parece para mantener a la gente con fe. El mundo gay tiene demasiadas oportunidades sociales y sexuales. Y los gays no tienen el apoyo social del matrimonio.” Pregunté: “¿Ves algún problema inherente en las relaciones de hombres?” O ¿es un estigma social lo que hace que las relaciones monógamas gay sean tan difíciles de sostener?” Presioné a Tom para que hiciese esa distinción. Un hombre que cree que la infelicidad de las relaciones gay se debe solamente al estigma social no será candidato a la terapia reparativa. Debe ser dirigido por una insatisfacción con la vida gay. “Hay algo inherentemente difícil en las relaciones gays,” dijo Tom, concediendo: “Probablemente es más que el juicio de la sociedad.”Luego admitió: “Es el estar dos hombres juntos.” Tom procedió a compartir algunas ideas que sólo un hombre que había llevado una doble vida podía decir. “Los hombres tienen una tendencia a entregarse menos, no a dar tan voluntaria y espontáneamente como las mujeres. Las mujeres parecen bastante seguras de colocarse en un segundo lugar. Con frecuencia creen en sus maridos a continuación de sí mismas. Parecen menos llenas de sus egos.” Continuó, “Los hombres tienen una tendencia a tener miedo de la intimidad.” “¿Crees que la profundidad de la intimidad entre dos hombres puede ser incluso más profunda que entre un hombre y una mujer?” Le pregunté. Su respuesta fue a la auténtica diferencia: “No creo. Porque la mujer trae algo complementario a la relación. Equilibran las cualidades que trae el hombre.” Le señalé que estaba en buena posición para saberlo debido a que había experimentado las dos relaciones. Entonces le pregunté: “¿Puedes describirme en qué se diferencia el sexo entre dos hombres del sexo entre un hombre y una mujer?” “La experiencia sexual con los hombres es más…” buscaba la palabra, “más sexual. Parece extraño decir esto pero el sexo con las mujeres es más doméstico, más inhibido. Hay una excitación animal más cruda con un hombre mientras que con una mujer es más emocional, más de una experiencia global.” Continuó: Hay otra gran diferencia. En muchas, si no en la mayoría, de las experiencias gays, el sexo va bien al principio. Dos hombres juntos tienden a querer sexo inmediatamente.” “¿Y luego qué sucede?” Le pregunté. “Desde mi experiencia, el aspecto sexual de la relación generalmente no se mantiene. En la mayoría de los casos la relación fracasa rápidamente.” “Eso parece apoyar la investigación sobre las relaciones gays,” dije. Luego le pregunté: ¿Hasta qué punto has estado implicado sexualmente con hombres?” “El sexo con los hombres dominaba realmente mis pensamientos cuando era mucho más joven. Empezó cuando mi hermano mayor tuvo sexo conmigo cuando yo tenía 8 años. Entonces apareció el chico de la puerta de al lado constantemente durante alrededor de un año. Después de eso, hubo dos chicos en el instituto y luego una pareja en la universidad. Entonces me enamoré de Cynthia, y le fui fiel durante cinco años, hasta que nació nuestra hija. Fue un poco después cuando Andy entró en mi vida.” Es significativo que Tom permaneciese fiel a su esposa hasta que nació su primer hijo. Es un patrón común que la conducta homosexual de un esposo salga a la superficie como problema cuando la esposa se queda embarazada de su primer hijo. Esto tiene que ver con la necesidad de huir de las responsabilidades, en este ejemplo, la responsabilidad inminente de la paternidad. El hombre que lucha con los impulsos homosexuales se siente sobrecargado por las exigencias de su rol como esposo y padre. Estos sentimientos parecen ser parte de una tendencia más general de evitar la responsabilidad relacional, que es un problema visto frecuentemente entre los hombres que luchan con la homosexualidad. El predominio de este modelo sugiere de forma muy convincente que la condición homosexual no es tanto un problema de orientación sexual como de inmadurez relacional. Con frecuencia es necesario fomentar la capacidad de un cliente para crecer en la auto-donación relacional madura. Lo que Tom dijo luego confirmaba mi opinión. “En el transcurso de mi relación con Andy, también tuve aventuras con otros hombres. A veces, cuando a Andy y a mí no nos iba bien, la sexualidad se convertía en una obsesión.” ¿Cómo podías tener sexo con hombres extraños mientras mantenías una relación con Andy?” Se encogió de hombros. “No lo sé,” dijo con tristeza. “De la misma forma que no sé por qué tenía sexo con Andy mientras estaba casado con Cynthia.” “Pero ya sabes,” reconsideró, “a pesar de todo, todavía confío en Cynthia. Después de que me echase de casa, Andy y yo compartimos un apartamento. Luego Andy se fue –no podía manejar mis emociones, mis cambios de humor. Estaba tan deprimido que llamé a Cynthia para llorar sobre su hombro. “Sólo un minuto,” interrumpí. “Déjame estar seguro de que comprendo. ¿Esperabas que Cynthia te consolase cuando Andy te dejó?” Asintió como un niño pequeño. “¿No era eso un poco… surrealista?” Pregunté. “Estabas teniendo una aventura con un chico del trabajo –un amigo de la familia- a espaldas de tu mujer. Te deja y ¿esperas que ella te consuele?” “No sabía lo que hacer, a quién acudir,” dijo. “Creo que en ese momento simplemente estaba demasiado atormentado, en crisis.” Pensó por un momento. “Ahora que lo dices… no puedo creer cómo pude hacerle tanto daño. Porque la amo. Hay una razón por la que me quedé con ella en el matrimonio. Fuimos buenos amigos durante dieciocho años. El narcisismo de Tom me era obvio pero había una posibilidad más remota. “¿Crees que tu insensibilidad bordeaba la hostilidad?” Tom me miró, desconcertado. Se quedó callado durante un largo rato y luego dijo: “Cuando lo pienso, creo que es bastante obvio.” “¿Por qué crees que le hiciste daño –además de tu auto-absorción y en tu propia angustia?” “Bien, como sabes, simplemente no puedo ser yo mismo con Cynthia. Cuando puse los pies en su casa, me convertí en un don nadie. Es su casa, su hogar. Por lo que, sí –puede que le diera a probar del trato que obtuve de Andy.” En la respuesta de Tom oía repetida una queja común de muchos homosexuales casados –sentimientos de una pérdida de control de sus esposas, con un inevitable resentimiento hacia ellas. Se quedó tranquilo de nuevo y permaneció en silencio. Luego dijo, en un tono orgulloso: “Lo hice bastante bien hasta que conocí a Andy. Es decir, hasta que me viró las tornas, me sacó lo mejor de mí –hizo que el viejo yo pareciese un tonto.” Podía ver que Tom había sido propulsado en la terapia por este agudo dolor. Su doble vida ya no funcionaba. Había sido este trauma el que le había llevado a reflexionar sobre la vida que había estado llevando. Quise volver a lo que Tom había estado diciendo anteriormente. “Háblame de cómo te sientes en casa con Cynthia.” “Simplemente nunca me he sentido apreciado por ella,” dijo. “Y siempre siento como que allí no descanso. Como que tengo que salir. Haz alguna locura. Encuentra algo excitante.” “¿Por qué,” continuó, “toda mi vida me he sentido tan dirigido? ¿Tan cansado y ansioso? Nunca estoy satisfecho con nada durante mucho tiempo.” Esto es algo que oigo de forma repetida de las vidas de los homosexuales. Se sienten fuera de control, que sus necesidades no son reconocidas por los demás y se encuentran atrapados detrás de una fachada quejosa y cooperadora. Su forma de conseguir alivio de este falso yo de queja es teniendo relaciones sexuales. El aburrimiento, la ansiedad y la depresión son los estados de ánimo identificados con más frecuencia como incitadores de la conducta homosexual. Cuando termina la aventura, vuelven a lo que el psiquiatra Harry Gershman llamaba sus “patrones petrificados de la existencia.” Los apologistas gays afirman que las insatisfacciones de estos hombres surgen del estilo de vida del matrimonio no natural al que se les fuerza a adoptar. Pero yo estoy convencido de que los problemas se deben a algo mucho más profundo que a la forzada conformidad social. Los homosexuales que están casados no son los únicos atribulados por esta montaña rusa de sentimientos. He observado este mismo modelo de fluctuación -insatisfacción desamparada alternando con euforia homoerótica- en las vidas de homosexuales que tienen relaciones gays. El estado de ánimo de Tom cambió súbitamente y su voz se volvió aguda. “He vivido una mentira durante tanto tiempo. No sé si puedo cambiar. Todo parece un modelo sin esperanza. A veces he pensado en matarme, cuando llego al fondo del ciclo.” Después de esto permaneció callado y entonces, encogiendo los hombros, dijo: “Puede que Dios me hiciera de esta forma. Si soy gay, Dios me hizo gay, pero por Dios Santo, ¿por qué tuvo que darme una buena esposa e hijos?” Aquí oí el reflujo y fluir de verdadera desesperación mezclada con sobre-dramatización. Decidí no comentar esto último, a fin de no ser malinterpretado como no empático con lo anterior. Sabía que la frase “Nací gay” es taquigrafía de “No quiero mirar en las experiencias de mi primera infancia que me causaron mi tendencia homosexual.” “No hay un gen gay,” le dije. “Esto es un asunto de identidad.” Un día pocos meses después. Tom entró dando saltos en la consulta y se desplomó pesadamente en la silla. Tenía un estado de ánimo hablador y parecía estar contento de estar conmigo. “Hace pocos años estuve en terapia con un psicólogo gay. Estaba luchando con mi homosexualidad, mi auto-imagen y mi matrimonio. A Cynthia y a mí no nos iba muy bien. Me había ido de casa un par de veces. Quería dejarla. Estaba aburrido. Lo único que me mantenía allí era que quería a mis hijos. Estaba teniendo aventuras escandalosas con hombres y Andy me estaba volviendo loco. “Aunque el psicólogo no me condujo activamente al mundo gay, en verdad, tampoco me dijo nada en su contra. Se callaba y comentaba muy poco -Tom reflejó una sonrisa rápida, “no como tú.” “Honestamente, me habría gustado que me hubiese orientado un poco mejor. Como ‘Hey, pongamos tu vida en orden, vamos a ponernos manos a la obra, para que dejes esos locos líos amorosos.’ Creo que pensaba que podría hacerlo yo solo. No lo hice.” “¿Cómo terminó tu terapia?” Le pregunté. “Terminó abruptamente en el sexto cumpleaños de mi hija durante una de mis separaciones de Cynthia. Estaba triste y frustrado por perder a mi familia porque mi terapeuta me dijo: ‘No estás perdiendo a tu familia. Si te vas con tu amante, todavía puedes ver a tus hijos.’ Seguí pensando: ‘Pero no voy a estar allí a las tres de la mañana cuando los niños se despiertan y lloran llamando a su papá.’ ” “Estabas perdiendo a tu familia,” coincidí. “Hablan de ‘tiempo de calidad,’ ” siguió. “Sin embargo, yo digo: ‘También existe un tiempo de cantidad.’ En el cumpleaños de mi hija finalmente volví a este estado de encogimiento y dije: ‘Posiblemente no puedes relacionar lo que estoy pasando. Soy un hombre casado, tengo un compromiso con otro hombre y mi hija cumple seis años hoy. ¿Sabes lo que eso significa realmente? ¿Puedes comprender los sentimientos que están en mi interior?’ Le dije que dejaba de ser gay, si ese era el precio que tenía que pagar.” “¿Sentías que no podía relacionarse contigo?” “Sí, creo que lo frustré. No podía comprenderme.” En ese momento Tom se incorporó, me miró directamente y dijo: “Voy a tener que encontrar la forma mejor de trabajar dentro la situación. Probablemente siempre tendré tendencias homosexuales, me lo has dicho. Pero también soy consciente de que existe una opción, un acto de voluntad implicado. Todavía me gustaría tener sexo con hombres pero simplemente el coste es demasiado alto. Mi matrimonio y mis hijos son demasiado importantes.” Al fin, Tom estaba comprometiéndose completamente en superar su atracción por los hombres. Sabía que era una solución que el Movimiento de Derechos Gay desdeñaría. Dirían que era deshonestidad con su verdadero yo, hipocresía –ese tipo de retórica. Yo sentía gran respeto por Tom James. Había elegido el camino difícil pero creo que el correcto. Tom venía regularmente dos veces a la semana. Luchando contra el tráfico de la autopista de Los Ángeles por la tarde, de alguna forma lograba aparecer con puntualidad a sus sesiones. Solía llegar con impaciencia para hablar pero un día se sentó desconsolado y colapsado en su silla usual. “Tengo que hacer algo con mi vida. Todavía no tengo un hogar real y me estoy quedando en un hotel coquetón. Estoy solo y deprimido.” Evidentemente, Tom tenía que tomar una dirección clara. Le pregunté: “¿Has tenido alguna vez algún amigo íntimo varón?” “Creo que sí,” dijo. Pero mientras Tom contaba de nuevo a sus amigos, quedaba claro que aunque tenía muchos conocidos, no tenía verdaderos amigos. Aunque le gustaba salir, era amistoso, extrovertido, incluso entretenido, en verdad, nadie le conocía. Tendía a ocultarse tras una fachada gregaria. Dije: “Nunca tuviste una amistad cómoda y de confianza con un hombre con el que pudieras ser realmente tú mismo. Más aún, el elemento sexual siempre ha producido un cortocircuito con las amistades al tener contactos rápidos e impersonales.” “Realmente creía que Andy era mi mejor amigo,” continuó. “Pero mirando atrás, está claro que era sólo una ilusión. Tuvimos una relación desequilibrada –Yo era su jefe y mucho mayor… Podría haber sido su padre. Mientras más lo pienso, más me doy cuenta de que él utilizaba eso como ventaja.” Tom se mantuvo en silencio durante un momento. Luego añadió con un suspiro: “Creo que ambos nos utilizamos mutuamente.” “¿Y sabes qué, Joe? He estado pensando. He estado utilizando la homosexualidad como una excusa, una escapatoria.” “¿Qué quieres decir?” Le pregunté. “Cuando me quito de encima la etiqueta gay, tengo que afrontar la vida, afrontarme a mí mismo. He estado utilizando mi problema como una forma para no crecer.” Esperé a que siguiera. “¡Oh, no tengo que encontrar mis responsabilidades! ¡No tengo que pensar en mi familia, en los demás! ¡Soy gay!” Su tono era de auto-burla enfadado. No es inusual que los hombres descubran en el transcurso del tratamiento que encuentran un sentido de seguridad o de marcha hacia atrás justificable ante los desafíos de las responsabilidades de la adultez cuando reivindican la etiqueta “gay” para sí mismos. Para algunos hombres, esta identidad sirve como defensa contra las ansiedades de la intimidad hombre-mujer y otros desafíos adultos. Tom también utilizaba la etiqueta “gay” para liberarse de un sentido pesado de responsabilidad. Dijo Tom: “Siempre me he puesto esta exhibición cuidada de la fuerza del diablo de baladronada. Pero ahora me doy cuenta de que nunca me he sentido verdaderamente bravo o de que he afrontado la verdad de lo que he estado huyendo.” No dije nada, esperando que continuase. “Me sentía deprimido y lleno de ansiedad. Puedo ver que sólo he estado jugando a ser un hombre real. No creo que pueda serlo, no de la forma en que he estado viviendo. No sé si seré capaz alguna vez de establecerme y de llevar las responsabilidades de mi familia.” Siguió un enorme silencio. Por fin, pensativamente, dijo: “Me pregunto si quiero ser un hombre, en los términos que requeriría de mí.” Había un tono de sabiduría en su voz mientras decía luego: “No hay nada más triste que un mariquita viejo. Eso es una cita antigua.” Me parecía que estaba oyendo algo de auto-dramatización en esto por lo que le conduje hacia alguna responsabilidad. “Has dicho muchas veces que te sientes como un extraño en tu propia casa, que parece ‘la casa de Cynthia.’ Te quejas de que te sientes como un extraño… que tienes que ir a trabajar para sentirte respetado. ¿Qué está mal en tu casa que no te permite ser fuerte… que te impide asumir alguna autoridad?” “No lo sé,” se encogió Tom, concediendo, “pero es algo de lo sería mejor empezar a hablar. Cynthia me llamó la semana pasada y quería saber si me gustaría intentar volver a vivir con ella. “¿Qué le dijiste?” “Bien, admito que me alegró oír su voz. Realmente me gustaría hacer lo posible para que me vaya bien con ella. Le dije que lo haría.” “Bien.” “Ha estado queriendo llamarte para ver qué puede hacer para salvar el matrimonio.” Hablé con Cynthia esa noche y me dijo si podría verme por el bien de Tom, aunque yo no dudaba de que ella tuviese igualmente problemas de presión suyos. Yo estaba apunto de salir de vacaciones de verano por lo que quedamos para una cita en septiembre cuando Cynthia vendría sola a verme a mi consulta. Después de oír a Tom describir su vida de hogar como aburrida y tediosa, me sorprendí cuando me encontré con que Cynthia era una rubia encantadora, extrovertida y bien vestida. Luego, una vez más, sabiendo la importancia que Tom le daba a las apariencias, debería haber esperado que su esposa fuese sorprendentemente atractiva. Aunque Cynthia y yo no nos habíamos visto nunca antes, nos saludamos cuando nos conocimos para la cita como si fuésemos viejos amigos. Ese sentido de familiaridad inmediata no me dejó duda del hecho de que los dos conocíamos al mismo hombre íntimamente. Además, vio en mí un aliado. Yo no era simplemente un terapeuta neutro. Estaba a favor del matrimonio y de la disminución de la homosexualidad de Tom. Algunos psicoterapeutas sugieren a los clientes que una esposa debe aceptar las aventuras homosexuales de su marido. Racionalizan ese consejo absurdo hablando de “respetar la naturaleza verdadera y bisexual del esposo.” Nunca he creído que exista la bisexualidad. Para mí el llamado bisexual es alguien que no ha resuelto su homosexualidad. Cynthia comenzó asegurándome que había venido para ayudar a Tom. La apremié a hablar de sí misma y de su propia historia. Ella tenía su propia historia. Su padre era alcohólico, su madre, inadecuada y frágil emocionalmente. Pude entender por qué se había visto arrastrada a la energía y a la auto-posesión que irradiaba Tom. Cynthia me habló de la noche en que supo la verdad de la sexualidad de Tom. “En una explosión de histeria me contó todo lo de su doble vida. No era lo más horrible que hubiese sucedido en mi vida,” admitió. Su voz se calmó mientras añadía: “Por un momento, no podía creerlo.” Le pregunté: “¿Cómo manejaste lo que te dijo?” “Me enfadé… Era más fácil que tratar con mi horror. Quiero decir, simplemente no podía asimilar la verdad. Le pedí que se fuera inmediatamente. Estaba tan disgustada que no podía mirarle a la cara. Luego, sentí tristeza por él, por los niños y por mí misma.” “¿Habías tenido alguna sospecha de que podría tener este problema?” “Sólo lo sospechaba vagamente,” dijo. “Antes de estar casados, Tom me había dicho que había tenido algunas experiencias homosexuales. Creo que yo no sabía que hacer con eso. Durante años salía por la noche y llegaba a casa muy tarde. La idea pasaba por mi mente pero en verdad nunca quise pensar en ello.” “¿Le tienes algún resentimiento a Tom por lo que les ha hecho a ti y a la familia?” “Tom es un hombre bueno y lo quiero mucho. Pero lo que Tom quiere, lo consigue. Realmente es muy ego-céntrico.” Añadió con una risa ligera: “Con frecuencia sentía que tenía tres hijos en vez de dos. Como un niño, Tom siempre espera atención especial. Puede ser muy generoso con la gente pero tiene que estar en escena. Por ejemplo, sé que quiere a nuestros hijos pero a veces parece que los quiere por el amor que le pueden dar a él. Les dirá: ‘¿Qué pasa? ¿Por qué no vienen y besan a papá?’ Si están ocupados haciendo otra cosa y no le prestan atención, enseguida se siente ofendido.” La descripción de Cynthia me era familiar; Había oído relatos similares de esposas de hombres como Tom. Un hombre así está con frecuencia casado y funciona bien bisexualmente. Tiende a ser exhibicionista y narcisista y a tener –al menos en la superficie- un sentido demasiado inflado de su propia importancia. Está determinado a tenerlo todo –es decir, el matrimonio y la familia junto con las relaciones gay. Es bastante diferente del cliente más típico que tiende a sentirse inferior, auto-dubitativo y sin poder. Le pregunté a Cynthia: “¿Qué futuro ves aquí?” “Bien, quiero mucho a Tom,” dijo. “Le encantas, Joe, y espero que pueda superar su problema.” “¿Crees que puedes perdonarle por lo que ha sucedido?” “Toda la vida he tenido que hacer compromisos,” dijo. “Creo que si seguimos en la dirección que hemos tomado, podemos ser felices. Realmente ha estado mucho más conectado con la familia desde que volvimos a vivir juntos. Pero siempre tendré mis dudas, si sale por la noche…” Revelando la fuerza de la psique femenina, añadió: “Sé cuando conectamos Tom y yo. Puedo sentir la diferencia. Cuando Tom se aleja de mí, entonces es cuando me preocupa.” “¿Conoces la diferencia?” “Claro. Durante los años que Tom estaba liado con Andy, sentía que su energía estaba de alguna forma en otro sitio –fuera de la familia.” La intuición de Cynthia tenía razón. Muchos esposos homosexuales han dicho que cuando tienen aventuras con otros hombres, se encuentran evitando a sus esposas y familias. Como decía un hombre casado: “El gran obstáculo es la culpa. Después de tener sexo, llego a casa y me encuentro huyendo de la familia. Durante días, no me siento con méritos para participar en nada con mi esposa o con los niños.” La actitud de Cynthia era típica de la de la mayoría de las esposas con las que he trabajado. Una esposa se sentirá profundamente traicionada, herida y enfadada durante muchos meses pero lo más común es que se comprometa al final a salvar su matrimonio. Lo que parece más importante es la honestidad y sinceridad del marido al tratar el problema. Una esposa estará dispuesta a tratar cualquier cosa siempre y cuando su esposo sea honesto. El esposo que puede explicar a su esposa con paciencia y honestidad las necesidades emocionales insatisfechas que yacen tras su conducta homosexual encontrará generalmente que tiene una aliada poderosa. Su esposa demostrará su comprensión remarcable si se le da la oportunidad de comprender las motivaciones que residen tras su conducta. Considerando el nivel previo de deshonestidad por parte de muchos esposos, siempre me he sentido sorprendido por la flexibilidad y resistencia de las esposas que deciden mantener el compromiso matrimonial. Una esposa que ama a su esposo descenderá a los infiernos y volverá con él si se le trata como una compañera amada y respetada. Existen aspectos terapéuticos particulares para hombres casados que, como Tom, tengan base homosexual. Estos hombres sienten el reto no sólo de resolver su atracción hacia el mismo sexo sino a permanecer en consonancia con sus esposas. Estos hombres ofrecen generalmente muchas razones para evitar a sus esposas: Está sobrecargada. Es crítica. Es mezquina. Negativa. Una puta. Nada atenta. Nada comprensiva. Ciertamente una esposa que no se sienta amada tendrá sus propias reacciones defensivas y de hecho puede ser culpable de todo lo que se le critica. Puede que haya muchas razones para que el marido evite la intimidad con ella, no siendo la culpa la menor de ellas. Pero estos obstáculos para la intimidad deben ser tratados en la terapia. En nuestra siguiente sesión, Tom habló de su preocupación por el problema que sufría hacía ya mucho tiempo de sentirse excluido y sin descanso cuando estaba en casa con su familia. Solía asumir una actitud pasiva y de exclusión cuando se sentía aburrido, desconectado y con resentimiento. El aburrimiento es, en efecto, un sentimiento expresado con frecuencia por clientes homosexuales. Considero que este estado de ánimo es parte de la condición homosexual. Le pregunté: “¿Sabes por qué te aburres en tu propia casa?” “No lo sé,” dijo, “En medio de toda la actividad familiar simplemente pierdo interés y siento que quiero salir corriendo.” Le expliqué: “El aburrimiento surge cuando estás en una situación que no te permite expresarte.” Tom parecía confundido. Continué: “La mayoría de la gente cree que el aburrimiento es consecuencia de ‘no hacer nada, de que no ocurre nada.’ En efecto, en el interior hay siempre algo que hacer, si sólo lo respetamos.” “La próxima vez que te sientas aburrido, pregúntate: ‘¿Cómo me gustaría expresarme ahora mismo? ¿Qué es lo que no me estoy permitiendo decir o hacer?’ Creo que te sientes inhibido y golpeado y que debajo de eso existe un elemento de ira. Intenta sentir los sentimientos reales que yacen bajo el aburrimiento. Si realmente te permites hacerlo, creo que ya no te aburrirás más.” En las semanas siguientes, Tom y Cynthia progresaron en su trabajo de lograr honestidad e igualdad mutua en su relación. Mientras que en el trabajo anterior ambos se habían sentido víctimas, ahora estaban mucho más seguros en el matrimonio. Una parte importante del tratamiento consistía en conseguir que Tom conectase con su esposa y sintiese su presencia. Durante muchos años, había estado tan preocupado por sí mismo, que la había sacado virtualmente de su conciencia. Ahora, más que excluirse, hacía el esfuerzo de identificar sus sentimientos y expresarlos. Este proceso le volvería a conectar con Cynthia de forma invariable. “¡Cuánto quiero que funcione con ella!” decía. “Cortar tajantemente con el mundo gay y estar sólo con hombres heterosexuales. Me encantaría tener ahora un amigo varón real, no un amante. Puede que algún hombre casado con familia. Necesito ese tipo de amistad si voy a tener una vida de hombre de familia.” Por este tiempo, Tom había llegado a comprender mucho más de sí mismo y de sus prioridades más profundas y había comenzado a creer que podía tener un matrimonio monógamo. Me dijo: “Lo más importante de todo es mantener a mi familia unida. Mis hijos necesitan un padre. Mi esposa necesita un esposo. Y yo necesito una familia.” Estaba comenzando a ver como carentes de sentido e irrelevantes la secuencia de aventuras que había tenido. “Le tenía resentimiento a Cynthia por regir mi vida pero mirando atrás veo que no le dejé otra opción,” dijo. “Simplemente abdiqué en las responsabilidades de mi familia.” “Así es,” le dije. “Mantenías un rol de pasividad y evitación en casa. Mostrabas tu resentimiento por estar atrapado en las responsabilidades de la familia con un rechazo pasivo a implicarte. Creaste un vacío que alguien tenía que llenar. Por supuesto, Cynthia se metió para llenar el boquete. Entonces la acusabas –injustamente- de ser controladora.” “Lo bueno ha sucedido siempre con Cynthia,” me dijo Tom. “A veces se queja de la casa y de los chicos, no parando de hablar, pero luego hablo con ella y le dejo saber cómo me afecta, y entonces se calla y me apoya en silencio. Se ha adaptado mucho a cómo me siento.” “Las pequeñas luchas que tenemos ahora no son nada en comparación con las que solíamos tener.” Añadió: “Porque hay algo, en algún lugar, que se siente anclado.” “¿Dónde?” Le desafié. Tom pareció confundido por un momento y luego respondió: “En mí. Me siento más centrado, más aterrizado en mi sitio en casa. Siempre tuve ese sentido de querer flotar lejos, de salir de allí, de escapar a otro lugar. Ya no siento eso. Y cuando lo hago, sé de qué va.” “¿De qué va?” “Va de no dejarme pertenecer.” Tom hablaba lenta y pensativamente, eligiendo cada palabra con cuidado. “Va de no ser honesto con mis sentimientos. Y de no conectar con la gente más importante para mí. Por mucho tiempo, me sentía aislado y distante de Cynthia.” “Simplemente evitando,” le dije. “Sí. Me metía en mi cáscara y templaba a todos hacia fuera.” Hubo una larga pausa. “Pero entonces,” dijo, “existían esos pequeños momentos en que la gracia se abría camino y me golpeaba algo bonito –algo sobre mis hijos o alguna cualidad de Cynthia- y de repente veía lo delicada que era mi cáscara. “Uno de esos momentos tuvo lugar cuando Cynthia y yo hacíamos el amor y después ella comenzaba a llorar. Mi primera reacción era: ¿Qué he hecho mal? Las lágrimas eran un poco inquietantes. Pero ella dijo: ‘Simplemente sostenme.’ Por lo que sabía que todo iba bien. Luego decía: ‘Cuando me siento así contigo, abres mi corazón y yazgo aquí completamente desnuda para ti. Realmente quiero ser totalmente tuya, estar totalmente abierta a ti. Pero cuando estás distante, ausente para nosotros, entonces tengo que mantener a la familia unida y tengo que ser la persona fuerte. Tengo que hacer el trabajo de la familia, tengo que endurecerme a mí misma, endurecerme para cuidar del negocio y preparar las cosas para nosotros. En verdad, no quiero ocupar el rol masculino o estas cualidades masculinas.’ ” “En estos momentos de cercanía,” continuó Tom, “cuando la verdad de nuestras vidas se atraviesa, me abro a ella y ella se vuelve suave y femenina.” Suspiró. “Se abría a mí y era bueno pero también me daba miedo, porque la dejaba tan vulnerable de ser herida incluso con más profundidad. Así que tengo que trabajar para no volver a hacerle más daño. Me miró gravemente: “Es una responsabilidad pesada.” “El otro día,” continuó, “estábamos en la cocina y me preguntó: ‘Si alguna vez volvieras a caer, ¿me lo dirías?’ Pensé en ello durante un minuto y luego le dije que sí. Quería decir: ‘No sucederá,’ pero un hombre nunca puede decir ‘nunca.’ Pero estoy trabajando para no volver a caer más, por lo que pude prometerle honestamente que se lo diría. Todo lo que he estado haciendo me ha hecho progresar. Ya no siento esa desesperación. Sé exactamente lo que hay detrás de los lapsos momentáneos. Cuando no obro bien, sé por qué no obro bien y sé lo que tengo que hacer para volver a la pista otra vez.”. “Comprendiendo la dinámica subyacente, las necesidades reales, veo que no es la misma atracción hacia los hombres sino algo de lo que carezco en mi interior lo que le da a las atracciones por los hombres ese poder. No se trata de quién es ese hombre atractivo de allí. Se trata de quién soy yo aquí.” “Me lo diré a mí mismo” (levantó la voz a un tono afeminado dramático), “ ‘Oh, posiblemente no pueda resistir esta tentación…¡nací así!’ Pero esto es realmente melancolía por mi parte… un rechazo a pasar por los procesos de pensamiento necesario y un rechazo a recordar la verdad de mí mismo. Permito que la fantasía me sobrecargue.” Una vez que Tom hubo visto la verdad de sí mismo, sólo podía pretender olvidar. La formula terapéutica de Tom dependía de tres cosas. Confrontar las necesidades emocionales insatisfechas que yacen detrás de su conducta homosexual; desarrollar amistades masculinas no eróticas y abrir camino a la exclusión emocional de Cynthia. A petición de Cynthia, Tom le pidió a su antiguo amante, Andy, que dejase la tienda y le ayudó a encontrar trabajo en otro sitio. Tom estaba decidido a verle como una persona del pasado y a ponerse en camino con su esposa y sus hijos hacia el futuro. Cuando Tom se acercaba a los últimos días de su tercer año de terapia, hablamos del fin. “¿Qué opinas, doctor?” Preguntó. “¿Estoy preparado para graduarme?” “Creo que sí,” le aseguré. “Me gustaría poder sentir total confianza en que no volveré a caer en las viejas trampas que me hicieron venir aquí.” Le dije: “Ya te has comprometido con la honestidad. Eres más honesto contigo mismo hoy que en cualquier momento anterior de tu vida. Puede que tengas una caída, puede que experimentes algunos reveses pero eso no me preocupa porque las ideas están ahí. Tienes la comprensión. Simplemente sé honesto contigo mismo y con Cynthia.” Tom asintió con gravedad. “Las ideas genuinas no se pueden perder ni olvidar,” le dije. “No puedes volver nunca al lugar en el que estabas, psicológicamente, cuando viniste aquí por primera vez.” Hablando en voz baja y lenta, Tom dijo: “He disfrutado con lo que he aprendido contigo, Joe. Me has dado mucho y eso es muy importante. Voy a echar de menos en verdad el dar, el compartir, lo que ha venido de ti.” Me di cuenta de que Tom se sentía intensamente ambivalente sobre el fin de nuestra relación. Cuando llegaron los momentos finales de su última sesión, le dije: “Cuando lo necesites, puedes volver, por supuesto –incluso si es sólo para una simple sesión.” “Gracias,” dijo, de pie y dándome la mano con brío. “Te echaré de menos y a los compañeros del grupo también. He aprendido mucho contigo.” Había baladrada en su voz pero mientras nos acercábamos a la puerta, volvió a mirar hacia atrás una vez más, con melancolía. Dos años después de su fin de terapia conmigo, Tom supo que era sero-positivo. Permanecí en contacto tanto con Tom como Cynthia, recibiendo llamadas de ellos con frecuencia durante los tres años siguientes. De vez en cuando discutíamos una variedad de problemas –la comunicación entre ellos, asuntos de padres, especialmente sobre su hijo, Sean, que estaba ahora en la adolescencia. Tom comenzó a mostrar cada vez más los síntomas del SIDA y cuando se hizo evidente progresivamente que moriría pronto, Cynthia me pidió que le proporcionase asesoramiento familiar. Era el momento de preparar a los niños para el final. Tom y Cynthia me pidieron que les ayudase a decírselo a los niños. Pude ver su fuerza increíble cuando los cuatro estaban sentados en el sofá del salón. Durante dos horas hubo preguntas y lágrimas y se compartía amor. Fui a ver a Tom a su casa en las semanas finales mientras se ponía cada vez más débil. Hacía cinco años que había terminado la terapia. Un día, cuando estaba a punto de marcharme, me llamó a su lado. Con voz sorprendentemente fuerte, me dijo: “Si no hubiera sido por ti, ahora no estaría con mi familia. Tendré la bendición de morir con mi esposa y mis hijos a mi lado. “Estoy muy agradecido por eso,” le dije. “Y Doctor –“hizo un guiño, “estarás contento de saber que he mantenido mis promesas a Cynthia.” Un mes después, Cynthia llamó una tarde. Su voz era baja y triste. Me dijo que Tom había fallecido esa mañana. Después de la muerte de Tom seguí estando en contacto con Cynthia y los niños, y lo hice lo mejor que pude para ayudarles en su periodo de dolor. Ella me dijo cómo sus relaciones con Tom se habían profundizado y que su vida familiar era la mejor que habían tenido nunca. Tom había desarrollado una relación profunda con sus dos hijos, que ayudaron a cuidarle en casa mientras se agravaba. Cynthia también le había cuidado fielmente. Murió en su propio dormitorio en compañía de su familia y de una monja de su parroquia que había ido a llevarle la comunión. La terapia reparativa ayudó a Tom a dejar de lado su doble vida. Le produjo las ideas con las que llegar hasta el final y vivir de acuerdo con sus convicciones. Me siento satisfecho de poder ayudarle a encontrar lo que estaba buscando. CAPÍTULO 3. El Padre John, La doble vida El Padre John era un sacerdote católico de 52 años que tenía una voz extremadamente rica, profunda y elegante. Era un hombre elocuente, quizá el hombre más elocuente que haya tratado jamás. Me lo podía imaginar dando un sermón atronador con su encantador acento desde el púlpito de una catedral. Procedía de una familia irlandesa inquebrantable y poseía un sentido del humor agridulce al que apelaba a menudo para reírse de sí mismo. Pero a pesar de todas las risas sobre los absurdos salvajes de su vida, era un hombre profundamente espiritual que se vio envuelto en una terrible batalla con lo que él llamaba su “lado oscuro”. En su primera sesión, contó que era arrastrado compulsivamente a baños y librerías gay. En una ansiosa prisa por confesarlo todo, apenas podía sacar las palabras lo suficientemente rápido. “Mi adicción a la pornografía funciona como un imán que me saca de la rectoría todos los fines de semana. Cada viernes por la noche cojo el coche en dirección West Hollywood y voy a mi fuente favorita”. Rió cínicamente: “El Circo de los Libros”. “¿El qué?”, pregunté. “Sí... Es un hito cultural gay del bulevar de Santa Mónica, y es un circo”, me informó. Es ese supermercado –si quieres- de material pornográfico para todos los gustos e inclinaciones”. Siguió: “De todas formas, suelo sacar dos o tres vídeos de hombres y me los llevo a una habitación alquilada de ese pequeño motel coquetón, el exclusivo -” pronunció el nombre en un tono fingido y arrogante- “Motel Peaks Tropicana. Me llevo mi propio vídeo y me lo subo a la habitación”. Me miró y entonces continuó de una forma algo avergonzada: “¡Me organizo para mí solito lo que llamo una fiesta-maratón de masturbación!” Se precipitó: “A veces llamo a este servicio de compañía para que me mande un joven a mi habitación. Ya sabes, para sexo.” Me miró, aspiró profundamente y confesó: “Pero siempre me siento terriblemente culpable después”. El Padre John siguió con una descripción incisiva de la psicología de la pornografía: “La pornografía es una anestesia: me entumece el dolor, me proporciona una “situación” de excitación.” Este sacerdote, tal y como aprendí, era un hombre con muchas facetas. No seguía en el camino del hombre típico del clero. Era crítico con la Iglesia Católica porque no se sentía apoyado en su lucha personal contra la conducta homosexual. También era crítico con Dios y con frecuencia expresaba este sentimiento en nuestras sesiones. El caso del Padre John no era simplemente uno más del escándalo de un cura que ha roto sus votos. No era simplemente un caso de un sacerdote que era “sólo un hombre, como los demás hombres”. Lo que es significativo de la lucha del Padre John en su lucha contra la homosexualidad es cómo le desafió a empujarle más allá del ciclo de frustración de pecado, culpa, arrepentimiento y más pecado para llegar a conseguir una relación íntima con Dios. Paradójicamente, fue a través de su lucha con la homosexualidad como el Padre John llegó a conocer realmente a Dios. Durante los tres primeros meses de terapia, el Padre John parecía estar dando grandes pasos hacia adelante. De hecho había estado desempeñando el papel del buen paciente. Entonces un día vino y me dijo la verdad: “No he sido honesto contigo. En verdad estoy yendo a peor”. Entonces admitió, su voz encantadora engolada con ironía: “Simulaba estar llevando una vida nueva a través de ti”. Después de un silencio corto y tenso, continuó: “He estado intentando hacer contigo lo que he estado haciendo con mis superiores: cumplir con sus expectativas. No he estado enfrentándome a los sentimientos interiores. La verdad es que estoy casi seguro de que nunca tendré éxito en esta lucha”. Se encogió de hombros como señal de desesperación. “En algún nivel profundo pienso que no quiero mejorar. Quiero sacar todos estos pensamientos de mi vida. Echarte. Pienso: ‘No puedo dominar esto. Soy demasiado débil, Merezco lástima y trato gentil’. Incluso quiero que Dios se retire.” “No sé”. Había tristeza en esa voz elegante. “Durante tantos años he jugado a ser un hombre real pero todo ha sido un simulacro. En algún nivel profundo no creo que lo pueda ser. Puede que ni siquiera quiera ser un hombre. De alguna forma no puedo imaginarme a mí mismo llevando una vida normal.” “En toda la gran literatura y mitología”, dije, “el héroe rechaza primero la oportunidad de una conciencia mayor. Incluso Jesús oró pidiendo ser liberado de su cruz: “Aparta de mí este cáliz”. El Padre John siguió con voz triste: “Gran parte de mi vida está atrapada todavía en estos fetichismos pervertidos y juveniles. No sé por qué tengo esta gran preocupación de mirar penes. Sé que es ridículo pero es tan irresistible...”. Se quedó en silencio durante tanto tiempo que al final hablé yo: “Intenta ir más allá de la fijación, para concentrarte en la intención del pene... su compatibilidad anatómica con la vagina, su propósito natural de procreación.” “Es una preocupación infantil, eso es lo que debo recordarme a mí mismo”, dijo con vergüenza. “Absolutamente. La mayoría de los homosexuales se centran de forma obsesiva en el pene. La mayor parte de la conducta homosexual es como dos niños pequeños que juegan al enséñame el tuyo. Yo te enseñaré el mío. Es una conducta fetichista. El pene tiene un poder simbólico importante. Es un símbolo de la masculinidad que sientes que necesitas pero que no tienes. Algún trauma, alguna laguna en tu desarrollo busca satisfacción en una fijación fálica. Eso es parte de la homosexualidad.” El Padre John dijo pensativo: “La mayoría de los gays que conozco están obsesionados con sus propios penes. Están fascinados por su propia anatomía. ‘¡Mi pene es mi mejor amigo!’, me dijo un tipo gay. Es triste”. “Exactamente. El homosexual no ha integrado su masculinidad a su propia identidad. Está alienado de su propia anatomía masculina. Ve su pene como algo más que sí mismo”. “¿Pero por qué lo hace? ¿Por qué todas estas ‘reinas de la talla’ en el mundo gay? ¿Por qué esa preocupación con el pene?” “Puede que en su niñez, el rol del chico en la familia necesitaba la negación de su masculinidad en ciernes. Su lugar especial con mamá probablemente requería el abandono de sus esfuerzos masculinos. Así que ahora quiere proteger su frágil masculinidad. Siempre tiene miedo de que se la vayan a arrebatar.” Continué: “La orientación de género del niño depende de su lugar en la familia. La forma en la que le trata la madre. La forma en la que le trata el padre. La forma en que ambos progenitores muestran estima por su masculinidad.” El Padre John asintió. Podía ver que había estado escuchando con atención: “Pienso en mi pobre madre, descanse en paz. Intentó hacerlo lo mejor que pudo. Porque si mi padre no safisfizo mis necesidades emocionales, probablemente tampoco estaba satisfaciendo las suyas. Él era sólo un cero a la izquierda en nuestra casa. Yo necesitaba a alguien y mi madre parecía un padre femenino con el que no me podía relacionar.” Silencio de nuevo, entonces: “Supongo que ella se sentía frustrada en su matrimonio. Sé que se sentía sola e intentó llenar ese vacío conmigo”. Una sonrisa y una mirada ausente aparecieron en su cara. “Con cierta frecuencia sacaba unos pocos dólares que había ahorrado. Nos vestíamos y ella le decía a mi padre: ‘Johnnie y yo nos vamos de derroche’. Utilizaba la palabra derroche para querer decir que íbamos a ir a la parte baja de la ciudad a ver una película. Yo iba vestido de cura y ella se ponía su pequeño sombrero y sus guantes blancos. Lo hacíamos en aquellos días. Después nos dirigíamos a un pequeño restaurante y cenábamos juntos muy agradablemente, hablando de todo lo que nos pasaba por la cabeza. Cuando volvíamos a casa, papá estaba frente a la tele y apenas notaba que habíamos entrado. Mamá y yo estábamos tan contentos como dos personas que hubieran salido para una cita.” Una vez más se ensimismó en sus pensamientos. Entonces lo divulgó brevemente: “Me pregunto si mi padre o mi abuelo fueron homosexuales”. A menudo oigo esta cuestión a mis clientes. A pesar de que estos familiares probablemente nunca fueran homosexuales, la cuestión surge por la percepción de cierta debilidad masculina en sus padres. “Sé que mi padre nunca tuvo mucho amor que dar porque su propio padre siempre estaba fuera de casa cuando él era pequeño. Era un carpintero de oficial. Y mi padre apenas decía una palabra sobre el padre de su padre.” Pensé lo poco que los padres de homosexuales hablan de sus propios padres. A menudo la relación padre-hijo inadecuada se remonta al abuelo o al bisabuelo. El Padre John no sólo tenía un padre inadecuado. También tenía una madre acaparadora. Como resultado, este chico particularmente sensible y vulnerable creció homosexual. El Padre John agitó su cabeza tristemente. “Siempre sentí a mi padre como una persona perdida. No había un sentido de presencia masculina en casa. Mi madre era la que siempre intervenía para llenar el vacío. Tenía que entrar y ocupar el lugar de él, además de mantener el suyo.” Añadió: “Crecí sintiendo que mi madre era tanto mi madre como mi padre.” No había ira en su voz, como si sintiera que esto no hubiese sido justo para ella. Señalé: “La madre nunca puede ser el padre. Un proceso emocional completamente diferente se da entre la madre y el hijo y entre padre e hijo. Es un hombre el que hace a un hombre. “Lo sabía, creo.” Suspiró pero el sonido de la ira todavía teñía su voz. Cambiando de tema, dijo: “Mi sentimiento más fuerte de la infancia fue siempre el miedo.” He oído estas palabras a casi todos los clientes que han acudido a mí con un problema de homosexualidad. El sentimiento principal de la infancia de casi todos los hombres era la vulnerabilidad y la incertidumbre, tiempo antes de que la sexualidad llegase a ser un asunto consciente. La hora del Padre John estaba a punto de terminar. Le pregunté: “Ahora que llevas viniendo tres meses, ¿estás satisfecho de que estemos haciendo todo lo que se puede hacer por ti?” Admitió con honestidad: “Bien, debo admitir que yo no estoy haciendo todo lo que puedo. He estado como esperando.” “¿Esperando qué?” “Sólo esperando. Simplemente que venga a mí todo lo bueno que me sucedió alguna vez.” El Padre John estaba describiendo una de las resistencias fundamentales de la condición homosexual, llamado evitación de los cambios dolorosos de vida. Era la hora de afrontar una dimensión esencial de su terapia: la reivindicación de su poder intrínseco. “Espero que no me juzgue por mi pasividad”, dijo el Padre John gravemente. Moví la cabeza: “No me concierne juzgarte. Pero me concierne lo que significa esta actitud en términos de tu capacidad y voluntad para responsabilizarte de tu vida. Esta pasividad es una parte de tu identidad que tendrá que cambiar.” Parecía desconcertado: “Necesito conseguir una imagen más clara de lo que quiere decir.” “La terapia reparativa no es sobre el sexo, sexo, sexo”, dije. “Estamos aquí para comprender el cuadro total de la formación de tu identidad. Para sanar la homosexualidad es esencial cambiar esta percepción que tienes de ti mismo de víctima pasiva y desamparada. Un cambio real requiere algo más que hacer hincapié en el comportamiento sexual. Estamos tras una transformación mayor”. “Bueno, estoy listo,” dijo seriamente. “Esta obsesión homosexual me está consumiendo la vida. Quiero sanar de una vez para siempre. Por una vez en mi vida, quiero sentirme como una persona plena.” “Pero esto es algo con lo que tendrás que luchar. Para siempre. No estoy hablando de una semana. Unos días serán grandes batallas; otros, batallas pequeñas. Pero todos lo días habrá una batalla de algún tipo”, le advertí. “Si no, como dicen, no va a tener lugar.” Los críticos de la terapia reparativa creen que la técnica utiliza la culpabilidad como herramienta para manipular la supresión del comportamiento homosexual. Paradójicamente, muchos hombres, como el Padre John, pasan pronto por una fase sanadora y necesaria de la terapia en la que en vez de supresión, hay un incremento de la conducta homosexual. Aunque esto pueda parecer contradictorio con el objetivo de la terapia, ofrece al cliente la oportunidad de evaluar por sí mismo los efectos subjetivos de su conducta. Mientras que algunos hombres nunca necesitan experimentar esta conducta para saber que no es para ellos, otros necesitan ver las consecuencias personales. Para estos, la conducta homosexual sirve como expresión de la auto-comprensión y la facultad personal que descubrieron en las etapas primeras de la terapia. El sexo y la aserción se interrelacionan en el varón y cuando la terapia comienza primero a facultar al cliente, él puede dirigir mal ese poder de forma sexual. Más aún, dentro de la relación de transferencia con el terapeuta, el aumento de actividad homosexual puede ser una forma en la que el cliente ponga a prueba la aceptación que el terapeuta tenga de él. Durante sus primeros tres meses en la terapia, el Padre John tuvo estados de ánimo mezclados. A veces afrontaba la verdad de su vida y otras veces se evadía en negación pasiva. Una mañana me dijo: “El pasado sábado por la noche no tenía nada que hacer, por lo que pensé en dar un paseo. Hice algo que hacía varios meses que no hacía: fui a un bar gay. Me sentí un poco incómodo al principio pero luego pensé: ‘¡Qué demonios!’ y comencé a relajarme. Me tomé una cerveza. Después de un rato se me acercó un tipo de mi edad más o menos. Estaba bien y comenzamos a hablar.” Interrumpí: “¿Qué estaba bien?” “Oh, que alguien… algún tipo… hiciera el primer movimiento sobre mí en un lugar en el que los tipos de mediana edad como yo no suelen llamar la atención.” Continuó. “De cualquier forma, sólo estuvimos allí hablando durante casi una hora. Me dijo que estaba casado. Realmente hicimos buenas migas y regresamos a mi habitación del Tropicana Peaks. Nos sentamos allí en el sofá y hablamos durante otras tres horas. Hablamos de todo tipo de cosas. Teníamos mucho en común, muchas experiencias iguales. Realmente nos comprendíamos. Sentí que el hombre… era un tipo gentil y dulce.” “Suena como que realmente conectaron,” le dije. “¿Luego, qué?” “Luego nada,” dijo el Padre John. “Bien, luego entramos en el dormitorio y tuvimos sexo. Sexo seguro,” añadió. “Masturbación mutua.” “¿Vas a verle otra vez?” “No. No creo.” “Pero parece que había compatibilidad. La base para una compatibilidad. Teníais mucho en común.” “No creo. Fue agradable durante ese momento pero no creo que quiera seguir con ello.” Suspiró. “Para ser honesto con Dios, Joe –realmente no me importa ya si termino teniendo sexo con hombres. A veces la totalidad parece requerir demasiado esfuerzo.” “¿Por qué tuviste sexo con ese tipo?” “No lo sé.” Su indiferencia estaba llegando a ser irritante. Esperé. Finalmente, “Parecía que era lo que había que hacer. Ya sabes, el que estuviéramos allí lo implicaba.” “¿Estar allí?” “Sí. Ya sabes, en el sofá, en el Peaks.” “¿Sentiste el deseo de tener sexo con él?” “Realmente no. Creo que sólo sucedió.” “¿Debido a su presión?” “No, de verdad. Probablemente él estaba tan indiferente como yo.” Mientras explorábamos las motivaciones del Padre John, ambos estábamos encantados de notar una disminución de su compulsión. Pero, evidentemente, todavía era incapaz de formar la convicción de trazar la línea entre la amistad masculina y la sexualidad.” Debajo de esta dificultad para mantener los límites yacía el asunto más profundo de la auto-identidad. Recordaba lo que me había dicho en una sesión anterior: “No me siento un hombre real y no creo que pueda serlo alguna vez. Puede que no quiera ser un hombre.” ¿Podría verse alguna vez el Padre John como un hombre que recibe atención y aprobación masculina y tolerar la ausencia de sexo? Como muchos de mis clientes homosexuales, el Padre John llevaba una vida de aislamiento emocional. Deseaba relaciones de cercanía y afecto masculino pero sólo encontraba sexo de corta duración. “Tus déficits del mismo sexo serán satisfechos por medio de vínculo masculino, no con sexualidad masculina. Mira lo que hiciste el sábado. Vas y te sientas en el sofá con un extraño y habláis durante tres o cuatro horas, te gusta mucho, luego tienes sexo. Pero ¿Qué es esto… No quieres volver a ver más a ese tipo? Hay una contradicción ahí. ¿Cuál es tu actitud sobre esa conducta? ¿Está bien o no está bien?” El Padre John respondió: “No estoy seguro de si me molesta esa forma o la otra. No estoy seguro. No estoy seguro de que vaya al infierno por tener intimidad con un hombre durante una noche.” “Mira,” le dije abruptamente. “Dejemos los eufemismos ilusorios. No llamemos intimidad cuando fue solamente simple sexo. ¿Cómo puede ser intimidad cuando no quieres volver a ver más a ese tipo?” Habló más alto y ahora parecía enfadado. “No voy a darte una respuesta sobre mí mismo en este punto porque no sé cuál es la respuesta.” “¿Sientes que estoy apretando demasiado duro ahora?” Pareció aliviado por mi pregunta. “No,” respondió. “Está bien, Joe.” “Está bien no tener una respuesta ahora,” dije. “Aprecio que respondieses a mi pregunta honestamente.” Hubo un largo silencio entre nosotros. Pregunté: “¿Cómo te sientes deambulando por ahí fuera?” “Hasta cierto punto, me gusta. Ciertamente ese par de horas me da satisfacción. Y hay una validez para seguir mis sentimientos. ‘Ahí es donde estoy en mi vida ahora.’ He reconocido estos sentimientos. Los he aceptado y estoy empezando a comprenderlos. Puede que comprenderlos sea todo lo que puedo pedirme.” Se encogió de hombros. “Ya sabes, a veces siento: ‘Bien, esta es mi vida. Cualquiera que fuera la causa de que sea así, estoy atrapado con ello. Debería dejar de tocarme por encima de la cabeza, intentando cambiar.’ Pero por otra parte, la terapia me ha ayudado mucho. La mayor parte de mi felicidad y auto-aceptación reciente es un tributo a la comprensión que he obtenido de ella. Podría decir: la verdad me ha hecho libre” “Pero sabes, Joe, lo que me preocupa es que mientras los conceptos pueden estar bien y ser verdaderos –creo que tienes razón, estoy intentando satisfacer déficits del mismo sexo –puede que haya un error en el proceso terapéutico. Puede que no merezca la pena intentar cambiar.” Me miró seriamente. “¿Cómo va el proceso, Joe?” Antes de que pudiese responder, continuó. “Miré atrás a ese niño pequeño que fui, que no vivía sino vergüenza, temor y aislamiento. Nadie con quién hablar, sin amigos reales, dando favores sexuales detrás del establo a un primo ocho años mayor. No tenía identidad. Me daba miedo la muerte. Estaba a la deriva, vacío, solo. Todo lo que tenía de amistad y cercanía era sacudírsela a ese chico mayor.” “Siempre ese gran sentido profundo de desconexión,” dije. “Sí,” dijo. “El sexo me sacó de esa desconexión. Y Joe… esta parte de mí puede que no cambie. Puede que esté cogido para siempre buscando esa rápida situación. No quiero colocar un golpe de culpa sobre mí mismo por lo que hago –por si acaso lo hago de nuevo.” “Quiero ser realista,” continuó. “Si esto va a ir tan lejos como que voy a crecer y a cambiar de vida, quiero aceptar lo. Quiero tener sexo si siento como que tengo sexo. Y no me importa tener que cargar con alguna culpa.” Luego añadió: “Creo que lo que te estoy diciendo es que quiero que me contradigas. Quiero oírte decir: ‘¡Pero no puedes!’” “¿Por qué?” Pregunté. “Quiero que me digas que no es realmente en este punto donde me encuentro en mi desarrollo. Este es el niño que está dentro de mí, el niño que habla ahora –el niño que desafía a su padre.” “Eso es lo que es,” estuve de acuerdo. El Padre John hizo una pausa. Luego se introdujo súbitamente en una profanidad enfadada. “Sé que no estoy follando mujeres, que no soy una mujer –pero también sé que no soy un maldito hombre. ¿Qué mierda soy yo? ¿Un híbrido varón-hembra? O ¿sólo un niño pequeño en el cuerpo de un hombre de mediana edad que se vuelve baldío?” “Hay un niño pequeño herido ahí,” le aseguré. “Hay un niño pequeño herido.” “Ciertamente lo hay.” El Padre John mostró una ligera señal de placer en su cara. “Es algo de lo que has hablado muchas veces en teoría pero ahora puedo verlo. Tienes razón –este niño pequeño tiene que ser tratado.” Me miró con curiosidad. “Pero quiero saber cómo pasé de ser un niño herido de 5 años a tener la conducta sexual actual. ¿Por qué?” “Para llenar un vacío interior.” “Puede que tengas razón,” admitió. “Pero si tener vida sexual activa, como lo hago, procede de dolor, no es dolor actual. Hoy no tengo ninguna causa de dolor. Mis padres murieron hace tiempo, en paz descansen. Tengo vocación religiosa. Debo decir que nunca había tenido una mejor situación de vida.” “Un hombre que se encuentra llevando a la práctica sentimientos inaceptables está viviendo con un vacío que arrastra desde relaciones tempranas,” expliqué. El Padre John se giró hacia mí con una voz llena de frustración. “¿Por qué me vi envuelto en esto? Las tiendas porno, el atractivo de las cosas que odio, la doble vida que traiciona el voto que hice cuando me hice cura… ¿Por qué tengo tanto conflicto?” Antes de que pudiese responder, continuó: “Ya sabes, a veces he sentido que estas sesiones están llenas de mierda. Podría sentarme en casa y meditar esto yo mismo, por Dios. Pero ahora veo que realmente necesito que llegues al fondo de esto.” Su voz se hizo más tensa. “Porque realmente estoy sintiendo a ese niño pequeño. Estoy sintiendo el aislamiento y el sufrimiento que el niño pequeño soportó.” Suspiró pesadamente. “Puedo ver que a no ser que volvamos a ese niño pequeño –sanar a ese niño pequeño- no voy nunca a ser un hombre.” Levantándose de su silla, gesticulándome de modo suplicante mientras preguntaba: “Por tanto, ¿Qué es lo que debería hacer ahora?” Le dije: “Necesitas relaciones masculinas cercanas y honestas –intimidad, con todo lo que la palabra implica. No estamos hablando de sexo. Necesitas dos o tres hombres en tu vida para que de verdad puedas tener la experiencia de conocerles –no sexualmente, sino como amigos. Conocerles de la forma en que nunca conociste o comprendiste a tu padre. Nuestra relación satisface estas necesidades hasta un punto pero es artificial debido a los límites terapéuticos necesarios.” “No es artificial para mí,” protestó el Padre John. “He construido una enorme confianza en ti. Te he dicho muchas cosas de mí que no he dicho nunca antes.” Me miró, expresando sus ojos una mezcla de afecto e ira. “No quiero sentarme en algún jodido bar y hablar con un extraño, contándole las mismas cosas que te he dicho a ti.” “Por supuesto que no,” coincidí. “Necesitas una amistad genuina –un hombre de grupo, por ejemplo, que comprenda tus luchas. Pero en algún punto chocarás con la exclusión defensiva del homosexual –por lo que también necesitarás estar cerca de un hombre heterosexual que pueda darte una perspectiva diferente.” Dijo el Padre John: “Pero primero necesito comprender más de ese niño pequeño herido.” Y con eso concluimos nuestra sesión. Pasado el tiempo, las conductas sexuales del Padre John comenzaron a disminuir. Hablaba menos de sus atracciones sexuales y más de su relación con Dios. Al mismo tiempo que se hacía más fuerte para mantener su voto de celibato, parecía más libre para crecer en comprensión espiritual. “Mi actitud hacia Dios ha sido tan perversa durante tanto tiempo,” dijo el Padre John un día. “Nunca habría soñado que estaría diciendo esto pero –odiaba a Dios, en verdad le odiaba.” Estuvo en silencio. Luego dijo: “Desafortunadamente, he proyectado mucha de mi propia mierda sobre este ser al que he estado llamando Dios.” “Por supuesto,” dije. Continuó –este hombre que era siempre tan verbal- “Cuando me siento separado de Dios, entro en este modelo de pensamiento oscuro y retorcido. Toda mi vida ha sido una clase de auto-expiación para sobornar a Dios. Durante diez años de mi presbiterado ha existido este ciclo compulsivo y vacío de sacudírmela y chupar una polla. Entonces corría a la varita mágica de la confesión para estar bien con Dios y estar limpio de nuevo… Luego todo lo sexual explotaba otra vez. Es enfermo. Todo mi enfoque enfermo de la religión ha sido para sobornar a Dios. He estado intentando sobornarle, diciendo: ‘No me condenes por vivir esta doble vida y te daré todo el resto de mi vida.’ A lo largo de toda esta relación cíclica y vacía con Dios, no he sentido más que ira y odio.” “Incluso he tenido miedo de acudir a Jesús porque Jesús es un hombre y he estado completamente alienado de los hombres y de la masculinidad.” Respiró profundamente y continuó. “Aunque esta adicción al sexo todavía es fuerte en mí, ya no siento el enorme desamparo que sentía anteriormente. Estoy llegando a sentir que puede que Dios pueda tratar este lío. Que comprenda mi lucha.” Silencio de nuevo. Luego: “Freud tenía razón. Dios es una proyección de la figura paterna. Las relaciones que tenemos con nuestros seres queridos en la tierra pueden expandir o estrangular nuestra experiencia de Dios. He estado atrofiado en la relación con mi padre terrenal por lo que me ha sido difícil conocer a mi padre celestial.” “Esta relación nueva que tienes con Dios es muy heterosexual,” señalé. “¿Qué quieres decir?” El Padre John parecía sorprendido. “Un chico homosexual le tiene miedo y desconfía de su padre y asocia esos sentimientos con Dios. No sólo se esconde de sus padres terreno y celestial sino también de los demás chicos, sus jefes y sus patrones.” Continué: “El chico homosexual huye y se esconde de su padre – de la misma forma en que has estado huyendo de una relación con Dios, el Padre. Cuando el chico heterosexual siente hostilidad hacia su padre, permite que la hostilidad salga a la luz- la pone ahí fuera. Cuando huiste de Dios y le excluiste de tu lucha, era la forma de esconderse del chico homosexual –una huida del desafío del padre. “El primer desafío que el chico pre-homosexual rechazó fue el desafío del padre. Mientras crecía continuaba huyendo del desafío masculino. Pronto se dio una tensión dolorosa entre él mismo y otros hombres. Alienándose del mundo masculino, romantizó a los hombres e intentó liberarse de esta tensión con contacto erótico.” El Padre John asintió. Durante un largo tiempo, hubo silencio entre nosotros. Al fin, dijo: “De aquí está saliendo mucho bien. Los santos sean alabados… Puedo sentir la reacción dentro de mí. Finalmente estoy alcanzando algo real. Todo en mi corazón ha estado abriéndose a este nuevo Dios que he estado viendo.” Continuó: “El desafío cristiano, creo, es reestablecer la armonía con nuestro Creador. De algunas formas muy importantes he roto el nexo entre Dios y yo. Estoy forzado. He perdido la alegría de vivir, he estado deprimido y amargado. La consecuencia, si me quedo alienado, es la muerte.” “Incluso en plena alienación de mi homosexualidad, se me ha desafiado a luchar para mantenerme en la rectitud de Cristo. Estoy empezando a ver que de formas inesperadas, esta maldición de la lucha homosexual me ha traído bendiciones.” “De formas sorprendentes,” le dije, “somos bendecidos por nuestras luchas. Pueden terminar simplemente como un ciclo neurótico y fútil. O pueden redimirnos.” El Padre John respondió: “Creo que mis propios compañeros curas no comprenden cómo tratar esto. El consejo tradicional de la Iglesia para la conducta homosexual es arrepentimiento, arrepentimiento y arrepentimiento, luego tomar baños fríos y conseguir un hobby. Pero si no has solucionado nada, eres arrojado de vuelta al ciclo sin fin sin confesión. Entonces, existe el consejo de los curas liberales y gays: ‘Dios te ama no importa lo que hagas. Quieres acostarte con algún tipo, Dios lo comprende.’ Ambos extremos pierden la verdad esencial.” Mientras escuchaba sus palabras, me sentía privilegiado de oír el fluir de revelaciones que vienen sólo de la lucha personal de un hombre. El Padre John estaba encontrando por fin lo que había estado buscando durante tanto tiempo. Varias semanas después, él y yo entablamos una discusión sobre el sadomasoquismo en las relaciones del mismo sexo. El Padre John me había preguntado por qué se sentía tan atraído a ese tipo de pornografía. “Existe una gran cantidad de masoquismo en la relación de homosexuales con otros hombres. Es un modelo que comenzó en la relación con el padre. Cuando el niño pequeño quiere cercanía con su padre y no la consigue, se da una voluntad de degradarse a sí mismo para recibir esa atención. Es una forma hostil y auto-nociva de ganar puntos con el padre. Esa es la razón por la que la vida y pornografía de fantasía del homosexual contienen temas de sadomasoquismo. Quiere el amor y la atención de alguien hacia el que siente hostilidad. No son siempre cadenas y látigos que ves sino los mayores temas sutiles de control y dominio que son tan característicos de la pornografía gay.” El Padre John respondió: “Nunca olvidaré que mi padre era un hombre grande y robusto. Tenía brazos enormes y solía minusvalorarme porque era este niño pequeño, anémico y larguirucho. Decía: ‘¿Crees que alguna vez tendrás grandes músculos como estos? ¿Crees que alguna vez serás un hombre grande y robusto como yo?’” “Un buen padre habría dicho: ‘¡Guau! Mira ese pequeño músculo. Realmente está haciéndose mayor.’ ” El Padre John continuó: “Mi padre siempre parecía que me ocultaba su masculinidad, como si no fuésemos iguales. Si alguna vez le cogía quitándose su ropa de trabajo, cerraba rápidamente la puerta como diciendo: ‘Eres diferente; no formas parte del grupo de los hombres.’ No puedo recordar el mirar nunca de reojo a mi padre desnudando su miembro. Me pone enfermo pensar que mi padre no compartía su masculinidad conmigo.” Dije: “Así es como se siente el homosexual cuando mira a los hombres. Se siente estafado y enfadado. El mundo de los hombres es un misterio. Los hombres heterosexuales parecen poseer esta cualidad de masculinidad que es tan fácil, tan carente de timidez, tan natural –y el gay no la tiene. Donde existe una intensa dependencia y ansia de algo, allí simplemente lo que se consigue es estar enfadado.” Continué: “La mayoría de los hombres sienten ira hacia sus padres porque sienten que no consiguieron la suficiente afirmación masculina. Dejados con este sentimiento de dependencia e ira hostil, sienten una excitación masoquista cuando son degradados. Aunque se les esté tratando duramente, se da una excitación porque han establecido una conexión –han roto las barreras. ‘La única forma de poder estar cerca de lo masculino es rebajarme’, dice el tipo. Esto explica el placer que se tiene tan a menudo en las relaciones sadomasoquistas.” Pensé en el primer cliente que me enseñó esta introspección en la pérdida y sadomasoquismo masculina. En la escuela de graduación, no era políticamente correcto discutir la causa o el tratamiento de la homosexualidad, por lo que mi formación como psicólogo no me preparó para mi trabajo. Pero cuando estaba de interno en un hospital, me enfrenté con el caso de Ryan, un niño de 8 años, cuya madre estaba preocupada por la conducta infantil y socialmente inapropiada además de su experimentación con otros chicos. Mi única clave para el problema de Ryan era su queja progresiva y amarga de que su padre lo ignoraba. Hambriento de atención masculina, A Ryan le encantaba verme cada semana y mientras crecía nuestra relación, odiaba marcharse cuando terminaba nuestra sesión. Su conducta llegó a ser cada vez más agresiva físicamente hacia mí y los límites físicos pronto se convirtieron en un problema. Su forma de quererme parecía un asalto. Escalaba sobre mí agresivamente, con exigencias, casi con enfado, como si no pudiera saciar su afecto. Sabía que esta intensa relación de amor-odio tenía mucho que ver con los sentimientos ambivalentes del chico hacia su padre. “Ya sabes, Joe,” dijo el padre John, “tuve una introspección la semana pasada. He estado utilizando la pornografía para demostrarme lo que son los hombres. Cuando estoy en un cine porno o chequeando hombres, entro en esta necesidad de saber cómo es ser él.” Sus palabras resonaban en mis oídos. La base de la atracción homoerótica es la necesidad de averiguar cómo es ser él. “De algún modo, en mi mente de niño pequeño, esos tipos de la pantalla eran hombres reales, como lo que yo quería ser. De algún modo, los actores porno representaban para mí lo que son los hombres en verdad.” “Luego me iluminó: ‘A propósito, ¿quiénes son esos hombres? ¿Por qué estarían haciendo eso –delante de la cámara, no menos- si eran tan normales?” “Comencé a considerar: ‘¿Tienen trabajos de nueve a cinco? O ¿esos pobres bastardos necesitan ese dinero malamente? ¿Cuál es su nivel de auto-estima? ¿Tienen novia?’ La fantasía gay es que estos actores porno son tipos regulares en todo sentido excepto en que hacen esto delante de la cámara. ¡Dame un descanso! “Mientras crecía en mi propia masculinidad, veo a estos pobres hombres no como imágenes masculinas a las que mirar sino como hombres que sólo están tan destruidos como lo he estado yo.” “Nada termina nunca, Joe.” El Padre John utilizó estas palabras para abrir nuestra siguiente sesión. Estaba hablando de su búsqueda de una conciencia expandida del pasado, diciendo que si íbamos a pasar todos los días profundizando en nuestros recuerdos, nunca nos conoceríamos totalmente. Ni seríamos liberados totalmente de nuestros primeros conflictos.” “Los deseos que he tenido son todavía una parte de mí. A veces voy en coche todavía por el Circo de los Libros, ya sabes. Sin embargo, hay una reacción extraña cuando llego allí.” El Padre John parecía contento consigo mismo. “Después de un poco de tiempo, tengo un sentimiento de aversión. Estoy lleno de odio hacia esa basura y una ira en la que he gastado demasiado tiempo precioso y energía. La pornografía es una violación psíquica de mi bondad y de mi persona. Es nociva tanto emocional como espiritualmente. Me agota y luego me cuesta dos días recuperar mi sentido de dignidad.” “Cuando siento esos viejos impulsos familiares de ir al Circo de los Libros o a deambular, digo: ‘Señor Jesús, tengo un gran dolor dentro de mí que se enmascara en llevar a cabo este deseo sexual. Ayúdame a sanarlo.’ “Y ya sabes, Joe, lo desordenados que estuvieron mis padres –Descansen en Paz- Creo que han sido perdonados y que están en el cielo, por lo que les rezo a ellos también. Digo: ‘Padre y Madre, ahora estáis en un lugar diferente, si Dios quiere, sois totalmente uno con vuestra sexualidad. Dejad que alguna parte de la bondad que están experimentando baje a mí ahora para que pueda ser la persona íntegra que quiero ser.’ “Ya no estoy agachándome en una esquina y sintiendo vergüenza de mí mismo. Incluso cuando tengo este impulso compulsivo, hablo con Dios, y le digo: ‘Permíteme utilizar esta experiencia con toda su negatividad. Utilízala para enseñarme, como dice el escritor Colin Cook, para fracasar con éxito. Señor, si alguna vez te fallo, devuélveme a la victoria.’” “Esto me ayuda, Joe, a rezar y bendecir a Dios. Luego, cuando veo a un hombre atractivo, miro su polla y luego alabo a Dios por poder mirarle solamente y luego seguir con mi vida. Es un ejercicio que hago en mi mente. Imagino al hombre como esposo y padre. Dibujo su sexualidad en un contexto natural. “¿Y sabes qué más?” Me ha estado pasando una cosa bonita recientemente. ¡Me doy cuenta de las mujeres! No es forzado, no una idea mental que estoy poniéndome sobre mí mismo. Estoy descubriendo esta apertura en mí mismo a darme cuenta de la belleza de una mujer. Estoy abierto a sus fortalezas y habilidades mentales, incluso de sus atributos físicos. Cuando veo a una mujer bonita bendigo al Señor. Es sólo una cosa normal y natural que ha empezado a suceder.” “No trato de comprenderlo, sólo bendigo a Dios porque haya una mujer ahí y sea bonita. No hay cuerdas atadas, no hay compulsión sexual. Ella sólo está allí y bendigo al Señor. “Hubo un momento hace quince años en el que compraba una revista Playboy y miraba al desplegable central e intentaba masturbarme, intentando ser normal. Pero ahora estoy consiguiendo sentirme más cómodo con cualquier nivel de atracción que sienta o no.” “Solía entrar en el baño de los hombres y quedarme de pie al lado de otro hombre y lucho por orinar. Siempre era como un sentimiento de defensa, la presión que ponía en mí mismo –como ‘esto es una prueba del sistema de emisión de urgencia’- y si no podía orinar no era un hombre.” “Hasta el final del instituto e incluso en el seminario pasé un infierno sosteniendo mi vejiga –Creo que tenía la mayor vejiga de Los Angeles por toda este tensión. Pero ahora puedo hacerlo. Creo que porque estoy más en paz con quien soy como hombre.” Durante muchos años, el Padre John había estado en un predicamento común para muchos curas. Había utilizado su rol de cura como una forma de evadirse. El presbiterado puede ser un lugar solitario, con el cura alienado no sólo de de los demás curas sino de los parroquianos. “Hoy llamé a uno de los diáconos y compartí con él algo que sucedió durante la semana,” continuó el Padre John. “Sus palabras cercanas hacia mí fueron ‘Te quiero.’ Me dije cuando colgué: ‘Qué bonito, en verdad necesitaba eso.’ ” Continuó: “Puedes escuchar la misma sonata un millón de veces, luego de repente un día en un concierto, comienza un movimiento y piensas: ‘¡No me había dado cuenta de que esa pieza estaba ahí!’ Luego entras en esta parte no familiar y de repente todo es bonito para ti. Podría decir que la melodía encantadora que he descubierto recientemente son las relaciones buenas con los hombres casados como este diácono.” El Padre John también había hecho amistad con Tom James, el miembro casado de nuestro grupo de psicoterapia. Dijo: “Estaba con Tom la otra noche, entrando en el dolor con el que he estado tratando. Tom dijo: ‘Sólo quiero sostenerte,’ y me sostuvo. Yo estaba rígido, como un cubo de hielo –con miedo a la muerte. Dijo Tom: “¡Estás temblando!’ Estaba tan determinado a aceptar el calor de su amistad pero a no permitir cualquier sentimiento malsano. Luego me relajé. Lo que Tom me dio fue una palmada en la espalda y la necesitaba. Las relaciones de afecto como esta me están liberando para centrarme en mis necesidades reales, como fortalecer mi identidad masculina que he buscado en otra gente.” “Todo este proceso no es sólo psicológico sino realmente espiritual. He volado años luz en sólo los doce meses de trabajo contigo, Joe. Estoy echando una mano a los demás y permitiéndoles que me ayuden. Y estoy encontrando también la confianza de permitirme ofrecer asesoramiento. La semana pasada, un chico joven entró en el confesionario y habló de su lucha con los sentimientos homosexuales –‘El Gran H’, El Señor le ayude. Estaba triste por la culpa que te echa la Iglesia Católica. Pude ofrecerle comprensión y dirección específica debido a lo que estoy aprendiendo de mí mismo.” “Le expliqué a este chico que si sus necesidades naturales y genuinas de masculinidad permanecen insatisfechas, continuará experimentando sentimientos homosexuales. Que si puede encontrar estas necesidades auténticamente por medio de relaciones del mismo sexo platónicas, puede difuminar ese impulso sexual que busca romper las barreras eróticamente. Puede derribar esa tensión de formas sanas… constructivamente.” Añadió suavemente: “No estoy seguro de que la conducta homosexual sea pecado mortal. Dios comprende el déficit que nos lleva a ella.” Añadió pensativamente: “Me gustaría que la Iglesia fuese comprensiva.” “Es tarea difícil,” coincidí. “Y tienes razón –nada de esto se termina nunca. Los Alcohólicos rara vez pierden completamente el impulso de beber. La gente que crece con la auto-estima baja no se transforma en gente que explota de auto-confianza. Nunca llegamos a la plenitud en esta vida.” “Pero lo estoy haciendo mucho mejor –sean alabados los santos. Ahora mis tentaciones sexuales son una tentación de fondo. Han dejado de preocuparme,” dijo. “Esa es la esencia de ello. Eres consciente de las atracciones, has crecido en consciencia.” “Eso es justo lo que es,” coincidió. “Es una consciencia desarrollada. Una consciencia más plena. Comprendo estos sentimientos y ya no me esclavizan.” Una mañana soleada de primavera cuatro meses después. Vino el Padre John, tomó su asiento en el sofá y me sonrió con paz y auto-satisfacción. Ambos sabíamos que se acercaba al fin de su terapia. “Hoy es tres de junio, fiesta de San Carlos Luanga –patrono de los homosexuales,” me dijo. “Creo que el espíritu de San Carlos me ha estado guiando. Estaba limpiando mi armario la semana pasada y me encontré una vieja película porno que solía llevar conmigo a la Tropicana. Para mi sorpresa, sólo pude ver un pequeño segmento de ella antes de de que algo cerrase y dijese: ‘¡Esto es enfermo! Esto no es definitivamente sano.’ Viendo la película sentía que disminuía mi integridad. Mientras la veía le decía a Dios: ‘Esto no viene de ti. Esto es hecho por los hombres y no es bueno para mí.’ “Ahora, cuando tengo ese impulso familiar de ir al Circo de los Libros, soy consciente de que es una necesidad más profunda lo que estoy sintiendo, enmascarada de erotismo. Empiezo a hablar inmediatamente con Cristo. Digo: ‘Jesús, ayúdame con este vacío que se enmascara como deseo erótico.’ Después de todo, Joe, ¿Cómo llena un hombre un vacío de su corazón con películas porno?” Advertí: “Esas adicciones te pueden llevar otra vez a tu vida del pasado si no te cuidas.” “Sí, lo sé. Pero una de las mayores esperanzas de cambio que veo,” me dijo el Padre John, “es que ahora cuando caigo, no me paso de la raya y me revuelco en la miseria de la culpa. Esa fue la historia de mi vida –ir a confesar y admitir mi error y luego volver a meterme en el mismo ciclo sin fin. Ponía una tapa. Lo atornillaba para abajo –pero luego todo explotaba otra vez.” En un tono confesional, me dijo: “Por primera vez en mi vida, en verdad he estado afrontando mis sentimientos homosexuales. No sólo reprimiéndolos. Realmente estoy afrontando lo que estoy haciendo. Ahora puedo decir la verdad: ‘Soy un adicto y lo estoy tratando.’ ” “He estado pensando sobre este problema global de la masturbación. Quiero liberarme de ella también –para mantener mi voto de castidad. Creo que sólo tengo que ser honesto con Cristo. Digo algo así: ‘Me siento como si estuviese masturbándome en este momento y no soy feliz de estar rindiéndome a ella. Pero Jesús, quédate conmigo en la batalla a pesar de mis sentimientos.’ ” Pensó durante un par de segundos. Luego dijo: “Mi forma de tratar a Dios en el pasado era dejarle fuera, para evitarle. Entrar en lo oscuro y sacudirla en la esquina. Ahora sé que Dios prefiere que le afronte.” “No tenía relación con Dios Padre porque no tenía concepto de padre. Puedo ver cómo algunas feministas que tuvieron relaciones terribles con sus padres quieren un Dios femenino. No pueden confiar en Dios, Padre.” Durante su última sesión El Padre John lamentó: “Esta terapia ha quitado la diversión de un encuentro homosexual. Aunque sé que puedo caer una vez en un instante, sé que no va a satisfacerme. El acto se ha convertido en una carga. Ya no mantiene la excitación –la esperanza, la fantasía –que una vez lo hizo tan atractivo.” “Ahora sé a dónde me lleva,” dijo enfáticamente. “No me lleva a ningún sitio.” CAPÍTULO 4 CHARLIE, LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD MASCULINA Uno de los hombres más inteligentes e introspectivos de los que he tenido el privilegio de conocer es Charles Keenan, o Charlie, como me pedía que lo llamase. Charlie tenía una ligera estructura y algunos amaneramientos afeminados pero esto no indicaba debilidad de carácter en absoluto. Charlie era un hombre de una fortaleza inusual y de una claridad de propósito. Con treinta y dos años, Charlie era el jefe de una biblioteca biomédica universitaria en la que había trabajado durante varios años. Era culto, bien hablado y muy educado. En la primera sesión de Charlie, cruzó la sala y se sentó rápidamente como alguien que sabía exactamente lo que quería. “En los últimos diez años he tenido muy poco flirteo con el mundo gay,” dijo. “Durante un año he tenido una relación gay. Un chico llamado Derek. No es una mala relación –nos tratamos mutuamente bien- pero quiero algo más en la vida. Veo claramente que esto no lo es todo.” “¿Qué quieres decir con ‘todo’?” Le pregunté. “No tengo esposa, no tengo hijos y no tengo la clase de relación con la que quiero envejecer.” “¿Y qué tipo de relación es la que estás buscando?” “Bien, sólo pienso que falta algo en lo que un hombre puede darle a otro.” Hizo una pausa y suspiró, intentando encontrar las palabras adecuadas para continuar. “Ya sabes, la mayoría de los gays que he conocido insisten en que los homosexuales nacen así. Pero no puedo evitar verlo como un insulto a mi dignidad cuando se me dice que soy así debido a algo genético. He pertenecido al mundo gay durante bastante tiempo como para decirte que cuando un hombre ansía la masculinidad de esa forma que tiene que intentar absorber la de otro hombre, entonces existe –innegablemente- un gran problema. “No quiero ser gay,” continuó con ira. “Nunca creeré que eso ha sido determinado para mí de forma genética.” Encendí mi pipa y me incliné hacia delante, impaciente por oír más de lo que este hombre trataba decirme. “He leído mucho sobre la homosexualidad,” dijo Charlie. “Trabajar en la biblioteca de la Universidad me ha dado la oportunidad de leer docenas de volúmenes sobre la materia.” Se rió de forma ahogada. “Paso mi hora del almuerzo alrededor de la sección WM 16. De hecho, uno de los libros que he leído es tu Terapia Reparativa de la Homosexualidad Masculina. Me ayudó mucho y decidí llamarte cuando averigüé que estabas aquí en el área de Los Ángeles.” “Me alegro de que te ayudase,” le dije. “¿Qué tal con el síndrome del déficit de identidad de género masculino que describo en él? ¿Refleja tu propia experiencia de forma exacta?” Charlie se rió. “¡Es la historia de mi vida!” “Bien. Entonces, háblame de ti mismo. Comencemos con tu infancia.” Ambos nos sentamos en nuestras sillas y nos pusimos cómodos. Charlie suspiró y miró afuera de la ventana. “Ya sabes, mirando atrás a mi infancia”, dijo, “puedo ver que nací artista, puede que un poco sin aserción.” Podía ver que estaba impaciente por hablar pero encontrar las palabras adecuadas era una lucha evidente. “Creo que no tuve los… los compinches usuales varones porque era… diferente, más en la parte sensible. Tuve una operación de rodilla cuando era joven, que me dejó un poco blando y que me impidió hacer muchas cosas masculinas –todo ese béisbol solar. Pero no creo que nada de eso en sí mismo signifique que tenía que ser homosexual.” “Estoy de acuerdo,” dije. “Muchos chicos pre-homosexuales encajan en la imagen que me has dado –sensible, sin agresividad, estando excluido de las actividades masculinas. Pero algunos otros chicos que crecen heterosexuales encajan también en esta imagen. Algo más que eso produce que un chico sea homosexual.” “Bien,” continuó Charlie, riéndose, “Me temo que tenía algo más –tenía la base homosexual clásica. Fui educado en una casa de mujeres, con una madre que me mimaba, una abuela dominante y dos hermanas mayores. Mi padre decidió básicamente muy temprano: ‘No puedo manejar esta familia. Estaré alrededor, pagaré las facturas pero no me voy a implicar en absoluto con nada de esta casa.’ Así que no tuvo ninguna relación profunda con ninguno de nosotros. Era básicamente un hombre bragazas y agradable pero un extraño.” Después de una breve pausa Charlie prosiguió: “Estoy seguro de que mi padre tenía sus propias inferioridades privadas. Algo le iba mal. Fuera gay o no, tenía algún problema con su masculinidad, porque ciertamente no sabía cómo dirigirse como hombre en su propia casa. Realmente dudo de que supiera qué hacer con un hijo. Tiene este niño pequeño y piensa: ‘¿Qué demonios hago con éste?’ Mi madre y mi abuela me convirtieron en un mariquita. Leía, dibujaba, me quedaba en casa –ya sabes, todo lo clásico. Se podría decir que durante muchos años mi madre me absorbió. Condujo mi vida para sus propios fines. Su relación con su propio padre fue horrenda, también con su hermano y luego con su marido. Así que yo era el nuevo varón pequeño, el moldeable, sobre el que ella podía resolver toda su mierda. Ella quería la clase de relación con un varón que no había tenido antes por lo que me cogió para sí misma y me secó.” “Imagino que nunca quisiste estar de nuevo cerca de una mujer,” comenté. “Bien, en verdad, he tenido un par de novias. Pero todas las mujeres con las que quedaba eran como mi madre. Yo no tenía identidad, dignidad, límites con mi madre. ¡Y rechazo casarme con mi madre!” Riéndose, dijo: “Las elijo perfectamente. Siempre me encuentro atrapado en lo que tú defines muy bien como el rol del buen chico.” Continuó: “Lo odio. Me quitaron la vida siendo ese chico bueno.” Aporreó su puño en el apoyabrazos de la silla, expresando su cara ira y vergüenza. “¿Cuándo te diste cuenta de que eras homosexual?” Charlie suspiró y se relajó en los profundos cojines, cerrando los ojos por un momento. “Tenía alrededor de 13 años,” dijo. “Me invitaron a una fiesta de acampada con un grupo de adolescentes. Me invitaron porque yo estaba con las chicas y pensaban que yo podría ser un “in” para ellos. Pero entonces el semental del grupo, se hizo amigo mío, tuvimos sexo y ¡bingo! ¡Aquí soy aceptado por el semental! Tengo esta relación especial con el líder del grupo. Satisfago sus necesidades sexuales y me protege”. Interpreté: “El sexo se convirtió en tu entrada rápida en el mundo de los hombres.” “Así es,” dijo. “Así que aquí me siento como un hombre, soy uno de ellos. Había descubierto una forma de relacionarme con este chico. Siempre le había admirado desde la distancia. No sabía lo que iba a pasar pero pensé: Lo mismo da… y… tenía que admitir que era bastante excitante.” “¿Así que tuviste sexo con hombres desde ese momento?” “En verdad, no. Pasaron unos años más antes entrar en el mundo gay. Tuve un par de relaciones con mujeres en la universidad pero este tipo particular, Andy, estaba todavía en mis fantasías. De hecho, me gustaba pensar que se unía a nosotros. Yo estaba confundido. “¿Quieres decir que mientras hacías el amor con tu novia, te imaginabas que tenías sexo con Andy? “ “No. Andy estaba allí apoyando lo que yo estaba haciendo. Animándome.” “Eso es interesante. Creo que esta fantasía de Andy estaba sosteniendo simbólicamente tu identidad masculina herida,” le dije. “Bien, puede que sí. Porque imaginaba que él estaba al otro lado de la cama animándome y…” buscaba la palabra, “me animaba a tener sexo con mi novia. Me decía que era un semental, que estaba haciendo lo correcto y que me aplaudía mientras lo hacíamos.” Clarifiqué: “Este hombre de fantasía sirve de apoyo que repara simbólicamente tu déficit de identidad masculina.” “Creo que es como dices,” concedió Charlie. “Porque yo estaba allí para ella y hasta cierto punto disfrutaba… pero de alguna forma necesitaba a Andy. Charlie podía tener relaciones heterosexuales pero necesitaba la imagen de la masculinidad de otro hombre. Su utilización de la fantasía de Andy revelaba una forma en que se utiliza la terapia reparativa para sanar la masculinidad herida de un hombre. Me proporcionó también una forma de expresar lo que haríamos en esta terapia. “Charlie, toda esta terapia será la actualización de ese hombre de fantasía desde dentro de lo más profundo de tu propia psique. Por lo que lo encontrarás dentro y no tendrás necesidad de de tomar sexualmente la masculinidad de otro hombre.” “Encontrarle dentro. Me gusta esa idea. Dibujar sobre lo que ya soy pero no he actualizado.” Charlie dijo que quería pensar algo en esa idea, y con eso en mente, cerraríamos nuestra sesión. La semana siguiente decidimos trabajar en algunos aspectos de la infancia. “Ya sabes, Joe, cuando era niño fui engañado,” dijo. Se sentó en el borde de la silla. “Se podría decir que siendo el niño de mi madre fue como fui engañado.” “He pensado mucho en lo que dijiste en la última sesión. De alguna forma,” hizo un gesto forzadamente en el aire con su cigarrillo, “de alguna forma, he continuado engañándome metiéndome de lleno en relaciones gays y no desafiándome a llegar a ser uno de esos hombres de los que me enamoro. “Nací hombre. Es mi identidad y es algo que quiero ser, completamente.” Se inclinó hacia delante, subiendo la voz con frustración. “No es que no me gustase nunca la idea… Sólo que me he sentido inseguro de mi masculinidad. ¿Sabes lo que quiero decir? Siempre he sentido de alguna forma que era excluido del grupo de los hombres.” “Realmente quiero cambiar ese sentimiento. Quiero afirmar el sentido de masculinidad que envidio a los demás y quiero dejar de admirar a los demás hombres. Pero ¿sabes qué es lo que más me enfada?” Puso debajo el cigarrillo y habló enfáticamente: “La sociedad, la psicología, el mundo gay –quieren decirme que nací deseando a otros hombres. Yo no nací así; ¡es una herida que se me ha infligido!” Mientras escuchaba, no podía evitar sentir admiración por la adquisición bien merecida de auto-comprensión de este brillante joven. Había luchado y se había cuestionado a sí mismo y lo que pensaba no era una opinión que le haría ganar amigos en el mundo gay. “Como te explicaba, mi trabajo me ofrece la oportunidad de leer muchos libros de homosexualidad,” dijo Charlie. “Muchos de los libros más viejos de psicoanálisis encajan realmente en mi experiencia. La familia clásica de padre inadecuado y madre sobre-protectora. El niño al que no le gustaban los juegos de peleas. Pero si lees los libros recientes de psicólogos gays pensarías que todo el mundo está de acuerdo en que la homosexualidad es innata, imposible de cambiar y en todos los sentidos, tan normal como la heterosexualidad. ¿Cómo puede ser normal?” Su voz se elevó y se movió hacia una profanidad de ira. “Ya sabes, Joe, ¡la Madre Naturaleza no hizo un pene para entrar en un ano! ¡Es enfermo! ¡Es pervertido! Incluso en el mundo animal… cuando un perro monta a otro, es por dominio y no algo que haría si hubiese una perra en celo que pudiese tener.” Charlie se rió y se sentó cómodamente en los cojines de la silla. Entonces suspiró, miró alrededor y dijo de forma nociva y en voz baja: “¿Quieres oír un chiste verde? ¿Sabes por qué los científicos todavía no han encontrado una cura para el SIDA? ¡Porque no pueden hacer que esos pequeños ratoncitos blancos jodan de forma extrema!” Charlie parecía encantado consigo mismo por la expresión no característica de profanidad. Le dije: “Ya sabes, es verdad, a veces se ve la conducta homosexual en los animales. Pero ninguna especie animal prefiere la homosexualidad. En lo que se refiere a la homosexualidad en otras sociedades, todas las culturas favorecen fuertemente a la heterosexualidad.” Ahora sentía una necesidad intensa de expresar mis convicciones mientras Charlie tenía un momento antes: “Los portavoces gay dicen que somos presuntuosos en utilizar nuestros valores cuando decidimos si algo es normal. Pero entonces, ¿dónde diseña la sociedad la línea de la normalidad? ¿No crees que la pedofilia le parece normal al que abusa de los niños?” “No lo sé,” dijo Charlie. “Es una pregunta interesante, ¿verdad?” “Hubo un artículo en un trabajo de 1990 del Diario de la Homosexualidad,” le dije. “Un tercio de los pedófilos reclamaba en él que su deseo sexual con niños era una parte natural de su constitución. Sentían que era ‘innato’, un ‘hecho de la naturaleza,’ ‘inherente a ellos,’ y así, y lo explicaban diciendo: ‘Simplemente soy así.’ ” Porque creían que nacieron de esa forma, sentían que no podían cambiar. Por lo tanto, afirmaban que tenían el mismo derecho que las demás personas a buscar la expresión de su sexualidad.” “Es increíble,” dijo Charlie. “Ahora no estoy poniendo a la homosexualidad al mismo nivel que la pedofilia,” dije. “Los gays consienten a sus parejas adultas. Pero ambas condiciones son justificadas erróneamente por la reivindicación de que lo sienten normal.” Charlie aporreó su puño a su rodilla y me miró atentamente. “¿No proclaman nuestros cuerpos la sabiduría de la naturaleza con su diseño? “¿No se supone que estamos llamados a vivir la complementariedad natural de varón y hembra? ¿No debería esto demostrar perfectamente el sentido evidente para todos?” “Cualquier hombre con esa idea,” resumí, “no estará satisfecho nunca siendo gay.” La semana siguiente, Charlie decidió hablarme de sus terapeutas anteriores. Estaba impaciente por expresar sus frustraciones. “He estado con tres terapeutas en los últimos cinco años,” dijo. “El primero estoy seguro de que era gay aunque nunca lo dijese. Me dijo que yo era gay y que debía aceptarlo. Se mantuvo diciéndome que fuese al Centro de Servicios de la Comunidad Gay y Lesbiana para hacer un círculo de amigos en la comunidad gay. Fui varias veces y la gente que conocí allí era agradable pero me daban mucha pena. En verdad no podía relacionarme con ellos ni ir adonde iban.” “Ese psicólogo no tenía idea de por qué me podría sentir atraído por los hombres y no quería ayudarme a explorar el asunto. Decía: “No necesitamos saber por qué un hombre es heterosexual, ¿verdad? Así que, ¿por qué tenemos que preocuparnos de por qué eres homosexual? Evitó totalmente discutir cómo pudo haber contribuido la relación con mis padres. Antes de dejarle, le dije: ‘Mira, necesito que me ayudes a ir adonde yo quiero conducir mi vida, no adonde tú crees que deberías llevarme.’ Por supuesto, sentía que yo estaba negando una parte integral de mi naturaleza.” “Mi segundo terapeuta fue un joven heterosexual. Decía que yo era afortunado por ser bisexual ¡porque tenía más compañeros sexuales dónde elegir!” Una risa larga. “¡Tremenda idiotez! ¡Olvídalo! Luego encontré a una terapeuta, una mujer cristiana de buenos pensamientos. Intentó ayudarme a superar mi homosexualidad pero simplemente no sabía cómo. ¡Gasté mi dinero enseñándole lo que sabía de lo que había leído! Finalmente descubrí tu libro y acudí a ti.” Le dije: “Charlie, estoy asombrado por lo que sabes de tu tendencia. De lo que significa y de donde viene.” Contestó: “Estoy asombrado de cómo los demás que están en mi lugar no parecen saber o no quieren saber. Les he preguntado a muchos gays: ‘¿Por qué crees que eres gay?’ No quieren hablar de ello- ¡Tienen un miedo mortal!” Pensaba durante un momento y luego dijo: “Elegir vivir el estilo de vida gay es como un último recurso –una forma conveniente de tener contacto con alguien. Pasé demasiados años para descubrir que lo que vivo es un acceso rápido. Pude seguir así, seguir haciéndolo pero me di cuenta de que no soy el tipo de gente que conforma algo para siempre.” Entonces Charlie verbalizó un asunto nuclear de la condición homosexual: “Siempre he sabido que tengo un problema de intimidad tanto con hombres como con mujeres y sé que tiene que ver con mi homosexualidad pero no estoy seguro de la conexión.” Continuó: “Mi mayor problema es sentirme solo todo el tiempo. Desconectado. Aunque estoy rodeado de gente todo el día en el trabajo, vivo en un aislamiento emocional. La semana pasada me sentía vacío, ansioso como una jalea. No tenía la menor ambición de hacer nada y todo el trabajo parecía demasiado esfuerzo. Una expresión de desespero asumió su cara atractiva y gentil. Esperé a que dijera algo más. Suspiró y continuó: “He tenido éxito recientemente al evitar contactos homosexuales… pero ¿puede que mi éxito se deba simplemente a la edad y a la disminución de la libido? Sonrió arrepentido. En su pequeño chiste oí una tendencia clara a desacreditarse, a no darse crédito por sus logros. Muchos homosexuales en tratamiento son lentos para darse crédito por lo que han conseguido. No se les ha enseñado a reconocer su poder intrínseco. Charlie suspiró impacientemente y me miró directamente a los ojos: “Estoy sin sexo pero estoy solo y… quiero saber cómo puedo dejar de tener sexo con hombres para siempre. Es demasiado difícil hacerlo por voluntad escarpada.” “Me alegra que te des cuenta de eso,” le dije. “Me siento demasiado vacío, demasiado cansado. Como en un callejón sin salida.” “Este vacío,” le dije, “es una tapadera de una energía sin explotar que subyace bajo la superficie. Si no entras en contacto con esa energía y diseñas en ella, caerás en una depresión a toda escala y luego ¿qué crees que sucederá? Le avisé. “La depresión es la calma antes de la tormenta de las relaciones sexuales de nuevo.” “Eso lo sé muy bien,” asintió Charlie. “Puedo imaginarme visitando los bares si no hago algo para conseguir ser reconectado. Espero que puedas ayudarme a encender el fuego adecuado y montarme en el tren otra vez. Gracioso –aunque sé mucho de mi problema intelectualmente, todavía no me siento curado emocionalmente.” Bien, Charlie, se ha acabado el tiempo hasta la próxima semana. Pensemos en esa paradoja hasta la próxima sesión. Porque sí, tienes razón. Hay un mundo de diferencia entre hacer el cambio intelectualmente y hacer el cambio emocionalmente. Cuando nos encontramos otra vez el martes siguiente, Charlie continuó con la discusión de la semana anterior. “Ya sabes, tenías razón cuando me dijiste que era demasiado duro conmigo mismo. Es parte de mi problema. Nunca me doy crédito por nada. Lo paso mal acariciándome. Me estimulo con una idea nueva y luego dejo caer la pelota, cuestionándome a mí mismo a posteriori, y creo toda clase de dudas y miedos que sé que son innecesarios e irreales. Siento un constante embotamiento, una herida profunda en mi interior.” Entonces confesó: “Una de las cosas que me hace volver a paralizarme y a deprimirme es que parece que no sé cómo dejar a mis padres, hablando emocionalmente. Cómo cortar el cordón umbilical y todavía…” Buscaba las palabras adecuadas, “ser su amigo.” “Tener una relación con ellos pero no como niño,” clarifiqué. “Sí. Tener algún tipo de relación de igual a igual con ellos.” Pensó durante un momento, luego añadió: “No sé cómo ser real, cómo ser yo mismo a su alrededor. Cómo relacionarme de forma genuina. No estoy seguro de cuáles son mis sentimientos hacia ellos.” Mientras comenzaba a afrontar cómo no había sido tratado honestamente por sus padres, Charlie entró en una de las fases más dolorosas de la terapia reparativa. Fuera de sus necesidades narcisistas, sus padres, especialmente su madre, le había requerido que fuera el buen chico y de esa forma comprometer su propio desarrollo autónomo masculino. La herida que tienes dentro viene de darte cuenta de que no fuiste reconocido como individuo,” le dije. “En algunas cosas no se te atendió bien y en otras se te mimó demasiado. Tus padres no te dieron un sentido fuerte de tu verdadera identidad.” Es esta clase de infancia que ha llevado a los autores Leanne Payne y Colin Cook a describir al homosexual como huérfano. “Quizás sea eso,” dijo. “Intelectualmente me siento seguro de mí mismo pero emocionalmente… he sentido de alguna forma que no soy nada. No soy nadie y eso me pone enfermo…” Le dije: “Volver y reclamar tu verdadera identidad significa comenzar a trabajar tu camino de retorno a través de la herida.” “¿Qué hay de mi ira?” Preguntó. “También tengo mucha ira.” “Por supuesto. La ira es una defensa contra la herida, contra la injusticia. Por eso muchos de los hombres están enfadados. Su ira no es sólo por la intolerancia de la sociedad con la homosexualidad. Viene de su consciencia, en algún nivel profundo, de que esa parte de su identidad esencial les fue arrebatada en sus primeros años de vida.” “¿Pero cómo reconozco estos sentimientos de ira hacia mis padres? ¿Tengo que repudiarlos emocionalmente?” “No creo que puedas repudiarlos,” le dije. “La tarea es ser un adulto con ellos, no un niño pequeño manipulado por ellos.” Suspiró y dijo: “Me siento paralizado cuando pienso en lo que hay delante de mí.” Le dije: “Esta es una fase crítica y de transición de tu terapia. Ya no eres el niño manipulado pero todavía no sabes cómo ser el adulto autónomo.” “Ahí es exactamente donde estoy,” asintió. “¿Cómo puedo llegar a ser un adulto en la relación con mis padres? Sé que no puedo cambiar a mi padre. Cuando era niño nunca pude conseguir que me reconociese de ninguna forma. Puede que si le hubiera acompañado a practicar los deportes que le gustaban a mi padre –amaba bajar por las aguas bravas del río y pescar. No fui con él sino un par de veces porque no me gusta aplastar los mosquitos toda la noche y escuchar a los coyotes aullar en los arbustos… Cuando empecé a negarme a acompañarle en sus viajes creo que sintió que le rechazaba. De alguna forma, creo que fue culpa mía que me dejase con mi madre y mis hermanas.” “Si centras tu terapia en cambiar a tu padre sabotearás tu tratamiento. Probablemente no puedas cambiar a tu padre pero puedas cambiar cómo relacionarte con él. No quieres volver a sentirte frustrado porque eso te llevará-” “De vuelta a algún otro tipo y eso es lo que no quiero volver a hacer,” dijo abruptamente. “Y regresarás la semana siguiente con los mismos problemas,” añadí. “Tienes razón.” Entonces, añadió pensativamente. “Tan pronto como le doy la espalda a tratar con mi padre, afronto los problemas de nuevo. Puedo olvidarlo por un momento, sacar la lucha de mi mente, pero está claro que pierdo el tiempo, que voy a tener que tratar eventualmente este problema. Si no puedo cambiarlo a él, sí puedo cambiar la forma de relacionarme con él.” Sentía la presión que Charlie se ponía sobre sí mismo y sentía que necesitaba volver a darle seguridad: “No es algo que tengas que resolver instantáneamente. La gran ventaja de esta terapia es que hay muchas formas de progresar –actividad física, desarrollo de amistades masculinas sanas, empezar un diálogo basado en el respeto con ambos padres. Hay muchos desafíos que te harán progresar.” “Porque acabo de sentirme tan golpeado…” “La naturaleza activa e iniciadora de la terapia reparativa enfatiza los desafíos diarios del mundo,” le expliqué. “Pero cuando estás golpeado en un nivel consciente, mira en el inconsciente. Pon atención a lo que se presenta en tus sueños.” Aunque Charlie se sentía estancado, tenía mucho que aprender de la corriente oculta que mana de su inconsciente. Considerando mis palabras, Charlie dijo de repente: “Anoche tuve un sueño raro, que puedo recordar sólo de forma vaga. Lo estaba pasando mal intentando centrarme en él cuando me desperté. Fue tan breve…” Dudó, luego dijo: “¡Ah! Vuelve. Estoy desnudo delante de mi padre.” Me miró y me dijo: “Eso fue todo.” “¿Ningún sentimiento?” Le pregunté. “No, ninguno en particular.” Se encogió de hombros. “¿Había algún sentimiento sexual?” “Nada. Sólo una actitud objetiva de ‘Aquí estoy.’ ” “¿Cómo interpretas este sueño?” “No tengo ni idea. Nunca antes había soñado algo así.” “¿Qué podrías estar intentando decir estando desnudo delante de tu padre?” Respondió: “Este soy yo. ¡Quiero que me mires!” “Este sueño tiene un tema reparativo,” le dije. “Es un intento de auto-curación. Tu padre representa la masculinidad que nunca afirmó en ti. La afirmación masculina que te habría gustado tener. Le dices: ‘¡Mírame! ¡Mírame por lo que soy! Soy un hombre, ¡reconóceme!’ Eso es lo que quieres. Creo que es un sueño importante que representa exactamente lo que quieres alcanzar aquí en la terapia.” Charlie sonrió. “¡Precisamente! La imagen es en verdad tan simple pero tan perfectamente simbólica. Eso es exactamente lo que quiero.” Una mirada de maravilla cruzó su cara. “Es asombroso. En algún nivel de mi psique sé lo que necesito y ya estoy esforzándome en ello.” Se rió. “Creo que no estoy tan golpeado como creo que estoy.” Y con esa frase concluyó nuestra sesión. Unas pocas sesiones después Charlie recordaba cómo, cuando era jovenzuelo, había aceptado tener relaciones sexuales con un chico mayor. Entonces, con vergüenza considerable, admitió que este no había sido simplemente un incidente de una vez sino un patrón regular. Ahora intentaba volver a entrar en el mundo de ese niño pequeño- ¿Qué había buscado? Me preguntó: “¿Qué hace que un chico haga eso, Joe?” El dolor y la vergüenza todavía estaban en su cara. “Se tenía que hacer algo, se tenía que satisfacer alguna necesidad,” le respondí. “¿Pero por qué así?” Se sentó rígido en la silla, con la cara sonrojada y con ira. Entonces Charlie respondió a su propia pregunta: “Era una búsqueda para mí. Algo que no encontraba en mí mismo.” Charlie había tocado una verdad esencial sobre la condición homosexual –que representa un esfuerzo hacia una parte perdida de la identidad. Cuando comencé el trabajo clínico con homosexuales, al principio pensaba que era simplemente un problema sexual. Posteriormente, me di cuenta de que era un problema de identidad de género masculino. Hoy lo veo como un problema de identidad nuclear. La homosexualidad representa una pérdida de la identidad verdadera y de aspectos del poder masculino propio. “La mayoría de estos chicos con los que tuve sexo hoy están casados,” dijo Charlie. “No se engancharon a la homosexualidad como yo.” La percepción de Charlie era exacta. Para muchos chicos, el homo-erotismo satisface una curiosidad normal. Pero para otros chicos, como él, esa conducta expresa un anhelo emocional más profundo. En Charlie había una necesidad de satisfacer su identidad esencial masculina –una necesidad que buscaba liberar en la intimidad sexual con otros hombres. Le pregunté a Charlie: “¿Encontraste alguna satisfacción durante los años posteriores cuando pertenecías al mundo gay?” “De alguna forma, sí,” dijo. “Podía darme un sentimiento muy liberador. Pasaba un par de horas en un bar gay después de un día de trabajo duro en la biblioteca. Al final estaba en un mundo de hombres que estaban en el mismo lío que yo y no había pretexto, nada que esconder… Podría conocer a un chico e ir a casa con él durante un par de horas –era como el placer de disfrutar de un buena comida después de un día duro de trabajo.” Su utilización de la palabra comida me golpeó. ¿El acto homosexual era comparable con comer, devorar? ¿Puede significar la felación el mismo impulso inconsciente para satisfacer alguna necesidad? La Cena puede ser tanto primitiva como placentera, chispeando fantasías del otro hombre dentro del yo, haciendo más fuerte al yo. Pensaba en los ritos de iniciación masculina de las tribus primitivas como la Sambia de Nueva Guinea, donde los jóvenes son iniciados en la masculinidad y la fortaleza por medio del ritual de recoger el semen de hombres mayores. También me acordé de la idea de Carl Jung acerca de la condición homosexual. Como era parafraseado por su biógrafo, según Jung la homosexualidad era “un elemento reprimido e indiferenciado de masculinidad en el hombre… que en vez de ser desarrollado… de las profundidades de su propia psique, se busca en el plano biológico por medio de la ‘fusión’ con otro hombre” (Jacobi 1969, p. 51). Charlie y yo seguimos hablando de los patrones vistos con tanta frecuencia en las familias de los homosexuales. Mientras se insiste en que la homosexualidad es estrictamente genética, los apologistas gays han desestimado la investigación sobre los orígenes familiares de la homosexualidad. Descartan bruscamente las averiguaciones psicoanalíticas clásicas sobre la homosexualidad como “desaprobadas” o “desfasadas.” Temen que si podemos demostrar una conexión con patrones familiares insanos, entonces la sociedad sea menos tolerante con la homosexualidad. Sin embargo, suelo preguntarme, con lo importante que es la tolerancia, ¿debe existir a expensas de la verdad? ¿Por qué no podemos tener la verdad con la tolerancia?” Le expliqué a Charlie cómo el chico pre-homosexual es en términos generales lo que Alice Miller (1987) llama el “niño utilizado” pero que es utilizado de una forma particular. Puede que la madre utilice al hijo pre-homosexual para gratificar las necesidades emocionales que no han sido satisfechas por su esposo. El buen chico que educa es la creación de una percepción femenina distorsionada de lo que se supone que debe ser un hombre. El padre, por otra parte, utiliza al chico pre-homosexual de una forma más sutil. Puede que sea encantador pero inadecuado, o bien intencionado pero descuidado. A veces el padre ha sacrificado al chico por las necesidades de la madre de una mascota. Le concede al chico el mantener a la madre feliz. En cualquier caso, el uso del chico de esta relación triádica sacrifica su masculinidad. Charlie dijo lentamente: “En otras palabras, puede que el chico haya sido inaceptable para su madre hasta que extinguió su masculinidad.” “Nunca la extinguió,” señalé, “simplemente nunca tuvo ningún estímulo para afirmarla. Para quedarse en las buenas gracias de la madre, puede que haya tenido que negar su deseo de masculinidad. Por el amor de la madre ha tenido que sumergir lo que llamamos los esfuerzos masculinos.” “¿Era porque ella quería que fuera su buen chico para siempre?” Preguntó Charlie. “Con frecuencia. Muchas madres quieren que sus hijos sean buenos, puros, que sean para ellas como su pequeña mascota. El rol del buen chico excluye la masculinidad, debido a que la masculinidad lleva consigo la independencia, la autonomía y ejercicio de poder personal,” le expliqué. “Lo que hace al chico diferente de la madre es precisamente su masculinidad. Si lo expresa, su madre piensa: ‘No va a ser como yo.’ Algunas madres se sienten amenazadas por esta diferencia de género.” “Como que a ella le gustaría que fuese su compañero,” dijo Charlie, atornillando la cara con una expresión de disgusto. “Sí,” le dije, añadiendo: “Estas madres no quieren conscientemente que sus hijos sean homosexuales. Cuando descubren veinte años después que su hijo tiene problemas de homosexualidad suelen sufrir un shock y les da mucha tristeza. No se dan cuenta de que ellas mismas ayudaron a poner la base para esa tendencia.” “Y cuando la madre está creando este niño pequeño bueno y neutralizado, ¡el padre no interviene!” La voz de Charlie llevaba una indirecta de ira. Respondí: “Exactamente. Un rol importante del padre fuerte y educado es destruir el vínculo simbiótico cómodo de la relación madre-hijo. Muchos padres son buenas personas pero simplemente no ven lo que está pasando.” “Así que puede que haya muchos chicos con el mismo tipo de madre que tuve yo pero sus padres intervinieron y detuvieron lo que estaba pasando. Si yo hubiese tenido un padre más implicado, la ecuación podría haberse equilibrado de forma diferente.” “Totalmente. Y quizás si tú, tú mismo, hubieses sido un poco más duro y resistente, puede que te hubieras alejado de tu madre y hubieses abierto camino a la reserva y falta de implicación de tu padre. Pero eras un niño sensible y no del tipo que es apto para tomar desafíos emocionales. Por eso la homosexualidad suele ser no un problema de madre-hijo ni de padre-hijo sino un problema de madre-padre-hijo,” le expliqué. “Es un equilibrio entre los tres. El eminente psiquiatra Irving Bieber se refería a él como la relación triádica. Charlie recordó: “Es divertido, estaba mirando recientemente algunas fotos de la familia y mi hermana me dijo que cada vez que sacábamos una foto familiar yo no quería salir en ella. Conseguía escabullirme fuera de la cámara.” “Una retirada. Un sentimiento de diferencia. Oigo esto todo el tiempo. El chico pre-homosexual no se siente parte de la familia.” “Seguro que como yo,” dijo Charlie. “Puedo comprender eso, ya que no fuiste tomado en serio por tus padres.” “Fui tratado como una posesión,” dijo. Entonces añadió: “Cuando estaba en la escuela de gramática, tenía un problema de peso y los chicos del colegio solían burlarse de mí y me llamaban torpe y gordo. Pero mi madre me miraba con orgullo un día mientras me comía una tarta de crema de chocolate entero. Hasta ese día hablaba encariñada sobre lo lindo que Charlie parecía cuando terminaba toda la tarta de una sentada.” “Eras una posesión adorable,” le dije. “Como los dos pequeños caniches que cogió como mascotas cuando los tres hijos habían crecido y se habían marchado.” Se rió. “¡Esos perros ocupaban nuestros lugares!” “Te hicieron vivir una falsa identidad que sacrificó tu autonomía y tu identidad masculina,” le dije. “La gente no suele darse cuenta de que llevan viviendo una falsa identidad hasta que empiezan a experimentar cierta libertad de ella. Cuando empieces a vivir por medio de tu verdadero yo, tendrás una sensación de liberación, de espontaneidad y de poder interior. El falso yo suele dejar a una persona sentimientos de auto-consciencia, rigidez y de alguna forma vacío o muerte dentro.” “¿Y el sentimiento del verdadero yo se quedará conmigo, con el tiempo?” Preguntó Charlie. Entonces dijo, una nota de encanto en su voz: “Estoy empezando a sentirme más fuerte. Estoy progresando con mis amigos heterosexuales y estoy pensando en ir a un gimnasio.” “Bien. Te estás moviendo en la dirección correcta.” “Quiero sentirme mejor con mi cuerpo,” dijo. “Me estoy haciendo mayor y me estoy poniendo flácido.,” dijo, dándose palmadas en el estómago, “lo que me deprime. Tenía buena presencia –cuando estaba en la universidad. Había dejado esa imagen de chico gordo perdiendo mucho peso y haciendo ejercicio, por lo que me sentía sexy. Me hacía sentir bien ser deseado por los hombres en los bares. Ya sabes, ese tipo de vanidad.” Esta “vanidad” condujo a una discusión de la condición homosexual que llamo alienación del cuerpo. Los gays tienen una tendencia a percibir su propio cuerpo masculino con una fascinación excluida, como si fuesen objetos más que sujetos. El cuerpo del homosexual, particularmente el pene, es algo que lleva pero que no posee. Este sentimiento de no poseer el propio cuerpo puede tomar la forma de complejo de inferioridad o superioridad pero nunca existe una conexión relajada con él. Muchos clientes expresan un sentido de desconexión con sus cuerpos que empieza en la temprana infancia. Existe también una excesiva modestia, que suele continuar hasta la adultez. Puede que describan una falta de voluntad de quitarse sus camisetas, incluso en la playa o con el calor. Describen una reticencia a desvestirse delante de otros chicos, incluso de sus hermanos. La timidez puede alternar con el exhibicionismo, que es un intento de sobre-compensar la timidez. Tanto la timidez como el exhibicionismo son formas de alienación del cuerpo. Este mismo complejo de inferioridad y de incomodidad resurge en los años posteriores cuando el joven desarrolla generalmente cierta sobre-preocupación por el tamaño del pene. Relacionado con esto está el fenómeno del pis tímido o de tener dificultad para orinar en la presencia de otros hombres en los baños públicos. Lo que vemos en esta dinámica de alienación es un fracaso de la familia (y del padre en particular) en integrar al chico con su masculinidad por medio de su propio cuerpo. Incluso cuando se describe su participación en los deportes, el homosexual experimenta con frecuencia una exclusión objetiva. Su tendencia es a observarse a sí mismo y a los movimientos de su cuerpo, más que sentirse a sí mismo que está moviendo su cuerpo. Porque carece de esta confianza en sus movimientos naturales, es probable que envidie esta cualidad en los heterosexuales. Por esta razón y por otras, veo que la homosexualidad no es simplemente un problema sexual sino un problema mayor en la forma propia de estar en el mundo. Volviendo al problema de la vanidad, le dije a Charlie: “Tu interés en implicarte en el progreso físico es grande pero no debería buscarse por vanidad. No quieres que tu cuerpo sea un objeto del que presumir. Esa es una necesidad que procede del falso yo. El objetivo es desarrollar un sentido interno de propiedad. Tú eres tu cuerpo, estás centrado en tu masculinidad. No lo llevas, él te lleva. El orgullo que sientes por tu cuerpo debe surgir de tu identificación con otros hombres. ¿Comprendes la distinción?” “Totalmente,” dijo. “Conozco ambas posibilidades. El viaje de mirar a mi cuerpo, procedente del narcisismo, y por otra parte el sentido de estar centrado en mi masculinidad. Sé la diferencia pero a veces es difícil alcanzar esa otra forma de percibirme.” “Tienes razón,” le aseguré. “Lo importante es que sabes la diferencia.” “Durante un largo tiempo después de que bajé de peso, me sentía orgulloso porque tenía un buen cuerpo que llamaba la atención de los demás hombres. En los bares, los hombres me miraban y eso me hacía sentir bien conmigo mismo. Sin embargo, de alguna forma lo odiaba –permanecía en la forma de encontrar lo que realmente quería.” “¿Qué era?” “Un hombre.” Asustado por esta contradicción, le pregunté: “¿Tu cuerpo permanecía en la postura para conseguir un hombre?” “Así es.” “Explícamelo.” “Todo lo que he querido es estar cerca de un hombre. No de un gay sino de un heterosexual –un hombre 100% masculino y natural. Pero esos hombres no se enamoran de mí –ellos quieren lo que no pueden ser y eso es una mujer. Esa es la paradoja de la condición homosexual.” Pensando en eso, terminamos nuestra sesión. Charlie empezó pronto a hacer progresos con sus amistades heterosexuales. Se apuntó en un gimnasio, donde estaba descubriendo que podía tener amigos heterosexuales sin estar sobrecargado por tentaciones sexuales. Ahora hablaba de un nuevo amigo, Rich, a quién describía como “un gran tipo, muy afirmativo. Heterosexual y no tiene ni idea de lo que estoy viviendo.” “Tengo una pregunta,” le dije. “¿Alguna atracción hacia él?” “Una ligera,” admitió Charlie después de una pausa de reflexión. “Sí. A veces lo comparo conmigo mismo y me encuentro pensando: ‘Tiene algo que yo no tengo.’ De eso, introduce un poco de atracción sexual.” Continuó: “Un día de la semana pasada Rich entró caminando en el vestuario. Tenía una camisa de color te y sus músculos estaban bombeando verdaderamente. No me sentía bien con mis brazos flacos y el pecho y sentía que la atracción despertaba en mí. Me dije: “Si quieres lo que tiene, tendrás que trabajar por ello como lo hizo él. Si crees que consiguió eso de la noche a la mañana, estás equivocado. Pagó en sudor por ese cuerpo.” De todos los hombres con los que he trabajado, Charlie era el mejor en utilizar una técnica evaluable de la terapia reparativa llamada charla de auto-mentor, la práctica de hablar consigo mismo con la voz de un padre fuerte y benevolente interiorizado. Continuó hablando de su nuevo amigo: “Rich siempre me hace reír. Me ayuda a ser un poco menos serio. Me gusta ese sentido suyo de la espontaneidad, ese entusiasmo y humor loco. No saca nada fuera de proporción, a diferencia de mí.” Se mantuvo callado un momento, luego dijo lo siguiente: “El otro día fui golpeado con una verdad que me vino por la gracia de Dios. Me di cuenta de que no hay nadie en este mundo que pueda darme mi identidad masculina. Ningún otro hombre. Reside dentro de mí, sólo que está inactiva. Nadie puede dármela. Ni yo puedo conseguirla cambiando mi imagen externa. La clave real para cambiar es actualizar lo que ya tengo dentro de mí.” Charlie parecía impaciente por seguir hablando: Rich y yo fuimos de excursión hace un par de semanas y parecía que iba a llover antes de volver al coche. A Rich no parecía importarle por lo que no dije nada pero me estaba poniendo nervioso. Mi madre siempre decía: ‘¡Va a llover!’ como si mojarme me fuera a suponer la muerte, que iba a morir de neumonía. A la mayoría de los hombres no les importa si se mojan, por supuesto, pero la voz de mi madre siempre ha sonado como una vieja cinta dentro de mí. Así que pensé: ‘Si me mojo, me mojo. ¿Y qué?’ Bien, nos empapamos. Pensé: ‘¿Ahora qué hacemos?’ Rich siguió caminando, por lo que no dije nada, como si no fuese importante.” Charlie me lanzó una tenue sonrisa. Como si fuese feliz por haber roto uno de los mayores vínculos con que su madre le había oprimido. “Realmente creo que estoy progresando,” dijo Charlie. “Lo he sentido en algunos sueños que he tenido últimamente. Anoche soñé que estaba en la base de un camino a una montaña con mi amigo Eric. Llevábamos mochilas y botas de excursión y nos quitamos las camisetas bajo el sol de la tarde. Ambos parecíamos musculosos y yo me sentía muy bien conmigo mismo. De repente pasaron caminando dos chicas rubias y dije: ‘Hey, Eric, ¿no están buenas?’ Dijo que sí y yo sentía que esto era realmente amistad alegre.” “Muy interesante. ¿Y cómo interpretarías ese sueño? Recuerda las dos reglas básicas de interpretación de sueños –todo en el sueño es significativo y cada parte del sueño representa una parte de ti.” Comenzó: “Había un sentimiento en el sueño de ser feliz simplemente por ser yo y me encantaba. La sensación de ser despreocupado y fuerte. Quería apropiarme de ese sentimiento y mantenerlo. No siento de esa forma con frecuencia y era una altura real para mí.” Le pregunté: “Mi pregunta ahora es: ¿Por qué está Eric en el sueño?” “Déjame pensar en eso,” dijo Charlie. Sentándose, miró de reojo hacia arriba y meditó. “Bien… puede que vea en él cualidades que me gustaría poseer a mí.” “Seguro,” le dije. “¿Sientes que vas a conseguir esas cualidades?” “Poco a poco, sí.” “¿Qué cualidades?” “La espontaneidad, la libertad. Eso es lo que Eric representa –esas son las cualidades que más admiro en él.” “¿Qué parte de ti es representada por la montaña?” Charlie pensó durante un momento y luego respondió: “Supongo que es mi lucha. La terapia es como escalar una montaña. Y se podría decir que de alguna forma Eric es mi compañero y mi guía.” Charlie parecía reasegurado por este sueño. Veía en él la satisfacción que procede de la comprensión de cómo sus sueños, en perfecto simbolismo, reflejaba sus esfuerzos conscientes. Charlie había hecho un largo camino y por eso los dos estábamos contentos. Muchos hombres han venido a mí deprimidos crónicamente e infelices, pasando por los movimientos de la vida mientras pierden algún tipo de vitalidad esencial. Los portavoces gays dirían que estos hombres estaban llenos de auto-odio debido a su interiorización de la homofobia social. O dirían que estos hombres se sentían crónicamente vacíos porque no se permitían encontrar satisfacción en un amante varón. Pero esa vitalidad había desaparecido durante tanto tiempo como Charlie podía recordar y sabía que tenía que ver con su masculinidad perdida. Durante el transcurso de la psicoterapia, cada cliente pasa por momentos de desesperación durante los que intento hacerle consciente de la nueva vida que emergerá al otro lado de su lucha. Estoy a su lado mientras soporta el dolor que es siempre parte de la curación, mientras ‘pregunta, una y otra vez, por qué es él el que debe sufrir. Hay muchos meses en los que Charlie se preguntaba si subiría alguna vez a esa montaña. En el último año de tratamiento, Charlie entró en la terapia de grupo, donde contribuyó con una presencia pensativa y de introspección. Antes de tiempo el respeto que se ganó del resto de los miembros del grupo era evidente: cuando Charlie hablaba, todos escuchaban. Su claridad de expresión y su visión penetrante le dieron la posición de líder admirado. Con frecuencia Charlie dirigía la dirección del debate de nuestro grupo. Hizo muchos amigos íntimos entre los hombres, apoyándoles cuando perdían su rumbo. Cuando salía caminando de mi consulta por última vez, sabía que no era el único que lo iba a echar de menos. Charlie Keenan cambió en muchos sentidos. Lo que buscaba más de la terapia reparativa era encontrar estar centrado en su propia identidad masculina. A través de ese logro, esperaba encontrar una disminución de sus distracciones homosexuales. Después de dos años, dejó mi consulta sintiendo que había conseguido aquello para lo que había venido a la terapia. Todavía tengo en mi mesa un folio en el que Charlie escribió algunas reflexiones: Hoy mi terapia desenreda los engaños que infligieron esta inseguridad masculina sobre mí. Mi terapia ha sido un proceso sofisticado de descubrir la verdad, probándola, y viviéndolo confidencialmente por primera vez en mi vida. Mi terapia me muestra que soy un miembro total del club de los hombres porque nací hombre. Mi terapia me pone en la compañía de los hombres con la misma lucha. Nos creemos y nos ayudamos mutuamente a vivir nuestra energía e identidad masculina, más que a perpetuar el mensaje mítico de que no merecemos la identidad masculina sana de la que disfrutan todos los hombres. Estos dos años y medio han sido una bendición de libertad y poder. Mi sentido de satisfacción con mi masculinidad está vivo y creciendo ahora: No anhelo más la masculinidad. En vez de eso, la afirmo. Ya no sobrevaloro (desear sexualmente) o minusvaloro (exclusión defensiva de) los hombres de mi vida. En vez de eso, me quedo con ellos como un igual. He perdido mi antagonismo con mi padre y me encuentro identificándome cada vez más con él. Hablo con más frecuencia y soy mucho más asertivo. En espíritu, soy menos reprimido. En acción, tengo más control. Tengo más voluntad de arriesgarme. Por medio del ejercicio he hecho mejores amigos y tengo menos odio hacia mi cuerpo. Puede que nunca me vea completamente libre de esta cojera que tengo desde que era niño pero he estado haciendo lo más que puedo con mi cuerpo. Puedo apreciar mejor lo femenino en mis mujeres amigas porque su contraste conmigo es ahora más aparente. Busco la energía masculina en todas las cosas y encuentro formas de experimentarla o expresarla genuinamente desde dentro porque hacerlo es vivir y sanar. Sé que hay homosexuales que aceptan la idea de que “nacieron así.” Les desafío; se venden barato. Rechazan admitir que podrían estar rotos (como lo está todo ser humano). Rechazan buscar las raíces de su problema porque es repugnante ver donde uno, quizá sin quererlo, ha dicho “no” a la responsabilidad que se coloca sobre nosotros para vivir como fuimos creados. Es un pecado de orgullo que ciega a estas personas, que los engaña en la creencia de que la rotura es una vergüenza. No lo es. La vergüenza real está en no aceptar el perdón y en no dar el perdón. He perdonado a los hombres que me han hecho daño como me he perdonado a mí mismo por los años de huida. Tengo la esperanza de que todo hombre que padece la homosexualidad pueda abrirse a recibir la misma gracia que he recibido yo. Esta gracia ha sido la que me ha posibilitado ver que mis tendencias homosexuales no eran un grito para tener a otro hombre – sino un grito de tener masculinidad. Charlie todavía me envía alguna nota y siempre estoy contento de saber algo de él. Los hombres del grupo todavía lo echan de menos. CAPÍTULO 5 DAN, EL HOMBRE CON IRA. Jennie, mi secretaria, llamó a la puerta. “Su cita de las seis está aquí.” La puerta estaba entreabierta y Jennie miraba por la rendija. “Este tío parece un poco… fuerte”, susurró. Un minuto después, Jennie introdujo a Dan Prescott en mi despacho. Alto, musculoso, de unos 40 años, Dan entró pavoneándose en la habitación, dirigiéndome una inquietante y penetrante mirada con sus brillantes ojos castaños. Parecía un adolescente de los años cincuenta, con sus tejanos azules ajustados y su camiseta blanca con las mangas recogidas sobre los bíceps. Nos dimos la mano y le señalé un asiento mientras me sentaba frente a él. Casi antes de sentarse, Dan comenzó: “Permítame darle una información básica. No deseo perder el tiempo. Después de todo, en el gabinete del comecocos el tiempo es dinero.” Su risa era cínica. Se inclinó hacia atrás y habló con decisión: “Llevo tonteando en el ambiente gay desde los dieciséis años. He visto de todo. Me he metido drogas duras, toda clase de mierda, alcohol. Debo haber tenido sexo con cientos de chicos. Realmente, he jodido mi vida.” Suspiró profundamente y bajó la mirada. Su brusquedad de repente se suavizó. “He llegado a la conclusión de que no merece la pena.” Sacudió con tristeza la cabeza. “Es tanto dolor. La fugaz esperanza de conocer ese amigo especial, de encontrar esa relación para toda la vida…” Vaciló como si buscara a tientas. “Bueno, me doy cuenta de que no es posible.” Se detuvo buscando en mí una respuesta. Al no recibir ninguna, continuó. “Durante los últimos tres años me he esforzado mucho en estar sobrio y he tenido bastante éxito.” A pesar de sí mismo, los ojos de Dan mostraban un atisbo de orgullo. Obviamente, era difícil para él sentirse bien con respecto a cualquier logro personal. “¿Y por qué has venido a mí ahora?” “He oído lo que hace aquí”, gesticulaba por la habitación, “y pensé que podría ayudarme. Quiero dejar el sexo con chicos como he dejado las drogas y el alcohol. Para mí, el sexo con hombres es sólo otra adicción.” Vaciló, luego añadió: “Pensaba que usted podría aconsejarme más que el ‘Simplemente di no’.” Por un momento se le escapó una sonrisa. Poniéndose rápidamente serio otra vez continuó: “Quiero saber más sobre mí, conseguir más de mí mismo. Y quiero salir de esta continua… esta…, bueno, infelicidad.” Mientras le hablaba, me daba cuenta de que Dan me miraba ardiendo de ira. De hecho, era uno de los hombres más hostiles que habían entrado en mi despacho. Dan siempre estaba irritable y siempre dispuesto a sentirse ofendido. Su ira estaba justo bajo la superficie y parecía preparada para explotar en cualquier momento. Sin embargo, bajo la ira descubriría un miedo paralizante igualmente intenso que soportaba desde la niñez. En tono de auto-burla, Dan me dijo que trabajaba como “ayudante del ayudante de producción” de un programa de televisión para niños. Poco a poco fui escuchando la historia de su lucha con la adicción a las citas de una noche que había tenido en las librerías para adultos o en las calles de la parte oeste de Hollywood. Con el tiempo aprendí que la ira de Dan le servía de defensa frente a la vulnerabilidad necesaria para el contacto interpersonal auténtico. Observando su cuerpo en el asiento, descubrí que cuando Dan establecía una conexión emocional conmigo, aunque breve, cesaba inmediatamente su intranquilidad física. Su expresión verbal se volvía concentrada, increíblemente penetrante y lúcida. Para Dan la ira era una forma de la exclusión defensiva. Mantenía a la gente apartada de él y le protegía de la herida que él siempre anticipaba. Me dijo: “Estoy enfadado con mis amigos, mis jefes, cada uno de esos hijos de puta. Pero ninguno me jode tanto como mi madre. Visitarla durante dos minutos puede volverme completamente loco.” Se retorció con tensión en su asiento. “Como el otro día. Siempre está diciendo que no voy lo suficiente. Tengo la llave de su casa, así que voy y hago mucho ruido. Se da la vuelta en el vestíbulo y salta (imita una voz femenina histérica y aguda), ‘¡Oh, Dios mío, eres tú!’ Se pone la mano en el pecho y chilla: ‘¿Por qué no decías nada?’ ¡Entonces, durante todo el tiempo que estoy allí, todo de lo que puede hablar es de lo que he hecho para tarar su sistema nervioso!” “Siento que deseo largarme de allí. ¡La mujer no es, y siempre lo ha sido, sino un caso perdido de histeria!” Recuperando la compostura, continuó: “Me doy cuenta de que es una mujer mayor pero es tan típico precisamente de mi madre ese modo de actuar. Tengo la esperanza de que algún día deje de pensar tanto en sí misma, de ser tan histérica y capte el mensaje.” “¿Cuál es el mensaje?”, pregunté. Atrapado por la pregunta, Dan se detuvo por un momento, y después dijo con acritud: “Que me vea… que piense en mí… que…” “Que te reconozca”, dije asintiendo. Hablando por él, continué: “‘¡Mamá, soy yo, tu hijo! ¿Puedes olvidarte por un momento de tus nervios y recordar que es tu hijo el que está delante de ti?’ Puede que eso sea lo que te gustaría decirle.” Dan asintió. Su expresión me decía que le había comprendido. Tal como Dan describía su temprana infancia, estaba claro que su madre, en efecto, le había abandonado emocionalmente. Este temor al abandono le había dejado un vacío y una ira interiores que no parecía apaciguar nada en su vida. Dan dijo: “Hay un instrumento musical llamado el sitar hindú que toca una nota una y otra vez, la nota sruti.” Movió la cabeza. “Mi nota sruti es: ‘No consigo lo que las demás personas consiguen en la vida. Las relaciones no funcionan para mí’.” “Esa misma frustración, ira, amargura y decepción están siempre bajo la superficie”, asentí. “Puedes abstraerte por un momento, conseguir cierto alivio pero cuando la distracción termina, esa nota básica está sonando ahí todavía.” A la semana siguiente Dan se lanzó al asiento y empezó directamente a dar rienda suelta a sus lamentos. Aunque todavía no había establecido una conexión emocional conmigo -de hecho, parecía ignorar a menudo lo que yo tenía que decir- no tenía problema en describir las cosas que le preocupaban. “Desde que puedo recordar, siempre hubo una lucha poderosa entre mi padre y yo,” dijo, acompañando su afirmación con un puñetazo al aire. “La única ocasión que teníamos para relacionarnos era cuando peleábamos.” “Con frecuencia ocurría en torno a la mesa del comedor y esto se remonta a cuando yo iba con pañales. Por supuesto, yo no comía. Ésta era la gran lucha de poder entre nosotros. Él iba a obligarme a comer y yo no comía. Yo estaba allí, sentado a la mesa, durante lo que parecían horas. Se convertía en una batalla de voluntades -continuábamos durante largo tiempo, él gritando y yo llorando. Y, por supuesto, mi madre se ponía histérica, totalmente impotente.” “¿Sobre qué crees que era la batalla?”, pregunté. “Se trataba de algo más que de la comida, lo sé.” Movió su cabeza, incapaz de especular más allá. Le presioné. “Sea lo que fuere debía ser muy importante. Imagina el gran coste emocional para un niño pequeño que seguramente debía estar hambriento.” Dan se encogió de hombros con impotencia. “Luchar con tu padre era algo de gran importancia.” “Supongo.” “Porque no estabas luchando sólo por testarudez. Luchabas por un aspecto vital de tu identidad -tu poder y autonomía. Una atención negativa era mejor que ninguna atención -era mejor tener a tu padre luchando contigo que ignorándote.” Dan permaneció en silencio. Continué: “Lo terrible es que la batalla se convertía en auto-derrota. Creías que ibas a conseguir autonomía pero terminabas encerrándote en un modelo destructivo.” Podía ver claramente que las luchas de Dan con su padre habían establecido un modelo duradero de relaciones masculinas hostiles. Su auto-derrota en el modo de relacionarse con los hombres era un intento retorcido de conseguir reconocimiento y atención masculinas. Las mujeres eran despreciadas como poco fiables, débiles y manipuladoras. Los hombres eran vistos por él como apasionantes y fuertes pero desesperadamente inalcanzables. “¡Mi padre, mi padre! Pensar en el hombre me hace llorar. Nada más que un muñeco bocazas, empalagoso, gordo y grande. Me recuerda a Jackie Gleason. De buen corazón pero imbécil. No tenía amigos y la mitad de las veces ni siquiera quería niños a su alrededor -gritaba: ‘¡niñatos, cerrad vuestras malditas bocas, fuera de aquí!’ Justo delante de nosotros. ¡Qué cabrón! Era un hijo de puta. Le odiaba. ¿Puedes creer que cuando murió me dieron un retrato suyo? ¡No quiero ningún jodido retrato de ese hombre colgado en mi casa!” En voz baja añadió: “sin embargo le echo de menos.” “Hay ira, pero…”, dije. “Sí.” “Pero ira y amor.” “Sí. Lo que constituye un conflicto amor-odio.” “Convertido en odio a uno mismo,” añadí. Hubo un largo silencio. Repentinamente, Dan dijo: “En el trabajo está esa reinona enfurecida llamada Tyrone y sólo mirarle me da nauseas. Me río y bromeo sobre él con otros tíos. Siempre hacemos del pobre bastardo chivo expiatorio y digo cosas como ‘Mientras no me toque, ja, ja, ja.’ No me gusta que se me identifique con Tyrone y no me gusta sentirme atraído por otros chicos, ser como él.” “Pero lo soy,” añadió. “Y no me gusta masturbarme pensando en hombres. Estoy atrapado en esa mierda y quiero salir. Estoy frustrado y enfadado.” “He tenido ya demasiados ‘¡Como me llames maricón te rompo los dientes!’ He tenido muchos enfados de esos.  Recuerda lo que representan esos sentimientos por los hombres, dije.  Son esfuerzos comprensibles y naturales por conseguir amor y comprensión masculinas. Por supuesto que necesitas hombres %nunca tuviste bastante amor de hombres cuando eras joven y vulnerable. Esos sentimientos están tratando de responder a una herida profunda.” Dan no estaba dispuesto todavía a reconocer esas necesidades. Se rió, con su acostumbrado resoplido cínico, como si quisiera evitar cualquier simpatía o sentimentalismo hacia ese asunto. Un mes más tarde, Dan relató un viejo recuerdo que consideraba de gran importancia. “Había un sótano”, me hablaba con nostalgia. “Todavía tengo sueños sobre el sótano. Teníamos una casa de campo a las afueras de Sioux City, abrías esa desvencijada puerta y dabas aquellos chirriantes pasos bajando hasta el oscuro suelo con olor a humedad. Mi padre escapaba del resto de nosotros y pasaba horas en su taller. Pero yo tenía prohibido ir allí -podría romper las herramientas o hacerme daño, me decía. De modo que me tumbaba boca abajo allí arriba y miraba hacia abajo, observando cómo trabajaba papá.” “Lo que nunca olvidaré,” dijo Dan, “es el sentimiento de misterio sobre lo que estaba pasando ahí abajo. A veces mi padre permitía a mis dos hermanos que le ayudasen y hablaban, trabajaban, reían. No era el misterio sobre lo que se hacía en el sótano… era el misterio total acerca de quién era papá, porque hasta el presente sigo sin entenderle.” Vaciló. “Ni siquiera estoy seguro de si le amo o le odio.” “No te permitía entrar en el mundo de los hombres,” dije. “Nunca te enseñó a desarrollar tu identidad masculina.” Volvió a resoplar. “Ese sótano está relacionado con papá. Cuando pienso en papá, pienso en el sótano.” Dan continuó: “Si tuviera que pintar una imagen que representara toda mi niñez, debería ser la de espiar en la oscuridad a mi padre y mis hermanos. Si me sentía excluido del sótano, sé que me sentía mucho más excluido en otros sentidos. Recuerdo que un domingo por la mañana mi hermano Dick me llamó. ‘¿Adivinas lo que papá está haciendo aquí abajo?’ Respondí, ‘¿Qué?’ Pero me estaba tomando el pelo. Nunca me respondió.” Pensó por un momento, luego añadió: “Creo que así es como me siento sobre los hombres.” ¿Cuántas veces he oído también a mis clientes homosexuales describir a los hombres como misterios? Como el padre y los hermanos de Dan trabajando en el sótano, los hombres son emocionantes e incognoscibles. La curiosidad natural de un muchacho y su sana necesidad de conocer a otros hombres, cuando es frustrada en la infancia, se erotiza más tarde. Con el paso de los meses, comencé a ver un lado vulnerable de Dan que había estado profundamente oculto en el interior del hombre fanfarrón y enfurecido que entró al principio en mi despacho. Pronto llegó a ser normal que Dan llorase durante las sesiones. Nuestro trabajo sacó a la luz muchos recuerdos dolorosos reprimidos sobre su padre. Durante una sesión Dan se levantó de su asiento e, imitando a su padre, se encaró directamente conmigo. “No te creas que puedes hacerme frente. ¡No eres nada!” Se rebajó otra vez: “¡No eres nada!”, haciéndome un gesto con el meñique, “eres así de grande. ¡No te creas que podrás luchar alguna vez conmigo!” Dejándose caer sobre el asiento, continuó: “Recuerdo que, no debía tener más que 4 o 5 años, armé un escándalo por algo y él gritó: “‘¿No te gusta cómo hacemos las cosas? ¿Las cosas no te parecen bien? ¡Vete! ¡Vete de mi casa, niño!’.” Me miró, los ojos como platos, con una expresión atónita, en blanco. Por un momento la ira desapareció y allí estaba la cara de un niño pequeño, lleno de terror paralizante. Pude ver que Dan -el enfadado, frío y tenso Dan- se había asustado en su corazón. El padre de Dan pertenecía a esa pequeña minoría de padres que son explícitamente punitivos, incluso crueles. Padres como el de Dan parecen necesitar un muchacho pequeño para que sea la figura masculina débil a la que poder intimidar para aumentar su propio sentido de poder. La mayoría de los padres de mis clientes no eran tan hostiles como inadecuados, pasivos o emocionalmente distantes. Muchas de estas características de los padres fueron demostradas en el estudio clásico de casos del psiquiatra Irving Bieber. “A veces mi padre intentaba ayudarme con los deberes. Me decía que me sentara en la mesa de la cocina y me quedara trabajando hasta que encontrara la solución. Yo lloraba, pero él seguía pinchándome. ‘Cállate y piensa, resolverás el problema’ ¡Esa era su manera de ayudarme!” Hubo una gran pausa. “Realmente odiaba a ese hombre.” La voz de Dan era sorprendentemente áspera. Durante un largo tiempo estuvo sentado en silencio. “Oh, ¿pero por qué no puedo hablar sobre mi padre?” Junto a ataques traumáticos ocasionales de su padre, Dan describía un continuo abandono cotidiano tanto del padre como de la madre. Como muchos de mis clientes, Dan sentía que no se le había tomado en serio. En una sesión dijo: “Nunca sentí que mi yo real importase. No creo que ni mi padre ni mi madre realmente me conocieran. Incluso daban la vuelta a mis sentimientos y los malinterpretaban.” En estas palabras atisbé la causa última de la falta de identidad que tantas veces se encuentra en la condición homosexual. Este sentido de no ser tomado en serio es el fundamento del falso yo visto tan a menudo en el homosexual. “Joe, ¿se acuerda de los años sesenta, cuando llevábamos esos cortes de pelo con las nucas cuadradas, rectas y no en punta?” Asentí. “Cuando tenía 13 años, le dije al barbero que me dejara la nuca cuadrada. Imagino que estaba tratando de parecer guay o algo así. Cuando fui a casa mi madre empezó a gritar: ‘¡Qué disgusto! ¿Quién te crees que eres? ¿Un matón?’ Me hizo volver al barbero y, delante de todos, pidió que me arreglasen en punta.” Resopló. “Fue una de las experiencias más humillantes de mi vida. De hecho, Joe, nunca he sido capaz de encontrarme otra vez con ese barbero.” Dan continuó: “Nunca sentí que se me escuchara o comprendiera y creo que ese sentimiento va todavía conmigo. En las reuniones semanales de estudio, puedo sentirme a menudo muy acelerado, melodramático hasta cierto punto. Acabo exagerando para conseguir reconocimiento. Me siento como si estuviera luchando para que la gente me escuchara.” Asentí. “Siempre sentiste que tus opiniones, juicios y decisiones eran infravaloradas o ignoradas.” El doctor van der Aardweg ha observado que el homosexual suele tener tendencia a la sobre-dramatización. El miedo a no tener ningún impacto puede explicar también las características exageradas y fuera de la norma de la conducta y que son observadas tan frecuentemente en la cultura gay. Desfiles, protestas y manifestaciones por los derechos gays -organizadas como una defensa contra el no ser escuchado- se presentan a menudo de un modo carnavalesco, estrambótico y teatral. Alguien observó escuetamente: “Los gays son como las demás personas, sólo que más así.” Como tantos chicos pre-homosexuales, Dan había desarrollado durante su infancia el falso yo estereotipado del chico bueno acomodaticio y educado. Su comportamiento sumiso, sin embargo, se hacía añicos con sus arrebatos de ira. Este lado del “niño problema” de su personalidad era tan falso como la fachada de niño bueno, puesto que también era un papel creado a partir de la estructura familiar disfuncional. Estos arrebatos hostiles se alternaban con largos períodos de introversión pacífica siempre que experimentaba el mismo sentido de abandono y de no ser escuchado, como tantos otros niños pre-homosexuales. Estos chicos oscilan entre la ira y la desesperación callada, habiendo eliminado su verdadera naturaleza alegre, receptiva y espontánea. Al considerar esta muerte de su verdadera naturaleza, pude sentir la ira del pequeño Dan en su trona y pude entender su rechazo a tomarse la comida. Conforme avanzaban los meses y Dan crecía en paz y auto-comprensión, llegó a comprender algunos factores que habían motivado su conducta. Vio su ira como una tapadera del miedo al profundo abandono que provenía de su temprana relación con su madre. Preocupada por sus propias ansiedades y obsesiones, había rechazado patéticamente a Dan. Mientras que el fondo para los profundos problemas de carácter de Dan había sido creado por su madre, su padre fue responsable de disponer el escenario para sus deseos eróticos hacia los varones. Las atracciones homosexuales que Dan desarrolló en la madurez eran un intento de llenar el vacío entre él y otros varones, que habían sido simbolizados por el sótano. Dan decía: “Miro atrás y veo que mi homosexualidad viene de un deseo de pertenecer al grupo de los varones, de estar conectado. Al principio, no era sexo en absoluto lo que buscaba.” Vacilaba, luchando por expresar con palabras un recuerdo importante. “Cuando estaba todavía en el instituto, recuerdo que quise hacer amistad con ese tío, Jerry. Pero él no quería ser mi amigo. Así de simple. (Su voz aumentó en frustración). ¡Pero fue un puro infierno! Eso fue ese increíble aislamiento. Lo solté un día -se lo dije: ‘¡Tío, me siento sexualmente atraído por ti!’ Yo estaba llorando. Vuelvo ahora sobre todo aquello y le veo como un tío atractivo con el que quería hacer amistad -pero no sabía cómo ser sólo amigos, sin el aspecto sexual.” Dan tenía los ojos como platos mientras hablaba, con una expresión de impotencia. Asentí sin decir nada. “Mirando atrás”, dijo, “me doy cuenta de que tener sexo con tíos era un modo de llenar un vacío. El sexo era una catarsis emocional. Necesitaba tener sexo para expresar un sentimiento con un tío, aunque durase sólo un momento. “¡Necesito agarrarme a eso!”, continuó Dan, con desesperación en su voz. “Ansío tan profundamente ese contacto. La necesidad continúa hasta hoy en día. Durante mucho tiempo no fue sexual. Sólo quería, ya sabes…, apretujar al tío.” Continuó: “Pocos meses después de dejar el instituto, encontré a un tío en un bar. Yo estaba colocado y, después de que tuvimos sexo, empecé a llorar y a hablarle de Jerry. (Se rió.) Asusté al tío, que debió pensar ‘¡Uf, me he ligado a un tío raro!’ No volví a ver más al tío -probablemente se alegró de librarse de mí- pero salí aliviado, ya que por fin había alcanzado un sentimiento profundo. “La herida, el dolor interior…”, continuó Dan, “siempre estoy queriendo mostrárselos a alguien, sacarlos de mí. Pero cuando encuentro a alguien que pudiera sacarme el dolor” -su frustración acentuaba cada palabra-, “¡No-puedo-dejarlo-salir-de-mí!” “Siempre me aburre la gente”, continuó, retorciéndose en su asiento con tensión. “Siempre me he sentido aburrido e inquieto en mi vida, desde que era pequeño. Incluso cuando estaba con un tío que me atraía, terminaba sintiendo este aburrimiento, como si matara el tiempo hasta que el tío realmente excitante viniera a reemplazarle. Se detuvo.  Pero ahora sé que no existe ese tío. Todo ha sido un sueño imposible.  Te sientes vacío, inquieto , dije.  Y entonces huyo de eso.  ¿Cómo huyes de eso?  Las adicciones usuales %drogas, alcohol, ligar con tíos.” Pensó por un instante, luego añadió: “Y en las escasas ocasiones en las que he pasado unas pocas semanas con un tío, me he metido en una relación dependiente y destructiva. Cuanto más conseguía, más deseaba -nunca es suficiente.” “Porque se trataba de algo equivocado.” Dan parecía confundido. Le aclaré: “Si se tratara de algo correcto -una verdadera afirmación de ti mismo- te habrías sentido satisfecho. Pero lo equivocado -ese elevado romanticismo, esa súper idealización- nunca satisface. Te sientes bien durante un rato. Te quitas de encima el dolor de la soledad.” Dan asintió dándome la razón. “Junto a esto, está la necesidad de poseer -no sólo de estar con- sino de poseerle. Comienzas a verle como una parte perdida de ti mismo.” Dan rió con pesar. “¡Muy pronto me encontraba adquiriendo realmente la personalidad del tío! Comenzaba imitando cosas de él. ¿Tan desesperadamente necesito una identidad que miro a otros tíos para que me digan quién soy?” Resopló. “Es tan humillante que simplemente dejo de intentar tener relaciones.” El relato de Dan evocó una vez más las tres necesidades insatisfechas en la niñez que subyacen a las atracciones homosexuales, las tres Aes: necesidad de Afecto, Atención y Aprobación. Para cada cliente estas necesidades pueden tener distinta importancia. Sin embargo, representan el modo mediante el cual los hombres luchan por la identidad masculina. En hombres como Dan % seriamente rechazados en la temprana infancia-, bajo sus atracciones homo-eróticas subyace no sólo la identidad masculina sino la identidad personal. La necesidad de identidad era tan desesperada para Dan que a menudo se encontraba atrapado en relaciones de dependencia que le hacían sentirse vulnerable y ultrajado. Una gran proporción de clientes homosexuales se encuentra en relaciones de dependencia y tiene problemas con los límites interpersonales. Con frecuencia he creído que esto es así porque la identidad de género está íntimamente relacionada con la formación del ego. El hombre con identidad de género débil probablemente tiene también un sentido débil de sí mismo y de los límites personales. El conflicto existencial del homosexual es que hasta que se identifique completamente con los hombres, los deseará eróticamente. Sin embargo, no puede identificarse con la masculinidad mientras continúe erotizándola. Para identificarse con los hombres debe renunciar a la erotización de los hombres. El único modo por el que un hombre puede asimilar la masculinidad en su identidad es arriesgándose a tener amistades masculinas no sexuales caracterizadas por la reciprocidad, la intimidad, la afirmación y el compañerismo. Consultando a un psicoterapeuta masculino, el varón homosexual tiene la esperanza, quizá por primera vez en su vida, de encontrar a otro hombre que le entienda y acepte. A través de su relación con un terapeuta del mismo sexo y de la comprensión de los miembros del grupo de terapia comprometidos del mismo modo, puede trabajar por restaurar esta relación que sus varones significativos anteriores fueron incapaces de proporcionar. En cada caso de homosexualidad, el éxito del tratamiento depende en gran medida de la creación de relaciones íntimas masculinas no sexuales. El cliente debe dejar atrás su exclusión defensiva para reconciliar su amor/odio ambivalente por los hombres, si quiere resolver su conflicto homosexual. Dan describía esta verdadera ambivalencia durante una sesión: “No quiero depender de nadie. Ya tengo bastantes ‘¡Aléjate de mí!’ ahí dentro. Necesito amigos pero no quiero amigos. Como el otro día, el tío ese, Brent, dijo: ‘Vente a mi casa después del trabajo.’ Dije: ‘De acuerdo.’ Luego, pocos minutos después, pensé: ‘¡Que te jodan! ¡No quiero verte! ¿Por qué querría yo ir a esa jodida casa?’ Así que le dije que había surgido algo, que estaba ocupado.” “Así que te fuiste a casa, a tu pequeño mundo solitario,” le recordé. “Sí. ¿Por qué no puedo ser normal? Necesito amigos,” dijo Dan. “Te necesito.” Hubo un largo y doloroso silencio. “Decir eso fue duro para mí.” Un día Dan admitió un extraño patrón de comportamiento. “El asunto ‘Jerry’ del que te hablé -cuando lloré delante de un tío- fue hace casi veinte años. Desde entonces, creo que me he vuelto mucho más escéptico sobre el amor. Durante los últimos años me he sentido atraído por tíos que tú considerarías de los que mandan -el típico hombre mayor, dominante. Pero, cuando se cierra la puerta y estamos solos, me gusta cambiarles las tornas.” Echó una risita. “¿Cómo es eso?” “Me gusta saber que puedo derrotar a una persona que intenta controlarme. De modo que he aquí un hombre que es una figura dominante pero yo me convierto en el hombre dominante en el encuentro sexual.” “¿Cómo tomas el control?” “Me gusta hacerlo -hum, decidiré si nos besamos, lo que haremos en la cama. Me gusta convencer a mi compañero para que haga cosas que no haría, cosas que cree que le humillarían.” Vaciló, pareciendo evaluar mi reacción. “Y si al tío no le gusta que le follen, le convenzo para que me deje follarle.” Esbozó una sonrisa. “Hay mucha gratificación emocional en la dominación, en conseguir que un tío se ponga por debajo de mí. Para mí esa es una posición que me satisface especialmente. Y nunca le permito ver ninguna emoción en mí.” “¿Y eso?” “Porque, incluso cuando me corro, no deseo mostrar ningún placer.” “¿Por qué?” “Bueno, por el tema del control. Me gusta demostrar que puedo ocultar mis sentimientos.” Dan comenzó a reconocer la ira que sentía precisamente hacia las personas en las que buscaba gratificación sexual. Este carácter sadomasoquista que se encuentra con frecuencia en la homosexualidad se remonta al padre inalcanzable que el muchacho desea, pero que desprecia. Dan pasó muchos meses de terapia trabajando sobre sus sentimientos hacia su padre y su madre. Eran esos profundos sentimientos de amor y de dolorosa dependencia que buscaba experimentar otra vez con el fin de sanar. Destapar esos sentimientos en una relación segura y comprensiva era la única esperanza de alivio para el sentido de vacío con el que vivía. Como todas las personas cuya estructura de carácter ha sido dañada por el rechazo en la temprana infancia, Dan sostenía una dolorosa lucha para llenar ese vacío. Ahora era bastante consciente de que el vacío de su corazón no lo llenarían las drogas, el alcohol o las relaciones homosexuales. Había empezado a renunciar al sueño eterno gay -el de encontrar esa persona especial, esa solución, ese apaño. Más bien, se dio cuenta de que la curación verdadera vendría a partir de una lenta acumulación de introspecciones positivas -esto es, la asimilación de sentimientos buenos a partir de relaciones sanas. Como dijo al grupo en una sesión de terapia: “El ambiente gay es como meterse speed. Un colocón momentáneo, pero totalmente destructivo para mi espíritu.” Finalmente, Dan hizo las paces con el recuerdo de su padre. A pesar de que fue doloroso, necesitaba hacerlo para estar en paz consigo mismo. Hay una clase particular de ira que caracteriza a las relaciones del homosexual con su padre. Mientras que los hombres heterosexuales también pueden hablar de problemas con los padres, he notado una diferencia cualitativa en su ira. La ira del hombre heterosexual está enmarcada dentro de una aceptación realista de los defectos paternos. Pero el homosexual mantiene un resentimiento profundo, un rencor y una herida profunda que bloquea cualquier tipo de comprensión de su padre como hombre. Un malentendido frecuente de más de un cliente es que para crecer y cambiar debe conseguir la aceptación paterna en el presente. Este error está basado en el supuesto inconsciente de que el padre posee la clave de la curación del hijo -una vez más, la proyección del padre omnipotente. Un paso significativo en el desarrollo del cliente es darse cuenta de que es él -no el padre- quien ahora tiene la fuerza que puede proporcionarle su identidad masculina. El cliente también necesita recordar que el daño fue ocasionado no precisamente por su padre, sino por su propia participación cuando era un niño, a través de la exclusión defensiva. De hecho, muchos de los padres de mis clientes contemplan a sus hijos rechazándoles desde la tierna infancia. A Dan se le estaba invitando a abandonar su actitud defensiva hacia todos los hombres, empezando por su padre. Perdonar al padre no es una tarea fácil. Significa a menudo aceptar al padre con todas sus limitaciones, incluyendo una habilidad limitada para mostrar amor, afecto y aceptación. Muchos clientes deben aceptar el hecho de que sus padres no pueden cambiar como esperaban que lo harían. Un cliente lo expresaba así: “Sé que mi padre nunca será diferente. Estaré tan cerca de él como pueda. Pero lo que él no pueda dar, tendré que encontrarlo en la intimidad emocional con otros hombres.” Puede parecerle mortal a un joven darse cuenta de que debe renunciar de una vez por todas a la fantasía de recibir el amor de su padre. Comprender, perdonar y amar a su padre es, irónicamente, ser padre de su padre -dar a su padre lo que él mismo, el hijo, deseó una vez tan desesperadamente. A menudo la compasión por el padre resulta de la comprensión por el padre de su padre y de cómo trató a su propio hijo. Casi todos mis clientes cuentan que sus padres tenían muy poco que decir acerca de sus propios padres. Frecuentemente, el padre en la sombra -el hombre que no se implica y que es inefectivo- puede rastrearse en el padre, el abuelo y el bisabuelo. De modo que las bases de un hombre homosexual pueden sentarse en generaciones muy anteriores. Encuentro interesante que la ideología gay continúe negando este importante común denominador en la homosexualidad -los problemas en la relación padre-hijo. De hecho, en la psicología gay se da un rechazo persistente a conceder cualquier importancia a los padres. La autoestima de Dan continuó mejorando a lo largo de los tres años en que estuvo en la terapia. “Tengo que seguir trabajando en la aceptación de mí mismo. Es esencial para mi bienestar. Sin ello no tengo esperanza de sobrevivir.”, me dijo. Se hizo más capaz de desarrollar relaciones de confianza, de evitar la anticipación de la traición. Poco a poco llegó a abandonar sus enfados defensivos conmigo, con los miembros del grupo y con los demás hombres del mundo. Su segunda meta más importante era la continua búsqueda de relaciones íntimas, no sexuales, con hombres. Cuando estas necesidades fueron satisfaciéndose, me dijo: “Por primera vez en mi vida puedo contemplar la posibilidad de tener una relación con una mujer.” Dan había estado libre de drogas y alcohol durante tres años enteros antes de comenzar la terapia. Como me dijo en nuestra primera sesión, su siguiente meta era el celibato -que llamaba “sobriedad sexual.” Después del primer año de tratamiento, había alcanzado su meta de la sobriedad sexual, exceptuando algunas masturbaciones ocasionales con fantasías homosexuales. En Dan la implicación sexual todavía tiraba por la ventana toda su estructura relacional. No podía manejar esta dimensión de las relaciones. En su caso, la elección de permanecer célibe mientras trabajaba sus problemas fue muy sensata. Como me decía a menudo, “es un modo más sencillo de vivir.” La meta del celibato se alcanzó por medio del compromiso con un estilo de vida ordenado -sesiones individuales semanales, psicoterapia de grupo semanal; mantener su vinculación a Alcohólicos Anónimos y cultivar amistades masculinas no sexuales. Mantuvo también una vinculación con su iglesia y se comprometió a hacer “jogging” a diario. El orden fue una clave esencial para la curación de Dan y a través de este orden aprendió poco a poco a forjar un nivel más alto de confianza y a penetrar en el dolor de su profundo vacío interior. Aprendió que con el tiempo la maduración y la vida ordenada, el dolor disminuye. Sin embargo, aunque el orden condujo a Dan hacia su meta de la abstinencia, ésta es sólo un paso hacia la curación. Lo que Dan necesitaba realmente para curarse era la lenta absorción de introspecciones positivas. A través de la terapia empezó a dejarse tocar por otros seres humanos y, a su vez, empezó a ver más allá de su propio dolor para empatizar con los sentimientos de otras personas. La privación de Dan en la temprana infancia y el daño del carácter resultante funcionaban a un nivel más profundo que sus dificultades sexuales. De hecho, esta herida del carácter, más básica que su homosexualidad, no se curaría tan rápidamente. En realidad, hay unos pocos hombres con orientación homosexual en la terapia que luchan con déficits de carácter. Su dolor es profundo y su trabajo terapéutico particularmente difícil. Cuando nuestras sesiones llegaban a su fin, Dan comprendió más claramente el contraste entre sus necesidades auténticas y sus búsquedas falsas. Como me decía en nuestra última sesión, “la abstinencia me mantiene libre de problemas, pero ahora sé que es en la intimidad hombre-a-hombre donde acontece la verdadera curación.” CAPÍTULO 6 STEVE, EL BUSCADOR DE SÍMBOLOS MASCULINOS Steve Johnson era un tipo bien definido, colegiado de 24 años. Llegó a su primera cita llevando cordones kaki y camisa a rayas y corbata. Sin embargo, aunque Steve era sorprendentemente atractivo, parecía ser poco estudiado, incluso afeminado. Trabajaba como investigador legal para una empresa de litigación prominente de Los Ángeles. Steve tenía un estilo social encantador y gregario. Sin embargo, tras esta energía externa ocultaba un lado profundamente depresivo y problemático de sí mismo además de una suavidad interna y cierta pasividad, que odiaba particularmente. La búsqueda coqueta de Steve de atención masculina, junto con su atractivo colegial, le hacían particularmente deseable en los círculos sociales gays. Me dijo que había estado llevando una vida social frenética de relaciones sin compromiso, que le hacían sentirse fuera de control y muy infeliz. “Fuera de control” es una queja que se oye con frecuencia en la vida de muchos homosexuales. En esta primera sesión, Steve describió la base familiar clásica –un padre débil y emocionalmente inefectivo y una relación íntima con una madre excesivamente consentidora. Había dos hermanos mayores con los que Steve nunca había llevado bien. Steve era más manipulador y extrovertido que la mayoría de mis clientes. Su personalidad podría clasificarse como narcisista –es decir, tiende a valorar a los demás en términos de cómo le hacen sentir sobre sí mismo. Si alguien le adulaba, entonces le gustaba. A todos los demás los descartaba como personas sin importancia. Con su problema de carácter de narcisismo, la homosexualidad de Steve presentaba un desafío particular. Steve necesitaba tener el control de los demás, aunque constantemente se sintiese fuera de control de sí mismo y de sus relaciones. En efecto, con frecuencia se encontraba en la posición dolorosa de ser manipulado. La combinación de la pasividad y del ansia de atención positiva le producía un enorme conflicto. En su primera sesión, Steve se quejó: “Mi interior se siente tan débil. Soy arrastrado por un hombre que es fuerte. He experimentado este problema durante la mayor parte de mi vida. Siento que carezco de un empuje hacia adelante.” “Careces del empuje hacia adelante masculino,” dije. Asintió pensativamente. “ Podrías decir eso por mí, el sexo con un hombre sirve…” Se paró, como si buscase las palabras, “ah, valida que soy atractivo, que gusto a los hombres. Ya ves, el sexo con los hombres es realmente fácil, instantáneo,” crujiendo los dedos, “y le da un cierto sentido a mi vida.” “¿Vida?” Pregunté. Con una risa de vergüenza, dijo: “Sí. Si tengo sexo, quiere decir que tengo vida social. No estoy aislado.” Entonces, con tristeza: “En realidad, todavía estoy aislado.” Luego dijo: “Confío en que puedas ayudarme a desarrollar alguna esperanza de sentirme un hombre.” Su voz parecía triste. “Estoy escandalizado de mi falta de confianza en mí mismo como hombre.” Añadió: “Pero al menos me siento mejor ahora que he tomado la decisión de venir aquí y afrontar mis problemas.” El narcisismo es una inversión emocional aumentada en la propia imagen de uno. El narcisista se escuda contra la herida armándose con materialismo y las últimas modas y equipamientos, además de adoptar una preocupación extrema por todos los detalles de su cuerpo. Este ensimismamiento se extiende más allá de su propio cuerpo para incluir una preocupación por la elección del coche, de su casa, su decoración interior y todos los demás detalles personales. Esta preocupación obsesiva por la imagen es el modo con el que el narcisista se protege de un sentido interno de vulnerabilidad. La homosexualidad está relacionada tan a menudo con el narcisismo porque se pueden encontrar ambas condiciones a una relación dañina con los padres en la más temprana infancia. Ha habido una herida en el sentido más profundo del yo –una herida narcisista. Del mismo modo que el cuerpo manda un golpe de sangre a reparar una herida física, así lo hace también el centro psíquico para reparar una herida psicológica. La persona con una herida en el sentido de su yo se centra continuamente en proteger esa herida, y el resultado, como con una herida del cuerpo, es una sobre-compensación, en este caso bajo la forma del estilo grandioso narcisista. La persona herida de forma narcisista se relaciona con los demás en los términos de si intensificarán su dolor o lo aliviarán. Los que no puedan aliviarlo, son devaluados. Esas relaciones no son yo-tú, sino yo-ello. En los hombres con orientación homosexual, esto se ve a veces en la búsqueda compulsiva de sexo anónimo. Mientras Steve describía sus relaciones con otros hombres, hablaba de llegar a decepcionarse de forma tan rápida nada más descubrir algo no masculino en cada hombre. “Siempre estoy buscando esa magia –el hombre que pueda satisfacer mi ideal,” continuó Steve. “Háblame de cuál es tu ideal,” le pedí. “Déjame ver.” Pensó un momento, luego dijo: “La masculinidad. Tiene que estar muy seguro de sí mismo. Muy juntos. Muy confidente. “Pero no hay muchos hombres así, por lo que mi selección ha tenido que ser necesariamente limitada.” Pregunté: “¿Por qué son esos hombres tan atractivos?” Dudó, luego respondió: “Bien, no me siento muy fuerte en esas áreas. Así que me atraen. Siempre me han atraído, desde que era pequeño.” “Exactamente,” dije. “Comprendes que tu atracción hacia ellos es una proyección de los ideales de la masculinidad.” Asintió. “Quiero y espero que sean masculinos, que sean más fuertes que yo y cuando me doy cuenta de que son como yo, es como un enorme defecto. Los dejo inmediatamente. Steve continuó entonces hablando durante bastante tiempo sobre sus relaciones infelices y antes de que tuviese oportunidad de decirle algo como respuesta, era la hora de terminar nuestra sesión. Mientras se levantaba para irse, Steve admitió: “Sé que estos patrones en los que estoy metido son enfermizos.” Había tristeza y derrota en su voz: “Y sé que ellos son una gran parte de la razón por la que estoy siempre solo.” Miró atrás buscándome: “Sólo espero que seas tú quién me ayude finalmente.” Después de varios meses de terapia, Steve había roto el patrón de relaciones frenéticas de corta duración. Ambos estábamos contentos con el progreso que había hecho. Todavía, no le iba todo bien. Entró en mi consulta una mañana soleada y se dejó caer desanimado en su silla usual. “Me estoy controlando sexualmente mucho mejor ahora,” dijo. “Todavía creo que un hombre masculino y bien formado es bonito… Todavía tengo la apreciación estética. Pero ahora no tengo que desear un hombre así. No tengo que poseerle.” “Sin embargo,” dijo: “Mi auténtico talón de Aquiles es todavía ese sentido de soledad. Es lo más duro de tratar para mí.” Steve y yo entramos en una discusión sobre la importancia de establecer amistades masculinas no sexuales. Había estado progresando bien durante las semanas en términos de introspecciones, incluso en cambio de conducta. Sin embargo su pasividad y depresión todavía le prevenían de buscar amistades masculinas. Se sentía golpeado. Hablábamos de cómo estas relaciones serían diferentes de las que tuvo con sus parejas. “He estado pensando en las relaciones que tuve con algunos de los hombres con los que quedé y recuerdo que cuando quedaba con un chico que consideraba muy masculino y me sentía aceptado por él, sentía un aumento correspondiente en el sentimiento de mi propia masculinidad.” “Esta es una motivación subyacente de homosexualidad,” dije. “Sientes que puedes absorber la masculinidad del otro hombre. Eso es lo que simboliza la felación. Tú recoges de forma vicaria la masculinidad del otro tipo.” “Pero el sentimiento nunca dura,” dijo Steve. “Sólo es momentáneo.” “Sólo es eso,” respondí. “Cuando se erotiza la masculinidad, nunca puede ser interiorizada.” Steve parecía desconcertado y preguntó: “¿Pero por qué sucede eso?” “Porque tu amante queda como un símbolo erótico, no como una persona real que pueda afectarte. La transformación profunda tiene lugar cuando experimentas intimidad auténtica de hombre a hombre. Eso es lo que te curará. La intimidad honesta con los hombres es lo que el homosexual desea en verdad –pero es también lo que le da miedo. Las relaciones honestas te sacarán de ese ciclo mortecino de soledad. En efecto, deberíamos pasar algún tiempo trabajando las formas con las que puedes conseguir que comiences estas relaciones.” De repente Steve dejó de lado el tema con un suspiro de frustración. “Bien, de todas formas… creo que debería decirte que tuve un día pésimo.” Decidí que ya había recibido bastante charla sobre las relaciones masculinas y le pregunté: “¿Por qué tuviste un día pésimo?” “No quiero entrar en todos los detalles. Todo era muy difícil, mucho contra mí.” Se sentó en silencio durante un minuto y dijo luego: “Pude ver a una bonita pareja de novios hoy.” Su voz tenía tintes de envidia. “Que sólo estimula el deseo y la soledad,” dije. “Así es. Era como, ‘¡Oh! Tienen esta relación íntima, ambos parecen muy satisfechos.’ Sentí pena de mí mismo, que de alguna forma no encajaba en el cuadro. Esto es algo que he vivido durante años,” admitió. “Siento pena de mí mismo y espero que otras personas también me tengan pena. He estado vagabundeando tanto recientemente por sentirme privado, que la tentación empeora como nunca.” “Y esa auto-compasión te da permiso para dejar la abstinencia en la que has estado trabajando tan duro. ‘¡Oh, pobre de mí! Necesito un descanso. Voy a coger a algún tipo y dar rienda suelta a mis fantasías.’ ” Continué, intentando ser gentil: “¿Comprendes cómo la auto-compasión puede poner la base a tales regresiones?” “Todavía no tengo amigos varones significativos,” dijo con voz quejumbrosa. “Así que, de hecho, te has colocado para esta soledad,” señalé. “Necesitas amigos, Steve. Necesitas hombres. Tienes que dar pasos para que las cosas comiencen a suceder.” “Creo que sí.” Suspiró y se encogió de hombros con tristeza. Steve podía ver que el privarse de amistades masculinas íntimas le llevaba a la soledad, a la auto-compasión y contactos sexuales compulsivos. Podía seguir y seguir con descripciones de sus problemas de “pobre de mí” pero cuando le asesoré sobre hacer algo, la conversación fracasó. Aunque solía estar de acuerdo con lo que decía, sospechaba que mis palabras no estaban teniendo mucho impacto. Steve podía hablar de sí mismo en detalle sin fin y dramático –sus memorias, experiencias de vida, ropa, los hombres que encontraba atractivos, las injusticias que había sufrido. Sin embargo, me preguntaba si se estaba permitiendo moverse a un nivel más profundo por lo que le decía. Pocas semanas después entró Steve y, aunque apenas pudo esperar para hablar, fue corriendo hacia su silla. Describió un incidente en la infancia que hablaba de su deseo frustrado de conectar con lo masculino. Dijo de forma excitada: “Recuerdo que en sexto grado iban a tener este evento de padre e hijo patrocinado por el sistema escolar, para enseñar a los chicos sobre sexualidad. Debía tener unos 12 años. Era un sábado y estaba emocionado. Se suponía que era una película en un auditorio de la ciudad seguida de un debate. Mi madre empujó a mi padre a que me llevase –no era fácil sacarle de delante del televisor. Recuerdo que fuimos juntos en tren. “Lo que tuvo de especial este evento fue que uno de los presentadores era un profesor al que apreciaba y admiraba. Creo que estaba enamorado de él.” Steve parecía casi avergonzado y continuó: “Estaba tan emocionado. Incluso le di importancia a vestirme de forma seductora para la ocasión.” Una risa ligera. “¿Qué quieres decir con ‘vestido de forma seductora’?” “Llevaba esos pantalones cortos muy ajustados que me gustaban.” Reflexionó unos pocos segundos y luego dijo: “Incluso entonces, me gustaba la ropa ajustada.” Estaba sorprendido de oír que un chico de 12 años pudiera pensar de forma tan coqueta. Continuó: “Pero cuando llegué allí, el que llevaba todo esto era una mujer, no mi profesor. Ella era la principal y ¡era una mujer!” Añadió con una risa violenta: “Y una puta, también.” Continuó: “¡Y todo el mundo la odiaba! ¿Va a enseñar ella sexualidad masculina? ¿Aquí es el día del padre-hijo y va ella a dirigirnos? ¡Como que sí!” “Y pensar -¡me vestí así para ella!” Los dos nos reímos ante esta situación absurda. Steve continuó: “Fue horrible.” Debajo de su humor ultrajante podía sentir la decepción dolorosa por el chico que se había visto privado de la oportunidad de tener una experiencia que necesitaba con varones, de la masculinidad. De repente Steve se puso más serio. Dijo: “Realmente estaba esperando la oportunidad de compartir algunas intimidades.” Esas palabras –compartir algunas intimidades- captan muy bien lo que el chico pre-homosexual desea tan intensamente de los hombres. “De todas formas,” continuó Steve, “debatían la masturbación pero todavía no sabía lo que era. Así que de vuelta a casa en el tren intenté hablar con mi padre de lo que habíamos visto y me dio respuestas muy cortas. Le pregunté si la masturbación era mala y-” se rió y movió sus brazos en el aire, -“mi padre me dio esta respuesta muy bizarra. Dijo: ‘Sí, la masturbación está mal, a no ser que lo hagas cuando estés casado.’ Aunque tenía 12 años pensé: ‘¡Hombre, eso no tiene sentido! ¿De qué está hablando?’ No se podía dar nada de compartir intimidades con este hombre.” Ahora Steve parecía cansado. Suspirando, dijo: “Siempre estuve buscando estos hombres y estas experiencias internas con ellos.” “Y todavía puedes encontrarlas,” le aseguré. “Vamos a ponerte en terapia de grupo. Creo que estás preparado.” Poner a Steve en un grupo era importante porque no tomaba bastante iniciativa por su cuenta para desarrollar un círculo de amigos varones. Sin embargo estaba preocupado de que el grupo pusiera la tentación en su camino. Steve era atractivo, coqueto y particularmente vulnerable. El Padre John era el que me preocupaba particularmente. Seguramente el Padre John encontraría a Steve de su tipo –el joven atractivo de buen ver que buscaba en sus fantasías porno. Esperaba que el Padre John, veinte años mayor que Steve, resistiese cualquier tentación que pudiese tener de llegar a ser más que el platónico buen padre que Steve siempre había deseado. Su atracción simbólica sería un riesgo pero era hora de tomarlo. Steve estaba ahora en su tercer mes de tratamiento. Estaba haciendo bien en el grupo y los dos estábamos animados. Decidí sacar a colación un problema en nuestras sesiones individuales al que él había aludido anteriormente. “Hace un par de semanas,” le recordé, “dijiste que tenías un problema de mucho tiempo del que deberíamos hablar. Alguna clase de problema sexual.” “Oh, bien. Yo…” Molesto y buscando palabras a tientas, alzó sus manos de exasperación. “Afróntalo,” le animé. “Bien, como te he dicho, odio mi trabajo. Todo el mundo me demanda tanto. ‘Steve, hazme esto’ ‘Steve, hazme aquello.’ Llego a casa sin sentir energía para nada y lo único que me da un poco de luz es pensar en que pase esto –este ciclo loco y repetitivo.” Se calló otra vez. Dije gentilmente: “Háblame de este ciclo.” “Bien, tengo este fetiche de ciertas ropas vaqueras y de montar en ciertos tipos de coches y camionetas.” “¿Cómo cuáles?” “Bien, voy por estas compras en los que consigo toda esta ropa de estilo vaquero. Normalmente me visto así,” dijo, señalando su camisa de Calvin Klein. “Conservador, ya sabes, semi-colegial. Pero en un santiamén tengo que tener estas ropas vaqueras –los vaqueros Levi, camisa y sombrero vaqueros, botas de piel de serpiente, cosas así.” Hizo una pausa, añadiendo: “Puede que una chaqueta de ante marrón.” “Todo me hace sentir más masculino. Me imagino yendo a una cita con una chica vestido de esa forma.” “¿Y luego qué?” Pregunté. “Bien, me imagino haciendo el amor con ella cuando tengo puesta esta ropa. Me masturbo y me visto… A veces lo hago delante del espejo. Es un ciclo ridículo… enfermizo. No lo entiendo.” Luego añadió: “No suelo comprar material del oeste de alta calidad –No en el grado de llevarla a trabajar, por ejemplo- porque sé que no mantendré la ropa después.” “¿Por qué?” “Porque si la mantengo alrededor de la casa, sé que caeré otra vez en el ciclo. Si sé que están ahí, entonces cuando esté triste o enfadado, utilizaré la ropa como una salida. Y después me siento como una mierda.” “¿Y qué haces con la ropa?” “Intento devolver la cantidad que pueda o se la doy a los pobres, como si hiciese penitencia.” Continuó: “Es tiempo perdido. Tengo que ir a los grandes almacenes, comprar la ropa, esperar la cola, ir a casa. Luego, después de tener un par de emociones, tengo que pasar por la locura de quitármela de encima. A veces la llevo otra vez a la tienda e intento devolverla. Entonces me siento un idiota volviendo al mismo vendedor.” Una risa frustrada. “Todos ellos ya me deben reconocer.” Se rió. “Estoy contento de poder imaginarme haciendo el amor con una chica. Pero la parte extraña es que tengo que tener esta ropa puesta y estar en un jeep o algo.” Dijo seriamente: “Me siento tan pervertido y tan tonto.” Oyendo esta auto-deprecación, intervine: “Steve, si comprendes cómo y porqué te vino a pasar esto, te auto-condenarás menos.” Continuó, como si no me oyese, “Una vez iba por la autopista a Los Ángeles a alquilar un Land Rover nuevo con toda esta ropa del oeste y tuvo lugar en él.” “‘¿Sucedió?’” “Sí. Quiero decir que me metía en las colinas y me masturbaba en él. O a veces cuando salgo de excursión, encuentro un vehículo abandonado.” “Está bien. Vamos a ver, ¿cuáles son tus asociaciones con la ropa y los coches del oeste?” Steve me miró con la mirada vacía. “¿Símbolos masculinos?” Sugerí. “Seguro.” “¿Algún recuerdo en particular?” De nuevo, pareció quedarse en blanco, como si nunca hubiese considerado los orígenes de su conducta. “Recuerdo que cuando era niño, el niño de la casa de al lado, Robbie, llevaba puesta ropa del oeste. Decía: ‘Oh, estos pantalones vaqueros frescos Levi, son realmente chulos, me flipan.’ Estaba realmente encendido por él. Robbie era el marca-tendencias de nuestro vecindario.” “¿Qué más dijo?” “Bien, mencionó lo mucho que le gustaban las partes de metal de los pantalones vaqueros.” “¿Las partes de metal?” “Sí, ya sabes, los remaches.” “¿Los remaches?” “Oh, sí. Intento conseguir los pantalones vaqueros pero hoy son difíciles de encontrar. Copper se ha ido, ya sabes.” Podía ver que sólo estábamos rasguñando la superficie del mundo detallado de moda. Decidí dar con la psicodinámica. Dije: “De alguna forma, creo que los comentarios de Bobbie-“ “Robbie,” corrigió con firmeza. “Gracias,” dije. “De alguna forma encontraste significativos que los comentarios de Robbie sobre los pantalones vaqueros. Quédate con eso.” “Siempre admiré a Robbie. Como decía, Robbie era el marca-tendencias y realmente envidiaba a su familia. Su padre era abogado y su madre era elegante.” Añadió sabiamente: “No como mi familia, que estaba siempre gritando y peleando.” “¿Cuántos años teníais tú y Bobbie en ese momento?” “Robbie, Robbie. Tenía 13 años y él tenía dos más -15.” “¿Apreciabas a Robbie? ¿Le admirabas?” “Oh, sí. Pero Robbie nunca –podrías decir que nunca fue afirmativo conmigo. En efecto, no creo que le gustase. Su actitud era ‘Bien, no todo el mundo puede llegar a gustarme.’ Ya sabes. “¿Crees que tus fetiches de oeste empezaron con Robbie?” “Podría ser. Pero a mi padre le encantaban también las películas de oeste y las veía en la televisión todo el tiempo. Me sentaba con él y veía a Lee Majors en ‘Big Valley’ y a Michael Landon en ‘Bonanza.’ Me acuerdo de un sueño que tenía una y otra vez, de alguien que salía de una camioneta vestido de vaquero, un hombre tipo macho. “He estado pensando: ‘Dios mío, si me caso, ¿tendré que llevar esta ropa vaquera a la cama para tener relaciones sexuales? Y si lo hago, ella se preguntará: ‘¿Está teniendo un orgasmo conmigo o consigo mismo?’ ” “Hmm. Bien, no nos preocupemos todavía por el matrimonio,” le aseguré. De repente dijo Steve en un tono desesperado: ¡No sé cómo parar!” El fetiche era la forma de Steve de compensar su sentido de impotencia. Incapaz de mantener vínculos interpersonales, se permitía con frecuencia ser utilizado por los demás. Esto había sido un problema durante un largo tiempo en la oficina, donde era manipulado por su jefe y sus compañeros. Externamente era el chico agradable, colaborador, congenial, que nunca decía no al trabajo extra. Interiormente, Steve se llenaba de ira que sólo podía expresar de forma indirecta. Su modelo era volver a casa al final del día sintiéndose manipulado y agotado emocionalmente, utilizar luego su fetiche del oeste para darse el sentimiento del poder que no podía encontrar internamente. Le expliqué: “La ropa del oeste es la armadura para sostener tu poder masculino. Te sientes excitado sexualmente por tu imagen, por lo que te conviertes en tu propio objeto sexual.” “Sí,” dijo. “Siempre sentí que de alguna forma era raro pero nunca comprendí lo que pasaba.” “Lo que tienes que hacer es interiorizar los símbolos de masculinidad, poseerlos –no objetivarlos. Tu masculinidad es una forma de imitación. Como el niño pequeño que se pone la crema de afeitar de su padre o se prueba el sombrero de su padre.” “Creo que eso significa que todavía soy un niño pequeño.,” dijo Steve, ruborizándose un poco. “En ese sentido, sí. La imitación que haces es inapropiada porque es un poco tarde, en el desarrollo. La energía erótica se ha unido a esos símbolos masculinos. En este punto, en lo que estás metido se llama fetiche.” En las semanas siguientes, Steve comenzó a comprender cómo Robbie representaba su propia identidad masculina no actualizada. Steve estaba atrapado en una falsa identificación masculina que no consistía sino en la imitación. Nunca se había identificado totalmente con Robbie (o la masculinidad en general) y no había interiorizado nunca de forma genuina los atributos masculinos. La cuestión de por qué Steve nunca se había identificado totalmente con los hombres no tiene una simple respuesta. Pero podemos sospechar que la indiferencia de su padre era un factor clave. Evidentemente no encontró otros hombres afirmadores con los que sentirse bastante seguro para compartir la identidad masculina. Su amigo Robbie era atractivo pero le rechazaba. Steve veía a Robbie como a su padre –distante, inalcanzable y, por tanto, inidentificable. Un fetiche tiene lugar cuando la energía sexual que fluye libremente llega a unirse a un objeto particular. El fetiche de la ropa del oeste conectaba simbólicamente con la masculinidad que deseaba. Los objetos fetiches se eligen y se infunden con energía sexual debido a algún significado personal poderoso. Steve podía conseguir sólo la falsa identificación –es decir, imitación –usando símbolos de varones admirados. Mientras que la imitación ofrece la gratificación temporal, nunca conduce a un cambio de identidad más profundo. Un cambio de identidad real requeriría el contacto real con hombres reales, no sólo la apropiación de símbolos masculinos. Mientras conducía un jeep o llevaba ropa vaquera, Steve sentía que se convertía en la imagen masculina del vaquero. Como era una imagen, algo externo, se excitaba con ella. Uno no puede sexualizar lo que es subjetivo –lo que se siente que está dentro y es una parte de uno mismo. Sólo sexualizamos lo que no sentimos que somos. Mientras progresaba, Steve comenzó a identificar todas las emociones importantes que siempre precedía a su conducta compulsiva de fetiche. Podía identificar los sentimientos de soledad, estrés y estar fuera de control que calzaba el impulso fetiche. Por medio de la comprensión del simbolismo de este fetiche y sabiendo cuando era más vulnerable a él, le quita de mucho de su poder. Un día, saltaba pareciendo particularmente alegre. “El pasado fin de semana iba por la autopista de la Costa del Pacífico con un hombre que sabe lo que me sucede. Mientras conducía, le dije: ‘Por primera vez en años, estoy empezando a controlar mi sexualidad y mi peso.’” Hablaba muy contento. “¿Tu –peso?” Le pregunté. “Sí. Toda mi vida he tenido un problema de dieta.” “Pareces bastante apuesto,” le aseguré. “Bien, tengo esta compulsión de comer demasiado en la que a veces entro. Soy adicto a los Almond Joys.” “A mí me gusta Mounds,” dejé escapar de forma reflexiva. “Oh,” dijo animado. “¡Te gusta el coco con el chocolate negro! Podía sentir que me estaba deteniendo en otra de las digresiones detalladas de Steve. Rápidamente volví a orientar la conversación a su progreso en la terapia. Mientras Steve discutía su problema de dieta, se hizo evidente que tenía un serio desorden con la comida, que incluía un ciclo de juerga y purificación. Comida y sexo, las dos pasiones fundamentales fuera de control en la vida de Steve, abusaba de ellas para aliviar la desesperación interior. Mientras evaluábamos lo que se había realizado hasta el momento, podíamos ver que Steve había ido bastante bien durante nuestras veinte sesiones. Tenía menos necesidad de utilizar su fetiche del oeste. El y el Padre John se habían hecho amigos y se veían fuera de la terapia. Afortunadamente, el Padre John podía ver más allá del atractivo físico de Steve y tenían una buena relación, que parecían estar curándose mutuamente. El Padre John se convirtió en su mentor y pudo ayudar a Steve a permanecer alejado de su compulsión del fetiche. Luego durante dos o tres meses, el grupo vio que Steve se estaba volviendo más callado. Un día, su silencio fue desafiado por Charlie. Forzado a hablar al grupo, les dijo lo que estaba sucediendo. Aclarando con nervios su garganta, Steve comenzó: “En verdad he conseguido mucha fuerza de ustedes.” Miró alrededor a los demás. “Pero durante los dos últimos meses – he estado sintiendo que necesito un descanso.” Los miembros del grupo le miraron con expectación. “Todavía tengo fe en esta terapia,” tartamudeó Steve. Luego llegó al núcleo de la cuestión. “Pero no tengo mucha fe en mí. En verdad… No creo que pueda llevarla a cabo.” Los hombres intentaron razonar con él pero no le pudieron convencer de que permaneciese por más tiempo. Esa fue la sesión final de Steve. Lo que había mantenido a Steve en la terapia durante cinco meses era su gran necesidad de atención masculina sin división. La terapia le ofreció la oportunidad de recibir las tres Aes de los hombres -atención, afecto y aprobación. No estoy seguro de cuánto escuchó a lo que yo había tenido que decirle. Bastante más que recibir lo que tenía que ofrecer, creo que estaba disfrutando de su oportunidad de hablar y de ser atendido. Sin embargo, mientras Steve disfrutaba de la atención, nunca confió verdaderamente en mí. Esta carencia de confianza se evidenció con su lucha secreta con la bulimia, que había mantenido oculta hasta casi el final de nuestras sesiones. Un par de meses después, El Padre John se encontró con Steve para almorzar. Steve le dijo que había vuelto al estilo de vida gay y que había cambiado de idea –ya no creía en la idea de cualquier tipo de terapia de cambio. Oyendo el cambio de rumbo de Steve, sentí tristeza. Steve había conseguido alguna introspección en su conducta y comprendía mejor ahora sus relaciones masculinas. Pero la gente elige sus ideologías para satisfacer sus necesidades. Creo que últimamente volvió a la ideología gay porque no podía satisfacer las demandas de la terapia reparativa. Nunca pudo desarrollar la creencia apremiante de que podía cambiar. Cómo me habría gustado encontrar una forma de comunicarle la convicción de que el cambio era posible. CAPÍTULO 7 EDWARD, LA AGONÍA DE UN JOVEN El joven Edward Paterson fue traído a mi consulta por su madre porque había encontrado unas revistas pornográficas en su habitación. Este descubrimiento llevó a la confesión dolorosa de Edward de que era homosexual. Triste y confundida, la señora Paterson insistió en que Edward asistiera a la consulta de un psicólogo. Madre e hijo vivían en una gran casa que pasa por encima del océano en las Palisades Pacific, mientras el hermano y la hermana de Edward vivían con el ex-marido de la señora Paterson en la ciudad de Los Ángeles. Su padre era un famoso abogado criminal. La señora Paterson iba vestida con un traje de lino crujiente con bolso y zapatos correspondientes de caimán. Su apretón de manos fue fuerte y su forma directa. Presentó a su hijo con una expresión severa y luego se volvió para dejarnos. Mirando por encima del hombro dijo con tristeza: “Espero que pueda ayudarle, doctor Nicolosi.” Suele ser la madre la que reconoce el problema de homosexualidad de su hijo y muchas madres han sido instrumentales para traer a sus hijos al tratamiento. El padre con frecuencia parece ciego ante las dificultades e incluso si las ve, rara vez es una fuerza activa para iniciar el tratamiento de su hijo. De hecho, La madre de Edward había estado preocupada por su afeminamiento y su carencia de amigos varones durante años. Con frecuencia había sospechado que esto podría llevarle a la homosexualidad. Por otra parte, su padre se había sorprendido completamente cuando oyó lo del interés de Edward por la pornografía gay. Sentí un dolor particular por este chico adolescente que intentaba hacer lo correcto mientras se sentaba en frente de mí, medio asustado y medio desafiante. ¿Era un chico o un hombre? Ed era claramente algo de ambos. Su pelo oscuro caía sobre su rostro pálido y sensible. Era delgado y de alguna forma ligero pero mostraba un pecho y unos brazos en desarrollo bajo una camiseta voluminosa. Cuando su madre lo dejó a solas conmigo, estaba claramente asustado. Después de unas pocas bromas, fui directo al grano: “Hablemos francamente del por qué estás aquí. Tu madre no está contenta con tu homosexualidad.” Edward se movió en su silla y se rió nervioso. “¿Cómo te sientes por ello?” ¿Quieres trabajar para cambiar? ¿O lo que quieres es que te ayude a aceptarlo?” Parecía perplejo. Luego dijo en una voz baja, bastante despacio: “Es que como nunca he hablado con mucha gente de esto antes…” Hizo una pausa y añadió luego: “Es obvio que la homosexualidad no es socialmente aceptable. Quiero decir, que por sólo esa razón, no quiero ser gay.” “¿Pero tú mismo no te sientes motivado para cambiar los sentimientos?” “No, no lo creo.” Medio sonrió y pareció avergonzado. Este es el dilema esencial del adolescente –su deseo de poner su vida en un camino sano, en conflicto con el deseo obligatorio de satisfacer intensas atracciones eróticas. A diferencia del adulto que viene a mí después de romper con el tirón de la vida gay durante varios años y que ha decidido inequívocamente que no la quiere, no se puede esperar de un adolescente que sublime la gratificación sexual durante una visión de largo tiempo. Especialmente cuando la cultura popular le dice que debe abrazar su homosexualidad. “La razón por la que te lo pregunto”, dije, “es que no puedo ayudarte a adquirir una identidad gay. Esa no es la clase de trabajo que realizo. Si eso es lo que quieres, debes acudir a un psicólogo de afirmación gay.” Edward parecía inseguro. “No lo sé. Tenemos una oficina de asesoramiento gay en la escuela. Ese asesor me dio muchos consejos, algunos libros y panfletos gays, y me llevó bajo su ala… así que creo que debo oír la versión diferente que dices tú.” Sabía que Edward estaba hablando del Proyecto 10, un servicio de las escuelas públicas formado por orientadores gays voluntarios. Estos programas, a los que me opongo frontalmente, no hacen que los estudiantes tomen conciencia de que existe cualquier otra alternativa. El mensaje es: “Nunca cambiarás. Tu única opción es aceptar y abrazar una identidad gay.” Sentía que Edward se estaba confundiendo por mensajes contradictorios. No había venido a comparar ideologías y estaba perdiendo el interés. Decidí centrarme en lo que él mismo veía como sus necesidades. “Por supuesto, comprendo que tus atracciones por otros chicos son muy fuertes y muy importantes para ti ahora. No nos centraremos en quitar esos sentimientos a menos que tú quieras. Si quieres, por ahora podemos pasar un par de sesiones comprendiéndote, viendo qué es lo que está pasando en tu vida.” Asintió, con apariencia de alivio. Dijo: “Mi mayor problema ahora es el colegio. Tengo fobia al colegio.” “¿Qué te da miedo exactamente del colegio?” Pregunté “Todo,” respondió. “No lo sé… todo.” Parecía estancado. “Pero tu madre me dijo que tenías un papel importante en la obra del colegio y que estás en la lista del decano. ¿Cómo puedes tener fobia al colegio y ser un estudiante de honor?” “Oh, no es el trabajo,” corrigió. “Es sólo que me pongo nervioso tan pronto como me acerco al edificio.” “Bien, intentemos centrarnos en lo que te pone nervioso del colegio.” Mi tono preocupado parecía confortarle. Por primera vez en esa sesión, comenzaba a centrarse. “No lo sé. Existe el miedo de estar bajo el control de algo, quizás de los profesores y de los principales. Puedo manejar otras cosas sociales como clases de drama o cosas así…” “Para la mayoría de los chicos, el instituto está bien,” continuó. “Encajan perfectamente en él. Pero por alguna razón yo soy diferente.” “¿Por qué crees que eres diferente?” “No lo sé,” dijo, perplejo. “No sé la razón. Sólo sé que lo soy.” Me miraba desamparado. “De acuerdo, no nos preocupemos por las causas,” dije. “Empecemos con la experiencia. ¿Qué sientes?” “Es como si estuviera en la cárcel y todo el mundo me dijese lo que tengo que hacer.” Sospeché que el verdadero problema era que Ed carecía de apoyo social. Sin amigos que le comprendiesen en los que pudiese confiar sus conflictos, se sentía solo y alienado, volcándose en la satisfacción en el trabajo académico y buscando auto-expresión en el teatro. “Cualquier cosa sería mejor que el colegio,” continuó con tono de auto-compasión. Desafié: “¿Cualquier cosa sería mejor que tener que tratar con personas de tu misma edad?” “Bien, excepto para las clases de teatro,” corrigió Ed. “En realidad me siento cómodo tratando con los estudiantes de teatro.” “¿Puede que no quieras encajar con los demás alumnos, especialmente con los chicos?” Ed me miró. “Eso es verdad,” dijo solemnemente. “No quiero encajar con los demás chicos. Soy diferente.” Ed estaba utilizando su interés teatral para justificar el sentimiento de diferencia que procedía de su homosexualidad. (“Soy demasiado artístico y demasiado diferente y demasiado especial como para estar con los demás chicos en el instituto.”) Este paquete gay-artístico justificaba su exclusión de los “aburridos” chicos heterosexuales. Este iba a ser un tema repetido en los primeros cuatro meses que estuvimos juntos. “Y ese es el gran problema,” dije. “La mayor bifurcación en el camino de tu vida. Seguirás confrontando esa bifurcación por el resto de tu vida –‘¿Entro en el mundo heterosexual o me quedo en el mundo gay?’” Los mismos portavoces gays están en desacuerdo en cómo manejar este asunto. Algunos discuten que el gay es como el heterosexual excepto en su “preferencia” sexual. Otros mantienen que una “sensibilidad gay” separa invariablemente a las personas gays de la sociedad convencional. Sentía que Ed no podía manejar esta cuestión ahora –era demasiado abstracto y futurista. En cualquier momento, el reloj nos diría que la sesión había terminado. “Bien, Ed,” pregunté: ¿Has conseguido bastante de mí ya o quieres probar una sesión más?” “No lo sé.” Se encogió con indiferencia. Esperé. Pensó un minuto: “Volveré una vez más, creo. Me gustaría hablar un poco más de mi fobia escolar.” La semana siguiente, Ed entró lentamente con la misma apariencia de abatimiento que había tenido en la sesión anterior. Me preguntaba que cuánto había de actuación en esto. Debido a que no tenía nada que decir por sí mismo, le pinché abordando la relación con su madre. “Tú y tu madre viven juntos y tu hermano y tu hermana viven con tu padre. ¿Cómo es eso?” “Mi hermano y hermana son mayores, por lo que se fueron con mi padre. Vivir con él es como vivir por ti.” “¿Más libertad?” “Sí. Por eso quiero irme a vivir con él.” Rió amargamente. “Mi padre nunca sabe lo que pasa –está demasiado ocupado con su abogacía. Nunca se ha implicado mucho en nuestras vidas. Creo que eso hace más fácil vivir con él.” Sonaba como si estuviese disgustado. “Hay otra razón por la que quisiera marcharme de casa ahora,” añadió. “Me gustaría huir de mi madre.” “¿Por qué?” “Me enferman las continuas peleas con ella.” La voz de Ed era todavía baja pero más determinada. “¿Qué hace para que te enfades?” “Bien –en verdad éramos muy íntimos. Puede que porque era el más pequeño, mamá me ponía a su alrededor. Siempre hacía cosas con ella. Creo que nunca tuve muchos amigos. Pero ahora, a veces me resulta muy molesta.” Se retiró en silencio. “¿Cómo te molesta?” Encogió los hombros sin decir nada. “Venga,” le urgí. “Es importante identificar cómo te molesta.” La pasividad de Ed estaba comenzando a llegarme. Hubo una pausa larga. “Es sólo que es demasiado ruidosa. Hacíamos todo juntos. Quiero decir, nunca habíamos peleado hasta el año pasado.” “Quizá cuando salieron a flote tus sentimientos sexuales, ¿creó un conflicto y eliminó a tu madre?” Continuó como si no hubiese hecho la pregunta. “Sólo siento eso –no sé, es como que le tengo toda esta ira aunque en realidad no quiero tenerla.” Este era el típico conflicto de todo adolescente –pero experimentado con mucha mayor intensidad por un adolescente homosexual. Ed quería mucho a su madre pero había también un impulso para atrasar más tiempo su separación de ella. Quizás inconscientemente, sentía que su cercanía había contribuido a su homosexualidad. Los chicos heterosexuales generalmente alcanzan la autonomía de sus madres muchos años antes. “De acuerdo,” dije. “Necesitamos comprender por qué estás enfadado con tu madre. Porque ya sabemos por qué estás enfadado con tu padre. Tu padre es inefectivo.” “¿Qué es ‘inefectivo’?” Preguntó Dan. “Como en ‘efecto’. Tener un efecto. Tu padre tuvo poco efecto sobre ti.” “Sí, era un blando.” Había desprecio manifiesto en su voz. Continuó. “Mamá tiene problemas para decidirse. Una semana dice que tener mi propio coche sería bueno para mí, la siguiente me dice que es ‘peligroso’.” “¿Un coche?” Pregunté. “Yo pensé que un coche me haría sentir mejor sobre el colegio. Ese es todo el tipo de libertad.” “Así que ella te anima y luego desanima.” “Sí.” Alivio en su voz. “Me hace sentir culpable por todo.” Aquí oí la base de su sentido de ausencia de poder. “¿Sientes que te confunde y te frustra?” “Sí. Nunca sé si la puedo creer. Anoche la oí llamar a mi padre y le decía: ‘Ven e invita a Ed a cenar o a algo.’ Luego entra en mi habitación y dice: ‘Papá llamó y dijo que quería cenar contigo.’ Y yo pensé: ‘¡Qué raro! ¿Por qué llamaría? No suele hacerlo.’ ” “Está bien,” dije. “Así que cojo el inalámbrico y oigo que mi padre le dice: ‘Pero Beatrice, no quiero salir con él ahora. ¡Ya he cenado!’ Colgué y dije: ‘Olvídalo, mamá. No me siento con ganas de salir esta noche.’ ” “Pero no le dijiste el por qué.” “No. No me molesté. ¿Para qué?” “En vez de expresar tu ira o decirle que te sientes manipulado, de mal humor. Entonces tus padres se preguntan: ‘¿Por qué está Ed tan callado? ¿Por qué está tan malhumorado?’ ” “Ahora que lo pienso, me doy cuenta de que ese tipo de cosas pasaban cuando era niño. Mi madre decía: ‘Chicos, Papá os va a llevar a Disneyland o a algún otro sitio’, y nos llevaba. Pero estaba de mal humor todo el día, como si no quisiera estar allí.” “Bien,” dije, animándole a seguir. “Y probablemente porque ella se lo había dicho.” Oí el modelo familiar de las vidas de muchos de mis pacientes homosexuales –un patrón de comunicación familiar manipulador que no le da al niño opción sino de retirarse en el aislamiento auto-protector. “Ella siempre tenía que tener el control,” dijo Ed desamparado. Hizo una pausa. Había una triste expresión en su cara. “Pero así y todo, sé que me quiere mucho. Hace todo lo que se supone que hace una madre, como muchas cenas deliciosas y llevarme a la Iglesia y cosas así. Pero –es como que le importa demasiado y se implica demasiado-” Las palabras le fallaban. Pensó durante un minuto. Luego continuó. “Es como que nunca quiero hablar con ella de algo personal. Intenta comenzar una conversación y dice: ‘¿Qué tipo de coche quieres comprar, Eddie?’ y ya me pongo susceptible. Pero luego otras veces pienso: ‘¡Oh Dios, sólo estoy siendo un idiota y ella está intentando ser una buena madre!’ ” Al padre no le importa bastante y a la madre le importa demasiado. Pensé: “Estos mismos sentimientos de intrusión y pérdida de poder personal se transferirán a las chicas que conoces,” dije. “Si una chica consigue demasiada intimidad, la echas fuera.” “Sí,” admitió. “Es divertido que saques eso a colación. Como el año pasado era muy popular y tenía muchas amigas y eso. Recuerdo que cuando le comenzaba a gustar mucho a una chica, me ponía muy rudo, al igual que con mi madre.” “Exacto. Primero, tienes miedo de que espere una reacción romántica. Pero más que eso, no quieres verte atrapado en la misma situación que tienes con tu madre –sentirte manipulado por ella y responsable de sus sentimientos.” “Edward había estado mirando hacia abajo y jugando pero ahora me miraba, asustado. Sabía que había identificado un conflicto familiar en la mayoría de los homosexuales. Continué: “Cuando eras un niño pequeño y tu madre no estaba contenta, tu tarea era hacerla feliz. Este sentido de responsabilidad por los sentimientos de tu madre es transferido a las relaciones con las chicas que consiguen demasiada intimidad contigo. Inconscientemente, te afectan los sentimientos de la chica y sus expectativas. Cuidar de ella es incómodamente familiar –es una vieja trampa, y significa la negación de tus propias necesidades.” Edward asintió lentamente. “Además, eres rudo con las chicas porque ya tienes demasiada feminidad en ti. Lo que te atrae de lo masculino es lo que echas de menos en ti.” Cambiando de tema, continuó: “Sólo daba una audición de ¡Oklahoma! En el teatro de verano. Aspiraba a Curly, el papel principal.” “No es coincidencia que te encante el teatro,” señalé. “El teatro es una forma de huir de ti mismo. Quieres ser un artista, por encima de los hombres normales. El teatro es una perpetuación del falso yo.” Miré al reloj. “A propósito, es tiempo de que terminemos esta sesión. ¿Quieres tener otra cita o has oído ya más de lo que querías oír?” Ed dijo: “Tengo que ver lo del programa de ensayos de teatro.” “Recuerda, tú decides si y cuando quieres continuar” “Lo sé.” Hubo una sonrisa ligera en su cara mientras disfrutaba siendo el que tenía el mando. Finalmente dijo: “Te veré la próxima semana, a la misma hora. ¿De acuerdo, Doctor?” Ed no veía su problema de homosexualidad. Con el paso del tiempo, era una clase de asunto distante, algo que no abordaba porque no sabía cómo comenzar a tratarlo. En vez de eso, hablaba solamente del colegio y de “problemas de relaciones.” El caso de Ed sirve de ejemplo de los desafíos típicos de un chico adolescente con orientación homosexual: (1) ira hacia un padre inefectivo y no implicado; (2) ira hacia una madre intrusa y que confunde; (3) exclusión de sus semejantes (especialmente chicos); (4) interés por el drama y por el teatro como forma de su identidad y desafíos sociales; y (6) una actitud de superioridad como compensación de un sentido de inferioridad masculina. Ed resaltaba regularmente, pidiendo pronto dos sesiones a la semana sobre la base de que sus padres le “estaban volviendo loco.” Después de un mes de terapia, una tarde entró caminando, se sentó en la silla y me echó una seria mirada. Se había liberado de la mayor parte de su actitud de indiferencia más temprana. “He estado muy mal con mi padre últimamente.” “Seguro que sí.” Quería reasegurarle que no había cometido ningún crimen expresando un lamento de mucho tiempo. Dijo: Quiero decir que he estado enfadado realmente –en las dos últimas semanas.” “Seguro que sí.” Volví a reasegurarle. “Parece que es así-” A Ed no le salían las palabras. Esperé. Continuó: “Es todo esa ordalía con tener un coche. Mis padres estaban de acuerdo pero luego, en el último minuto, decidieron que no. Mi padre dijo, ya sabes: ‘Síguele la corriente hasta que encontremos una excusa para salir de esta.’ Eso es lo que me ha dicho mi madre.” “¿Cómo te sentiste por eso?” “Siempre hace eso y luego lo niega todo. Como el otro día, conseguí alrededor de treinta CD’s en el correo que pedí de de un catálogo del club pero no tengo dinero para pagarlos. Y mi padre dice: ‘Oh, no los pagues. En verdad no puedo venir tras de ti porque eres menor.’ ” “Y mi madre dice (con voz chillona): ‘Edward, ¿qué vas a hacer? ¡Esta es la tercera vez que te he pasado la factura! ¿Vas a pagarlos o qué?’ Y digo: ‘Bien, realmente no merece la pena que los pague. Papá me dijo que no los pagase.’ Y así Mamá tiene un completo arrebato y va a regañarle y por supuesto él lo niega. Así que él se mete en problemas con ella y me dice: ‘¿Por qué le dijiste a Mamá que te dije eso?’ Le dije: ‘¡Porque lo dijiste!’ y él dice: ‘No, no lo hice. Nunca dije eso.’ “No siento que “-luego se interrumpió a sí mismo, siguiendo: “La mitad de las veces en las que le hablo, quiero decir, parece que me está escuchando pero es como que se lo saco a colación al día siguiente y no se acuerda.” La voz de Ed era llorosa y sus hombros caídos. “Es como si no te tomase en serio,” dije. Me di cuenta claramente de por qué Edward venía regularmente. Más que por cualquier otra cosa, porque yo lo tomaba en serio. Hubo una larga pausa. “Le dije a mi madre que no quiero ir más a la casa de él porque no merece la pena. Quiero decir que voy allí y resulta que tiene que estar en el tribunal o salir con su novia.” “¿Entonces por qué vas?” Pregunté. “No lo sé.” No es tanto un asunto de odiarle como de no querer estar a su lado.” “De acuerdo,” dije: “Pero ¿Por qué lo evitas?” Se sentó, se encogió y dijo de forma simple: “No me comprende.” “Sólo soy diferente a él.” Respiré profundamente, como cuando uno comienza una larga conferencia. Odio dar sermones, especialmente a un chico de 16 años que admite que odia –o teme- que se le diga algo pero quería desafiar su actitud pasiva y complaciente. “Te crees que eres tan único,” presioné. “Pero la mayoría de los hombres con problemas de homosexualidad sienten miedo e ira hacia las figuras autoritarias masculinas, que piensan que no les comprenden. Recuerda, has estado desanimado por tus padres, tus primeras figuras de autoridad. Te han herido y abandonado. No puedes confiar en su autoridad -su paternidad- sobre ti.” “Es especialmente cierto para tu padre que se supone que debe cuidarte por medio de su fortaleza de adulto. ¿Cómo puedes fiarte del poder de tu padre sobre ti cuando constantemente te desanima? Así que mira,” Sabía que estaba llevando a Ed al límite, “no eres ni tan inusual ni tan especial.” Ed comenzó a comprender que el sentimiento de ser diferente del homosexual es defensivo. Le expliqué que se retira en esta fantasía de ser diferente y especial como una forma de justificar su falta de voluntad para conocer a otros chicos en términos iguales. De esa forma, puede despedir a otros varones como despidió a su padre, volviendo al lugar protegido y privilegiado de su madre. En ese mismo momento, guarda rencor a su madre por permitirle evitar el desafío de afirmar su masculinidad y el poder intrínseco que forma parte de ella. Le expliqué que este sentimiento de ser especial probablemente se originó en su temprana infancia, en la fase de identidad de género, cuando evitó por primera vez los desafíos de la identificación masculina. Fue entonces cuando decidió evitar los desafíos de separación e individuación y el desafío de ser autónomo de su madre. Al hacer eso, había abandonado gran parte de su poder personal que era esencial para el desarrollo de su masculinidad. Enseguida, el sentirse especial era una defensa conveniente que le permitía evitar los desafíos de afirmar tanto la masculinidad como el poder intrínseco. Ed se sentó derecho en su silla, escuchando atentamente. Como si se sintiera aliviado de la carga de sentirse especial, dijo: “Parece que todo lo que no relacionaba necesariamente con la homosexualidad, como actuar, la autoridad y cosas así –todo está relacionado, todo tiene sentido.” “Has estado manteniendo todo esto para ti sin compartirlo con nadie. Ahora puedes reforzar ese sentido de ser diferente y especial o puedes trabajar en ser un chico normal, aprender a cómo relacionarte con los chicos de tu edad. Ya ves, no es una coincidencia que estés en el teatro porque es una forma de evadirte de estos desafíos diarios.” Ed parecía perplejo, luego enfadado. “Así que si sólo soy como los demás y no tengo problemas especiales, ¿merece la pena que continúe viniendo a estas sesiones?” Escuché su inferencia: “Si no soy alguien especial, entonces ¿quién soy?” decidí no dirigir esto pero sí mantener vigente la discusión. “Hay dos motivos por los que deberías seguir viniendo a la terapia,” le dije. “Primero para disminuir la herida y confusión de tu vida, y segundo, para intentar desarrollar la parte heterosexual de ti mismo.” Suspiró. “Es difícil estar seguro de lo que quiero.” Una pausa larga. “Creo que quiero desarrollar la parte heterosexual de mí mismo pero oigo tantas cosas –la gente que dice que tengo que ser gay para ser verdaderamente yo mismo… cosas así.” “Estarás oyendo mucho de eso. Del mundo gay obtendrás un conjunto totalmente diferente de respuestas. Pero recuerda este principio básico, Ed. Si no haces nada, si decides dejarte llevar y seguir a la gente- terminarás siendo gay.” “Bien, por ahora,” dijo Ed, “me gustaría comenzar comprendiendo cómo tratar a mi padre.” El padre, pensé, inclinándome hacia Edward. Con qué frecuencia oigo esa frase en mis clientes. Con qué frecuencia es el asunto en mano uno de los problemas con el padre. Me fui de vacaciones después de esa sesión con Edward. Cuando nos vimos otra vez un lunes lluvioso tres semanas más tarde, Edward parecía muy triste y desanimado cuando llegó. Se quitó su abrigo, sacudió un paraguas empapado en la alfombra a su lado y se desplomó pesadamente delante de mí. “He estado pensando que no soy tan feliz teniendo estas tendencias homosexuales.” “¿Qué ha pasado?” “Bien… ya sabes lo solo que he estado porque no tengo amigos. Así que, hace un par de semanas estaba paseando solo en el parque cuando vi a ese tipo mayor –probablemente de tu edad, más o menos- y empezamos a hablar. Pensé que debía ser gay porque era demasiado amistoso. Hablamos un poco –su nombre era Jason- y nos dimos los números de teléfono. Esa noche me llamó y me invitó a salir a ver una película.” “Luego me invitó a una fiesta que resultó ser de gays, la mayoría de su edad.” Se rió amargamente. “Fue la mejor fiesta a la que he ido. Era el centro de atención.” “Así que conseguiste lo que no podías encontrar con chicos heterosexuales en el colegio. Por eso el ambiente gay es tan atractivo –consigues aceptación inmediata.” Edward se rió pero su cara mostraba infelicidad. “Lo sé. Es más difícil con los demás chicos. Con ellos, no soy nada especial.” “¿Y qué pasó?” “Bien…” Parecía con vergüenza. “Aunque en verdad no era lo que iba buscando, tuve sexo. Ojalá hubiera sido afecto y podríamos haber sido amigos. Puede que si me hubiese desgreñado el pelo o algo, me abrazase un poco… como eso.” Se rió, avergonzado. “Pero me dio un masaje y luego –bien, una cosa llevó a la otra.” “Ya veo.” “Así que me interesé bastante en él. Pero luego, al día siguiente, llamó y me dijo que su pareja formal, Harold, le había pedido que se fuera a vivir con él. Jason me dijo que no me preocupase, que no afectaría a nuestra amistad.” “¿Así que todavía sois amigos?” “Bien, el viernes por la noche Jason me pidió que le ayudase a transportar sus cosas a la casa de Harold, y resultó que Harold fue muy agradable conmigo, muy amistoso. Salimos a comprar una pizza y eso, y dijo que quería que fuésemos amigos. Yo no quería perder a Jason, por lo que seguí con ello. Luego regresamos a su apartamento y pusieron una película porno. Jason y Harold me desvistieron y…” “¿Y qué?” “Y… “ruborizado, “Se turnaban haciéndome una felación.” Intentando con acento francés: “Un ménage à trois, lo llamó Jason.” Edward me sonreía con timidez. “Después los dos me dijeron que me querían y que me podía ir a vivir con ellos. Que los tres lo pasaríamos muy bien juntos.” Después de una pausa larga y en silencio, le pregunté: “¿Así que conseguiste lo que querías?” La voz de Ed parecía cansada. “No. Realmente sólo buscaba amistad. Afecto. Les dije a Harold y Jason que no podía formar parte de su relación.” La historia de Edward ilustra el falso atractivo de atención especial ofrecida tan a menudo por el mundo gay. Los jóvenes como Edward –que necesitan desesperadamente atención, afecto y aprobación masculina- son seducidos e introducidos con mucha frecuencia en aventuras sexuales corrompidas o descartadas. “Hay mucha diversión salvaje y ultrajante y es muy atractiva para jóvenes como tú. Encontrarás atención inmediata- y sientes que es como un sueño que se hace realidad. Durante un momento es eso,” le dije. “¿Pero y los chicos heterosexuales?” Continué. “¿Has conseguido algún amigo heterosexual?” “Me da miedo intentar entablar una amistad. No puedo dirigirme simplemente a un chico y hablar… Pensará que estoy acosándole.” Esa es una idea confusa del mundo gay, pensé. Estas relaciones sexuales entre gays no es amistad. Los gays no pueden separar la amistad de la sexualidad. Edward tampoco tenía muy clara la separación. Necesitaba hacer conscientemente la distinción entre amistad y sexo. Ahora estaba proyectando su propia confusión sobre los heterosexuales con los que había estado intentando que fuesen sus amigos. “¿Por qué iba a pensar un heterosexual que iba a llevar a cabo una conversación amistosa? Para él, las amistades masculinas no implican la sexualidad. Antes de que Ed pudiese responder, continué: “No hay nada malo en buscar atención –pero no sabes la forma correcta de conseguirla. Hablar con esos tipos que te resultan atractivos. Hacerlos reales. Si no hablas con ellos permanecerán siendo objetos –más grandes que la vida. Si permaneces aislado, tus sentimientos eróticos se intensificarán. El interés sexual aumenta cuando estás solo y aislado.” Ed asintió, considerando esto. “Si quieres unirte a mi grupo –es los lunes por la noche –puedes escuchar a los hombres que han estado en el mundo gay y lo han dejado. Quiero que les oigas describir sus experiencias.” Estuvo de acuerdo. “Me gustaría unirme al grupo. Conocer a esos hombres. Estoy preparado para trabajar sobre cómo tratar mi homosexualidad.” Esa primavera Ed se graduó del instituto y comenzó sus vacaciones de verano. Su preocupación sobre la fobia al colegio se fundió al fondo y continuó trabajando sobre los aspectos de su padre y su necesidad de amistades masculinas. Pronto entabló amistades íntimas con hombres del grupo, en especial con Charlie. Como Ed era unos pocos años más joven que los demás, tenía mucho que aprender desde la perspectiva de los hombres que ya habían tenido una experiencia de la vida gay. Y por primera vez en su vida podía tener relaciones honestas, íntimas y no sexuales con hombres que comprendiesen sus tentaciones. En las semanas siguientes Ed ya no volvió a experimentar más los típicos altibajos de un adolescente con lucha homosexual. Después de todo, iba mejorando. Luego admitió lo difícil que se habían vuelto las cosas en relación con su madre durante el verano. Dijo cómo había ido recientemente en bicicleta a casa de su padre, sólo para huir de ella. Su ir y venir entre su madre y su padre simbolizaba un predicamento común en los jóvenes homosexuales que se sienten atrapados entre una madre sobre-implicada e intrusa y un padre muy poco implicado y nada interesado. “El sábado por la noche no tenía nada que hacer por lo que fui a ver una película de terror con mi madre. Estaba aburrido y no tenía otro sitio donde ir. Cuando regresé me sentí realmente zumbado. Termino pasando muchos sábados por la noche con mi madre.” “¿Por qué no tienes buenos amigos con los que salir?” Con su mirada de niño pequeño perdido respondió: “Porque no puedo encontrar ninguno.” “No puedes hacer ninguno,” corregí. Ed parecía desconcertado. “Hmm. Bien, ¿Has oído la historia del sándwich de atún?” Le pregunté. “¿El sándwich de atún?” negó con la cabeza. “Sí, todos los días, dos hombres almorzaban juntos. El primer día, el mayor desenvuelve su sándwich. Pastrami en centeno, conserva en escabeche en esa parte, ensalada de patatas. El más joven abre su sándwich –atún.” “El segundo día, el mayor saca un sándwich de queso suizo importado en un rollo emperador, mostaza dijon y ensalada. El más joven saca su sándwich de atún.” “El tercer día, el mayor desenvuelve su almuerzo –avocado, coles y tomate sobre todo el pan de trigo. El más joven saca su sándwich y exclama: ‘¡Atún otra vez!’ ” El mayor pregunta: “¿Por qué no le dices a tu mujer que te prepare otro tipo de sándwich?” “¿Qué mujer?” dice el más joven. “Yo me preparo mis propios sándwiches.” Edward sonrió. “Así que no quieres ir al cine con tu madre el próximo sábado, ¿verdad?” “No.” “Estás utilizando a tu madre como una sustituta de un amigo semejante. Haz algún tipo de plan y no esperes al último momento para llamar a un amigo. ¡Haz estado haciendo tu propio sándwich de atún!” Un poco irritado, Ed cambió de tema. “Ayer, tropecé con la chica a la que me solía sentar a su lado en el aula del curso. Me preguntó si quería acompañarla al paseo a cambiar unos vestidos que compró.” “¿Y fuiste?” “En cierto sentido la paré.” No estoy seguro de querer volver con la gente que conocí en el instituto –gente que me conocía como un chico callado… ya sabes… no masculino. Y ahora, si actúo diferente con ella, puede que ella me vea como un farsante.” Dudaba, eligiendo sus palabras con cuidado. “El hecho es que he estado pasando por muchos cambios recientemente. Me he estado sintiendo diferente sobre mí mismo. Ahora no puedo verme seguir yendo con una chica a cambiarse la ropa. No estoy seguro de que entienda que me siento distinto acerca de esto.” Asentí. “Nuestros amigos y familia tienen un interés investido en que sigamos siendo el mismo para ellos. Los viejos amigos del instituto se resistirán a ver a un Edward diferente, a un Edward maduro.” Ahora no tengo tanta paciencia con las chicas, su cotilleo y eso. No me hace sentir cómodo como antes.” Expliqué: “Estás empezando a hacer ahora lo que perdiste en tu temprana infancia –el rechazo necesario de las chicas que pasan chicos de edad latente. Es la fase del odio a las chicas’.” “Sí. La fase de ‘Las chicas son ofensivas’ –ya sé. Nunca pasé por eso. Continué: “Toda esta terapia se centra en superar tu exclusión defensiva de los hombres. Recuerda, cuando eras pequeño tomaste la decisión de unirte a tu madre y mantenerte lejos de tu padre. Le mirabas y decías: ‘No te necesito. No te quiero. No confío en ti.’ ¿No es así? Y les decías lo mismo a los chicos con los que deberías haber estado unido. Les evitaste, te quedaste lejos de ellos –luego intentarías romper esa alienación por medio del contacto sexual.” La semana siguiente, Ed entró saltando con una sonrisa de victoria. “Bien. ¡Conseguí el papel!” “¿Qué papel?” “El teatro de verano. Seré Curly en ¡Oklahoma!” “Felicidades.” “Los ensayos pueden interferir con nuestras citas,” me dijo. Probablemente serán todos los días.” “Realmente estoy muy contento de verte tan ilusionado, tan feliz. Por supuesto tendrás que tomar tus propias decisiones sobre tus prioridades. Pero recuerda que cuando termine el show y baje el telón-“ Ed asintió. “Lo sé. Su voz era grave. “Entonces estaré solo con los mismos problemas.” A pesar del rigor de su programa de ensayos, Ed logró encontrar tiempo para nuestras sesiones semanales. También continuó viniendo con fe a nuestras sesiones de grupo. Una mañana me sorprendió al preguntarme si podría traer a su padre a la siguiente sesión. Recibí con agrado su sugerencia. Sin embargo, le expliqué a Ed que no tendría sentido exponer a su padre una lista de quejas. Antes de pedirle a su padre que entrase, Ed tendría que estar seguro exactamente de lo que buscaba de él. Además, expresar quejas contra su padre sólo reforzaría el sentido de Ed de ser una víctima desamparada. Ed estuvo de acuerdo en intentar pasar más allá de las quejas en la comunicación. También estuvo de acuerdo en venir a sesiones individuales entre esos encuentros de padre e hijo. Por fin, tuve la oportunidad de conocer a Dennis Patterson. El padre de Ed era un hombre alto y atractivo que vino a nuestra cita vestido con un traje de negocios hecho a medida gris a rayas y una corbata de seda naranja llamativa. Apretó mi mano con firmeza y me habló de la forma valiente y directa de un hombre responsable. Empezó dejando claro que había cancelado una cita importante para tener tiempo para nuestra sesión. Pareciendo en comparación casi frágil, Ed se sentó muy rígido en un sillón en frente de su padre. Parecía particularmente infantil e inseguro. Luego les pedí al padre y al hijo que se mudasen a los lados opuestos de un enorme sillón, mirándose el uno al otro. Quería que se dirigiesen mutuamente. Ambos comenzaron a reír de lo nervios, obviamente incómodos. Ed abrazaba un cojín a su pecho como si fuese un escudo. Mientras comenzaban unas bromas superficiales, pude ver que tanto el padre como el hijo deseaban la cercanía pero tenían miedo de mostrar afecto después de tantos años de frustración mutua. Dennis Paterson quería mejorar claramente la relación pero su forma directa y poderosa sólo conseguía inhibir a Edward. Ed tendía a ser vago en sus significados e indirecto en su expresión de lo que quería. Incómodo con el estilo del padre de lleguemos al punto, ahora estaba totalmente nervioso. En mi experiencia con sesiones de padre-hijo, me he encontrado que los padres se atascan generalmente en el nivel del contenido, evitando los sentimientos. Desafortunadamente los hijos, para intentar mantener algún tipo de comunicación, permiten que sus padres se queden en ese nivel superficial. Podía darme cuenta de que a Ed le habría gustado más el intercambio de sentimientos, una expresión más emocional por parte de su padre. El Señor Paterson incurría con frecuencia en interminables charlas sobre la vida, la carrera y su tema favorito –la auto-disciplina –durante las que Ed simplemente se desconectaba. El padre parecía que estaba haciendo argumentos cercanos para el jurado. Atrapado en una conferencia llena de viejos clichés, Ed estaba claramente decepcionado. Intentando romper ese punto muerto, interrumpí: “¿Cómo crees que te percibe tu padre, Ed?” Ed se encogió de hombros, como si estuviese estancado entre el miedo y la esperanza. No podía responder. Finalmente habló con una voz infantil llena de emoción. “A veces no sé en lo que estás, Papá… adónde estás llegando.” De forma defensiva, Dennis Paterson respondió: “Bien, Eddie,… ¿Qué quieres de mí?” ¡Esta es tu oportunidad, Ed! Pensé. La apertura perfecta. Yo sabía lo que Ed quería. Habíamos ensayado literalmente lo que diría en nuestras sesiones privadas. Sin embargo no pudo responder. Siguió un largo lapso de silencio, durante el que el reloj hacía tic tac a lo lejos mientras la pareja estaba sentada allí muy tensa. A su propia forma, el Señor Paterson estaba intentando conectar con su hijo pero sus charlas sobre la auto-disciplina eran obstáculos para cualquier comunicación real. La defensa de Ed contra las charlas de su padre era tomar la posición contraria, diciendo que quería más libertad. Sin embargo, la libertad no tenía nada que ver con ello. Lo que Ed quería realmente, que no había dicho, era el amor y la aceptación de su padre. Durante cuatro sesiones llegaron juntos. Cada vez que padre e hijo entraban en mi oficina, lo hacían aparentemente sin preparación, como si nunca hubieran tenido idea de lo que iban a hablar. En verdad, Ed me dijo que vendrían en bicicleta a mi oficina en silencio, como si no tuvieran nada que decirse. Incluso en los momentos tan breves durante la sesión cuando se tocaban emocionalmente, no permanecían ahí mucho tiempo. Cada uno dirigía rápidamente la base segura de debate fútil sobre el tema de la libertad contra la auto-disciplina. Sentí miedo. Ellos sabían que bajo la superficie había daño e ira. Era como si ambos supiesen: “Si hablamos con honestidad, nos enfadaremos mutuamente.” La madre era siempre el fantasma presente durante estas sesiones –tanto Ed como su padre decían frecuentemente lo que “Mamá” o “ella” decía. Como es típico de la familia que produce al hijo homosexual, ella había estado sobre-implicada como madre/intérprete en la relación entre padre e hijo. Decidí que era mejor ni siquiera intentar ocultar mi impaciencia y finalmente simplemente establecí la regla: “No hablar más de Mamá. Estamos aquí para tratarles a vosotros –directamente.” Intenté alcanzar bajo la superficie, pasar la evitación del hijo y la tendencia del padre a hacer preguntas. No me atreví a introducir el tema del Gran H porque obviamente no estaban preparados para hablar de ello. Sin embargo, allí estaba, ejerciendo un gran peso sobre nosotros. Intenté desafiar al Señor Paterson a que dejase los discursos y a que hablase de su relación con Ed pero constantemente me interrumpía. Parecía claro que no tenía idea de cómo llegar a su hijo. Mientras les escuchaba hablar, sentía mucho lo que no se hablaba. Por primera vez, pude sentir el dolor y el sentido de fracaso de Dennis Paterson como padre. Sabía que mis días con Dennis Paterson estaban contados. No continuaría ajustando sus citas legales mucho más tiempo. Además, sentía que aumentaba su frustración. Mi experiencia pasada con padres y sus hijos homosexuales me ha enseñado a no esperar una brecha mayor y sostenida. Así que cuando Ed y su padre llegaron a su quinta sesión, decidí que debería empujarles con alguna intervención fuerte antes de que el padre de Ed se fuese de la terapia para siempre. Quería que se fuesen con algo. Mientras que Ed era claro y elocuente en nuestras sesiones privadas, no podía expresarse con efecto con su padre. Decidí comenzar diciendo lo que cada uno de ellos debía haber sentido con toda seguridad. “No estoy seguro de lo que vosotros dos estáis sintiendo pero me estoy sintiendo aburrido y frustrado con lo que ha estado pasando en estas sesiones. Vayamos al grano. Señor Paterson, ¿Qué quiere de Ed?” Respondió: “Le he dicho a Ed lo que espero. Quiero que llegue a ser un adulto responsable.” “Bien,” respondí. ¿Pero sabe lo que quiere Ed?” “Hablando con franqueza, no, no lo sé,” me dijo. “La semana pasada comenzaste a conectar con tu hijo,” le dije a Dennis Paterson. “Cuando conectaste con él, me di cuenta de que se tranquilizó. Se centró completamente en ti porque le estabas dando lo que quiere. Pero tienes que seguir tras él. Ed tiene problemas para hablar contigo. Necesita que le tiendas la mano, que conectes con él. Ir a conseguirle. Veo que intentas hacer eso pero parece que siempre se deteriora con una charla. No des charlas. Quiero que le hagas saber a tu hijo que es importante para ti. Ed quiere tenderte la mano a ti pero no sabe cómo hacerlo.” El Señor Paterson escuchaba pensativo. Luego se volvió hacia su hijo. “Bien, Ed. Creo que el Doctor Joe tiene razón. La semana pasada te hablé demasiado. ‘Esto es lo que necesito de ti.’ Puede que ahora sea el momento de que me hables tú.” Ed estaba tranquilo, mirando hacia abajo. Su padre continuó, expresando ahora una necesidad más profunda: “Puede que debería oír si tienes planes a largo plazo de cómo quieres relacionarte conmigo.” Ed se rió de nervios pero sin decir nada. “¿Quieres hablarle a tu padre?” Empujé. Se volvió a reír de nervios y siguió sin decir nada. Su padre siguió: “¿Estás diciendo, con prácticamente 18 años de edad, ‘Papá, adiós. Voy a hacer lo que me da la gana?’ O ¿Quieres que tengamos una relación duradera?” “Sí, quiero eso.” Otra risa de nervios. “¿Qué es lo que quieres?” “La relación duradera.” “Te pregunto esto,” continuó su padre, “porque te he oído decirle con tanta frecuencia a tu madre: ‘Cuando me gradúe del instituto, me voy para siempre. Es eso.’ ” Estaba claro para mí ahora que Dennis Paterson sentía que había sido rechazado por su hijo y lo trataba como si no fuese importante. “La razón por la que haces la pregunta es que tu hijo es muy importante para ti,” Ie sugerí. “Claro,” respondió el padre. “Siempre lo ha sido.” Me volví a Ed y le pregunté: “¿Qué te está diciendo tu padre?” “Que quiere que tengamos una buena relación,” dijo Ed. “Está bien. Pero tu padre no sabe cómo sostenerla. Necesita tu ayuda,” señalé. Luego, volviéndome al padre, dije: “Dennis, esta es la primera vez en que has llegado a tu hijo en una sesión. ¿Ves lo que sucede cuando expresas un sentimiento?” Animado, continuó: “Lo que estoy diciendo es: ‘Hijo, nuestra relación no va bien. Estás creciendo y vas a dejarnos y sería mejor que la mejoráramos ahora, antes de perderte.” “Bien,” dije, asintiendo. “Van a suceder muchas cosas pronto,” continuó el padre. “En un par de semanas, Ed, estarás dejando la casa para ir a la universidad. Si no establecemos una mayor confianza entre nosotros, entonces predigo que te vas para siempre. Deberíamos ir exactamente a la causa del problema. ¿Por qué esa alienación?” Ed permaneció en silencio. Sugerí suavemente: “Responde a tu padre.” “No sé quién soy, lo que soy…, cuál es mi identidad,” dijo Ed quejumbrosamente. “Por eso no quería plantear nada.” En una muestra de sensibilidad sorprendente, Dennis parecía rescatar a su hijo del asunto doloroso de su homosexualidad. “Mira, hijo, cualquier cosa que pudieras tener que decirme sobre ti, sobre tu identidad, está al lado del punto. Si tengo una buena relación contigo, eso es lo importante.” “Realmente no sé qué decir,” tartamudeaba Ed, retirándose más lejos. “¿Tienes miedo de que tu padre te juzgue?” Sugerí. “Yo no soy crítico contigo, Papá,” dejó escapar Ed. “En verdad no sé por qué eres tan crítico conmigo.” “Puede que… debería conocerte mejor,” dijo Dennis Paterson. Me volví a Ed: “¿Qué cosas haces que te hacen sentir bien contigo mismo?”¿Ese construir la confianza dentro de ti?” “Me siento con confianza cuando estoy actuando, en mis clases de teatro. También escribiendo poesía.”Volviéndose para mirar directamente a su padre por primera vez en la sesión, dijo: “Hay muchas cosas que no te he dicho de mí, Papá” Su voz era de reproche aunque sus ojos eran amplios, incluso con esperanza. Dennis Paterson asintió: “También escribía poesía cuando tenía tu edad, hijo.” “E incluso escribí un poema que todavía estoy intentando que se publique.” Ed se rió. “Me gustaría que me hablaras de eso. Quiero que te sientas orgulloso de ti mismo,” dijo su padre. “Si vas a dedicarte al arte tienes que ser muy, pero que muy poderoso con ello porque hay mucha competitividad, como en el derecho.” Añadió, con tono simpático: “No tienes el bastante poder en muchas cosas, hijo.” Vacilando sobre el borde de la charla, continuó: “Si no tienes éxito, no te sentirás bien con lo que haces. Quiero ayudarte a que tengas éxito en algo. No puedo enseñarte poesía o a ser actor. Sólo puedo enseñarte lo que sé.” Pregunté a Ed: “¿Qué es lo que quieres de tu padre ahora?” Ed se encogió de hombros, como si esta fuese la pregunta del siglo. Aquí me di cuenta de que Ed estaba encerrado en un modelo de ver-vio que es obvio en tantas sesiones de padre-hijo –cuando uno se extiende, el otro se rinde. Ed, que buscaba desesperadamente la afirmación de su padre, ahora, a cara de ello, parecía rendido, indiferente. Aquí estaban las huellas vivas de la exclusión defensiva de la infancia. Podía comprender la frustración de los padres de homosexuales. Viendo la duda de Ed, su padre se volvió para mirarle a la cara. “Cuando tenías 2 o 3 años y tu madre estaba fuera de la ciudad, Ed, cogiste la viruela del pollo y te llevamos al médico. La sala de espera estaba llena de gente y había mucho ruido, por lo que comenzaste a llorar.” Por primera vez, la voz de Dennis Paterson era temblorosa. “Te mantuve en mis brazos y te mecí y no me importaba más nadie de alrededor de nosotros y que estuviese pensando en mí y sólo te cantaba nanas. Aunque estabas llorando, me sonreías… y por primera vez, comprendí realmente lo que significa ser padre. Me enseñaste eso entonces, hijo, dejándome acomodarte.” Esta vez la risa de Ed era profunda y genuina. Miró a su padre con afecto. Su padre continuó: “Pensé: ‘Amo a este niño. Nada debe separarnos nunca.’ Estaba determinado a mantener ese momento en mi recuerdo. Sé que de alguna forma lo olvidé durante estos años. Pero me enseñaste eso, hijo, un día cuando eras pequeño.” La semana siguiente Ed llegó por sí mismo. Como sucedía con frecuencia, su padre estaba fuera de la ciudad por motivos de trabajo. Ed y yo estuvimos de acuerdo en retornar a las sesiones individuales. Su padre vendría sólo en base de necesidad. Sin embargo, Ed apenas podía ocultar una sonrisa jubilosa porque su padre le había ofrecido un trabajo de verano en su oficina de abogado. “Tuvimos una larga conversación en el coche cuando íbamos a casa de la sesión,” dijo. “Le pedí que me enseñase lo que pudiese del trabajo de abogado, por si acaso una carrera de Arte no resultase ser práctica.” Dijo que podía enseñarme muchas cosas.” Su voz estaba llena de orgullo y confianza. Resumimos cómo las personalidades de sus padres habían influido sobre él. “Tu madre es muy expresiva emocionalmente, quizás demasiado contigo. Siempre estuviste sobre-implicado con ella en un nivel emocional.” Ed asintió. Continué: “Tu padre ha sido generalmente lo contrario: fuerte, directo y con opinión en asuntos de trabajo pero emocionalmente inefectivo dentro de la familia.” Señalé a Ed la evidente exclusión defensiva hacia su padre. Le dije cómo veía una forma de desconectarse de su padre, un modelo de conducta que por el que tendría que ser responsable. Estaba claramente en oposición con la relación que Ed buscaba con su padre. Los padres de homosexuales tienden a revelar un sentido de desamparo, incomodidad y torpeza cuando se les requiere que interactúen directamente con sus hijos. Suelen tener pocos, si tienen alguno, amigos varones, y con frecuencia han tenido relaciones pobres con sus propios padres. Parecen ser particularmente dependientes de sus esposas como guías, intérpretes y portavoces, especialmente para relacionarse con sus hijos. En el curso del tratamiento veo generalmente una antipatía mutua, una resistencia y un profundo lamento de ambas partes. Aproximadamente la mitad de estos padres dice que sus hijos parecen haberles rechazado desde la temprana infancia. Viendo el propio rechazo de Ed a los esfuerzos de su padre para la cercanía, podía entender cómo estos padres –como sus hijos- se sentían rechazados. El simple rasgo más común entre esos padres es que parecen incapaces de resumir el esfuerzo requerido para corregir los problemas relacionados con sus hijos. Estos padres se sienten golpeados e impotentes en la cara de indiferencia y hostilidad de sus hijos. Más que afrontar los problemas con sus hijos, tienden a retirarse y a evitarlos, protegiéndose de la vulnerabilidad. Su disponibilidad emocional es bloqueada de alguna forma y generalmente son incapaces de tomar el liderazgo para llevar la relación en dirección positiva. Algunos son frágiles y rígidos, otros severos y críticos pero otros son suaves, débiles y pasivos. A esta falta de disponibilidad emocional sus hijos la llaman con frecuencia “Blando” aunque de hecho pueden ser bastante fuertes y tener éxito fuera de la familia. Edward ha hecho un progreso sustancial de este escrito. Está en su segundo año de carrera universitaria, especializándose en teatro y trabajando los sábados en la oficina de leyes de su padre. Por primera vez en años, ha hecho varios amigos heterosexuales. Uniéndose a una fraternidad, sufrió un rito contemporáneo de paso –semana urgente- y se encontró con que fue una experiencia poderosa. Se dio cuenta de que podía sobrevivir al riesgo de rechazo para ganar aceptación entre sus amigos. Viviendo con sus hermanos de fraternidad, encontró también una oportunidad amplia de practicar la separación de la sexualidad de sus auténticas necesidades de atención, afecto y aprobación del mismo sexo. Se siente feliz en la facultad y cree que su vida se mueve en la dirección correcta. Ed se ha distanciado de la relación demasiado cercana con su madre y ahora se lleva mucho mejor con su padre. Sin embargo, mientras se rompían algunas barreras significativas entre Ed y su padre, mi experiencia sugiere una capacidad limitada para cercanía de mucho tiempo entre homosexuales y sus padres. La sanación de la herida del padre parece ser menos el resultado del propio cambio sustancial del padre como el crecimiento del hijo en comprender y aceptar las limitaciones de su padre. Es demasiado pronto para estar seguro de qué dirección tomará la vida de Ed. Como hombre de 20 años, seguramente irá pasando por muchos cambios pero existen muchas indicaciones de que este joven sincero y de buen sentido continuará con su progreso bien merecido hacia la heterosexualidad. CAPÍTULO 8 ROGER , “¿REALMENTE QUIERO ESTAR AQUÍ?” En el momento en que entró en mi consulta, Roger Schulte, de 27 años, dejó clara su ambivalencia sobre empezar la terapia. Profesor de química en un instituto, Roger me dijo por teléfono mientras concertábamos una cita: “Normalmente me gusta comprender las cosas por mí mismo. Sólo voy a verle porque ya no puedo más con este problema.” Cuando apareció en la puerta pude ver a un hombre bastante pálido y aparentemente serio con una cara delgada enmarcada por unas gafas de gran tamaño. La forma de vestir de Roger era única, que podría llamarse “de extraño estudiado.” Llevaba una corbata de seda extra-amplia y de decoración brillante sobre una camisa de algodón de color kaki. Un par de cuerdas bien puestas terminaban con un par de botas vaqueras de piel de lagarto. Como sus conjuntos, Roger demostraría que era un estudio en ambigüedad. Roger se sentó algo nervioso en la silla con las manos dobladas en su regazo. Mientras le miraba, me acordaba del estereotipo del profesor distraído. Su pelo castaño largo y bastante rebelde se había estirado hacia atrás de su cara con un par de golpes duros de un cepillo húmedo. Sus botas puntiagudas y pisoteadas, una vez de lujo, eran arrastradas y polvorientas. Pronto se sumergió en la historia de sí mismo y su única pareja de larga duración, un hombre llamado Perry. Los dos habían decidido acudir a psicoterapia con la esperanza de dejar la homosexualidad. Ahora su ex-pareja había cambiado de opinión. “Perry ha decidido que la terapia no le va bien en absoluto y ahora pasa tres o cuatro noches a la semana intentando pescar a alguien en el Rage,” dijo Roger, expresando su voz ira y dolor. Había oído hablar del Rage a mis otros clientes. Este bar era para los clubnights gays lo que el Circo de los Libros era para lo pornografía –el mayor, el mejor y el más popular en su género de Los Ángeles. Roger me contó su dolor por ver a Perry beber, flirtear y bailar con otros hombres. Al mismo tiempo que habían roto oficialmente después de haber estado nueve meses juntos, todavía permanecían en una co-dependencia dolorosa. “Decidí que debería acudir a un terapeuta masculino para trabajar sobre este problema,” dijo luego con una risa torpe. “Pero ahora que estoy aquí, no sé de qué hablar.” Se encogió y miró hacia fuera, abrumado de repente por la auto-conciencia. Me di cuenta de que debajo de la forma provocativa de vestir había un hombre tímido, con miedo de expresar su verdadera personalidad. “Quizás no estás acostumbrado a verbalizar tus sentimientos,” le dije. “O quizás no estás acostumbrado a que se te tome en serio.” Roger asintió lentamente. “Es verdad. Incluso me pregunto si mis alumnos me toman en serio.” Desde el principio estaba oyendo un asunto terapéutico común que podría remontarse a la infancia cuando los padres del chico homosexual erraron al no tomarle en serio.” Roger comenzó a hablarme sobre su vida temprana con sus padres, que trabajaban muchas horas como encargados auxiliares de un gran hotel de balneario en las montañas Catskill de Nueva York. “Nunca los veía mucho, excepto el día que libraban a la semana, pero estaban demasiado cansados como para divertirse o hablar conmigo. Cuando íbamos a algún lugar juntos, me sentía como un preso.” Me dijo con tristeza: “Siempre me sentí paralizado en mi relación con mi padre. Todo el tiempo que iba creciendo, se convertiría en el abogado del diablo contra cualquier cosa que quisiera hacer yo.” “Debo admitir, sin embargo, que tengo que agradecerle a mi padre el haber llegado a ser profesor.” Se rió irónicamente. “Procedía de una estricta familia germánica, cada uno de ellos con estudios. La forma con la que se comunicaba conmigo era la palabra escrita. Me mantenía con la mano un periódico y señalaba un editorial, diciendo: ‘Realmente deberías leer esto, Roger.’ Sin embargo, rara vez hablábamos. Roger estaba muy limitado claramente en su expresión emocional. Podía ver la privación emocional de su base familiar. Y como los adolescentes a los que enseñaba, Roger usaba la ropa para expresar una identidad de la que no tenía otra forma de manifestar su aserción. Me miró y admitió: Recuerdo los celos que le tenía a mi hermano muy pronto en mi vida porque sentía que lograba toda la atención de mi padre. Mi hermano tenía un carácter duro. Era el matón del patio de recreo mientras que yo era el chico callado con gafas que siempre tenía una mochila llena de libros. Siempre parecía diferente. Me sentía como un huérfano que de alguna manera fue adoptado por error en una casa de los soldados nazis.” Se reía de esto pero sus ojos estaban amargos. Luego movió su cabeza con tristeza. “Están saliendo muchos recuerdos de mis relaciones de la infancia y la mayoría de ellos son dolorosos. Me da miedo. Mi reacción instantánea es dejarlos otra vez atrás… olvidarme de ellos.” Roger me contó luego sus intentos de tratar con el miedo. “Sé que necesito desesperadamente salir de mí mismo y empezar a conocer gente nueva pero todavía tengo miedo de hacerlo. Tengo miedo de la gente, miedo de enfrentarme a ella. Tengo miedo del rechazo.” Se rió, moviendo su cabeza con disgusto. “Tengo miedo de intentar hacer amigos porque ni siquiera sé lo que es una buena e íntima amistad.” “Esto no es un miedo reciente. Es un miedo que he tenido siempre, desde que puedo recordar… puede que desde mi nacimiento. Cuando miro atrás, me doy cuenta de que la mayoría de mis amistades fueron iniciadas por el otro. A veces me encuentro con alguien en una excursión con el cabildo de Sierra Club al que pertenezco y nos damos los números de teléfono. Nunca soy yo el primero en llamar. Espero que me llame.” “Por el miedo al rechazo,” dije. “Por el miedo al rechazo,” repitió. “Ese es el miedo que siempre he sentido. Al menos, parte de él. Tengo miedo también de todo lo que pueda pensar de repente: ‘Puede que me haya equivocado al pensar que el tipo lo hubiese pasado bien la última vez que estuvimos juntos. Puede que no vuelva a llamarme más, después de todo.’ Eso me da miedo.” “Tienes miedo de tu propio éxito.” “Sí,” admitió. Le expliqué: “Esto es un asunto de poder. Tienes miedo de la responsabilidad del éxito. No puedes creer que tengas la fuerza para mantener el éxito que ya has logrado.” “Tienes razón. Y todavía peor, no puedo controlar los deseos homosexuales cuando aparecen. Eso es lo que en verdad me deprime.” “No tienes que controlar tus sentimientos homosexuales para trabajar en hacer que disminuyan,” dije. Roger parecía sorprendido. Continué: “No es en el control donde reside la curación.” Roger estaba cayendo en la trampa que con frecuencia se presenta en los primeros pasos de la terapia –centrarse en controlar los síntomas superficiales más que en resolver las necesidades más profundas. De hecho, centrarse sólo en controlarse a sí mismo –una batalla de auto-engaño, sin ningún tipo de duda –sólo es una forma de evitar el desafío más profundo de establecer amistades masculinas íntimas y no sexuales. “Tus tentaciones homosexuales no deben distraerte ni desanimarte ante la tarea esencial y subyacente. Tu primera tarea es superar tu miedo y soledad para desarrollar relaciones masculinas íntimas.” “En vez de mirar a esos hombres sexualmente, necesitas afrontar los sentimientos que yacen bajo el deseo. Tus sentimientos sexuales esconden mucho dolor y alienación real y necesitas aprender a tratar ese dolor de una forma más apropiada y más satisfactoria.” “Tienes razón sobre el dolor,” dijo. “Dime,” dije, “exactamente de qué dolor se trata.” Suspiró. “El dolor de tener miedo siempre. El dolor de la soledad. El dolor de sentirte que no perteneces a ningún sitio.” Movía su cabeza con desaliento. Nuestro tiempo se había acabado y le pregunté a Roger si quería continuar la semana siguiente. Dijo que lo pensaría. El día siguiente -dejó un mensaje en mi contestador- había cambiado de opinión sobre la terapia. Tres meses después, Roger telefoneó para pedir otra cita. A la hora señalada, entró en mi oficina triste y disgustado. Habló durante un rato de generalidades, dando sólo vagas razones para su vuelta a la consulta. “¿Pero por qué regresas ahora, Roger? ¿Qué te hizo cambiar de opinión?” Con algo de duda y de vergüenza, comenzó su historia: “La semana pasada tuve una experiencia bastante desagradable –de hecho, es humillante incluso hablar de ello…” “No te preocupes, Roger,” le aseguré. “No creo que haya algo que pueda escandalizarme o sorprenderme ya.” “Bien –Fui a la casa de ese tipo, un hombre al que no había visto nunca. Conseguí su nombre en la contraportada de un periódico gay- ya sabes, de esos anuncios gratuitos de periódicos que encuentras en bares gay. Él ‘buscaba una relación.’ ” Asentí. “De todas formas, fui a su casa y me dijo que le gustaba que los chicos más jóvenes estuvieran ‘arriba’ y él ‘debajo’. Así que lo hicimos. Yo llevaba un preservativo –pero luego advertí ese olor y,” suavizó la voz, “um… hubo una desconexión y era muy duro para mí seguir. Interrumpí: “¿Qué fue lo que advertiste?” “Mierda,” respondió, mirando lejos de mí. Hubo una larga pausa antes de que pudiese continuar. “Uh… después fui al baño y había… había mierda en la punta de mi polla. Fue una guarrería total. Gracias a Dios que tenía puesto el preservativo. Me fui de allí rápidamente. De repente me chocó lo perverso que era todo. Pensé: ¡Qué bajo tengo que caer! ¿Es así como un gay tiene que conseguir gratificación sexual?” “Me doy cuenta de que el sexo entre hombres no es natural.” Roger se comprometió a un horario de una sesión a la semana. Cuando habían pasado pocas semanas, parecía mucho más feliz de estar en la terapia. Un día se lanzó en una análisis del desafío de día a día de afrontar lo que él llamaba sus “pequeños miedos” –su auto-conciencia y ansiedad. “Gasto mucho dinero en mi ropa,” me dijo Roger. “No puedo resistir una buena venta cuando veo un buen par de botas o algo más que me agarra. Sin embargo, cuando tengo que ir a comprar, tengo miedo del dependiente de ventas. No puedo mirarle a los ojos. Me siento como un niño pequeño donde quiera que vaya. Un niño pequeño en un mundo de adultos. Lo que es bastante irónico, cuando tienes en cuenta que soy profesor.” “Pero últimamente me he estado diciendo que tengo que superar esto, por lo que ayer fui a la avenida y durante un rato sólo caminé. Intentaba mirar a la gente a los ojos, no sentirme tan auto-consciente.” “Aquí están otra vez los pequeños éxitos que marcan la diferencia,” señalé. “Tienes que continuar haciendo esos pequeños cambios de conducta.” “Y sin embargo a pesar de que estoy mejorando al hacer más vida social, todavía tengo miedo de que la gente sea tan intensa. Todavía me siento falso cuando me enfrento a situaciones sociales.” “Estás superando tu timidez en la conducta pero queda el miedo,” coincidí. “Siento que siempre tengo que proyectarme, empujarme hacia la gente o nunca le diré una palabra a nadie.” Parecía severo. Mientras Roger hablaba de su auto-consciencia, del aislamiento auto-protector, no podía evitar pensar que así era como Roger se sentía cuando era niño en la presencia de una madre o de un padre que nunca estimularon su espontaneidad. Entonces Roger habló de su antigua pareja, Perry. “En el fin de semana me derrumbé al final y lo llamé. ‘Bien, sólo saber cómo le va,’ me dije. No pude conectar con él, sólo con el contestador. Después de oír su voz en la cinta, perdí todo deseo de hablar con él. Sólo sentí esta ira y tristeza intensa. Y un profundo sentido de pérdida. Quiero resolver esta relación –nunca lo hicimos, sólo la dejamos colgando. Me encuentro haciendo de él un mal tipo y sé que no es verdad.” “No es realista,” coincidí. “Sé que no es real. Pero es lo que he hecho con todas las relaciones. Siempre termino enfadado y disgustado con los hombres que pensaba que quería. Decido que después de todo son bastardos. Es la forma en la que me sentí con mi padre.” “Exactamente,” dije. “‘Conozco’ todo esto en un nivel, pero todavía no me quita la tristeza. El momento en que me pongo más triste es cuando imagino a Perry o escucho su voz en mi mente. Me doy cuenta de que no lo recuerdo como era en verdad sino como una imagen idealizada. Le amaba porque era libre, loco y extrovertido –la imagen del hombre que siempre quise ser y que sentía que necesitaba.” El yo idealizado, pensé para mí. Exactamente lo que Roger querría ser, si pudiera sentirse menos inhibido. “Sin embargo hay aspectos de esa relación que realmente echo de menos. A pesar de todas las peleas y de la confusión, había momentos en los que en verdad éramos el uno para el otro. Creo que sucede con cualquier pareja que se una, aunque sea momentáneamente. “Sé que había aspectos buenos y sanos en la relación,” continuó. Pero por otra parte, estaba esta ira por haberme permitido sucumbir a su manipulación ostensible. Tengo este sentimiento de ira que me permite ser manipulado.” “¿Ha sucedido antes?” “Después de una aventura desmoralizante con un chico durante mi año senior en el instituto, juré que nunca más permitiría que otro hombre me manipulase. Entonces terminé con Perry.” Después de un largo silencio, dijo: “Durante muchos años he estado buscando a Don Perfecto, pero cada vez, ha habido terribles heridas y decepciones. Ahora sé que nunca vendrá el amigo perfecto. Y entiendo el por qué. Sin embargo, incluso ahora que te expreso esta convicción, tengo un sentido real de pérdida. No puedo soportar afrontar el hecho de que sólo estaba siguiendo una ilusión.” Roger había dado con uno de los pasos más difíciles de la terapia reparativa. Dije: “Creo que debes sentir la tristeza de esa pérdida. Tienes que dejar el sueño perenne gay de que un hombre va a ser tu amigo eterno, compañero sexual, amante fiel, compinche, hermano, amigo del alma, todo envuelto en uno. Creo que en realidad tienes que afligirte por la pérdida de ese sueño,” dije. “En nuestro encuentro final en el Rage,” dijo Roger, “estaba triste por algunos de los insultos que me dirigió Perry. Sentí que estaba intentando ponerse bajo mi piel por alguna razón.” “Echarte fuera,” supongo. Probablemente tiene la misma ambivalencia que tú.” “¿Qué quieres decir?” Me preguntó Roger. “Él también soñaba con poder tener algo especial contigo y cuando se sintió decepcionado, decidió destruir lo que era,” le expliqué. Roger dijo lentamente: Es el mismo sentimiento de ‘Odio lo que amo porque sé que no puedo tenerlo.’” Añadió, como estudiándolo detenidamente, “Hmm. Oír eso me hace sentir mejor.” “Porque ahora comprendes lo que sucede. Las relaciones homosexuales tienen la característica de ser tan volátiles porque el homosexual odia lo que ama. Se da cuenta en algún nivel de que ningún hombre puede satisfacer sus expectativas irreales.” Roger dijo otra vez: “Hmm.” Luego añadió con tristeza: “Eso rompe el brillo romántico, creo.” Entonces, “no es fácil tener a un hombre de pareja, eso te lo puedo decir.” “No, a no ser que quieras vivir con las limitaciones inherentes a las relaciones homosexuales.” La relación homosexual está llena de paradojas irreconciliables: miedo, y sin embargo, atracción por los hombres. Las parejas del mismo sexo suelen comenzar con una percepción irreal de la otra persona, una imagen. Esta imagen representa aspectos de la propia masculinidad perdida del hombre. Generalmente basada en rasgos superficiales de la personalidad del otro, estas proyecciones están destinadas a conducir al fracaso. Y debido a que estas relaciones se basan en proyecciones deseables, la pareja tiene dificultad en moverse más allá del estado de infatuación romántica hacia la formación del compromiso monógamo estable. Cuando busca contacto erótico con otro hombre, el homosexual intenta ganar una parte perdida de sí mismo. Pero como esta atracción procede de un déficit personal, no es completamente libre para amar al otro. El Dr. Herman Nunberg (1938) habló del tipo de cliente homosexual que parecía creer que “por medio del mero contacto físico con un hombre fuerte o por medio de un abrazo o de un beso, absorbería esta fuerza y llegaría a ser tan fuerte como el hombre al que deseaba” (p. 5). Esta búsqueda del ideal masculino es característica de las relaciones gays. Esta es una de las razones por las que vemos que en las relaciones gays el ciclo frustrante de atracción y contacto sexual va seguido poco después por el desinterés. Es un ciclo de deseo de intimidad frustrado con frecuencia durante toda la vida. El hombre heterosexual no es psicológicamente tan dependiente de encontrar el ideal femenino. El ideal femenino es menos importante porque su pareja no necesitará satisfacer un déficit de género original. En vez de encontrar una pareja igual a él, su pareja será complementaria. El gay pone la esperanza con frecuencia en el sueño de un amante futuro. De hecho, vemos estadísticamente que las parejas homosexuales casi nunca permanecen monógamas y fieles. Sin embargo, la relación madura significa aceptar las limitaciones inevitables impuestas por la elección de un compañero para toda la vida y creando lo que se puede crear desde la relación. Las parejas gays muestran con frecuencia una intensidad de dependencia, de celos y de sospechas. Las relaciones domésticas más volátiles con las que he trabajado han sido las de las parejas de hombres. Generalmente se dan quejas de ambivalencia intensa, a veces conflictos violentos e incluso heridas físicas. Como la relación está forzada a soportar el excesivo bagaje de las necesidades insatisfechas de amor de la infancia, tiene lugar una gran cantidad de dependencia hostil. No puedo creer que el hombre haya sido diseñado para vivir su vida con una pareja del mismo sexo. Sin la influencia femenina en una relación de amor, se echará de menos siempre una fuerza de base esencial. Unos meses después, Roger entró en la sala con una pregunta inmediata: “Para que una persona tenga buena auto-estima, sus padres tienen que darle reconocimiento positivo cuando es niño, ¿verdad?” Antes de que pudiera decir una palabra, añadió: “Porque mis padres nunca lo hicieron.” “Respondiendo a tu pregunta, claro que sí,” admití. “Pero más importante que el reconocimiento positivo es el reconocimiento de seguridad. Para desarrollar una verdadera identidad, el niño necesita tener reflejado con claridad quién es como individuo.” “Este es mi problema,” afirmó Roger con tristeza. “Era ignorado o manipulado.” Pensó durante un minuto, luego corrigió: “Realmente –déjame seguir a este heterosexual. Era ignorado por mi padre, manipulado por mi madre.” Su cara mostraba cierta satisfacción. Entonces Roger volvió al presente. “Anoche fui a casa de mis padres para la cena del domingo. Cada vez que voy allí, me siento agobiado. Todo lo que dicen me molesta. Después de que regresé a mi apartamento sentí esta tensión y me encontré con la necesidad de masturbarme tan pronto como cerré la puerta.” Siguió un gran silencio, como si no supiese adonde ir con esa observación. Como muchos hombres con orientación homosexual, una vez que Roger expresó una queja sentida fuertemente, tenía una enorme cantidad de problemas para seguir adelante en el análisis. Con frecuencia parecía satisfecho expresando simplemente la queja y carecía de la motivación para moverse hacia la auto-comprensión. “¿Por qué?” le empujé. “¿Tienes que preguntar ‘por qué’?” Miró por la habitación, respirando profundamente. Luego me miró y me dijo: “Porque no se me escucha cuando estoy con mis padres.” “Está bien. Así que, ¿cuál es la conexión entre el agobio en casa de tus padres y la masturbación?” Le pregunté. Se quedó en blanco. Dije: “Cuando nos sentimos agobiados, aburridos, irritables, ansiosos o depresivos, estos sentimientos son signos que nos dan nuestros cuerpos de que estamos fuera de contacto con nosotros mismos.” Continué: “Estabas fuera de contacto contigo mismo y la masturbación fue una forma de volver a ponerte en contacto contigo mismo, una forma de volver a sentir tu cuerpo. La mente se dispersa mientras todo el cuerpo se concentra en el orgasmo. La masturbación, como comer mucho y otras conductas adictivas, tienen una función unificadora.” Me incliné hacia adelante y le miré seriamente: “Acuérdate de preguntarte: ‘¿Qué estoy sintiendo ahora que no puedo expresar?’ La mayoría de las veces es ira que no te permites expresar y-“ Roger interrumpió con impaciencia. “¿Cómo les muestro mi ira a mis padres?” ¿Empiezo a gritarles?” Sentía su frustración pero continué con calma: “Que tus sentimientos correspondan con tu conducta no significa que tengas que lanzar una rabieta de carácter. Intenta hablar más directamente sobre lo que estás experimentando. Sólo siendo honesto contigo mismo en que estás enfadado producirá un movimiento en el sentimiento. Tendrás un sentido de control sólo etiquetando el sentimiento. De repente te sentirás más en posesión de ti mismo. Entonces puedes decidir cómo expresar la ira apropiadamente, que puede ser simplemente yéndote de la casa de tus padres.” “Que fue lo que hice,” dijo Roger, esperando evidentemente conseguir algo de crédito. “Sí,” dije, dándoselo, “porque no tenías otra elección.” No ibas a hablar con franqueza con tus padres. En vez de eso, convertiste tu ira en una expresión sexual. La Gran M. Esta es una dinámica común –diría característica- de los homosexuales. Su poder intrínseco es desviado a una conducta sexual.” Después de algunos segundos de reflexión, Roger se rió, luego su voz se volvió seria mientras decía: “Parece tan enfermizo.” Reflexionó, “Una función unificadora.” Añadí: “Pero después de todo, la función última unificadora del orgasmo es la procreación.” Roger me miró, se encogió de hombros de forma no comprometida y luego procedió a contarme su primera experiencia sexual, una situación de abuso sexual de mucho tiempo por un vecino mayor. “Empezó cuando yo tenía 5 años y él 13. Era el 4 de Julio y Larry y yo estábamos jugando al escondite y busqué en la alcoba de mis padres, ya que estaban fuera de barbacoa en un hotel. Me escondí debajo de la cama y Larry me encontró allí y me pidió que le hiciese una felación. “De regreso entonces, no tenía idea de que eso era lo que se llama abuso sexual. Disfrutaba con lo que hacíamos y en verdad me adulaba con la atención especial que me daba. Siempre había sido inseguro y tímido y tenía a este chico mayor y más fuerte llevándome bajo su ala… Creo que podrías decir que me enganché pronto. Era excitante. Durante muchos años mis fantasías en la masturbación se centraban en Larry.” “¿Así que te sentías bien con Larry?” “Yo era especial para él. Me aceptaba. Conseguía de él la aprobación que no conseguía de nadie más, en ningún sitio. Mi padre no me daba nada –yo era un asunto de total indiferencia para él. Y mi hermano mayor no me estimulaba. Era un chico realmente bromista y con personalidad y cerca de él me sentía miserable.” “¿Crees que esta experiencia tiene algo que ver con que tengas tendencias homosexuales?” “Oh…” Roger pensó por un momento. “Realmente había más de una causa, creo… Tener una madre más que posesiva, un padre que no se implicaba y mi relación con Larry –todas esas cosas deben haberme empujado en esta dirección.” “¿Cuándo terminó la relación sexual?” “La última vez que lo hicimos yo tenía 13 años, y por entonces, me sentía fatal porque estaba muy confundido por lo que estaba pasando. También tenía algunos sentimientos heterosexuales –Tuve una especie de enamoramiento de esa chica en el colegio- y estaba confundido con que si lo que hacía con Larry significaba que era homosexual o heterosexual. Desde entonces, no tuve más sexo con hombres hasta mi último año en el instituto.” Mientras terminábamos nuestra sesión, le sugerí a Roger que hiciera un diario para que pusiera cualquier pensamiento, idea, sentimientos o experiencias que pensara que podrían ser importantes. Escribir el diario facilita la clasificación consciente de los procesos interiores. Como la mayoría de mis clientes, a Roger le afectaban fácilmente los acontecimientos externos. Mi esperanza era que por medio del diario, miraría con más frecuencia en su interior para encontrar respuestas. La semana siguiente Roger entró con un estado de ánimo muy alegre. Describir su estado de ánimo como feliz era demasiado fuerte para Roger. Siempre era muy inexpresivo emocionalmente. “Bien… Hice lo que dijiste y funcionó,” me dijo. “¡Bien! ¿Qué te dije?” Bromeé. “Iba paseando por la avenida el sábado pasado y me sentía triste… otra vez, el agobio. Soy auto-consciente de lo que parezco. ‘¿Parezco gay?’ Me pregunto. Lo que sea…sólo estúpida mierda. Finalmente me digo: ‘Hey, ¿Qué pasa aquí? ¿Cómo me estoy sintiendo en verdad?’ Como dijiste que debía hacerlo. Me doy cuenta de que me irrita que mi madre me mande a hacer la diligencia de conseguir una pulsera para el reloj de mi padre. No estoy enfadado por mi padre sino porque que mi madre me mandase, como: ‘Oh, Roger, cuida esto y mientras estés ahí, haz esto, también.’ Como un imbécil, ¡voy! Ella parece creer que tengo 16 años y que no tengo nada más que hacer. Pero si hablo, terminaremos discutiendo o heriré sus sentimientos.” Le expliqué: “Esta clasificación de tus propios sentimientos es el proceso que fue sofocado en la infancia. Terminaste en el papel del buen chico que no tenía clave para lo que sentía.” Roger añadió: “Que no tiene poder.” “Y que en su momento vino a admirar a otros chicos que eran espontáneos, libres y auto-confidentes,” dije. “Por eso, te enamoraste de la imagen proyectada de Perry –era tan abierto y extrovertido. Pero tienes que mantener la consciencia de cómo te sientes y reaccionar a esos sentimientos de ansiedad, aburrimiento y depresión.” “Más irritabilidad y agobio,” añadió. Luego Roger me contó una impresión interesante que había tenido de una foto que había visto la semana anterior. De eso podía aprender algo de las necesidades más profundas que yacen tras su atracción erótica por los hombres. “Estaba en una librería mirando por la sección de arte y pude ver este libro de tipo de mesa de café de fotos artísticas de desnudos masculinos. Nada pornográfico en absoluto. Me sentí arrastrado a esa foto de tres hombres de pie en círculo en una piscina. Podrías ver solamente sus espaldas y estaban con el pecho en el agua, por lo que no había nada sexual explícito. Sin embargo, había algo terriblemente atractivo en esa foto.” Le animé: “Quédate con esa imagen. “¿Qué hay exactamente tan atractivo en esa foto?” “En cierto modo, me habría gustado estar allí con ellos. Estaban riendo, disfrutando, desnudos, libres y al aire libre. Me habría gustado estar allí con ellos.” En un tono de triste reflexión, Roger continuó: “En verdad nunca tuve esa clase de experiencia masculina natural. Ya sabes, como la piscina local donde los chicos van a bañarse. Nunca tuve eso.” “Has identificado el deseo profundo de esa conexión natural y física. Mientras crecías, se erotizaba.” “¡Eso es! Cuando estoy viendo un video porno de hombres teniendo sexo, mi fantasía es que estoy en esa película con ellos –tengo 13 años otra vez, sentándome alrededor en un círculo sacudiéndomela. “¿Hiciste eso a los 13 años?” “No. De forma divertida, me habría gustado hacerlo. Puede que no estaría necesitándolo ahora.” La idea de Roger me hizo recordar las ideas del famoso psiquiatra Harry Stack Sullivan, también homosexual. Tenía la idea sin par –ciertamente no comprendida en aquel momento- de que la conducta homosexual entre jóvenes ayuda a establecer la base para la heterosexualidad adulta. Creo que Sullivan tenía razón sobre el principio básico: que el joven necesita intimidad masculina (aunque no de naturaleza sexual) para moverse hacia la atracción del sexo opuesto. Entonces Roger lanzó una pregunta: “Perry y sus amigos estuvieron recientemente en un rally de Derechos de la Mujer y me doy cuenta de que los gays son casi siempre feministas. ¿Por qué?” “Los gays y las feministas comparten una desconfianza del poder masculino. No confían en que el poder masculino pueda ser benevolente.” “Hmm. Creo que eso es verdad,” asintió Roger. Es una coalición que los dos grupos han creado contra el establecimiento, que es básicamente una estructura política masculina blanca.” Roger luego trajo a colación un problema que le angustiaba. “La semana pasada tuve mi evaluación anual de empleo. Mi supervisor me dijo que soy demasiado sensible.” Apretó sus manos con tensión. “Es verdad. Cuando los chicos hacen comentarios tontos detrás de mí, hago que no les oigo pero sus palabras resuenan en mi cabeza durante días. ‘Puede que sea esto, o esto, o esto.’ He sido sensible toda mi vida.” “Eres vulnerable porque la imagen que mantienes no es real,” expliqué. “Por eso te sientes tan frágil.” “Sin embargo hay días en que me siento tan fuerte y positivo. Siento que “no hay nada que pueda decir alguien que me haga daño.” “Bien. Así que ahora sabes la diferencia entre tu falso y tu verdadero yo,” dije. “Debes darte cuenta de que cuando te pierdes en una falsa identidad, se puede tardar medio día o más simplemente para identificar que pasó esto. Ahora, el tiempo que tardas en regresar a tu verdadero yo –en otras palabras, tu tiempo de recuperación- será cada vez más corto mientras practiques el regresar a ello.” Roger demandó: “¿Pero qué demonios tiene esto que ver con la homosexualidad?” “Todo.” Dije. “La homosexualidad es sólo un síntoma –sólo una manifestación del poder masculino perdido de la infancia que nunca actualizaste.” Mientras Roger tardaba un momento en asimilar estas ideas, yo pensaba en la idea de la homosexualidad del filósofo Eli Siegel como esencialmente un problema para vivir. El Realismo Estético de Siegel desafía al homosexual a estallar su pasividad para hacer un contacto auténtico con elementos opuestos del mundo, incluyendo la polaridad de los hombres y las mujeres. Roger resumía: “He vivido en esta actitud pasiva durante tantos años de mi vida, que se siente como segunda naturaleza. Es como…” buscó una palabra, “normal.” Le aseguré: “Pero ahora sabes la diferencia. Y podrás hacer el movimiento hacia el interior cuando quieras regresar a tu identidad auténtica.” La semana siguiente, Roger me dijo que había coincidido con Perry mientras salía caminando de ver una película. “Fui a verle la noche del sábado pasado a su apartamento. Al comienzo de la tarde, me contó todas sus proezas y no pude evitar sentirme celoso. Me habló del nuevo amigo que había conocido en el Bunkhouse. Es un nuevo bar gay con ambiente del oeste.” “Donde todos son vaqueros.” “Así es.” Se rió. “Así que… este nuevo chico es el amigo perfecto, según Perry. De todos modos, Perry siempre dijo que ahora está totalmente en paz con su homosexualidad dándome la charla de que es un don de Dios. “Pero entonces en medio de todo Perry se me vuelve y me pregunta: ‘¿Has salido alguna vez de una experiencia sexual sintiéndote totalmente satisfecho?’ Pensé y dije: ‘No, nunca,’ y me dijo: ‘Yo tampoco.’ Luego dijo: ‘Ya sabes, no creo que sea homofobia admitir eso.’ “Todavía va a los bares, a dar vueltas y distraerse. Creo que en verdad no es feliz y que está metido en un conflicto, el mismo conflicto que estoy pasando yo. Por eso duele tanto.” Dime por qué su dolor te duele tanto. “Me siento tan conectado con él que resulta doloroso.” Roger había identificado un problema frecuente en las relaciones homosexuales- el reflejo narcisista.” Le expliqué: “Lo que estás sintiendo tiene que ver con los gemelos. Llegan a ser gemelos, sienten lo mismo. Este es un término acuñado por los psicólogos gays para describir lo que les sucede a los gays en la fase romántica de una relación. Es una identificación narcisista con la otra persona. El otro hombre se convierte en una proyección de tu yo masculino ideal.” Roger dijo: “Es como que nuestros sentimientos se corresponden y eso debería hacerte sentir bien. Pero existe cierto dolor que hace que no te sientas bien.” Luchando para expresar su exclusión defensiva, continuó: “No sé. Hay algo mal –es demasiado doloroso para ser real.” Y luego dio en la esencia de los gemelos: “Es demasiado doloroso para ser natural.” “Así es,” le aseguré. Dijo Roger: “Te sientes tan desesperado.” Añadió: “El tipo que escribió el libro Straight dijo algo con lo que me identifiqué totalmente. Hablaba de ‘dotar a la pareja anónima de una personalidad que realmente no tiene.’ Y siento que es lo mismo con esto de los gemelos. Aunque Perry apenas es ‘anónimo,’ lo veo como la imagen salvaje y libre del hombre que me gustaría ser.” Le dije: “Como Narciso, puedes ahogarte mientras persigues tu imagen ideal.” “¡Háblame de ello! Siento como que me estoy ahogando,” dijo Roger. Luego, calmándose, volvió a la noche del sábado. “Luego estuvimos hablando y Perry estaba apabullado de que yo continuara con la terapia. Le hablé del diario que he estado escribiendo sobre mi terapia. Hubo cierta competitividad entre nosotros. Entramos en ‘Bueno, déjame decirte algo de mí’ y cosas así.” Suspiró, continuando: “Luego regresamos a mi casa. Debería decirte que no sucedió nada. Él dijo: ‘¿Puedo ver tu diario?’ Me sorprendió que se acordase. Lo saqué y lo leyó todo en silencio. Se movía mientras lo leía y casi se puso a llorar. Hubo un largo momento de silencio, luego me miró y me dijo: ‘Este diario tiene mucho sentimiento. Tienes mucho valor. Estás haciendo lo correcto.” Me dijo muchos cumplidos. Roger se detuvo, luego me dijo: “Pero Joe, no creo que estuviese hablando de mí. Era de él. Era el narcisismo. Lo que yo estaba haciendo –yendo a la terapia, intentando cambiar- le afectó no tanto porque estuviese contento conmigo sino porque deseaba poder hacerlo él. Después de un largo silencio, pregunté: “¿Cómo te sentiste después de que se fue esa noche?” “Me hizo bien verle. Los cumplidos que me dijo sobre el diario me dieron poder. Pero verle me agotó, me entristeció, porque todavía estoy sintiendo la ambivalencia de si debería continuar o no en esta lucha por cambiar mi homosexualidad.” “Perry y yo nos detuvimos en los bares un rato. Los hombres que estaban allí parecían felices. Dicen que son felices y no tengo razones para dudar de ellos. Luego, por otra parte, miro a los hombres que conocí en la Conferencia de Exodus que estaban saliendo de la homosexualidad y parecen también felices. No les importa si cambian alguna vez o no, se mueven hacia un objetivo lejano y se encuentran en paz para moverse en una dirección que creen que es correcta. No es el camino correcto para ellos si cambian o no. Están en paz con eso.” Luego se puso agitado, “Pero el problema que persiste en volver es: ‘¿Por qué estoy todavía atrapado en el medio?’ Otra gente parece encontrar esa paz en un lugar u otro que yo no puedo encontrar.” Le corregí: “Que no he encontrado.” “Bien,” repitió: “Que no he encontrado.” “No porque necesites explorar las opciones mejor sino porque necesitas conocerte mejor,” le dije. “Es muy difícil a veces, ¿no?” repitió: “Es muy difícil. A veces todavía me pregunto: “¿Por qué vengo aquí?” La semana siguiente, Roger entró caminando en la sala con una apariencia generalmente excéntrica – esta vez un chaleco de cuero negro sobre una camiseta blanca, pantalones vaqueros desteñidos con rasgones sobre cada rodilla y mocasines (sin un centavo y sin calcetines). Este era Roger –tímido pero con necesidad de expresarse a sí mismo. Esta semana había introducido un sueño. Este sueño nos llevaría a un descubrimiento importante sobre cómo se acercan a las mujeres los hombres con orientación homosexual. Roger comenzó: “Estoy desnudo. Miro a mi izquierda y veo a una mujer bella de piel negra tumbada en el suelo. Quiero hacer el amor con ella. De repente aparece un hombre muy musculoso y le miro. Me parece atractivo. Luego, tiene sexo con esta mujer y me encuentro a mí mismo queriendo yacer encima de él. Cambio de opinión y, en vez de eso, lo quito de encima de ella. Entablo conversación con ella pero tengo sentimientos ambivalentes sobre ello. Luego me despierto.” “Está bien,” le dije. “Dos reglas para interpretar los sueños. Primero, cada parte del sueño tiene un significado, ya lo comprendamos o no. Segundo, cada parte del sueño representa un aspecto de nosotros mismos.” “Roger dijo con cautela: “Bien… el hombre soy yo y tener sexo con la mujer es lo que quiero hacer, es por lo que me estoy esforzando.” Le clarifiqué: “Pero no estás preparado para hacerlo tan directamente, por lo que lo haces por medio de tu ideal masculino. Dices que es musculoso y atractivo. Representa tu masculinidad perdida. Este sueño tiene un tema reparativo –acercarse a una mujer por primera vez capturando tu masculinidad por medio de otro hombre. Y date cuenta de que miras a la izquierda. La mujer se acerca desde la parte inconsciente, no actualizada.” Entonces le pregunté: “Pero dime, ¿por qué la mujer tiene la piel negra?” “Bien, veamos.” Parecía avergonzado. “Encuentro a las mujeres negras atractivas. ¿No es extraño que me atraigan más las mujeres negras?” “No, no es extraño en absoluto,” dije. “Me he dado cuenta de que un gran número de hombres blancos con problemas de homosexualidad encuentran a las mujeres afro-americanas u orientales más atractivas. Los hombres que han tenido conflictos con sus madres pueden sentirse atraídos solamente por mujeres que son de un tipo ‘distinto al de su madre.’ ” Se rió: “¿Estás riéndote de mí?” Roger estaba contento y sorprendido de descubrir que lo que temía de ser extraño sobre él mismo realmente tenía sentido y era común además en otros hombres. Los hombres con orientación homosexual parecen estar reasegurados de descubrir cualidades de sí mismos que son comunes en otros hombres. Es como si el hombre necesitase reasegurarse: “Aquí hay otra forma en que soy igual a los demás hombres.” “Sabes, eso es lo que sospecho de mí mismo,” decía Roger. “Puede ser, pensé, que me gustan las mujeres negras porque son muy diferentes.” Después de una pausa, con una sonrisa, dijo: “¡Me atraen! Me atraen las mujeres negras.” Luego se rió en alto. “¡Estupendo!” Luego Roger habló de su relación con Tim, un amigo y compañero profesor. Explicó: “He estado jugando al tenis con él en la hora del almuerzo y siempre deseo hacerlo. La semana pasada las dos secretarias de la oficina de administración querían jugar a dobles con nosotros. Tim quería pero yo me sentía incómodo.” “¿Por qué?” le desafié. “No lo sé,” me dijo, perplejo. Le dije: “¿Competición? ¿Actuación?” Después de reflexionar un poco, dijo: “No. No creo que fuese nada de eso. Parece una tontería pero –quería a Tim sólo para mí.” Se ríe no de forma fácil. “No sexualmente sino sólo quería que nosotros dos –esta masculinidad estuviese junta.” Entonces su voz pareció irritable. “No me gusta que las mujeres se metan en medio. Esas mujeres me dejaron mal cuando me dijeron que querían jugar y yo no sabía cómo quitármelas de encima sin herir sus sentimientos.” Roger estaba identificando una dimensión importante de su identificación masculina –la necesidad de implicación total y completa con los hombres, sin intrusión femenina. “¿Suena familiar?” Le pregunté. “Roger parecía totalmente confundido. Repetí: “¿Suena familiar? Sientes que las mujeres se entrometieron y te aventajaron pero si eres franco, tienes miedo de enfadarte con ellas o de herir sus sentimientos.” Reconoció lo que yo estaba diciendo y dijo al instante: “¡Mamá! Ella otra vez.” “Sí, ‘Mamá,’ ” le dije. “Todavía no sabes cómo quedarte de pie ante la mujer intrusa. No sabes cómo hablarle a una mujer porque da un toque en ese enredo sin poder que sentiste con tu madre.” “No tengo deseos de estar con las chicas,” dijo con enfado. No tenía muchos amigos entre los hombres cuando estaba creciendo. Ahora, quiero jugar con ellos. Los hombres me sostienen –me mantienen en marcha.” Nuestra cultura andrógina ha perdido apreciación por la necesidad de los chicos de ser apoyados por su propio sexo. A los clubs y equipos de chicos se les obliga ahora a integrar a chicas, descuidando la necesidad real del chico de ganar masculinidad. Los chicos tienen una necesidad natural de rechazar a las chicas –al menos durante un cierto periodo de años de su desarrollo –para prepararse para acercarse a las mujeres en la madurez. Roger parecía animado y feliz. “Ya sabes, en verdad estoy empezando a ver mis sentimientos sexuales como distorsiones de lo que realmente necesito de los hombres.” Hizo una pausa durante unos minutos, reflexionando. “Como el otro día… Estaba pensando en Mark, un hombre que conocí en mi grupo de la iglesia. Estaba teniendo algún vago sentimiento sexual sobre él que tuve que detenerme y decirme: ‘Esto es mentira. No es lo que está pasando en realidad. Lo que pasa es que estás solo y estás buscando esa carga emocional en vez de una amistad honesta. El sexo es el medio inmediato y conveniente con el que has satisfecho ese deseo en el pasado y ahora –ya no puedes hacer eso.’ ” Añadió rápidamente: “No quiero decir que no se vaya a meter algún tipo en mi camino y me tiente en un momento de debilidad. Pero la mayoría de las veces en que veo a un hombre que es de mi tipo caminando, me digo: ‘Bien, es atractivo pero no lo necesito sexualmente.” Poco a poco, me he ido sintiendo mejor conmigo mismo… más fuerte. Por primera vez en meses, puedo decir que sé por qué estoy viniendo aquí.” Ahora Roger afrontaba las ansiedades y desafíos de entrar en la terapia de grupo. Mientras entraba en la sala para una sesión conmigo un día, parecía irritable y agitado. Podía ver que este desafío próximo había creado un retraso temporal. Sentándose en su sitio con tensión, soltó sus miedos y aprehensiones sobre el revelarse a los demás hombres. Comenzó describiendo un vínculo típico de los gays. Este vínculo les obliga a elegir entre la soledad o una relación co-dependiente caracterizada por “la locura.” Roger confesó: “Cuando no tengo ninguna relación íntima puedo actuar bastante bien. Estoy solo pero al menos puedo controlar mi vida. Pero tan pronto como entablo intimidad con alguien, toda la locura surge otra vez. Entonces, sigo adelante, hacia atrás, adelante, hacia atrás.” Una risa irónica y dolorosa. “Luego, cuando el otro tipo va hacia atrás, me encuentro persiguiéndole.” Después de una pausa añadió lentamente: “Siempre se da esa búsqueda del amigo íntimo pero incluso cuando estoy en una relación, todavía me siento solo.” Añadió pensativamente: “Es de locos.” “Pero tan típico de las relaciones del mismo sexo,” dije. “¿Esto no se da en las relaciones heterosexuales?” Preguntó Roger. “Las relaciones heterosexuales no suelen ser tan ambivalentes ni frustrantes. Esto es así porque las necesidades de identificación no satisfechas en el homosexual crean co-dependencia.” Roger continuó: “Veo a los gays repetir este modelo sin examinar por qué sus relaciones no funcionan. Sólo aprenden a adaptarse a este modelo.” “Sin embargo sé por mí mismo,” continuó, “intentar cambiar asusta… ¡porque no tengo ni idea de a qué puedo cambiar! Sé que sólo tengo que empezar a tomar la iniciativa para ver a dónde me conduce el cambio. Sí… Tengo que sentir el miedo y hacerlo de todos modos.” Las preocupaciones de Roger se movían ahora al grupo y sus planes de unirse a la próxima reunión. “He estado pensando en la próxima semana y en lo de conocer a los hombres del grupo por primera vez.” Una larga pausa. “Sé todas las razones por las que debería unirme al grupo…” dudaba. “Sin embargo me pregunto si me hará bien después de todo. Quiero decir, ¿Y si no les sigo? ¿Y si no me comprenden?” Dándome cuenta de que Roger necesitaba que se le reasegurase, dije: “Así que entrar en el grupo es remover todos los miedos. Recuerda, cuánto más honesto seas contigo mismo, cuánto más identifiques los sentimientos cuando surgen y te arriesgues a verbalizarlos ya sea a mí o al grupo, más pronto te sentirás bien.” Roger insistió: “Es que me asusta mucho.” “Lo sé,” le dije. “Aunque tengas miedo, hazlo de todos modos.” “Bien, voy a intentarlo pero no me hace sentir bien. Es algo tan…” Buscaba una descripción, “tan desestabilizador.” “Vas a hacer algo nuevo, a exponerte a posibles relaciones íntimas con otros hombres,” señalé. Entonces pude ver en Roger una reacción común de auto-engaño mostrada con mucha frecuencia por clientes que se exponen a un desafío personal. Dijo: “Pensando en lo que tengo que hacer, siento que mi auto-estima va disminuyendo. Me veo casi buscando motivos para sentirme mal conmigo mismo. Incluso en el instituto, si alguien dice algo ligeramente negativo de mis clases -¡boom!- lo utilizo contra mí mismo. El dueño de mi apartamento actúa frío conmigo -¡bam!- más evidencia contra mí. Un recepcionista dice algo sarcástico en el teléfono -¡bang!- se añade a la colección.” “¿De qué va eso?” Le pregunté. “No lo sé,” dijo. “Veo lo que estoy haciendo –me estoy haciendo sentir como una mierda- pero no sé por qué.” Intentando iluminar su propio hostigamiento sobre sí mismo, le sugerí: “Toma una conjetura salvaje.” Roger corrió sus dedos por su melena de pelo rebelde marrón antes de responder. “Supongo… supongo que estoy fundándome a mí mismo para no ser decepcionado por el grupo.” Asintió lentamente consigo mismo. “Es eso… Sé que me hago esto a mí mismo. Me sentiré como la nada cuando entre en la reunión del grupo.” “¿Por qué te harías eso a ti mismo?” “Así que tendrá que ser un completo desastre.” “Bien. Por otra parte, puede que exista también la fantasía lejana de que estos hombres nuevos sean tan buenos que te rescaten de ti mismo.” Roger intentó no reírse pero admitió suavemente: “Puede que sea eso.” “De todos modos, esta dinámica de auto-engaño es importante para que comprendas. El grupo te ofrece tanto la esperanza emocionante de una nueva forma de relacionarte con los hombres como la amenaza del rechazo y del desastre. Carlos Castaneda dice: ‘El guerrero camina entre el terror y la maravilla.’ También tú sientes terror y maravilla pero no te permites saborear esa esperanza. Y-“ “Tienes razón” me interrumpió. “Ni siquiera puedo sentir la emoción ni la esperanza. Sólo el miedo.” “Entonces, ¿por qué estás de acuerdo con estar en el grupo?” pregunté. “Porque me estás diciendo que es hora de ir tras ello y confío en ti.” “Muy bien,” dije. Aquí había también una lección. Roger quería confiar en una figura de autoridad masculina que le llevase a nuevos desafíos. No fuera de intimidación ni de miedo a la desaprobación sino simplemente por medio de la confianza ciega establecida en la relación con un mentor. “El modo en que has tratado el miedo al fracaso ha sido fracasar tú primero. De una forma extraña, meterte tú mismo en un fracaso para evitar el siguiente te proporciona un sentido de control,” le dije a Roger.” “Suena raro.” Roger se rió. “Sí, pero es un juego mental aprendido en la infancia. ‘Fracasaré primero antes de que otra persona me frustre.” Con una mirada de alivio como si sintiese que comprendía a lo que estaba pasando, Roger continuó: “Superar el miedo es lo que representa para mí unirme al grupo. Estoy viendo nuevas formas en las que este problema del miedo me ha estado paralizando. Como cuando algún hombre entra en el salón de la facultad y comenzamos a hablar.” “Veo como instantáneamente me cierro y este es un modelo que puedo remontar al instituto, incluso antes.” “Siempre me sentí abandonado pero siempre sabía que lo estaba haciendo. –Yo mismo me aislaba. La batalla de hacer amigos, de hacer el trabajo, me aterroriza. Lo veo, me animo y luego me echo atrás- Verlo, animarme a ello y luego echarme atrás.” Luego dijo, sin darse cuenta de la importancia de su propia idea: “Pero esta vez, siento el miedo. Incluso mientras hablo de ello, siento el miedo. Siento ese ‘dejarme solo.’ Con todo el estrés que me suponen esas relaciones, preferiría estar solo. No lo sé, Joe –puede que comenzar en el grupo sea simplemente pedirme demasiado.” Roger estaba participando en sesiones de grupo de forma cautelosa y auto-protectora. Mientras estaba interesado en lo que decían los otros miembros, ofrecía muy poco de sí mismo. Sin embargo, este interés creciente en los otros hombres le produjo que reevaluase su comprensión de las relaciones masculinas, particularmente, lo que los hombres podrían ofrecerle. Me dijo en nuestra siguiente sesión: “Lo que me asusta es que mi concepto de amistad masculina es totalmente erróneo. No sé lo que es la amistad masculina real. No sé lo que se supone que se siente, lo que se supone que parece. ¿Cómo puedo tener una amistad íntima con un hombre que no es mi pareja?” “Veo a hombres heterosexuales juntos y pienso: ‘¿Cómo lo hacen?’ No sé cómo se supone que esos hombres estén juntos.” Se rió, como si fuese una idea absurda y continuó: “Me da miedo verme implicado con la gente –quiero decir los hombres- porque no sé lo que debería esperarse de mí. ¿Hacia qué debería estar trabajando? Quiero decir –No puedo imaginar una amistad íntima sin esos sentimientos íntimos de estar enamorado. Sin ese enamoramiento. Como cuando tenías 7 años y estabas loco con tu mejor compinche en el patio de recreo.” Roger estaba expresando una queja común. Después continuó hablándome de su miedo más profundo, un miedo compartido por todos los homosexuales de la terapia reparativa. Dijo: “Tengo miedo de que las relaciones maduras y de apoyo mutuo no sexuales de las que siempre hablas no tengan ninguna satisfacción emocional. Tengo miedo de tener esos sentimientos intensos y no poder hacer nada con ellos. Roger hablaba de “estar agarrado entre lo que se siente con la ausencia de sentido de la amistad ordinaria y del enamoramiento generalmente intenso y romántico.” Confesó: “Tengo miedo de esos dos extremos, o llegar a ser dependiente o tener sólo una relación de bla, bla, bla–nada.” Luego desesperadamente: “No sé cómo conectar íntimamente con un hombre sin esos antiguos e intensos sentimientos.” Oí un grito de angustia para una dirección práctica. Le aseguré: “Descubrirás un lugar equilibrado entre esos dos extremos. Mientras que a veces puedes SLIP en la dependencia o atracción erótica, supervisaremos esos sentimientos mientras tienen lugar.” Roger movió la cabeza. “Mantener ese equilibrio es como pedirme que entre en juegos preliminares pero que no me acueste. Desarrollar un sabor para lo que es insulso. No suena a cambio positivo sino a límites arbitrarios.” Le dije: “Como decirle a alguien que está a dieta: ‘mira la comida, huélela, mastícala… pero escúpela en vez de tragártela.’” Se rió: “Exactamente.” “Comprendo,” le aseguré. “Pero ¿Podía sentir realmente su experiencia? Sentí los límites impuestos por mi propia heterosexualidad. En este punto, sólo otro hombre ex -gay podía darle a Roger esa empatía especial. Esto era algo que esperaba que le diese el grupo. “Si esto es de lo que va toda la homosexualidad,” continuó Roger, “puedo ver por qué los gays se queman antes de tener los 40. Se vuelven cínicos con sus relaciones. Un enamoramiento tras otro, y después de un rato te lleva puesto. Pasas por este ciclo bastantes veces y ya no te importa. Estos hombres saben que sus relaciones terminarán en un par de años y que tendrán que volver a la montaña rusa otra vez. O al menos, si permanecen juntos por la amistad, saben que no serán fieles. Saben esto sin leer el material sociológico. Por lo que dicen: ‘Qué demonios, me quedaré en la marca de hasta los dos o tres años y luego dejo al tío antes de que me deje a mí.’ ” Suspiró y luego añadió: “No sé la respuesta, Joe.” Nuestra hora se acabó y con ese pensamiento inacabado concluimos la sesión. Sabía que Roger sacaría el mayor beneficio de este punto en la terapia de las relaciones con otros hombres que compartieran su lucha. Confiaba en que el Padre John y Charlie me ayudarían. La semana siguiente Roger entró, se sentó y no dijo una palabra. Le pregunté: “¿Cómo van las cosas?” “Rompió en una sonrisa. “No va mal. El grupo de anoche no fue ni la mitad de doloroso de lo que pensaba que sería. Nadie se echó encima de mí.” “Bien. Entonces, ¿Tenía razón?” Sonrió abiertamente. “Tenías razón. He sobrevivido.” Entonces la voz de Roger se volvió seria. “Pero por otra parte, he estado luchando últimamente. Como el lunes por la mañana me levanté y me sentía ansioso y deprimido. Un par de cosas me estaban comiendo. Una de ellas era que el banco cometió un error con mi declaración. Sabía que me iba a poner triste al arreglarlo si el contador discutía conmigo. “ De repente se puso más intenso y preguntó: “Y es tan extraño… ¿Por qué tengo esta actitud de gran estrés sobre mi trabajo? Creo que no sirvo para ser profesor. Siempre he conseguido resultados decentes y la gente me dice que estoy haciendo un buen trabajo pero en lo más profundo de mí todavía siento que no soy bastante bueno para hacerlo.” He encontrado que la incapacidad de pedir crédito para el acercamiento personal es un problema común del homosexual. Los clientes se quejan generalmente de sentirse débiles e inadecuados y esto me ha llevado a comprender la condición homosexual como de déficit de poder personal. El chico pre-homosexual no sólo no solía tener apoyo en su desarrollo de identidad de género masculino sino que con frecuencia no era sostenido en su sentido de poder personal. En el desarrollo, el género y el poder intrínseco están relacionados. La terapia reparativa es un tratamiento de tipo iniciador que desafía al cliente a integrar nuevas conductas y actitudes. Roger necesitaba ahora que se le desafiase a salir de su auto-compasión. Pregunté: “¿Qué estás haciendo para fortalecerte?” “Bueno. No mucho. Pero surgirá algo que hacer. Estoy seguro.” “Eso es pasivo –‘surgirá algo.’ Necesitas tener un programa.” Como si estuviera anticipando otra de mis charlas anteriores, dijo: “Bien, he coincidido un par de veces con mi amigo Tim y estamos planeando vernos una vez a la semana.” “¡Bien!” Le reforcé. La terapia reparativa ha sido criticada por su uso de las técnicas que se llaman manipuladoras, incluso coactivas. Si dar aprobación y hacer sugerencias se puede considerar manipulación y coacción, entonces en mi opinión esas técnicas están justificadas. Roger cambió de tema: “Estaba el otro día en el mercado y me acordé de cuando Perry y yo solíamos hacer la compra juntos. Íbamos siempre a buscar la cena a la fiambrería y panadería de Gelson. Y sentí melancolía y tristeza, recordando lo agradable que era tener a otro hombre con quien compartir las pequeñas tareas de la vida. Cuando me iba del mercado, entró este hombre atractivo y me encontré con la esperanza de que me advirtiese.” “Entonces lo que me golpeó de repente fue que todavía me siento ese niño pequeño que, cuando ve a un ‘hombre’ –Roger hizo las comillas en el aire- todavía necesita correr hacia él y conseguir su atención. Todavía soy ese niño pequeño. No es incluso algo tan sexual, lo creas o no. Es sólo la necesidad de reconocimiento y de atención de un hombre.” “Eso es verdad,” le dije. “La necesidad de atención, si no es satisfecha en la infancia, conduce eventualmente a sentimientos homo-eróticos.” Roger continuó, volviéndose su tono melancólico: “Y todavía tengo un deseo, un sueño, de ser abrazado, poniendo mi cabeza y mi cara en el pecho de un hombre más grande y más fuerte.” “Exactamente, y no es necesariamente nada sexual tampoco –sólo esa calidez, esa seguridad, esa relajación,” le aseguré. Asintió. Oyendo el dolor de Roger, pensé en cuántos hombres me habían dicho que era sólo el abrazo que querían cuando eran niños pero mientras se hacían mayores y estaban más expuestos a la escena gay, esta búsqueda original de ternura y aceptación eran enterradas de forma progresiva en encuentros impersonales y sexuales. Muchos estudios documentan la promiscuidad homosexual masculina. En un gran estudio realizado en 1978, el Instituto Kinsey afirmaba que el 43 por ciento de los entrevistados había tenido sexo con 500 o más hombres mientras que el 28 por ciento había tenido sexo con más de 1000 hombres. Mientras que la epidemia del SIDA ha cambiado estas figuras de alguna forma en la actualidad, todavía pienso que revelan mucho de la naturaleza de la condición homosexual. Le recordé a Roger de dónde venía ese sueño suyo. “Estos sentimientos de calidez y de aceptación te fueron negados por tu padre.” “Sí, ahora cuando veo a mi padre…” “Mantenlo,” interrumpí. “Antes de ir al padre, regresemos al mercado. ¿En qué estado emocional estabas antes de ver a ese hombre atractivo?” “Me sentía solo,” respondió Roger. “Pensando en Perry y echándole de menos.” “Sí. Y creo que esos sentimientos te hicieron particularmente susceptible a ese extraño. Tengo dudas con respecto a si te habrías arrastrado tanto hacia él si no te hubieses sentido tan solo.” Roger hizo una pausa, luego dijo con una voz de sonsonete de duda. “No estoy seguro de que sea eso tan simple.” “Está bien,” continué: “¿Cómo te habrías sentido sobre ese hombre atractivo si tu amigo heterosexual Tim hubiese estado contigo en el mercado? ¿Si ambos hubiesen estado disfrutando de la compañía mutua y te sintieses conectado?” Roger consideró mi pregunta: “Bien,” respondió finalmente, “todavía le habría encontrado atractivo. Quiero decir, todavía lo habría advertido.” “Bien,” continué: “¿Pero habrías tenido esos sentimientos desesperados?” “Bien, veo lo que quieres decir,” concedió. “No habría tenido ese deseo.” “Podría haberse dado la atracción e incluso un sentimiento sexual pasajero. Pero la necesidad habría sido menos intensa con Tim a tu lado. “La curación de ese anhelo,” continué: Viene por medio de tus relaciones con amigos varones. Cuando interiorizas el afecto masculino, disminuyes la compulsión erótica. De esta forma, lentamente, disminuirá tu atracción homosexual, será más manejable y menos angustiosa.” “Sí, creo que tienes razón,” repitió suavemente. Desde la experiencia, comprendí la tristeza que Roger estaba sintiendo. Ya sentía nostalgia por ese surgimiento de emoción romántica y sexual. Había sentido ese lamento desde la infancia y era una parte suya muy profunda. Ahora había vislumbrado el precio que debía pagar por salir de la homosexualidad. Su tono cambió de forma abrupta. “He estado haciendo lo mejor que puedo sobre planear las cosas que hacer con Tim –jugar al tenis, ir de excursión. Pero tengo que sostenerlo.” “Exactamente,” coincidí. “Eso es lo que quiero decir cuando digo que ‘tienes que mantener el fuego encendido.’ Cuando experimentas un revés como ese sentimiento de deseo en el mercado, no te quedes parado –sigue moviéndote, vete.” “Roger se rió. “Lo sé. Como primera impresión, lo que estás diciendo suena a gilipolleces, pero…” Su tono se volvió triste y pensativo. “Hacer eso sólo me hace sentir que no soy yo.” Se rió irónicamente. “Cuando solía jugar al béisbol cuando era niño, si me golpeaba con la pelota o algo decía: ‘Este deporte es mudo. Lo dejo.’ Veía esos entrenadores de la Pequeña Liga gritándole a los chicos que se levantasen y volviesen al juego. Odiaba a esos entrenadores. Pensaba que eran unos bastardos.” “Los evitaste y huiste de sus desafíos. Ahora tienes que pagar a un psiquiatra para entrenarte.” Roger movía todavía la cabeza por algo que yo decía o expresaba ambivalencia sobre la terapia reparativa. Sin embargo, con claridad, estaba aprendiendo mucho y obteniendo más conciencia de lo que tenía que hacer para disminuir su homosexualidad. La madurez por medio de la terapia reparativa es un proceso en curso. Algunos deseos homosexuales suelen volver a surgir en periodos de estrés o soledad. Más que de curación, por tanto, hablo del objetivo del cambio, en el que hay un movimiento en la identificación del yo. Al mismo tiempo que puede continuar teniendo sentimientos homosexuales, un hombre ya no se suele identificar con esos sentimientos. Dentro de esa transformación de significado esencial, el cliente consigue nuevas formas de comprender la naturaleza de sus anhelos del mismo sexo. Comienza a ver su problema de forma diferente. Como lo describía un ex –gay: “Durante muchos años pensé que era gay. Finalmente me di cuenta de que no era un homosexual sino un heterosexual con un problema de homosexualidad.” Si el uso de la palabra cambio más que curación parece pesimista, debemos considerar curación como se aplica a otras condiciones psiquiátricas. Ningún tratamiento psicológico puede conceptualizarse en términos de curación absoluta. La baja auto-estima nunca se supera completamente haciendo que un cliente esté siempre libre de inseguridad. Los alcohólicos nunca se curan, sino que se les refiere en el estado de transición como en recuperación. Más que centrarse en la idea de curación, debemos pensar en términos de reducción de necesidades homosexuales por medio de relaciones sanas y no eróticas con hombres. La curación pasará de libertad parcial a libertad significativa y completa de las atracciones homosexuales no deseadas. Para algunos hombres, será posible el matrimonio heterosexual. La validez de cualquier terapia, no importa el método del tratamiento ni el objetivo, se encuentra en su efecto en general en la vida del cliente. La buena terapia debe hacer algo más que aliviar el síntoma específico por el que el cliente busca el tratamiento al principio. La buena terapia debe tener efectos positivos que irradien por todos los aspectos de la personalidad del cliente, todos los aspectos de su situación de vida. Si el tratamiento va bien para esa persona, le dará un sentido general de libertad y de bienestar. Además de reducir la angustia, el conseguir la salud traerá mayor conciencia del poder intrínseco. La parte más crítica y con frecuencia más dolorosa de la psicoterapia para el paciente es mirar honestamente los sentimientos que ha transferido en el terapeuta de las relaciones anteriores. Este desplazamiento emocional de sentimientos del pasado se llama transferencia y es quizás el factor más poderoso en la curación de la psique. El cliente ve al terapeuta con los ojos del niño que fue una vez, y que hasta cierto punto es todavía. Los sentimientos transferidos incluyen miedo, ira, reacciones agresivo-defensivas y deseos sexuales. Durante un largo tiempo, Roger reaccionó conmigo con sospecha e incluso con hostilidad. Al mismo tiempo que esas reacciones de transferencia pueden tener lugar en cualquier relación, la relación terapeuta-paciente estimula las reacciones de transferencia particularmente fuertes debido a su naturaleza dependiente, intensa e íntima. El terapeuta debe ser capaz de tolerar estos sentimientos transferidos y no debe cortar prematuramente la expresión del cliente de reacción de transferencia porque le haga sentirse enfadado, incómodo o avergonzado. Me aseguré de no hacerlo con Roger. Por medio de mi interpretación gentil y tolerante de la transferencia, Roger se atrevió a separarse de sus modelos de conducta y de percepción que tenía desde hacía mucho tiempo. El miedo y la hostilidad son los otros lados de la transferencia erotizada. Aunque con frecuencia Roger se burlaba de lo que yo tenía que decir, sin embargo, temía mi crítica. Con frecuencia intentaba protegerse de los sentimientos positivos que tenía hacia mí ocultándose tras los comentarios sarcásticos y expresiones de escepticismo. Las transferencias negativas deben ser interpretadas siempre en la terapia. Desde mi experiencia, las relaciones tempranas más hostiles y traumáticas con el padre producen la ira reprimida más intensa en la psicoterapia. Cuando era niño, Roger no obtuvo satisfacción de su padre impersonal. Como tantos hombres con orientación homosexual, mantuvo la impresión de que “nunca puedo ganar con ese hombre,” y con frecuencia jugaba a abogado del diablo en nuestra propia relación. Por esta razón, los clientes homosexuales nunca trabajan bien con terapeutas distantes. Los terapeutas adiestrados en el método psicoanalítico tradicional y enseñados a permanecer –como aconsejaba Freud- “opacos,” son intolerables para el cliente homosexual. El cliente homosexual desea y requiere contacto personal auténtico con un hombre emocionalmente presente. El terapeuta nunca debe ser austero, distante o autoritario. En mi relación con Roger, había intentado ser el buen padre –presente emocionalmente, activo y desafiante, pero siempre aceptante. Mientras pasaban los meses, Roger experimentó un modelo gradual de cambios. Como el péndulo que se balancea que disminuye lentamente su arco y se detiene finalmente en el centro, Roger encontró finalmente su propia perspectiva sobre la cuestión de la homosexualidad. Como decía: “Me encuentro dejando la identidad gay no por medio de ningún tipo de convicción moral sino por experiencia. No funciona para mí.” Después de dos años de tratamiento en grupo e individual, se sentía lo bastante satisfecho como para terminar la terapia. Durante los años siguientes volvería para revisiones ocasionales. Ahora tenía un fuerte círculo de amigos heterosexuales y ex –gays y había superado su vieja dependencia sobre Perry. Cuando tenía una caída, comprendía el por qué de su conducta. Trazaba una caída a sentimientos negativos sobre sí mismo y sentía progresivamente que esa conducta no representaba su verdadera identidad. Como me dijo: “Incluso cuando caigo, sé exactamente por qué lo estoy haciendo. No es por sexo o amor. En verdad es por olvidarme de cuidar mis necesidades emocionales correctamente.” CAPÍTULO 9 HOMBRES JUNTOS CÓMO SANA LA TERAPIA DE GRUPOS. Las sesiones de grupo son una parte importante de la terapia reparativa. No sólo ofrecen apoyo e intercambio de información sino, lo más importante, proporcionan una fuente de relaciones masculinas sanas. La totalidad de los ocho hombres descritos en este libro participaron en terapia de grupo durante el tiempo en que me estuvieron viendo para sesiones individuales. Les insisto en que asuman la responsabilidad de su propio tiempo en grupo. “Haced que algo os suceda. Tened uno o dos retos en mente para trabajarlos. Sacadlos fuera -permitid que el grupo conozca hasta dónde habéis llegado con ellos.” “¡Permitid que el grupo conozca las cuestiones con las que estáis tratando y haceos responsables vosotros mismos!”, les digo. “Estos retos son como peldaños de una escalera. Algo en lo que apoyarse, algo mediante lo que subir por vosotros mismos. Si no tenéis en mente ninguna de estas metas, estáis flotando -no vais a ninguna parte.” “En nuestros diálogos, vamos a acordarnos de equilibrar nuestra necesidad de apoyo masculino con la necesidad de desafíos terapéuticos. Pero mientras estamos desafiándonos mutuamente,” les advierto, “no permitamos que haya hostilidad por su propio bien. Estamos aquí para compartir nuestros sentimientos y experiencias y para apoyarnos.” También les digo: “Recordad -somos responsables de nosotros mismos, pero somos también responsables del otro individuo. Un modo de ayudar al otro es ser lo suficientemente profundo, lo suficientemente asertivo, como para correr el riesgo de que alguien se sienta molesto por nosotros. A pesar de vuestro deseo de ser hombres simpáticos, a veces tenemos que ser provocativos.” “De acuerdo, tíos,” les dije, “¿qué os preocupa?”” Steve fue el primero en hablar. “La semana pasada, tuve que hacer recados en la colina de Hollywood. Cuando acabé me fui a una librería porno cercana.” “Me dije a mí mismo: ‘¡Tengo que ver el último número de Playgirl!’.” (Risitas en el grupo). “Entonces, cuando entré, algunos tipos volvían sus cabezas y un chico joven se levantó y se quedó de pie junto a mí.” “Me miró la entrepierna y eso me puso cachondo. ‘Hummm. Sería divertido.’ Entonces pensé: ‘Bueno, si hago algo tendré que contárselo al Dr. Joe y no quiero hacer eso.’ Entonces me dije: ‘¡Y qué si tengo que contárselo!’” Más risas. “Entonces otro pensamiento cruzó mi mente. ‘Si vas a hacerlo, por lo menos sé un poco más exigente.’ No era precisamente mi tipo. De modo que dejé la tienda después de pagar el Playgirl y conduje de vuelta al valle.” Todos callaban. Esperé. Finalmente, Charlie le retó. “Playgirl suena un poco… cómo lo diría…, soso para una librería porno. ¿Estás seguro de que eso fue todo para lo que fuiste allí?” Steve parecía en un aprieto. “Imagino que no. Estaba algo confuso. Quizá era una solución de compromiso.” “Jueguecitos,” murmuró Dan. Entonces, Steve continuó, como redimiéndose a sí mismo: “Pero al final rechacé al tío. Me siento bien por eso.” Charlie insistió: “Sí, es fácil cuando no son tu tipo.” (Risas en el grupo). Le dije a Steve: “Rechazaste al tío pero la excitación estaba ya en tu sistema. Quiero que te des cuenta de que, una vez que entras en un sitio como ese, el ciclo ha comenzado. Incluso si dices no a una tentación particular, has estimulado tu sistema y desearás completar el bucle adictivo -alquilar un vídeo porno, leer una revista, lo que sea que venga a continuación en el ciclo.” “Así que…”. Hice la pregunta inevitable: “Te voy a preguntar si te fuiste en seguida a casa y te fuiste a dormir.” Steve vaciló. Luego admitió: “No. Me masturbé con la Playgirl.” “Claro, tenías que completar el ciclo, si no era con un tío real, entonces con una revista.” “Bueno, gracias a Dios por los pequeños milagros”, dijo Charlie para sí. Los muchachos se rieron. Crucé la habitación hasta Ed. Parecía sobresaltado por las revelaciones explícitas. Pensé: Bueno, por lo menos está escuchándolo desde este lado de la ideología. Steve parecía herido y Roger vino en su ayuda. “Creo que Steve consiguió algo a lo que no le estamos dando su mérito,” dijo Roger. “Yo podía pasar cinco horas en el Rage diciendo ‘no, no, no, no, no’, entonces dejaba el bar sintiéndome bien, entraba en el coche y me veía obligado a tener sexo en el camino a casa, parando en alguna librería porno. Como dices tú, Joe, había tenido que completar el bucle.” Roger continuó: “Solía viajar muchas veces por Santa Mónica Boulevard. Ya sabéis, donde se ponen los putos. Podía parar, ligarme a un tío y follármelo por veinte dólares. Para mí, creo, esto es verdaderamente algo más que un bucle adictivo. Se trata de una vocecita en mi cabeza que parecía decirme que esta clase de mierda era lo que realmente merecía.” Muchos hombres en el grupo movieron sus cabezas en señal de asentimiento y se hizo un silencio momentáneo. “Me gustaría discutir algo que me ha estado pesando, si has terminado, Roger,” dijo Albert. “Sí, está bien.” Muchas veces, en nuestras sesiones privadas, Albert se había quejado de la imagen que tenía de sí mismo como débil y necesitado. Me dijo que esperaba tener el valor de hablar al grupo de sus frustraciones y ansiedades. “La semana pasada,” comenzó Albert, “alguien sacó a colación algo sobre su hermano que me tocó una fibra sensible en mi interior. Me doy cuenta de que la razón por la que he tenido un sentimiento tan horrible de quién soy es que siempre he representado el papel de victima en nuestra familia.” Su voz adquiría ahora un tono agudo y preocupado. “Siento que desde el día en que nací fui débil e incapaz de controlarme. Me imagino que esto no debería sorprender. Quiero decir: viendo mis dos modelos de rol originales. Primero, mi hermanastro David. Mi auténtica primera impresión sobre él es la de su puño aplastando mi mandíbula, su patada en mi espinilla, su codo en mi estómago. Esto es lo que recuerdo que me daba. Tenía que desahogar su agresión y actuar como un matón de algún modo, y ese modo era golpeándome.” Mientras Albert hablaba todos percibíamos su sentimiento de frustración. El grupo escuchaba con atención y Albert continuó. “El otro modelo de rol con el que tuve que tratar era mi padre. Un padre que emocionalmente no estaba ahí. No me afirmaba en nada y punto. Recuerdo que me llevó a nadar pocas veces a su club de campo. Podía nadar como un pez y estaba contentísimo de hacerlo pero después, en el vestuario, de repente me sentía inútil e inadecuado. Tantos hombres desnudos… ¿Tenía que desnudarme delante de ellos? ¿Tenía que ducharme? No sabía qué hacer. Nunca me tuteló, enseñándome lo que hacer. Sólo esperaba a que encontrase la solución por mí mismo.” Nos miró. “Habría significado tanto para mí si me hubiese hecho sentir que cuidaba de mí.” Albert se puso derecho, su voz tenía ahora un tono de determinación. “Pero recientemente he estado diciéndome a mí mismo: ‘No, es el pasado y estoy harto de llorar por ello. Tiene que acabar. Es hora de que empiece a tomar el control de las cosas.’ Por primera vez en mi vida puedo decir que no me odio a mí mismo.” Se detuvo, levantó la cabeza para mirar a todo el mundo y luego continuó: “Ha sido un infierno pero me veo comenzando a estar vivo y digo: ‘¡Gracias a Dios. Ya era hora!’ El mes pasado, en una conferencia ex-gay, un anciano vino y me dijo: ‘Tienes mucha suerte. Estás empezando a rehacer tu vida mientras eres todavía joven. ¡A por ello!’” A veces el grupo no se usa para dialogar sino simplemente para tener la oportunidad de ser escuchado. Algunas veces se tiene la necesidad de expresar sentimientos sin aportación, reacción o comentario -sólo para ser escuchado. Albert experimentaba ahora esa necesidad. Entonces planteó una difícil cuestión. “Sin embargo, a pesar de que me siento bien con mi progreso, me asusta el hecho de que si tengo éxito en la dirección que he tomado acabaré castrado. Ya sabéis -no tener nunca una relación sentimental con un ser humano. No enamorarse de nadie, hombre o mujer. ¿A quién amaré? Esta es mi pregunta no respondida.” El grupo permaneció en silencio durante un rato. Entonces Charlie dio su opinión. Su ritmo lento pero enérgico contrastaba con la voz entrecortada y nerviosa de Albert. “Me gustaría decirte dónde me encuentro personalmente en relación a ese tema, Albert.” Todos aguardamos mientras Charlie hizo una larga pausa, observando con aire pensativo a Albert a través de sus gafas de montura fina. “Me han preocupado las mismas cosas. ¿Acabaré siendo un castrado -una nulidad sexual- si elimino mis atracciones homosexuales? Pero, desde mi punto de vista, ahora no hay en mi vida nada más importante que disminuir esas atracciones. Quizá algún día esté abierto a una mujer, quizá no. Pero, por ahora, estoy agradecido por tener algún poder sobre una parte de mi vida que estaba fuera de control y era terriblemente estresante. Y puedo decir que, por ahora, esas atracciones se han convertido más bien en distracciones.” Interrumpí. “Casi la mitad de los hombres con los que he trabajado desarrollan una atracción hacia las mujeres. Algunos se han casado. La otra mitad no experimentan inevitablemente fuertes atracciones heterosexuales pero se han liberado al haber alcanzado el control sobre los sentimientos que consideraban perjudiciales y angustiosos en extremo.” Albert dijo: “Imagino que para mí se trata de una preocupación en un determinado momento. Haré mejor confiando en mi felicidad presente sin preocuparme por el futuro.” Se hizo un silencio meditativo. Entonces Edward, nuestro miembro más joven, intervino para cambiar de tema. “Me fastidia cierto rumor que he oído recientemente de algunas personas gays del teatro. Dicen que debo ser gay y creen que podría estar teniendo un lío con uno de los tramoyistas.” Parecía indignado. “¡Puedo tener esos sentimientos pero no me etiquetaría a mí mismo como gay!” “Esa es una cuestión muy relevante en términos de cómo definimos a la persona,” dije. “De hecho, la triste realidad es que en el mundo gay los sentimientos sexuales de uno se consideran el sello de la propia identidad esencial. Entonces, el estilo de vida global normalmente gira en torno a esta identidad gay contracultural.” Charlie resumió mi planteamiento. “El arte gay es arte erótico, la poesía gay es poesía erótica y el cine gay es cine erótico. En realidad, es una cultura centrada en el sexo.” Steve añadió: “Recuerdo cuando tenía aproximadamente la edad de Ed -de hecho, acababa de comenzar el instituto- y conocí a ese tío mayor que tenía una tienda de antigüedades. Le dejé que me hiciera cosas. Tenía un pene de cerámica expuesto y otras mercancías sexuales por toda la tienda. Había otro tío mayor con el que se acostaba y me enseñaban fotos de chicos desnudos con látigos y cadenas de una revista gay.” Ed hablaba con entusiasmo. “Tenías que ver la sección de contactos en la parte de atrás de esas revistas gay. Toda una revelación.” Al comienzo de la siguiente reunión, el padre John empezó manifestando una frustración de toda su vida. “Le he estado pidiendo a Dios que me permitiera conocer al hombre que soy verdaderamente. Porque he llegado a darme cuenta de que me han dado una dosis de doble falso yo. Primero, fui el hijo obediente. Luego, me encuentro a mí mismo en el rol del sacerdote obediente. Durante muchos años he estado enterrado bajo toda esta gilipollez del buen chico. Y no sé todavía si este soy yo.” “Ahora parece que tengo problemas con el pastor. He estado aprendiendo a afrontar los conflictos de forma más asertiva. Esto significa deshacerse del yo falso, sumiso y el monseñor no está acostumbrado a ello. De hecho, no creo que ‘yo’ le guste. La noche pasada, en la cena, por fin me enfrenté a él. Le dije que estaba cansado de ser siempre el que tenía que decir la misa de las 6.00 de la mañana. La tomó conmigo y casi se le cae el vaso de vino.” El grupo se reía burlonamente. “¿Le echas la culpa a él?”, pregunté. “Bueno, en verdad no debería beber tanto.” Más risas burlonas. “¿Le echas la culpa al tío por darte la misa temprana aunque nunca te quejabas de ello?” “Me figuro que no. Quizá sólo dio por supuesto que yo era un ave mañanera.” Se rió. “Lo que no soy. Con mi vida nocturna no ha sido fácil salir de la cama tan temprano.” “Cuéntame más sobre ese yo auténtico que estás descubriendo,” dije. “Cuando vivo desde el auténtico yo… bueno, soy honesto conmigo mismo y con los demás. Levanto directamente la voz -nada de rol de buen chico. No temo que la gente me llame imbécil -si lo merezco- porque sigo teniendo la convicción de que soy normal … de que soy encantador.” “Creo que eso es lo que todo el mundo quiere en esta habitación,” dijo Dan. De entre todas las personas, pensé, es el malhumorado Dan el que comprende la necesidad de expresar ira sintiéndose encantador. El padre John observó la cara de Dan. Luego asintió con la cabeza. “De cara a mí mismo he representado siempre el rol de buen tío. He dado siempre la impresión de sonriente y magnánimo. Soy complaciente la mayor parte del tiempo y encuentro esto fácil. Pero hay muy pocas personas con las que soy honesto.” El padre John estaba describiendo un rasgo común a muchos clientes homosexuales -una preocupación excesiva por la auto-protección. “Hay muchas cosas que me gustaría expresar, pero nunca lo hago. Incluso sé cuánto voy a decir aquí, en el grupo. Revelo cosas un poquito cada vez y me pregunto si con esto no le corto el rollo a la gente. A pesar de esto, ¿pueden decirme, ‘me preocupo por ti’?” Entonces Dan intervino para describir su propia experiencia. “Me vuelvo paranoico imaginando cosas estúpidas en mi mente sobre lo que la otra persona podría pensar de mí, sobre-dramatizando la situación.” Añadió: “Soy capaz de telefonear a otras personas desde el estudio cuando estoy preocupado por ellas. Pero telefonear por mí mismo, para decirle a alguien ‘Eh, ayúdame, estoy herido’ -eso es casi imposible. No fomento las amistades porque odio ese sentimiento de vulnerabilidad.” “El tema de arriesgarse totalmente, no queriendo ser heridos una vez más,” dijo el padre John. Dan interrumpió al padre John. “Has dicho ‘una vez más’. ¿Cuándo fuiste herido por primera vez?” “La primera herida real que puedo recordar fue la preferencia obvia de mi padre por mi hermano mayor,” dijo el sacerdote. “Tenía aproximadamente unos tres años y sentí que debía haber algo inadecuado en mí. Y recuerdo una relación intensa entre mi madre y yo pero no un cariño físico. No puedo recordar a mi madre abrazándome a mí o a mis hermanos y hermanas.” Continuó. “La única vez que recuerdo ser tocado fue años más tarde, cuando sufrí abuso sexual. Probablemente respondí a ello porque... era mejor que nada. Y -como sé que es normal en este tipo de relación hombre-muchacho- cuando se esfumó la novedad, fui dejado de lado. Así es como me sentí. Nunca he podido entenderlo.” Mientras escuchaba, me sentía contento de ver a estos dos hombres escuchándose y comprendiéndose mutuamente. Sabía que era difícil para cada uno de ellos entablar este tipo de diálogo auto-revelador. En estas sesiones tuve el privilegio de ver la evolución del proceso terapéutico de cada hombre. Este grupo continuó durante ocho años, con algunos hombres dejándolo y otros incorporándose a él. La mayoría de los hombres permanecería un año o dos. Otros, tres o cuatro años, dependiendo de sus problemas personales y el grado de mejora. Me sentí orgulloso de ver el progreso de cada uno pero sabía que el trabajo continuaría mucho después que cada hombre nos dejara. Dos meses más tarde, Steve describió su lenta desconexión de una dolorosa relación con Randy, su amante de ahora sí, ahora no. Conforme hablaba, escuché los típicos problemas gays de lucha de poder y competitividad narcisista. “Nuestra relación había dado un giro de 180º respecto a cómo era el día en que nos conocimos,” le dijo Steve al grupo. “Entonces yo estaba en la cima y disfrutaba conociendo gente. Tenía montones de amigos. Siempre estaba saliendo, siempre feliz. Si tenía una pelea con Randy no me preocupaba. No gastaba mis energías con él. Me sentía fuerte y eso me daba el control en nuestra relación.” “Ahora es Randy el que está en la cima. Le está yendo bien en el trabajo como socio de un restaurante. Va a sitios, conoce gente nueva. Es el centro de atención. Nuestras posiciones han cambiado. Ahora me trata del mismo modo como yo le trataba a él -como basura. No puedo culparle.” Entonces preguntó lastimosamente: “¿Siempre hay una persona que está en la cima en una relación?” Dije: “Hay una competitividad natural entre compañeros del mismo sexo, especialmente varones... de modo que esta situación es muy común en parejas masculinas.” Steve añadió con voz temblorosa, inusual en él: “Desde que nos conocimos, fue una relación competitiva -nos echábamos mierda mutuamente. Supuestamente yo era el más guapo. Cuando salíamos, era en mí en el que se fijaba la gente. Entonces empezó a entrenarse en el gimnasio como solía hacerlo yo. Me preocupaba volverme la parte femenina de la relación, la parte más débil, el tío que tiene que ser arrastrado. Cuando la gente nos ve ahora paseando por la calle, resulta que le miran primero a él. Parece egoísta pero eso me hace sentirme penoso.” Steve se detuvo. Todos esperábamos a que continuara pero no dijo ni una palabra. Pudimos captar la ansiedad y el sentimiento de impotencia conforme nos hablaba. Finalmente, Charlie dijo: “Te sientes fuera de control en esa relación.” Steve asintió con la cabeza. “El tema es, Steve, ¿cómo quieres que sea esta relación para ti?” Ésta es una pregunta que hago con frecuencia a los chicos y que ellos se han apropiado para ayudarse mutuamente. “Estoy harto de compadecerme de mí mismo en las relaciones,” dijo Steve. “Deseaba una relación que fuera bien pero era como una adición. No podía romperla. Mi mayor problema ha sido siempre mi aislamiento. He tenido siempre montones de amigos pero no me parecían hombres de confianza. No puedo aceptar su amabilidad. No quiero que nadie invada mi espacio, que se inmiscuya en mi vida. En cualquier caso, no a un nivel íntimo. Y, cuando me enamoro de alguien, pierdo completamente el control y todo se va a paseo.” “No quieres intimar porque eso te parece como quedar atrapado”, dije. Steve admitió: “La semana pasada me vino este pensamiento: ‘Desearía no haber empezado nunca la terapia con Joe. La ignorancia era la felicidad.’ Entonces me vino: ‘No, eso no es cierto. No era feliz.’ Tendría que continuar con la miserable escalada de relaciones en la que estaba. No habría entendido por qué lo hacia.” La descripción que hizo Steve de su lucha de poder con su amante me hizo recordar la extensa literatura que describe las relaciones homosexuales como ambivalentes en gran medida. En mi trabajo con muchas parejas, homosexuales y heterosexuales, las discusiones domésticas más violentas han tenido lugar en relaciones masculinas. Conforme avanzaban los meses, Steve fue desenganchándose, lentamente y con muchas recaídas, de su desgraciada relación con Randy. El grupo proporcionó apoyo firme y ánimo para la ruptura. La intensidad de la ambivalencia de Steve me mostraba claramente el poder persistente de la co-dependencia entre Randy y él. Una semana comenzamos nuestro diálogo con el relato de Roger de su reciente viaje a San Francisco. Simulando la voz de un presentador, dijo: “El último grito entre los tíos del Club J.O. de San Francisco, para aquellos de vosotros que no estén al tanto en estas cosas, es que en vez de llevar piercings en las orejas los llevan en sus penes.” Albert replicó simulando dolor: “¡Ahg, nada de detalles, por favor!” “¿De verdad hacen eso?”, le susurró a Dan el padre John, haciendo una mueca de dolor. “¡Lo hacen!, ¡lo hacen!,” respondió Roger animadamente. “Están fundamentalmente con lo de la mutilación sexual. Realizan el acto sexual con sus penes perforados.” Albert repitió su fingido dolor: “¡Oh no!” “¿De qué va esto?”, preguntó Ed. Charlie sacudió la cabeza. “Las criaturas de la noche. Qué locura.” “Pero ¿qué es el Club J.O.?”, preguntó Ed. Roger explicó: “El Club Paja -hay uno en cada ciudad importante. Básicamente, pagas el precio de la entrada, te quitas toda tu ropa y la guardas en una taquilla. Sólo se te permite el calzado -la única manera que tienes de mostrar que estás a la moda. Te dan un vaso de papel de regalo de no sé qué  Crisco y los tíos se pasean tocando a los demás y masturbándose en corro. Es una orgía de sexo seguro. Le pregunté al grupo:  ¿Qué ocurre con esos penes perforados? ¿Comprendéis el aspecto sadomasoquista de la auto-mutilación? ¿Sabéis lo que representa?” “Claro. Es el auténtico lado oscuro de la homosexualidad,” dijo Roger. “Recordad lo que siempre hemos dicho sobre la ambivalencia hacia el mismo sexo,” les dije. “Hay un resentimiento inherente a toda atracción homo-erótica, resentimiento que tiene su raíz en la relación con el padre que rechaza. La atracción homo-erótica comienza con el padre que rechaza y la sexualización de ese rechazo. En consecuencia, hay una hostilidad incorporada hacia cualquier objeto sexual masculino. Por eso veis tanto sadomasoquismo en la homosexualidad.” “Pero ¿cómo puede haber amor y hostilidad a la vez?” preguntó Ed. “Bueno... puedes decir que el homosexual es de algún modo un niño pequeño tratando de conseguir la atención de papá pero se percibe a sí mismo como no merecedor de ella. Al mismo tiempo, está enfadado con papá por esta situación frustrante e injusta de tener que buscarlo.” Les describí una encuesta reciente que mostraba que el 20% de los anuncios personales de un periódico gay, The Advocate, busca violencia entre hombres -esto es, flagelación, azotes en el trasero, orinarse mutuamente, esclavitud, penetración anal con el puño o con objetos, humillación verbal y así sucesivamente. Roger preguntó: “Sí, pero ¿no se ve este sadomasoquismo en relaciones heterosexuales?” “Sí, pero es mucho menos característico. Por otro lado, es típico de las revistas gays publicar fotos sobre el tema del control y la dominación.” “Tíos con uniforme de poli, juguetes, látigos y botas de cuero -tipos masculinos superduros,” añadió Roger. Tom intervino. “Me puedo identificar con lo que dices, Joe. A veces, cuando miro a un hombre puedo sentir la ira en mi interior y veo que el sexo es una expresión genital de esta ira. Antes de que Cynthia y yo nos casáramos, recuerdo que una vez me vi involucrado en un jaleo, impactante y doloroso, con un tío que de repente se volvió contra mí exigiéndome que le pagara por lo que me había hecho. Daba la impresión de que yo no merecía su atención a menos que pagara por ello antes. Todo el deseo se fue al carajo.” El padre John se puso nervioso. “Luego está la fascinación total por la juventud y la belleza. Es eso de ‘estás bien porque eres joven, atractivo, macizo, bien dotado,’ y todo eso, pero ‘yo no estoy bien porque soy mayor, no tan atractivo, me quedo calvo, tengo una barriga prominente.’ En cuanto termina el orgasmo aparece la culpa, la vergüenza, el miedo, el aborrecimiento de mí mismo y el deseo de poner al chico de patitas en la calle antes de que vea lo que realmente soy. Entonces hago la ruta de la chaladura-”. Ed interrumpió: “¿Qué ruta? Parecía creer que había oído una perversión nueva. Deteniéndose en seco, el padre John sonrió y cambió al papel de maestro. “Chaladura significa locura, una manía neurótica.” Con un asentimiento agradecido por parte de Ed, el padre John volvió a su frenético ritmo. “Así que pongo al chico de patitas en la calle y pienso: ‘Oh Dios mío, puedo haber cogido el SIDA y me lo merezco por ser una mierda. Al final, la ruta es así de auto-decepcionante. Añadió:  Es bueno estar alejado de toda esa locura. Da la impresión de que todo lo que he visto en el mundo gay ha sido locura. Estos tres hombres  Charlie, el padre John y Tom eran los miembros más razonables y prudentes del grupo, aunque no revelaban siempre los detalles íntimos de sus vidas, excepto en las sesiones privadas conmigo. En cierto sentido, eran líderes deseando ayudar a los miembros más jóvenes. “De algún modo, creo, me he sentido atraído hacia esa aventura, hacia esa locura,” dijo Albert. Charlie estuvo de acuerdo. “El sexo nos trae no precisamente el sentimiento de aceptación sino esa clase especial de diversión, excitación y aventura que tienen los hombres el uno con el otro. Creo que hay una energía masculina de la que el homosexual quiere participar.” “Eso es lo que hace tan interesantes los bares gay. Hay una condición salvaje que no hemos conseguido como chicos”, admitió Albert. Dije yo: “Los hombres homosexuales fueron reprimidos frecuentemente, buenos pequeños chicos. En la infancia estuvieron inhibidos, así que en la madurez se las ingenian para unirse para dar guerra.” El padre John bromeó: “Ahora hay una nueva organización ex-gay  la llaman Hacerse Adulto.  Pero creo que estoy aprendiendo el precio que pagamos por esa condición salvaje, continuó Albert.  Hace pocos meses conocí a este tío que empezó trabajando en la guardería. Era realmente amable. Pensé:  Este tío podría ser el tipo de amigo del que hablamos en la terapia. Podría tener una buena amistad masculina sana, sin sexo.’ Entonces, tras habernos visto un par de veces, nos fuimos de juerga con su novia y me sentí como colocado. De algún modo, consiguieron involucrarme en un ménage à trois. Fue un desastre emocional. Corté inmediatamente mi relación con ese tío. Me recordaba los sentimientos de haber sido utilizado y de estar totalmente fuera de control, como cuando era un niño y abusaron de mí.” “Me sentí inseguro. Todas las viejas heridas volvieron como si reviviera la experiencia con mi primo. Me sentí también totalmente avergonzado. No era un hombre, no era respetable. Fui esa pequeña criatura débil y necesitada que se ve arrastrada a algo vergonzoso. Perdí mi auto-respeto, mi identidad.” Añadió: “Fue entonces cuando comencé a venir al grupo y pude tener algunas relaciones auténticas.” Nadie habló durante un rato. “Estamos muy contentos de que lo hicieras, Albert.” El padre John rompió el silencio. Pocas semanas después empezamos un debate sobre la pasividad, la falta de aserción y el miedo a “hacer algo equivocado”, todo ello parte de la condición homosexual. Los hombres hablaron de su miedo al cambio de empleo junto a sus intentos de llegar a ser más asertivos. Dan había dejado recientemente su empleo en la emisora de televisión. Para ahorrar dinero volvió temporalmente a casa para vivir con su madre. Era obvio que había experimentado un retraso en su terapia, ya que sus tentaciones homosexuales habían reaparecido con agravantes. “Desde hace pocas semanas me he sentido desconectado conmigo mismo,” explicó Dan. “Me he sentido otra vez fuera de control, como me pasaba siempre.” “¿Por qué razón te sientes fuera de control?”, pregunté. “Imagino que el que me echaran de mi trabajo en el estudio,” dijo. “Y el haber vuelto a casa con mamá.” “Fuera de control” -¡Cuántas veces he oído esta queja! Es una expresión usada una y otra vez por los hombres para describir la sensación que impregna sus vidas. Se sienten impotentes y necesitados. Conseguir una sensación de posesión de sí mismos es esencial para disminuir las atracciones hacia el propio sexo. Dan estaba diciendo: “He sentido que volvía atrás rápidamente, abandonando todo mi progreso.” “¿Por qué crees que te está pasando eso?” pregunté. “Imagino que es porque tengo que vivir otra vez con mi madre. Aquí me tenéis, con casi 40 años. He estado fuera de casa desde que me gradué en el instituto. Ahora me siento incómodo con mi madre ayudándome. Me siento como menguado... auténticamente necesitado.” Inspirando profundamente, continuó: “Una de las metas que me había propuesto en este grupo era ser más activo y comprometido pero ahora me siento débil y distante de todos.” “Háblanos más de eso,” le animé. “Me siento distante. Incluso respecto al grupo. No creo poder expresar más mis pensamientos. Me siento acurrucado como un ovillo, asfixiado por mis propias emociones y no sé cómo salir de mí mismo.” Me di cuenta de que Dan estaba en lo que llamo el agujero negro, un atolladero caracterizado por una falta de vida interior -una incapacidad de experimentar o de expresar sentimientos- y un aplastante sentimiento de debilidad. Es un estado que puede durar horas o días. Este sentimiento aparece por primera vez en la temprana infancia, cuando los padres emiten mensajes contradictorios que confunden al niño hasta el punto de la parálisis emocional. Cuando el primer entorno no refleja ni apoya la expresión del verdadero ser del niño, cuando los padres reconocen con frecuencia la falsa expresión de sí mismo, no se enseña al niño a confiar en la expresión auténtica. Más tarde, en la madurez, especialmente en momentos de estrés y desafío, se siente tentado a retirarse hacia una desconexión pasiva de su corriente emocional, mientras se distrae con fantasías que le auto-gratifican, como la autocompasión. Sólo hay un modo de salir del agujero negro y es combinar los sentimientos internos con su expresión al exterior. Cuando un hombre combina correctamente sentimiento y conducta, conecta con su corriente natural de energía. Un modo falso de poner en marcha los sentimientos y conectar con el yo masculino es la conducta homosexual. Durante un breve tiempo, la excitación emocional asociada o el arrebato parecen ofrecer una conexión inmediata con la propia masculinidad no realizada. Pero esto no consigue ofrecer una conexión prolongada. Una manera auténtica de reconectar con lo masculino debe consistir en expresar sentimientos a un amigo masculino. Esta opción no satisface la urgencia adictiva pero sí proporciona una gratificación más profunda y prolongada, una conexión mucho más genuina. Para ayudar a Dan a salir del agujero negro utilizo la técnica terapéutica del Focusing, de Eugene Gendling, que combina sentimiento y palabra. He encontrado este método muy útil para hombres que se encuentran atascados. Con el tiempo aprenden a utilizar el método por sí mismos. “¿Qué estás sintiendo ahora?” pregunté, mientras el grupo escuchaba en silencio. En un tono sin matices Dan dijo: “No estoy sintiendo nada.” “¿A qué se parece el no sentir nada?” “¿Qué?” Parecía perplejo. “¿A qué se parece el no sentir nada?” repetí. “Confusión,” me respondió. “Bien. Ahora quédate con ese sentimiento de confusión. Siéntate con ese sentimiento. Observa si ese sentimiento cambia a otro sentimiento. Mira a ver si te viene otra palabra mejor que confusión.” Se sentó en silencio, mirando en torno a él a los otros miembros del grupo. Finalmente, miró hacia abajo, hacia su propio cuerpo. Eso era un buen signo. Cuando la gente mira hacia los lados al nivel de los ojos, está pensando. Cuando la gente mira hacia arriba, está recordando. Pero cuando la gente mira hacia abajo, como Dan estaba haciendo ahora, está buscando un sentimiento en el interior. Al final dijo: “El sentimiento es que estoy frustrado, creo.” Pensé: “Cuando dicen ‘frustrado’, normalmente quieren decir ‘enfadado’.” Le animé: “Bien. Permanece en ese ‘frustrado.’ ¿Describe realmente esa palabra cómo te sientes ahora?” Frunció el ceño. “Creo que estoy enfadado. Enfadado por sentirme fuera de control tan jodidamente. Tengo que masturbarme tres veces al día para mantener mi ánimo a flote.” Los sentimientos son ahora conscientes. Todos pudimos ver que Dan estaba realmente presente ahora. Esperamos más cosas. “No es por mamá,” dijo. “Es por mí -aunque me saque de mis casillas, ¡mierda!” Algunos asintieron, comprendiendo con simpatía. “Se trata de poner mi vida en orden. Hacer algo. Tomar el control de las cosas.” Ahora Dan sentía completamente sus sentimientos. Primero, enfado consigo mismo; luego, gradualmente, con la ayuda del grupo, claridad sobre lo que debía hacer para ayudarse a sí mismo. Viendo la satisfacción de Dan, Roger intervino. “Me he estado planteando las mismas cuestiones últimamente,” dijo. “También debo estar atascado en la pasividad y en el fracaso al hacer las cosas. Ahora mismo tengo que hacer frente a diez o quince pequeñas tareas cotidianas, como ir al dentista, renovar el carné de conducir y graduarme las gafas. Parece que cuanto más me condeno a mí mismo por no hacer estas pequeñas cosas más pasivo me vuelvo. Puedo quedarme atascado en ese agujero negro o bien empezar a tomar pequeñas decisiones para empezar a hacer algunas de esas cosas que necesito abordar.” Edward dijo: “He estado atascado también con una decisión. Un amigo mío me ha estado presionando para que aceptase un trabajo de camarero en el Hamburger Hamlet para llenar el tiempo en que no tenemos ensayos de la obra. Pero, sinceramente, me muero de miedo sirviendo mesas. Es estupendo poder actuar en una obra pero creo que me sentiré como un tonto en un restaurante -rompiendo platos, haciéndome un lío con las órdenes...,  que fracasaré, o me sentiré incompetente o se reirán de mí. No me hace gracia que el encargado me grite. Añadió:  Pero también siento que debo hacer esto para superar mi miedo y mi pasividad. Entonces Ed intentó meter al grupo en un debate animado pero improductivo acerca de los pros y contras de servir mesas. Finalmente, intervino Charlie. “Para Ed, el verdadero problema es ‘Ser o no ser un camarero: esa es la cuestión.’” Steve susurró, “¿No te agrada cómo hace la introspección de Shakespeare?” El grupo se rió. Tom miró a Steve. “Tan ingenioso como esquivo.” Volviendo ahora a la cuestión principal, Charlie continuó: “Todos tenemos que superar el miedo a tomar una decisión. Todos sentimos que cualquier decisión que tomemos puede ser potencialmente terrible.” Ed dijo: “Necesito realmente el dinero extra que me proporcionaría ese trabajo. De modo que si no aprovecho esta oportunidad me sentiré un fracasado. Seré capaz de hacerlo. Fuera miedos. Adelante con ello, aunque no haga el trabajo a la perfección.” “De eso es de lo que se trata -perfeccionismo.” Charlie continuó. “El perfeccionismo es parte de la falsa imagen. Liberarse de la defensa del perfeccionismo remueve todas las ansiedades anteriores y los sentimientos de inadecuación.” Ed estaba de acuerdo. “Yo supuse que crecer era ser perfecto, no cometer ningún error. Tenía cuidado de no sobresalir, de no ser criticado. Por otra parte, podía subir a un escenario y no sentirme incómodo. ¿No es extraño?” “No tan extraño,” le dije. “Ese es un falso rol. En cuanto te subes al escenario, estás representando a alguien que no eres tú. Es más fácil enfrentarse a una audiencia impersonal que al cara a cara con otro tío.” Steve añadió: “Algunos de mis recuerdos más dolorosos tratan del fracaso frente a mis coetáneos y el que se rieran de mí. Son tan dolorosos que tiendo a evitar cosas que podrían ocasionar que alguien se ría de mí.” “Todos los chicos temen que los coetáneos se rían de ellos”, les dije. Pero, mientras que la mayoría se recupera, algunos chicos se sienten tan hundidos que se apartan de cualquier futuro desafío. Para el chico pre-homosexual la respuesta aprendida es la retirada. Se retrae a su pequeño mundo de fantasía, ocupándose en actividades solitarias como el dibujo o la música. Se consuela a sí mismo creyendo que de alguna forma es mejor que los demás chicos, que es especial. Con frecuencia, su madre le apoya en esta idea de su condición especial.” En ese momento, el padre John comentó: “Yo mismo me retiraba metiéndome en la música y tocando el piano.” Muchos estudios muestran que los chicos pre-homosexuales se interesan por el teatro y la representación. Muchos de mis clientes tocaban también el piano desde la temprana niñez. Considero esto como una mayor retirada al interior del falso yo frente a los desafíos de la vida. Albert añadió: “Mi escapada era hacia la naturaleza. Me recuerdo huyendo con frecuencia de mi casa hacia un bosque de árboles altos. Me subía a un árbol y me sentaba en una rama, imaginando que era un pajarillo. Pensaba ‘nadie me encontrará aquí arriba.’” Como es habitual en la terapia reparativa muy pocas discusiones trataban de sexo. La mayoría de las veces, los hombres hablaban de su lucha por el sentido de identidad. El padre John continuó: “Una de las cosas que he aprendido aquí es a luchar contra la pasividad y los sentimientos de desesperación. Antes me veía abocado a caer en mi adicción a la pornografía. Incluso ahora, cuando estoy viendo una película porno en mi habitación de la rectoría, con las puertas cerradas y las persianas echadas, me digo ‘Sé que esto es una compulsión. Se trata de querer entrar en el club de los hombres.’ Puedo entender de verdad la expresión ‘sentirse excluido del club de los hombres.’ Así es como me he sentido toda mi vida.” Charlie estaba de acuerdo: “Entiendo esa tentación de volver a caer en esos estados bajos de ánimo tan familiares -atrapado en la oscuridad del alma. Te sientes desolado pero al menos es familiar.” El padre John parecía pensativo, como cavilando sobre esas últimas palabras “en la oscuridad del alma.” “Esas experiencias que suelo considerar un palo”, continuó, “las veo ahora como oportunidades de transformación. Es a lo que se refiere mi héroe Colin Cook cuando dice fracasar con éxito.” Ed preguntó: “¿Cómo se puede fracasar con éxito?” “Mis fracasos son alquilar material porno y masturbarme obsesivamente durante días -normalmente, semanas,” dijo el padre John. “Pero fracasar con éxito significa que si voy a caer, convierto esos momentos en ocasiones para rezar a Dios, a pesar de todo lo desagradable.” Albert perecía dudar y sus ojos mostraban suspicacia. “Suena a espiritualidad gay,” dijo. “En absoluto,” aseguró el padre John. “Todavía asumo la responsabilidad de mis pecados. No deseo esa mierda en mi vida. Pero mi error era expulsar a Dios de mi vida en esas ocasiones de pecado. Colin Cook dice: ‘Mantén a Dios en la escena.’” Añadió: “Los primeros teólogos cristianos hablaban de la felix culpa (‘feliz pecado’), que suena contradictorio. Sin embargo, el fracaso puede convertirse en una oportunidad de transformación.” Se hizo la hora de terminar nuestra sesión. Al levantar el grupo la sesión, los hombres dejaron lentamente mi despacho en grupos de dos o tres, hablando tranquilamente. Colin Cook, orientador y autor ex-gay, ha sido una figura nacional en el movimiento ex-gay, con un ministerio bien provisto de fondos. Se levantó el escándalo cuando Colin se vio sexualmente implicado sexualmente con alguno de los chicos a los que orientaba. El escándalo fue un shock para el entonces frágil movimiento ex-gay. Los detractores y críticos gays de la terapia reparativa utilizaron la historia de Colin como evidencia de que los gays no pueden cambiar. Una vez que Colin se hubo restablecido lentamente y se hubo ganado gradualmente la confianza, ha continuado haciendo grandes contribuciones a la causa de los hombres que desean ser libres de la homosexualidad. En nuestra siguiente sesión, Tom empezó con un debate sobre sus experiencias anteriores en psicoterapia. “Los otros terapeutas me decían que debía aceptar mi orientación sexual. ¿Pero en qué situación me dejaba ese consejo? Tener líos por ahí con hombres es incompatible con mi matrimonio. Durante años he intentado vivir en dos mundos. Ese terapeuta me dejó sentado sobre una valla de estacas -¡con los extremos afilados sobre mi culo!” Steve se rió a carcajadas. Luego dijo en tono de disculpa: “Lo siento, Tom, pero lo que acabas de decir me ha hecho gracia.” “Esa valla pertenece al demonio”, susurró el padre John. Charlie añadió: “Tuve el mismo problema que Tom cuando visité por primera vez a un comecocos. El tío me dijo: ‘Vive con ello. Otros han vivido con ello, así que tú también puedes.’ Le dije: ‘Pero no puedo.’ Él dijo: ‘Debes aceptarlo, porque no puedes cambiar lo que sientes. Éste eres tú y tienes que ser honesto contigo mismo.’” Les dije: “Muchos miembros de la profesión han dado una solución políticamente correcta a un problema existencial. Se han rendido a la presión de los psicólogos gays que quieren que su orientación sea vista como equivalente a la heterosexualidad.” “Eso me recuerda un viejo chiste,” les dije. “Un hombre va al gabinete del doctor y dice: ‘Doctor, cada vez que doblo mi brazo siento un dolor punzante.’ El doctor dice: ‘No dobles el brazo.’ Así es como la psiquiatría responde a los homosexuales insatisfechos. Un hombre va al terapeuta porque está insatisfecho con su homosexualidad. El terapeuta le dice: ‘No estés insatisfecho.’” Durante muchos años, hombres como mis clientes -los que llamo homosexuales no gays- han sido ignorados por los profesionales de la salud mental. Son víctimas de la politización de la psiquiatría. Charlie abrió una sesión volviendo a viejos problemas planteados en relación con su padre. “Cuando no salía al fútbol, parecía un rechazo personal hacia mi padre. Cuando no quería jugar, lo tomaba como rechazo hacia él, a su amor al fútbol. Tengo el mismo sentimiento cuando quiere que en casa las tareas se hagan de cierta manera. Si me resisto, le estoy rechazando personalmente. Tiene un ego tremendo.” “Como si sólo existieras para él,” le dije. En ese momento, Dan, que normalmente no habla mucho en grupo, intervino. “Eso me ocurre a mí también. Le dije a mi padre que no era aficionado a deportes de equipo ni a las armas. Se disgustó.” “Sí. Como si fuera una afrenta personal,” añadió Charlie. Dan continuó: “Para mi padre, el fútbol es como su primer amor. Los partidos están antes que la familia -son más importantes. También las armas. Tenía un taller de tres mil dólares en su sótano dedicado a las armas.” Los hombres continuaron compartiendo sus recuerdos de la decepción de un padre con expectativas estereotípicas y su profundo sentido de fracaso al no haber cumplido esas expectativas. Entonces Roger habló extensamente acerca de su primer amante Perry. Aunque la relación había terminado, estaba claro que continuaba habiendo una co-dependencia con la pérdida de límites personales entre hombres. Durante los tumultuosos nueve meses juntos, Roger y Perry habían intentado salir de la homosexualidad. Mientras se comprometían verbalmente a sanar su homosexualidad, a menudo recaían, obteniendo como resultado sentimientos contradictorios sobre su curación y sobre el otro. Cuando su relación terminó, Perry abandonó repentinamente su compromiso por el cambio y encontró un nuevo amante. Según mi experiencia clínica, nada trastorna tanto el compromiso por la terapia reparativa como el que un primer amante encuentre una nueva relación amorosa de éxito similar. Las noticias elogiosas acerca de la nueva relación sirven como recuerdo de las propias necesidades emocionales insatisfechas del cliente. Ahora Roger se armaba de valor para ser más directo, diciéndonos que tenía dudas sobre si continuar con la terapia. Sus sentimientos eran, sin embargo, totalmente contradictorios. Envidiaba la nueva vida amorosa de Perry pero sabía que esas relaciones nunca le habían ido bien. Por un instante parecía desear volver al mundo gay. Al minuto siguiente se arrepentía y criticaba esa elección considerándola un escaqueo. Decía: “Estoy en mi coche escuchando la radio, uno de esos programas de entrevistas, y sale un tío diciendo lo feliz que es siendo gay y lo miserable que era en los años en que intentaba cambiar -ya sabéis, la típica historia de salir del armario. Desde el punto de vista intelectual, sé que tiene que haber algo más en esta historia del tío pero tengo que admitir que suena realmente tentadora. Este es el tipo de rollo con el que me topo cada vez que leo el periódico o enciendo la televisión.” Pensé que Roger tenía razón. El hombre que intenta sanar su homosexualidad libra una guerra en dos frentes -el interno, contra sus propios sentimientos y otro externo, contra una sociedad que ni valora ni entiende su lucha. Entonces Roger le dijo al grupo: “Cada vez que me siento atraído ahora por algún tío, mi voz interna pregunta: ‘Sí, pero ¿al final cómo resultará esto? ¿Resultará como mis otras relaciones?’ Me cansa tratar de calcularlo. Me siento débil y muy cansado.” Pude ver que a Roger le interesaba que yo no entendiera ni aceptara una decisión de abandonar la terapia. Volviéndose a mí, me preguntó: “De manera que ¿qué debería hacer?” Su voz sonaba ahora aguda y enfadada. De los años de experiencia he aprendido a no entrar a defender la terapia reparativa en caso de una postura contraria. Más bien, dejo al cliente determinar si encuentra un valor personal en el tratamiento. Al adoptar la postura neutral, decepciono sus expectativas de que le libraré del dolor de decidir su propia dirección. Roger continuó en su angustiada ambivalencia, intentando seducirme para que decidiera por él. Finalmente le dije, ligeramente enfadado: “Mira, Roger, conoces mi postura. Pero tendrás que decidir por ti mismo si esto es bueno para ti. Yo estoy aquí -todos estamos aquí- para ayudarte a hacer el trabajo si lo deseas.” En un tono amable, el padre John le dijo: “No crecemos resistiéndonos a lo negativo sino, más bien, moviéndonos hacia lo positivo. El camino correcto para todos nosotros, Roger, es encontrar a Dios en todo esto." “No sé lo que quiero, padre John. Y no sé dónde está Dios en todo esto. Me parece imposible tomar decisiones por mí mismo. Siempre acabo dejando esto a otras personas. Les pregunto su opinión. Quiero que me digan lo que hacer.” Charlie musitó: “Lo que hay que advertir es que preguntamos cuando, en realidad, conocemos la respuesta pero deseamos no hacerlo.” Continuó: “No creo que tus dudas provengan de que tu antiguo novio esté ahora felizmente enamorado. Creo que eso lo que hace es estimular tu ambivalencia acerca de la curación.” Roger dijo: “Me siento como una pequeña rata blanca que sigue todas las direcciones en el laberinto y se encuentra volviendo al comienzo. No importa los desvíos que tome: acabo enfrentándome a todas las cosas que quería evitar.” Cuando Roger tuvo claro que no le diríamos qué decisión tomar, no estuvo enfadado por más tiempo con nosotros. Preguntó: “¿Quiero hacer el trabajo, afrontar los problemas? ¿Realmente quiero cambiar?” Charlie presionó un poco más: “Ese ‘debería’ ¿de quién es? Ten la seguridad de que es tu ‘debería’, Roger. De nadie más. De otro modo se pondrán en disposición de estar resentido con esta terapia.” Roger volvió a dirigirse a mí: “¿Tienes idea de lo que estoy sintiendo?” Antes de que pudiera responder, añadió: “Sólo doy aquello para lo que me han entrenado dar: ser el chico obediente. Tomar la dirección de los demás.” “Absolutamente,” repliqué. “Algunos hombres luchan más que otros en la terapia reparativa. Para algunos hombres no se trata de una decisión tomada de una vez. Van hacia atrás y hacia delante antes de encontrar la dirección correcta.” Charlie dijo: “La ambivalencia es la naturaleza de la bestia,” añadiendo: “la homosexualidad es la bestia.” Tom se volvió a Roger, diciendo suavemente: “No estés resentido por estar en la lucha. No tienes porqué estar aquí.” “Lo sé.” Roger habló lentamente. Con tristeza. La reciprocidad es un concepto importante en la terapia reparativa. Los hombres con problemas de homosexualidad tienen dificultad para establecer un sentido de reciprocidad e igualdad en sus relaciones masculinas. Tienden a desarrollar relaciones con un desequilibrio de poder, en las que o bien devalúan al otro hombre o bien lo colocan en un pedestal. A diferencia de la psicoterapia convencional, que prohíbe encuentros externos entre los miembros del grupo, la terapia reparativa anima a la amistad para contrarrestar el aislamiento característico de la condición. Albert y Steve han estado teniendo relación social fuera del grupo y he estado apoyando su relación porque la veía como una oportunidad para una reciprocidad saludable. En una sesión, Albert empezó quejándose de Steve, que estaba ausente. Dijo: “Encuentro a Steve muy estimulante en muchos aspectos pero hay un problema."” “¿Cuál?”, preguntó Charlie. “No estoy seguro,” dijo titubeando. Estaba claro que Albert tenía dificultad para identificar lo que iba mal en esa amistad. Para los hombres homosexuales, es un constante desafío ajustar la tendencia a sobre-valorar o infravalorar a otros hombres. Puede existir una inclinación a volverse pasivo en las relaciones, dejando que los problemas de poder y de límites se descontrolen. Albert continuó: “Steve está siendo un modelo de rol positivo para mí -está donde yo quiero llegar en mi propio desarrollo. Me da mucha seguridad. Pero en las semanas pasadas recientes me hizo sentirme incómodo.” Clavando una mirada inquisitiva en torno a la habitación, Albert se apresuró a añadir: “No hay nada sexual entre nosotros.” Luego continuó: “Vimos esa película en la que uno de los tíos es realmente guapo y Steve hizo algunos chistes -siempre hace eso.” “Bueno, ¿y qué?” Me sentía impaciente ante el modo dubitativo y lleno de rodeos con el que Albert nos daba su opinión. “Steve siempre se da cuenta de los tíos en la calle, hace comentarios sexuales y” (dudando) “tengo que ser sincero, me pone cachondo. Tiene un sentido del humor salvaje. Es fácil que nos tomemos el pelo mutuamente.” Se detuvo, y luego dijo: “No sé qué hacer. Quizá esté siendo demasiado sensible. Quiero ser sincero con Steve pero no quiero perder su amistad.” Las relaciones homosexuales se caracterizan a menudo por la co-dependencia. Las necesidades de los hombres acaban enredándose, las de uno cediendo exageradamente y confundiéndose con las del otro. Decidí que el desenmarañar las necesidades superpuestas debía empezar con los sentimientos de Albert. “Está bien. Empecemos con la sencilla cuestión ‘¿Qué sentimientos provocan en mí sus comentarios?’,” dije. “Humm... ¡Qué apuro!,” me dijo. “Vamos con ello. Dime más,” le pedí. Entonces escuché el conflicto real. “Humm, tengo que admitir que me excitan su chistes y comentarios. Hace que empiece a pensar en tíos y empiezo a retroceder.” Se reía con nervios. Esperamos en silencio. “Pero no es eso lo que deseo de nuestra relación.” Tom dijo: “Así que Steve te crea un conflicto. Disfrutas con los sentimientos pero realmente no los deseas.” La reflexión de Tom sobre los sentimientos de Albert colocó una validación implícita que estimuló la conversación. Animadamente y con cierta santurronería, Albert replicó: “Sí, bueno, realmente no necesito eso de él. No me ayuda atrayendo mi atención hacia esas cosas. Quiero sustituir los placeres que estoy intentando dejar por otros placeres. No veo que me apoye en mi intención.” “¡Estupendo!” le dije. Ahora Albert parecía seguro de sí mismo. Se había dado permiso para identificar un motivo de queja. Esto no era una queja, como la describe van der Aardweg, sino la expresión de una necesidad válida. Dimos el paso siguiente. “Bien. ¿Qué puedes decirle a Steve?”, le pregunté. Hizo un gesto de decaimiento. Una larga pausa, la mirada vacía. Luego dijo Albert: “No quiero herir a Steve. Él tampoco tiene la intención de-” Previendo un nuevo enredo, le interrumpí: “Ni menciones su intención. Sólo Steve puede hablar sobre eso. Ahora, la pregunta para ti es ‘¿Qué puedo decirle a Steve?’ ” “Supongo que podría decirle: ‘Mira, sé que no es tu intención pero tus comentarios y chistes sexuales sobre otros tíos no me ayudan. ¡Ni tampoco nos ayudan!’ “ “Bien.” Me sentí satisfecho de que Albert fuera capaz de dar los dos pasos necesarios para resolver la dependencia hostil tan característica de las relaciones homosexuales: (1) identificar las propias necesidades, distintas de las del otro hombre; y (2) expresión efectiva de esas necesidades. Estos dos pasos parecen más simples de lo que son y son necesarios para restablecer la reciprocidad. Albert preguntó: “¿Pero cómo puedo decirle cómo me siento?” Una típica cuestión que los hombres con orientación homosexual olvidan preguntarse a sí mismos sobre la conducta del otro hombre es: “¿Cómo me hace sentir este hombre?” En vez de eso, la tendencia es a centrarse en la otra persona -que no debe ser puesta en duda o desafiada por miedo a perderlo como amigo. “¿Qué te detiene a la hora de hablar con Steve? Tienes claro lo que quieres decirle. Así que ¿por qué es tan difícil establecer una reciprocidad?” “Explícame eso.” “Steve y tú sois iguales. Tenéis que establecer una igualdad entre vosotros. Ninguno es mejor o peor que el otro.” “Creo que he estado colocándole en un pedestal,” admitió Albert. Le expliqué: “Tu desafío -que es el mismo desafío de todos los hombres con problemas homosexuales- es ajustar constantemente la tendencia a sobrevalorar o infravalorar a los otros hombres. No tengas miedo de lo que Steve pueda pensar de ti si le dices algo. Expresa tus sentimientos y no lo coloques en un pedestal.” Pensé lo fuerte que es el deseo del hombre homosexual de ser capaz de verbalizar sus necesidades, deseos y miedos. Tiende a dejar la dirección al otro hombre y a dejar las cuestiones de poder y límites fuera de control. “¡Tienes razón!” dijo Albert. “Me asusta decirle a alguien lo que pienso.” Tom intervino: “Noto que planteas este problema cuando Steve no está en el grupo. Veo que es para ti mucho más fácil expresar tus sentimientos porque no está aquí esta noche. Creo que sería mejor para ti dirigir directamente a Steve tus sentimientos.” Las sesiones de grupo se iban llevando con un progreso lento pero regular. Los hombres estaban asimilando lentamente las técnicas de comunicación que les ayudarían a relacionarse con los otros hombres más eficazmente. Dos semanas más tarde, el grupo trató de un acontecimiento insignificante parecido que implicaba a Steve -el hecho de reservar un asiento para un amigo. Más que ningún otro miembro del grupo, Steve era capaz de provocar sentimientos intensos en los otros hombres. Su modo de ser abierto y extrovertido llamaba la atención, provocando incluso algunas reacciones negativas. En esta reunión del grupo, Dan estaba muy callado, como era habitual. Entonces, habló durante los últimos veinte minutos más francamente de lo que lo había hecho nunca antes. Dirigiéndose a Steve, le dijo: “No sé dónde nos va a llevar esto pero quiero hablar contigo, Steve.” Entonces se dirigió al grupo. “El sábado pasado hice planes para encontrarme con Steve y sus amigos en un concierto. Llegué tarde y Steve tenía un asiento vacío junto a él. No estaba seguro de si me lo había reservado. De modo que le pregunté si alguien se sentaba allí. Me dijo: ‘Sí, está ocupado’, lo que verdaderamente me hirió, ya que pensé que estábamos juntos.” “Al oir eso, me quedé allí de pie. Entonces me fui totalmente sorprendido. Steve no dijo nada durante un largo tiempo. Cuando volví, dijo: ‘Era broma.’ En realidad, En ese momento yo estaba herido y enfadado.” Dan se volvió a Steve y le dijo muy suave y seriamente: “La forma en que me dijiste eso, Steve, parecía hiriente y malévola.” La naturaleza de las bromas gastadas entre amigos -qué es divertido y qué es hiriente- se convierte en un problema doloroso para nuestros hombres. Un simple incidente, con frecuencia pequeño, puede provocar una lucha por la comprensión. “¿Tan sensible soy? ¿Por qué duele tanto que se rían? ¿Qué hay en mí que provoca un humor tan hostil?” Debido a la herida por la hostilidad o rechazo del padre, el hombre de orientación homosexual es sensible a cualquier alusión de rechazo por parte de los hombres. El doble mensaje del gastar una broma -¿esto es divertido u hostil? revuelve el viejo tema que empezó con papá:  No puedo ganarle. Entonces se plantea la cuestión:  Si soy sincero sobre mis sentimientos y me defiendo de la injusticia, ¿me arriesgo a que los hombres me encuentren inaceptable? Aquí hay problemas profundos de aceptación y de pertenencia. Dan guardó silencio por un momento mientras el grupo le miraba. Luego continuó. “La causa que le encuentro a esto es esta-” muy suavemente, con determinación, “realmente, no quiero que se me trate así. Eso es todo lo que tengo que decir.” Nadie del grupo intervino. Entonces, Steve dijo: “Estoy de acuerdo. Nadie desea ser herido. Pido disculpas. Siento haberte tratado de ese modo.” Y luego, a modo de defensa: “Si le preguntas sobre mí a la gente, te dirá que soy un bromista. Pero tú decías que esperabas que te guardara un asiento y lo hice.” En un tono de argumentación: “Me alegra que lo esperaras, pero ¿por qué no confiaste en que lo hubiera hecho?” “No estaba seguro. Quería sentirme parte de tu grupo de amigos. Esperaba que me reservaras un asiento.” Roger le interrumpió: “Toda la noche dabas la impresión de que algo te estaba molestando, Dan. ¿Por qué no has dicho nada antes?” “Cuando estoy herido, me callo,” respondió. “No bromearé más contigo, Dan” dijo Steve. “Parece que es eso lo que me estás pidiendo.” “Déjame aclararlo. No quiero que bromees conmigo de ese modo.” El tono era muy serio. “Así que tú decides cómo debo bromear.” Había irritación en la voz de Steve. “Bueno...” Steve le interrumpió. “¿Necesito pedirte permiso? Algo así como ‘Dan, ¿puedo bromear ahora?’” Volviendo a cómo se sentía, Dan preguntó: “¿Puedes darte cuenta de lo hiriente que fue lo que hiciste?” “¡Claro! ¡Totalmente! Estaba allí.” Defendiéndose, continuó: “Pero en cualquier broma puede salir el tiro por la culata, toda broma puede ser malinterpretada.” “Si crees que toda broma tiene una interpretación hiriente, no deseo tu sentido del humor.” “Esa es precisamente la naturaleza de una broma,” insistió Steve. “Jugar con la debilidad de uno sin darle importancia. Es...” Dan le interrumpió airadamente: “Oh, así que estás diciendo que la finalidad de una broma es jugar con la debilidad de una persona. ¿Encontrabas divertida alguna debilidad que veías en mí?” “No, yo no haría eso,” dijo Steve defendiéndose. Tom intervino: “Eh, Dan, no le des importancia.” Dan clavó sus ojos en Steve. “No. Tú encuentras excepcionalmente divertido jugar con mi debilidad.” Steve suspiró con frustración. “Parte de la broma era quedarse callado durante un rato dejándola hacer efecto. Si yo hubiera...” Entonces se interrumpió a sí mismo. “Mira, es necesario un tiempo para que funcione. Si me hubiera reído enseguida, no habría funcionado. Añadió, mostrándose ahora desesperado: “Hay que contar con el elemento del tiempo para que sea divertido.” “Sí, y ¿encuentras eso divertido? ¿Consideras que toda la experiencia fue divertida?” Dan le miró casi con desprecio. Albert intervino en voz baja. “Sólo estaba bromeando, Dan.” “Lo encuentro embarazoso, viendo que te ha herido,” dijo Steve. “Pero una vez dijiste...” Dan le interrumpió: “¿Sabías que eso me hería? ¿Veías que eso me hería?” “Al principio no. No. No hasta que tú lo has sacado a colación ahora.” Steve parecía sincero. “Y entonces, ¿todavía lo encontrabas divertido?” Steve parecía confundido. “¿Qué eso te hiriera? No. De todos modos, te pido disculpas.” Dan siguió: “¿Y entonces? ¿Cuándo viste que eso me hería, todavía lo encontrabas divertido?” “¿Entonces?” Steve estaba desconcertado. “No. Hubiera sido divertido si tú te hubieras reído. Lo hubiera encontrado divertido si tú lo hubieras encontrado divertido.” Los otros hombres permanecían en silencio, sintiéndose impotentes como testigos de este acoso. Dan continuó sin tregua. “Ah, entonces una broma sólo es divertida si yo me río.” “Exacto”, dijo Steve. “Sólo cuando el otro tío se ríe es realmente divertido.” El silencio continuó. Steve parecía desesperado tratando una vez más de hacer una tregua. “Bueno, no te reíste. Así que se fastidió la cosa, fracasó. No fue divertido, lo siento.” Esperó una respuesta. Todos la esperamos, incluso Dan. Finalmente, Steve respiró hondo, intentándolo otra vez. “No sabía que tuvieras esas inseguridades. Ahora puedo comprender que una broma sobre un asiento reservado puede provocar esos sentimientos. Pero no quiero pensar que no puedo echar unas risas cuando estoy contigo. Aunque si es así, lo respetaré.” Tras una breve pausa, Steve continuó. “Sabes, tengo que admitir que estoy tentado de dejarte completamente en paz pero en realidad no quiero hacerlo. Quizá necesite entender tus inseguridades.” Dio un suspiro de alivio y miró luego directamente a Dan. “De hecho, estoy contento, muy contento, de que hayas sacado esto a colación.” En un tono lento, deliberado, Dan dijo: “Pero tú sabías lo que hacías.” “¿Qué te iba a herir?” Steve parecía no dar crédito. “¿Qué yo podía querer herirte?” Dan asintió con calma: “Sí.” “Me hiere que realmente pienses eso,” dijo Steve. “Que podría herirte a propósito. ¿Crees que podría herirte a propósito?” Suspiró. “Muchacho, realmente me lo pones difícil contigo.” Charlie le interrumpió. “Yo no lo creo así.” Volviéndose a Dan: “Creo que harías mejor comenzando a hacerte responsable de tu propia herida. Puedes echarle parte de la culpa y él puede pedir disculpas pero tienes que hacerte responsable y no descargarlo todo sobre Steve.” Dan dijo en voz baja: “¿Qué quiere decir eso?” Charlie se lo explicó: “Quiero decir que debes confiar en Steve. Has llegado a conocerle, a saber cómo es su personalidad. Debes hacerte cargo de estas cosas -precisamente pasándolas por alto. Cuando Steve dijo que el asiento estaba ocupado, podías haber dicho: ‘Sabías que quería sentarme con tus amigos, ¿por qué has dado el asiento?’ En vez de eso, te quedaste callado y permaneciste enfadado.” “Porque me hirió,” dijo Dan lastimosamente. La voz de Charlie era contundente. “Responsabilízate de esa herida y díselo a él.” “No me gusta que te metas conmigo también, Charlie, no me gusta nada,” dijo Dan suave pero firmemente. “Te jodes”, contestó Charlie abruptamente. Dan dijo: “De acuerdo, sólo te lo estoy diciendo.” “Sé que no te gusta oír esto,” dijo Charlie. “Preferirías descargarlo todo sobre Steve.” “¡Y una mierda!” Dan parecía ahora enfadado. “No estoy diciendo que no quiera aceptar la responsabilidad. Estoy diciendo que me hiere.” “Nos estás pidiendo a todos que tengamos cuidado contigo,” dijo Charlie. “No me juzgues”, replicó Dan. “Hago una observación.” “Bien, no me gusta cómo te estás metiendo conmigo, como si hubiera hecho algo malo.” Charlie dijo con calma: “Conozco la lucha. Te estoy pidiendo sólo que te responsabilices más.” Charlie estaba llegando al meollo del problema. “No podemos responsabilizarnos siempre de tener cuidado de cómo nos comportamos contigo,” le dijo Charlie. “Simplemente tienes que dejarnos ser nosotros mismos y decidir que no te vas a sentir herido nunca más cuando lo estemos siendo.” Dan dijo con calma: “Me habría enterado si lo hubieras dicho así desde el principio.” Charlie levantó la voz: “¡Vale!, no soy perfecto, Dan.” Luego añadió más amablemente: “Tenemos que trabajar en esa dirección. A todos nos ha llevado mucho tiempo llegar a este punto.” “Tienes que confiar en Steve, en mí, en nosotros, que estamos luchando con esto y lo estamos consiguiendo. No puedes ensimismarte en tu herida y en tu culpa, porque entonces te estás colocando al margen con respecto a nosotros.” Todo el mundo permanecía sentado en silencio. Entonces, dijo Dan: “Bueno, no confío en Steve. No lo hago.” Charlie dijo: “Esa es una debilidad muy seria en tu caso. Si no puedes confiar en los hombres de esta habitación, no puedes confiar en ningún hombre.” Dan dijo tranquilamente: “Confío en Steve lo suficiente como para decirle lo que le he dicho.” “Me parece que no, en ese caso lo habrías hablado individualmente con él,” respondió Charlie. “Lo has sacado a colación porque todos estábamos aquí. Es más seguro.” “¡Uf!”. Dan hizo una larga pausa. “Relájate un poco y acepta más cómo somos. De otro modo, no nos aportarás mucho ni sacarás demasiado de ti mismo,” dijo Charlie, esta vez amablemente. “¿Todo es responsabilidad mía?”, preguntó Dan. “El mundo no va a inclinarse ante ti, Dan,” apostilló Tom. “Nosotros podemos inclinarnos algo ante ti pero el resto de los tíos de ahí fuera no lo van a hacer. Lo que puedes hacer aquí no podrías hacerlo nunca fuera.” Roger intervino: “Dan, yo hago lo mismo. Como soy tan sensible, espero que la otra persona cambie. Eso nunca funciona. Al contrario, tengo que cambiar mi punto de vista.” “Pero tengo que decirte que nuestros motivos para cambiar a los demás hombres provienen de nuestra falta de identificación con ellos,” continuó Roger. “Queremos cambiarlos porque no entendemos a los hombres tal como son.” El padre John resumió: “Esa clase de broma pulsa el botón rojo: ¡HERIDO OTRA VEZ POR OTRO HOMBRE! Hubieras pensado eso de cualquier lugar pero no que ocurriera aquí, entre nosotros.” Steve se volvió a Dan diciéndole en tono sincero: “Siento haberte herido. Si hago algo que te hiera, podrías sacarlo a colación más pronto la próxima vez.” Esta sesión había planteado una cuestión fundamental para la terapia reparativa; es decir, la necesidad de trabajar a través de la ira y la desconfianza para desarrollar un sentido de aceptación por parte de otros hombres. Como le dijo a Dan cada uno de los hombres, confortándole, ellos tuvieron que consolidar también esta lección esencial para ellos. Los problemas relacionados con la ira se plantean inevitablemente en el curso de la terapia de grupo. Experimentar la ira de otro hombre es particularmente hiriente, puesto que estimula viejas heridas infligidas originalmente por el padre. Cuando eran chicos, a muchos de estos hombres no se les permitió ninguna expresión de hostilidad. Su única defensa era retraerse y enfurruñarse. Cuando el enfado se dirigía hacia ellos, era experimentado como una herida profunda, una devastación emocional de su frágil imagen propia. Por tanto, dos lecciones infantiles fueron profundamente inculcadas: (1) No estoy autorizado para expresar mi ira -no es una expresión adecuada, y (2) un enfado masculino dirigido contra mí equivale a aniquilación. Los efectos a largo plazo de estas dos lecciones se muestran obvios en una sesión de grupo cuando dos miembros entran en conflicto. La expresión de ira es una prueba tanto para el que la expresa como para el que la recibe. El hombre que ventila su ira puede necesitar esta nueva oportunidad de experimentar que su ira es escuchada y respetada. Por otra parte, el que la acaba recibiendo puede sentirse asaltado y rechazado como persona. Puede tener grandes problemas para volver a adquirir la posición de sí mismo y la confianza en que el otro hombre seguirá estando ahí como amigo. La confianza en el proceso del grupo es una cuestión esencial. Los hombres deben aprender que hay un sentido innato de la imparcialidad en el grupo que caminan juntos con benevolencia. Deben aprender a confiar en la habilidad de los hombres para reconciliar sus diferencias individuales. En su hipersensibilidad, vulnerabilidad y estar a la defensiva, deben recordar que están unidos en una lucha común. Gradualmente, el cliente se sobrepone al viejo sentido de estar excluido, agraviado y despreciado. En vez de esperar pasivamente o manipular para captar la atención, empieza a afirmarse a sí mismo y a dirigirse hacia otros hombres. Dirigiéndose hacia otros y desafiándose a sí mismo, se sobrepondrá gradualmente al viejo supuesto de que está herido e indefenso. En ese momento me dirigí a Roger: “No hace demasiado tiempo tenías serias dudas sobre tu compromiso a continuar con la terapia. ¿Qué ha pasado con esas dudas?” “Ahora que entiendo mucho mejor lo que he estado buscando en los hombres, siento que la ansiedad ha disminuido mucho,” me dijo. “Cuando empecé la terapia estaba como loco y sabía que tenía que conseguir el control de mí mismo. Mis relaciones -como la que tenía con Perry- eran cosa de locos y yo un caso perdido desde el punto de vista emocional. Aquí estaba yo con esos dolorosos deseos, esos anhelos. Todavía están ahí en cierto grado, pero ahora tengo el control sobre ellos. Porque los veo como lo que son, desde una perspectiva mejor. Ahora sé que nunca los veré cumplidos. Son inalcanzables.” “Lo has conseguido,” dijo el padre John en tono de felicitación. Roger sonrió, diciendo: “Estoy empezando a comprender que esa realización es parte de mi aceptación de mí mismo.” “Eso es la aceptación de uno mismo,” dije. “El rechazo de esta parte homosexual no deseada es paradójicamente una aceptación de sí mismo.” “¿A qué te refieres?” Edward intervino con aspecto desconcertado. “Al decir no a la homosexualidad, estáis diciéndole sí a algo más profundo. Vuestra decisión de estar aquí es decir sí a algo que es más lo que vosotros sois que vuestra homosexualidad.” Roger asintió pensativo. “Estoy empezando a comprender algo que me dijiste una vez -’Sabes demasiado como para volver atrás, Roger.’ “ “Realmente sabes demasiado, no puedes tenerlo todo,” le recordé. Como hablándose a sí mismo, Roger dijo: “Esta lucha es dura pero tengo que recordarme a mí mismo que soy yo quien la ha elegido. Hago esto por mí.” “‘Hago esto por mí,’” repetí. “Una afirmación poderosa. Sobre el poder personal, tomar el control de tu vida, sentirte fuerte. ¿Qué te pasaba cuando decías ‘hago esto por mí’?” Roger dijo lentamente: “Tengo una sensación completamente diferente. La sensación de hacerme cargo.” “De eso trata la terapia -experimentar un sentido más fuerte de ti mismo, haciéndote cargo de tu vida.” Estaba contento de que Roger se hubiera mentalizado para perseverar en la terapia. Durante muchos meses, había dudado abiertamente de su valor. Entonces encontró un buen apoyo en su amistad con Charlie, al que veía una vez a la semana en una cafetería en Venice Beach. Charlie llevó a Roger a examinar más de cerca su miedo a la intimidad masculina y le animó a analizar lo que había de equivocado en su relación con Perry. Estaba satisfecho del progreso que los miembros habían realizado en estas sesiones. Todos los hombres crecieron en esta dimensión de la terapia, compartiendo mutuamente sus luchas. La terapia de grupo les estaba ofreciendo una oportunidad de apoyo, de auto-comparación e identificación que las sesiones individuales, con todo su valor, no podían ofrecer. CAPÍTULO 10 RECAPITULACIÓN Con frecuencia se me hace la pregunta: “¿Cómo funciona la Terapia Reparativa?” Como todas las formas de tratamiento enraizadas en el psicoanálisis, la terapia reparativa procede de la asunción de que algunas tareas de desarrollo de la infancia no se llevaron a cabo en plenitud. Se comprende que cuando el paciente era niño, experimentó que sus padres no le ayudaron en estas fases de desarrollo. Una de las mejores definiciones de psicoterapia es “la oportunidad de darnos a nosotros mismos lo que nuestros padres no nos dieron.” Sin embargo, todavía necesitamos ayuda de los demás. La Terapia Reparativa requiere la implicación activa de de terapeutas varones, amigos varones, y miembros del grupo de psicoterapeuta varones. La premisa básica de la Terapia Reparativa es que la mayoría de los pacientes (aproximadamente el 90%, en mi experiencia) padece un síndrome de déficit de identidad de género masculino. Es este sentido interno de carencia de su propia masculinidad la base esencial para la atracción homo-erótica. La regla causal de la terapia reparativa es: “La identidad de género determina la orientación sexual.” Erotizamos aquello con lo que no nos sentimos identificados. El foco del tratamiento por lo tanto es el desarrollo completo de la identidad de género masculino. La terapia reparativa trabaja sobre asuntos del pasado y del presente. El trabajo sobre el pasado implica la comprensión de las relaciones tempranas con los padres. El paciente con frecuencia se da cuenta de que mientras su madre pudo haber sido muy amable, probablemente fracasó en ayudarle a reflejar de forma precisa su auténtica identidad masculina. La madre con frecuencia ha fomentado en su hijo una falsa identidad, denominada la del “buen chico”, con una sobre-intimidad irrealista en la que la madre es confidente, amiga del alma o mejor amiga. El paciente puede haber tenido también cierta sobre-identificación con la abuela, tías o hermanas mayores. Aunque la madre ha tenido más implicación con más frecuencia, el padre es más a menudo de baja implicación y ausente emocionalmente. Generalmente ha fracasado en reconocer al chico tanto como un individuo autónomo como un niño masculino. Fue emocionalmente incapaz de dar la mano a su hijo para que la relación progresase en su curso apropiado. El padre o no era consciente de lo que estaba sucediendo en la relación o era incapaz de hacer nada para rectificarla. Era lo más probable lo que llamo “el padre condescendiente.” La desatención emocional del padre es un recuerdo particularmente doloroso que se trata en la terapia. Otra tarea sobre el pasado incluye la comprensión de las relaciones dolorosas de la infancia con sus compañeros varones y con frecuencia una relación dolorosa con un hermano mayor dominante. Cualquier experiencia homosexual precoz con amigos u hombres mayores necesita ser examinada e interpretada. No es inusual descubrir una historia de victimización por el abuso sexual en la infancia del paciente. El trabajo sobre el presente incluye la comprensión de cómo el paciente ha abandonado su sentido de poder intrínseco. El poder intrínseco es la visión del yo como separado e independiente. El fracaso en obtener completamente la identidad de género siempre tiene como consecuencia una pérdida de poder intrínseco. Como decía un paciente: “Cuando era niño, no salía y pedía lo que quería… Esperaba que los demás supiesen lo que quería, así que sólo esperaba.” “¿Y si no lo conseguías?” Le pregunté. “He mantenido secretos toda mi vida. Mantuve mi poder secreto.” “¿Qué poder?” “Mi poder de conseguir lo que quería de forma indirecta –sabes, manipulando.” Para la terapia reparativa es esencial que el paciente comprenda cómo su déficit de masculinidad llega a proyectarse sobre varones idealizados- “El otro hombre tiene algo de lo que carezco- por lo tanto necesito estar cerca de él (sexualmente).” La terapia reparativa es de iniciación en naturaleza. Requiere no sólo una pasiva meditación pasiva sobre auto-ideas sino una iniciación activa de nuevas conductas. El paciente debe luchar para derribar patrones viejos de evitación y exclusión defensiva de los varones para formar amistades masculinas cercanas, íntimas y no sexuales. La terapia desafía al paciente a superar las tareas relacionadas con el género perdidas en la temprana infancia. Su camino de desarrollo requiere la superación de estas tareas durante la adultez. Está llamado a “adquirir” a lo que el heterosexual ha alcanzado años antes. Así puede llegar eventualmente a un lugar heterosexual pero desde una dirección diferente. Muchos sentimientos precoces hacia el padre y otras figuras masculinas significativas serán transferidos sobre los terapeutas varones. La terapia ofrecerá una oportunidad valiosa para trabajar por medio de estas reacciones. Los sentimientos para el terapeuta varón pueden incluir la anticipación del rechazo y la crítica, una tendencia hacia la dependencia –incluyendo dependencia hostil- y también sentimientos sexuales e ira. Como todas las psicoterapias, la terapia reparativa crea una transformación de sentido. Esta transformación de sentido es el resultado de de los beneficios del paciente en introspección. Cuando llega a ver las verdaderas necesidades que yacen detrás de su conducta no deseada, consigue una nueva comprensión de esa conducta. Sus atracciones románticas no deseadas son des-mitificadas. Comienza a percibirlas como expresiones de necesidades legítimas de amor –atención, afecto y aprobación de los hombres –que no fueron satisfechas en la infancia. Aprende que esas necesidades pueden ser satisfechas pero no de forma erótica. Cuando esto se comprende, tiene lugar una transformación de sentido –“En verdad no quiero tener sexo con un hombre. Más que eso, lo que realmente deseo es sanar mi masculinidad.” Esta curación tendrá lugar cuando se satisfagan las necesidades legítimas de amor, atención, afecto y aprobación de los hombres. La transformación de significado incluye no sólo una comprensión intelectual (introspección) sino también la experiencia del yo al hacer nuevas conductas. La experiencia encarnada –es decir, la experiencia del cuerpo en el mundo de una nueva forma- transforma la identidad personal. La transformación de la identidad personal tiene lugar a través de sentirse diferente sobre sí mismo de forma repetida en la relación con los demás. En el caso de déficit de género y homosexualidad el aumento de la posesión de su masculinidad hace que disminuya la atracción erótica hacia los demás hombres. La interiorización gradual del sentido de “masculinidad en mí” aleja las tentaciones angustiosas previas. Hace pocos años que ha aparecido la Terapia de Afirmación Gay (GAT) para ayudar a los homosexuales a aceptar y afirmar sus orientaciones sexuales. La GAT presume que los homosexuales que se sienten frustrados serían felices si sólo pudieran sentirse libres de los prejuicios interiorizados de la sociedad. La GAT ve a la terapia reparativa como que juega sobre la autodecepción, la culpa y la baja autoestima. Asume de forma arbitraria que “descubrirse” es la solución de los problemas de todo homosexual. La terapia reparativa, por otra parte, ve la homosexualidad como un déficit de desarrollo. Según la teoría reparativa, la Terapia de Afirmación Gay espera que el paciente se identifique con su patología bajo el nombre de salud. William Aaron, en su libro bibliográfico, Straight), dice: “Persuadir a alguien de que hará una adaptación factible a la sociedad y a sí mismo bajando sus miras y desarrollando algo que desprecia interiormente (la homosexualidad) no es la respuesta.” La GAT presume que la homosexualidad es una variación sexual sana y natural. Entonces procede a atribuir todo problema personal e interpersonal del gay a la homofobia social o interiorizada. Su modelo teorético enmarca las experiencias de la vida del paciente en el contexto de la victimización, colocándolo, inevitablemente, en contra de la sociedad convencional. Uno no puede evitar preguntarse cómo podría explicar la GAT los beneficios obvios de la terapia reparativa –aumento de la autoestima, con disminución de angustia, ansiedad y depresión. Mejores relaciones con los demás y libertad frente a las distracciones angustiosas son afirmadas de forma general por los hombres que llevan a cabo la terapia reparativa. De forma interesante, la GAT y la terapia reparativa están de acuerdo en lo que el homosexual necesita y desea: darse permiso a sí mismo para amar a otros hombres. Pero la GAT trabaja dentro de la ideología gay de erotización de estas relaciones, mientras que la terapia reparativa ve el sexo entre hombres como saboteador de la mutualidad necesaria para el crecimiento hacia la madurez. La terapia reparativa libera al homosexual para amar a otros hombres –no como compañeros sexuales sino como iguales y como hermanos. La terapia de grupo plantea un especial desafío para cada hombre. El grupo debe decidir quién hablará, durante cuánto tiempo, sobre qué y con qué objetivo. Cada hombre debe decidir por sí mismo cómo utilizará la asistencia del grupo. Se espera que cada miembro tome la responsabilidad para hablar y hacerse un lugar para sí mismo en el fluir de la expresión verbal. La terapia de grupo desafía a los hombres a dejar el viejo hábito del escuchar pasivo. Esta es una forma eliminada, auto-centrada de oír que estimula las asociaciones privadas, más que una respuesta activa a la expresión del hablante. El hábito del escuchar pasivo –consecuencia de la exclusión defensiva- perpetúa el aislamiento emocional. El escuchar de forma activa, por el contrario, significa olvidarse de sí mismo para mantener una conexión que se siente con el hablante. El oyente activo siente una reacción interna a lo que dice el otro. Entonces puede elegir expresar su reacción bajo forma de preguntas, comentarios o de consejo. La terapia de grupo ofrece a los hombres la posibilidad de relacionarse con otros varones- una lección nunca aprendida completamente en la adolescencia. Como me decía un nuevo paciente: “Cuando era adolescente, no sabía como ser amigo. Si me gustaba un chico, me volvía demasiado fuerte, demasiado intenso, demasiado posesivo. Hoy, si me encontrase con un amigo potencial, todavía acabaría haciendo lo mismo. Empiezo con el ‘Vamos a cenar, vamos al cine (ríe), ¿qué vas a desayunar?” La mayoría de los pacientes nunca ha hablado abiertamente sobre su sexualidad con otros hombres que comparten la lucha. Esta es una nueva aventura amenazadora pero emocionante. Por lo tanto, todos los pacientes son cautos, incluso temerosos, en su primera sesión de grupo. Existe un sentido de emoción y quizás incluso la fantasía de conocer un hombre atractivo con quien podría mantener una relación íntima, incluso sexual. Aunque las primeras sesiones de grupo se caracterizan por una curiosidad intensa de unos sobre otros, existe también una gran ansiedad sobre el revelar problemas personales. Estos hombres no están orgullosos de su orientación sexual y existe cierto sentido de vergüenza que deben afrontar. Piensan: “¡No permita Dios que haya alguien conocido!” Pero eventualmente, estas inquietudes retroceden al pasado cuando comienzan a formarse las amistades. Una vez parte del grupo, sin embargo, cada hombre descubre que este es un lugar para sentirse aceptado y comprendido. El grupo es un lugar en el que los hombres comparten problemas comunes, ideas difíciles de superar e inspiración. Como explicaba un hombre: “Para mí, el grupo ha sido como ponerse unas gafas cuando eres miope. Antes, sólo podía ver imágenes y patrones vagos.” Decía otro paciente: “Me figuraba que padecía de este déficit masculino antes de venir aquí. Vine porque sabía que necesitaba ayuda para resolver qué hacer con ello. La razón por la que antes no progresé mucho era que trabajaba en un vacío, solo y sin hablar con nadie.”  El modelo básico de nuestras discusiones de grupo semanales se divide en tres niveles de comunicación: Nivel Uno: “Sin” Nivel Dos: “Dentro” Nivel Tres: “Entre” El nivel Uno, es típico de la primera parte de cada sesión de grupo. Tanto en la terapia individual como de grupo, sirve de conversación segura para entrar en calor. Generalmente, implica conversación sobre lo que ha sucedido durante la semana y es una narración de hechos externos sin ninguna consideración de motivaciones interiores. El nivel 2, “Dentro”, tiene lugar cuando dos o más personas comienzan a investigar y clarificar las motivaciones de un miembro detrás de los hechos que cuenta. Existe un intento compartido para comprender cómo ha participado al producir los hechos que tienen lugar. El nivel 3, “Entre”, es el nivel más terapéutico. Es el más desafiante y arriesgado personalmente pero ofrece la oportunidad más grande para crear la confianza. Tiene lugar cuando al menos dos miembros del grupo hablan sobre sus relaciones mutuas, mientras están sucediendo. El fijar el tiempo es central para este tercer nivel y los miembros deben hablar en el presente. Cuando expresan sus sentimientos positivos y negativos por cada uno en el momento, describen lo que están experimentando. Se puede necesitar un tiempo considerable para pasar al Nivel Tres de diálogo directo. Los miembros del grupo pueden ser heridos fácilmente en este nivel, se evita mucho el acercamiento y se dan encuentros de culpa. Cuando un miembro se siente herido, con frecuencia toma referencias ocultas a sus dudas sobre si el grupo le beneficia realmente. Puede amenazar con no volver la semana siguiente. Para todos los grupos, El Nivel Tres es el que más recompensa. Proporciona la oportunidad de experimentar la reciprocidad, con su equilibrio de desafío (“protesta con resoplidos”) y apoyo (“palmaditas en la espalda.”) En las primeras sesiones de un grupo nuevo, existe una fase inicial de “encuentro de defectos.” Se da cierta resistencia a identificarse con el grupo mientras las quejas vuelan. “No son de mi estilo, son demasiado viejos,” “demasiado jóvenes” o “demasiado promiscuos” o “demasiado inexpertos” o “demasiado religiosos” o “no lo bastante religiosos.” Este encuentro de defectos es un síntoma de exclusión defensiva, perpetuando lo que Brad Sargent llama “unicidad extrema” –por ejemplo, la idea de que “el hecho de ser especial hace imposible que los demás hombres me conozcan.” Esta fantasía mantiene a cada hombre aislado emocionalmente mientras está encerrado en el patrón frustrante de crear dos tipos de hombres de todas las relaciones masculinas significativas. O devalúa, minimiza, descarta y delega a los demás hombres a una posición inferior o los eleva, admira y los coloca en un pedestal. La colocación de los demás hombres en esta escala está determinada por el “tipo”, la representación simbólica del atributo masculino valorado que de forma inconsciente él siente que no tiene y que el otro hombre supuestamente posee. Estas cualidades suelen tener poco que ver con el carácter de la persona. Una vez que se desarrolla la familiaridad realista, la persona pierde su atractivo erótico. En nuestro proceso de grupo frecuentemente volvemos a la distinción entre dos tipos de hombres hecha por nuestros pacientes: ordinarios y misteriosos. Los hombres misteriosos son los que poseen cualidades masculinas enigmáticas que dejan perplejo y seducido al paciente. Esos hombres son sobrevalorados e incluso idealizados, porque son la encarnación de cualidades que el paciente desea tener. Este patrón paralizador emocionalmente de importancia de la escala siempre se reconstituye en el proceso del grupo. La obsesión por el “tipo” es la fuente de mucha de la ira y del desencanto en las relaciones homosexuales y explica mucha de la volatilidad e inestabilidad de la relación gay. Además de devaluar o sobrevalorar a los demás hombres, existe un tercer modo posible de reacción: la reciprocidad. Este es hacia el que nos esforzamos. Una relación caracterizada por la reciprocidad tiene las cualidades de la honestidad, apertura e igualdad. Incluso donde existe un desequilibrio de edad, status o experiencia de vida, el compartir en profundidad con otro hombre sirve de ecualizador. La reciprocidad en las relaciones es el objetivo de la psicoterapia de grupo, porque es en este nivel de interacción humana cuando tiene lugar la curación. La reciprocidad crea la apertura por la que pasa la identificación masculina. Es el paso por el que todo hombre entra en la curación. Un miembro de un grupo decía: “Si venía a la terapia con la idea de que sólo tenía que abstenerme de sexo sin ninguna otra forma nueva positiva de intimidad con otros hombres, no creo que tuviese esperanza para el cambio real. Ahora he aceptado mi necesidad de intimidad real, no de su expresión sexual.” Otro miembro del grupo describía su experiencia con las palabras: “Mi grupo es la energía masculina que necesito todos los días. Ha sido una experiencia poderosa, intensa y enriquecedora. Nuestro grupo se ha convertido en el padre que todos necesitamos y perdimos en nuestros primeros años. Se da un poder, una presencia entre nosotros que nos mantiene dando, curando y amando.” Todo el tratamiento debe superar alguna forma de resistencia al crecimiento. Podemos decir de forma muy simple que el tratamiento de la homosexualidad es el deshacer la resistencia de la exclusión defensiva de los hombres. La terapia de grupo es una oportunidad poderosa para trabajar por medio de esta exclusión, que es el rechazo a identificarse con la masculinidad. A veces parece como si todos los miembros de nuestro grupo están cargados de imanes de forma negativa que se repelen mutuamente. Mientras existe una sensibilidad e interés genuino mutuo, también hay una precaución y crítica que puede paralizar por completo el proceso de todo el grupo. La exclusión defensiva fue descrita anteriormente como el proceso bloqueador que impide el vínculo e identificación masculina. Aunque originalmente es una protección contra una herida que le hacen los varones en la infancia, en la adultez es una barrera para la intimidad y reciprocidad honesta con los hombres. El homosexual se atormenta entre dos impulsos que compiten: la necesidad natural de satisfacer sus necesidades afectivas con los hombres y su exclusión defensiva, que perpetúa el miedo y la ira en las relaciones con los varones. Las manifestaciones de exclusión defensiva en el grupo aparecen como hostilidad, competitividad, desconfianza y ansiedad sobre la aceptación. Vemos miedo, vulnerabilidad y estar a la defensiva, fragilidad de las relaciones y confianza lenta y tentativa, rota fácilmente por la incomprensión más leve. Por otra parte, existe cierta resistencia a desarrollar una amistad con hombres familiares, no misteriosos –aquellos que no poseen estas cualidades. Los hombres ordinarios son minusvalorados, a veces descartados despectivamente. Un paciente describía su percepción de los hombres como sigue: “A menos que me sintiese atraído por un hombre concreto, percibía a los hombres como estos machos monolíticos, insensibles, tipos de Neandertal, con los que no me podía relacionar y los despreciaba.” Como consecuencia de este tipo de percepción errónea, la mayoría de los pacientes ha tenido pocas o ninguna relación con varones caracterizada por la reciprocidad. Colocando a los otros hombres en una de estas dos categorías, un paciente justifica su exclusión. O se siente demasiado inferior o demasiado superior para establecer la reciprocidad necesaria para la amistad. Esta resistencia a la amistad con hombres no misteriosos es una razón por la que, después de un interés y emoción iniciales sobre el conocer a los demás miembros del grupo como “tan débiles como yo”, y llega a sentir desprecio de ellos. Puede sentirse particularmente disgustado con los miembros del grupo “más débiles”, los más afeminados, más emocionales, que muestran rasgos de personalidad de vulnerabilidad. Es importante que esta resistencia sea tratada en una terapia individual. La experiencia terapéutica esencial es la desmitificación de los hombres de ser objetos sexuales a personas reales (eros a ágape). Separando su experiencia de estas dos percepciones distintas, un paciente de veintiocho años decía: “Inmediatamente después de cada experiencia homosexual se siente como si hubiese perdido algo. La intimidad afectiva que buscaba en otro hombre no tenía lugar. Me quedo con el sentimiento de que no es únicamente sexo lo que buscaba. Esto está en contraste con mi relación con mi amigo heterosexual Bob. No siento la necesidad de tener relaciones sexuales con él. Estar tan cerca de él, obtener todo lo que quiero de nuestra amistad, pero sin ni siquiera pensar en sexo… cuando me permito tener esos amigos, es muy fortalecedor.” Cuando los miembros del grupo se encuentran socialmente, existe siempre la posibilidad de que caigan en una relación sexual. En raras ocasiones, ha habido una “caída” así. El contacto sexual daña de forma inevitable la amistad y puede destruirla completamente o proporcionar la oportunidad para un mayor crecimiento por medio de la honestidad más profunda. Las implicaciones de una caída así son grandes, tanto para los individuos implicados como para la totalidad del grupo. Por lo tanto, desafío a los hombres implicados a reflexionar y a dialogar. “Después de la caída”, se les pide a los hombres que hablen mutuamente en respuesta a las siguientes preguntas: ¿Cuándo me ocurrió por primera vez la posibilidad de una experiencia sexual? ¿Qué cosas hice para dármelas ante ti en la situación? ¿Qué efecto emocional tuvo este incidente sexual sobre nosotros dos? ¿Violé tu límite personal? ¿Siento ira hacia ti? ¿Fui manipulador? ¿Fui egoísta? ¿Puse mis necesidades antes que las tuyas? ¿Cuáles eran las auténticas necesidades emocionales que buscaba satisfacer contigo? ¿Comodidad, atención, seguridad, afecto, poder, alivio sexual?  ¿Conseguí lo que buscaba? Si no lo hice, ¿Qué conseguí en vez de eso? ¿Impidió nuestro progreso? ¿Cómo ha cambiado la conducta sexual la calidad de nuestra relación? Con respecto al futuro: ¿Qué necesidades emocionales auténticas tengo en relación contigo ahora? ¿Qué quieres de mí ahora? ¿Cómo puedo facilitar tu desarrollo? ¿Qué quieres aprender de mí sobre la amistad masculina? ¿Qué clase de experiencias necesitas de mí todavía? ¿Necesito pedirte perdón? 7. Ahora, ¿Cómo vamos a ser mutuamente? Si estas preguntas se responden en honestidad dolorosa, entonces estos dos hombres encontrarán nuevas formas no eróticas de ayudarse a sí mismos y mutuamente. La fantasía gay perenne es que el sexo es posible en una amistad masculina. Pero el grupo llega a tomar conciencia de un hecho ineludible –que un encuentro sexual entre dos hombres altera permanentemente la calidad de su relación. Los que se encuentran implicados en una relación pueden negar que pasara algo destructivo. O pueden admitir que pasó “algo” pero insisten en que sin consecuencias. Ahora, debemos concentrarnos en el hecho de que el sexo nunca forma parte de amistades masculinas sanas. Pasados los meses, el grupo trabaja muchos problemas. Muchos de estos están relacionados con la auto-aserción. Con frecuencia los hombres cuentan una tendencia a “perder” o a comprometerse a la aprobación masculina. Se da un sentido de victimización y de ira por lo que tenían que hacer para obtener la aceptación de los demás. Los hombres ven con qué rapidez pueden verse atrapados en dependencias hostiles. La psicoterapia es un proceso que nos permite crecer hacia la integridad. Yo le digo al grupo que aunque supuestamente el tema principal es la homosexualidad, el proceso subyacente es realmente el universal de iniciación, de crecimiento y de cambio. Los hombres se dan cuenta de que están retados a crecer hacia la adultez más completa, y cada uno –heterosexual y homosexual, paciente y terapeuta- tiene sus propios obstáculos personales que superar, basados en errores del pasado en el desarrollo emocional. Estas habilidades distintivamente humanas de reflexionar y de elegir el cambio positivo son verdaderos milagros de la naturaleza humana. Me preguntan con frecuencia: ¿Puede un homosexual llegar a ser alguna vez “en verdad” heterosexual?  Discutiendo su propia curación, Alan Medinger, un líder prominente del movimiento ex-gay, describía la siguiente inquietud: “Años después de haber dejado atrás virtualmente todas las atracciones homosexuales y años después de una bendecida y placentera relación sexual en mi matrimonio, un factor continuaba molestándome. Si entran en una habitación un hombre atractivo y una mujer atractiva, es al hombre al que miro primero.” De hecho, los críticos de la terapia reparativa creen que la fantasía determina la orientación sexual de un hombre. Entonces, si un hombre heterosexual tiene una fantasía homosexual, ¿eso lo hace homosexual? Si alguien tiene una fantasía de robar algo, ¿eso le hace ladrón? Podríamos encontrar una respuesta a esta cuestión de la curación en el libro del Dr. Salmon Akhtar, Estructuras Rotas, donde describe “La Parábola de Los Dos Floreros.” El Dr. Akhtar describe que enseña un curso sobre la patología de carácter a una clase de internos de psicología clínica. Fue preguntado por un estudiante si un paciente perturbado severamente podría ser curado de forma tan completa por la psicoterapia que lo hiciera indistinguible de una persona que siempre había estado bien. Respondió: “En silencio por un momento y luego impulsado por una voz interior alcancé espontáneamente la siguiente respuesta. Le dije: “Bien, supongamos que existen dos floreros hechos de porcelana china hermosa. Ambas son complejamente talladas y de valor, elegancia y belleza comparables. Luego sopla un viento y una de ellas cae de su sitio y se rompe en pedazos. Se llama a un experto de una tierra lejana. Cuidadosamente, paso a paso, el experto pega las piezas. Pronto el florero roto está intacto de nuevo, puede mantener agua sin salirse, está intacto para todos los que lo ven. Pero este florero es ahora diferente del otro. Las líneas que marcan que ha estado rota, un sutil recuerdo de ayer, quedarán siempre discernibles para un ojo con experiencia. Sin embargo, tendrá cierta sabiduría ya que sabe algo que el florero que no se ha roto no sabe. Sabe lo que es romperse y ser arreglado.” En mi último encuentro con el gran investigador, el Dr. Irving Bieber, pocos meses antes de su muerte a los ochenta y dos años, le pregunté: “¿Los pacientes homosexuales que usted trató, de verdad cambiaron internamente o simplemente obtienen el control de su conducta?” Rápidamente, de forma segura, respondió: “¡Por supuesto! Muchos de mis pacientes llegaron a ser completamente heterosexuales.” Continué: “Pero con frecuencia parece que quedan algunos pensamientos e ideas homo-eróticos.” Con la misma certeza instantánea  #$678cdefyzòáÚÌÀ²¤“‚“tcRtcRA3hvLÒ5B*CJ,aJ,phÿ hÊrnhvLÒ5B*CJ,aJ,phÿ hÊrnhvLÒ5B*CJHaJHphÿ hÊrnh@A5B*CJHaJHphÿhvLÒ5B*CJHaJHphÿ h@Ah@A5B*CJ`aJ`phÿ h@AhvLÒ5B*CJ`aJ`phÿh@A5B*CJHaJHphÿhÊrn5B*CJ(aJ(phÿh.uÅhÊrn5CJaJh,$ hÊrn5B*\phÿ h,$ hÊrn h.uÅh.uÅ5B*CJ,aJ,phÿhÊrn5B*CJ4aJ4phÿ $678defz{|÷çâÚÒ             2$$d%d&d'd-DàMÆ ÿÿÿ™NÆÿÿ™OÆÿÿ™PÆÿÿ™QÆÿÿ™a$gdÊrn$a$gdÊrn$a$gd.uÅgdÊrn$-D€MÆ ÿÌÿÌa$gd.uÅ$a$gd.uÅϸÏþþz|}~€ƒŠŽ©«ÅÆÒÔ÷ù" $ a c ˆ Š Â Ä ã ä ð ò & ( e g x òáÕÑÀ©ÀœŽƒŽœsfsfsfsfsfsfsfsfsfsfsh`0j5OJQJ\^JhÜlh`0j5OJQJ\^Jh`0j5OJQJ^JhÜlh`0j5OJQJ^JhÜlh`0jOJQJ^J,h`0jh`0j5B*CJ OJQJ^JaJ phÿ hÜlh`0jCJOJQJ^JaJhvLÒhhvLÒ5CJaJ hÊrnh@A5B*CJ,aJ,phÿh@A5B*CJ,aJ,phÿ!|}~€‚ƒŠ‹ŒŽœª«ÅÍÅÀÀ¸¸¸¨¸¸¸¸¸¸¸¸¸¸$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gd`0j$a$gd`0jgdvLÒ$a$gdvLÒ2$$d%d&d'd-DàMÆ ÿÿÿ™NÆÿÿ™OÆÿÿ™PÆÿÿ™QÆÿÿ™a$gdÊrnÅÆÓÔëìøù  # $ T U b c { | ‰ Š µ ¶ Ã Ä ã ä ñ ò óëëëëëëëëëëëëëëëëëëëëëëëëëë$a$gd`0j $ Æœ8!a$gd`0jò   ' ( W X f g w x y z ‡ ˆ ‰ » ¼ -.OPº»C÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gd`0j$a$gd`0jx z † ‡ * \ O%"Y#Z#[#\#h#p#€##ƒ#s$®&Á&(»(¼(Â(Ú() /!/ìÔ¿®œ®•®‡y®ÔdÔ¿®[®œ®G®G®G®œ&hÜlh`0j6CJOJQJ]^JaJhÜlh`0jCJ)h`0j5B*CJ OJQJ\^JaJ phÿhBCCJOJQJ^JaJh`0jCJOJQJ^JaJ hÜlh`0j#hÜlh`0j6CJOJQJ^JaJ hÜlh`0jCJOJQJ^JaJ)hÜlh`0jB*CJ OJQJ^JaJ phÿ/hÜlh`0j5B*CJ OJQJ\^JaJ phÿ&hÜlh`0j5CJOJQJ\^JaJCDHIÑÒ_` !„…ƒ„NO%"&"N#O#P#Q#R#S#T#U#V#W#÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ï÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j$a$gd`0jW#X#Y#Z#[#\#g#h##‚#ƒ#s$t$ê$ë$ß%à%i(j(t)u)ó*ô*_,`,Ÿ.÷÷÷÷÷ççç÷÷Û÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $„`„a$gd`0j$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gd`0j$a$gd`0jŸ. .ß0à0ì1í16272ô2õ2d3e3Ù3Ú3ò3ó3T4U4g4h4¥5¦5º5»5x6y6°6±6÷÷ë÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $ Æœ8!a$gd`0j$a$gd`0j±6š8›8Í8Î899M9N9ö:±<²<ø<ù<>>v?w?&A'AãBäB9C:C¦D§D÷DøDSE÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j!/Ö:õ:“M•MÓMÖM³YB[*e.ekkÌkÏkØkÛk/lÁ©ÂªÂ®Å¯ÅÇÇ×ÇØÇêÈëÈáÊâÊFÌGÌ]Î^ÎÏ‚ÏÝÏÞÏüÐýÐ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ï÷$a$gd`0j$a$gd`0jýÐWÓXÓ]Ó^ÓiÓjÓ€ÓÓ‚Ó„ÓÏÔÐÔ¢Õ£ÕRÖSÖíÖîÖz×{×Î×Ï׎Ø÷÷÷ëÛÛË÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdBC$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gdBC $„Ä`„Äa$gd`0j$a$gd`0j€ÓÓ&ß+ß2è9è=ðCðµòÃòY _ |†kpÁËÏÒØÛw#~#,!,>>F*FØSßSSY_YqauaŽm‘m½vÅvy yDyLynyvya‹b‹”‹ ‹¯‹½‹chљՙ^œbœj ‘ U«`«a«íÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜíܲ²ÜÊÜÊÜÊÜÊÜÊÜ)h`0j5;B*CJ OJQJ^JaJ phÿ/hïq@h`0j5;B*CJ OJQJ^JaJ phÿ#hÜlh`0j6CJOJQJ^JaJ hÜlh`0jCJOJQJ^JaJ#hÜlh`0j5CJOJQJ^JaJ>ŽØØÙÙ1Ù2٣٤ÙÛÛJÛKÛÜÜàÜáܻݼݒޓÞHßIß1à2àááIâJâñä÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0jñäòäææ^æ_æDçEçŽèè=é>énéoéÐìÑìîîÈïÉï¤ñ¥ñ5ó6óäôåôR÷S÷‡÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j‡÷ˆ÷8ø9ø`øaøVùWùgùhù[ú\úú€ú›úœúåúæúüŽüqýrý2þ3þ+,ab•÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j•–¦§YZTU™šêëz{  7 8 ò ó   ² ³ P ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0jP Q ?@úúûWXðñœÀÁ†‡ÛÜ`açèGH÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0jH-.êëáâ¸-.ãäwxÉ Ê ï"ð"æ#ç#È$É$]&^&''˜(™(W)÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0jW)X)Q*~**,,D,E,H.I.{.|.².³.j0k0È1É1î2ï2x3y3ö3÷3#5$566÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j6¹7º70818X8Y8ý8þ8¯9°9œ;;ˆ<‰<µ<¶<Ã=Ä=O>P>Ù>Ú>R?S?„@…@FAGA÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0jGA^A_AéAêAöA÷ANB€CCÍDÎD¼G½GII J!JTJUJ\K]K¥K¦KÝLÞL6M7M…O÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j…O†OQQÃQÄQ&R'RbRcRzS{S*T+TITJTÚTÛTpVqV~YYÒZÓZÀ]Á]_‘_Ñ_÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0jÑ_Ò_Q`R`·`¸`™ašacc”e•eËfÌf{g|gˆh‰h9i:iŸj®k¯kTlUlolpl€mm÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0jm“m”mnžnÃnÄnôoõoss±s²s´tµtwwDxExçyèyß{ä{A|B|Š|‹|ª|«|÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j«|%}&}r~s~‘~’~@A€€ ,‚-‚°ƒ±ƒ{…|…ò†ó† ‡!‡…‡†‡ù‡ú‡-Š.Š÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷$a$gd`0j.Š‹!‹"‹)‹*‹,‹R‹S‹V‹W‹Z‹`‹a‹b‹d‹e‹f‹o‹p‹q‹‚‹ƒ‹„‹…‹†‹‡‹ˆ‹÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ëëëëëë÷÷÷÷÷÷ $„Ä`„Äa$gd`0j$a$gd`0jˆ‹‰‹Š‹”‹ ‹½‹¾‹¿‹ëŒìŒz{BŽCŽÿÙÚˆ’‰’j“k“÷÷÷çç÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷Û÷Û÷÷÷Û÷Û $„Ä`„Äa$gd`0j$-DàMÆ ÿÿÿ™a$gd`0j$a$gd`0jk“,”-”~••µ—¶—>™?™‰›Š›·œ¸œ}~nžožXŸYŸ»Ÿ¼Ÿ§¡¨¡¢‚¢0£1£°£÷ë÷ë÷ë÷ë÷ë÷ë÷ë÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $„Ä`„Äa$gd`0j$a$gd`0j°£±£è¤é¤Ò¥Ó¥y§z§¨¨««S«.­/­x®0°1°é°ê°‘±’±±²³²l³m³ä³÷÷ë÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ß÷÷÷ $ Æa$gd`0j $„Ä`„Äa$gd`0j$a$gd`0ja«Œ«§³­³ ÉÊÎ Î%Û.ÛŸà§à¼âÅâ<éBéLîRî6 ? 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